Vuelta a escribir sobre esa mujer. Ocasionalmente hablo de ella cuando el momento es idóneo, que es casi siempre. ¿Pero qué puedo hacer? La vida es así y todos tenemos nuestras demencias. Todo inicio con la lluvia torrencial de agosto. A mí no me gustaba que lloviese así, no por otras cosas, sino porque recordaba el pasado, las horas sentado en la oscuridad, mientras el clima descendía y todo el licor iba hacia abajo. Me duele recordarlo porque ya no puedo hacerlo. Joder, lo que daría por poderme empinar una botella entera importándome un comino lo que sucedería al día siguiente o siquiera si habría uno.
Recordar aquellas noches cuando el dolor venia de la mano de los recuerdos por esa mujer, ¿o esas mujeres? No lo recuerdo, pero si tengo la certeza de que todo aparecía y desaparecía con la ingesta de alcohol, solo así me permitía tener esos sentimientos, tener todas esas ideas sobre lo que debería de ser. Pero ya no más, hace años que no, que todo se circunscribe al presente, a todo lo que hay que dar o intentar dar, para que la mierda funcione. Para que el sol salga una vez más, y la cosa de vida que se ha elegido se mantenga en movimiento, como una especie de rueda de hámster, condenado a esclavizarte por la mierda menos necesaria y la bola de situaciones que te hacen pasar por un ente normal. Desearías no haber tratado con tanto ahínco, dedicarte a morir en paz. Todos los momentos pasados llenos de dolor y alcohol, esas noches donde nada era seguro y cualquier cosa podría pasar. Aunque al día siguiente todo fuese igual y esperara la noche para volver a hundirme.
Demasiada de esa mierda, demasiado de quejarse por lo mismo, elegiste el camino, con el saco dorado, la corbata plateada y la camisa cara que te recuerda cada mañana, qué si no lo haces bien, las deudas te vendrán a comer. Los monstruos que temíamos cuando niños eran más divertidos, nada mejor que presumir que el miedo era a un condenado vampiro o a una criatura que solo existía en la mente. Hacienda y las tarjetas bancarias no son cools, son la mierda de vida misma. Pero aquello era genial, te hace rememorar el pasado siempre,
Demasiada de esa mierda, demasiado de quejarse por lo mismo, elegiste el camino, con el saco dorado, la corbata plateada y la camisa cara que te recuerda cada mañana, qué si no lo haces bien, las deudas te vendrán a comer. Los monstruos que temíamos cuando niños eran más divertidos, nada mejor que presumir que el miedo era a un condenado vampiro o a una criatura que solo existía en la mente. Hacienda y las tarjetas bancarias no son cools, son la mierda de vida misma. Pero aquello era genial, te hace rememorar el pasado siempre,
Mi mujer me odiaba, yo la odiaba, mi mujer no tiene un amante, no le apetece, prefiere hacerme cargar con el peso de su frígida vida, prefiere verme caer por un pozo antes que decirme un: “cariño, ten cuidado!”. Yo preferiría vivir en una banqueta, rodeado de perros callejeros; tendría dos grandes y un pequeño, el líder sería un condenado perro con la cara más desgraciada que pueda existir, bueno pa’l trompo y para robar comida, que no dependiese de mi mano jodida, el pequeño sería el hijo que me odia. Ese maldito bastardo que me ha costado 16 años de educación, de matarme trabajando para que no sea capaz de mantenerme la mirada un segundo, sin soltarme un: “quiero dinero, maldito jodido piojoso!” juro que eso dicen sus ojos. Todas las mañanas lo veo irse con un jodido peso en la espalda, es el sentimiento de jodidez, ese que todos hemos cargado una mañana de lunes tras regresar de unas vacaciones que pagamos con los ahorros de un año o más. Pero él lo tiene multiplicado por la estupidez de la juventud. Desearía ser igual de imbécil. Pero no puedo, no ahora, no sin la garantía de que todo irá bien, de que el futuro no puede ser esta mierda. Famélicos viviríamos los 4, mis tres perros y yo. Tal vez a ellos las hembras si los amaran, tal vez con sus hocicos llenos de enfermedades tuvieran todos los coños que yo soñé, o siquiera imagine. Bollos calientitos de mujeres que a duras penas supieron que existí. Toda esta historia es por una de ellas.
Debo entrar en materia, el asunto iba así. Mi mujer me odia, mi hijo me odia, la maldita perra que llama de las tarjetas me odia, le chocan mis pujiditos cuando escucho temas económicos, seguro es una de esas féminas de coñito olorosito que tiene dos parejas. Uno la coge y le paga la comida de los días, el otro solo la cena. Uno es el imbécil que conoció en la escuela y la quiere bien desde hace 6 o más años, el otro es un hijo de puta casado que se la coge en la sala de copias, todos lo saben, todos lo envidian. No porque sea la mujer más guapa, sino porque es un coñito rosado, la mayoría lo conocen y saben bien. Pero si, es condenadamente guapa y condenadamente una perra conmigo. Quisiera estrangularle con esa correa que usa para evitar que sus lentes caigan al piso.
En fin, todos me odiaban y quisieran verme muerto, o mejor siquiera que haya existido, así se ahorrarían la ficha por el odio. Ella no. Ella me miraba bien, me hablaba bien y se reía conmigo, pero no quería nada más, probablemente alejarse rápidamente. Ella desapareció hace años, cuando bebía, cuando no estaba condenado a beberme una cerveza ocasionalmente (esto es, cada que la economía, la salud y la mujer lo permiten). Quisiera creer que a su lado hubiera sido mejor, pero es imposible ello, mi idea era acabar tan pronto como se pudiera; sin embargo, llevo ya casi 50 años en esta mierda. La crisis de la mediana edad consistió en comprarme una cartera de piel, algo que ya usaba, pero nueva. No hubo moto, no hubo convertible rojo, no hubo novia menor de 25 y con ansias locas por la fiesta. Mi compañera de cubículo no es la más proclive a las aventuras extramaritales y ciertamente dudo que tenga las neuronas suficientes para salir más allá de las estampitas religiosas que usa para todo. Quisiera verle un día los calzones. Saber que en el fondo es una perra en brama. No haría nada más, pero sería algo grato de recordar para la posterioridad.
Encendí la televisión, nada más relajante que escuchar los muertos del día, de la vida, de la contradicción que somos para que todos los demás que no estamos aún tan jodidos, sigamos así por lo menos un par de días más. Escribí un par de poemas esa noche, nada memorables, no tenía la inspiración suficiente, como no fueran los ronquidos de mi mujer y los gemidos ahogados provenientes de la computadora de mi hijo que veía seguramente mejor porno del que me pudiera imaginar. Letras largas y profundas carentes de emoción y empatía. Así me salió aquella letanía de idioteces, abrí otra cerveza, a sabiendas que tendría una condenada recaída en la gastritis. Un trago que sabe a gloria, a esa cosa que debe manar de los bollos de las féminas que aparecen en las pornos. O eso que nos han vendido como néctar de diosa. Aunque yo prefiero el sabor real, de algo de orina y sudor. Sudor de la panocha de una mujer que ha recorrido los infiernos mientras el sol abrasa todo, sudor de piel y vellos negros. De sabor a hogar. Pero en fin, toda la noche era una mierda, los días lo eran desde hacía varios meses, sobre todo cuando me di cuenta que todo lo que había trabajado únicamente había servido para hacerme más jodido. Para tenerme sujeto por las pelotas en las noches. Deje de escribir mucho tiempo. Los dedos están rígidos y las ideas paralizadas. Son días pequeños, de victorias tristes.
La vi, recargada en un aparador, tendría por aquel entonces yo unos 22. Mucha mierda ha desde entonces, nada del otro mundo, pero no pude dejar de verla, ni ese día ni los siguientes 4 años. Pero nunca dije nada. ¿Qué podría decirle? “hola, soy un imbécil que escribe poemas y bebe como desesperado para morirse!” se fue una tarde de lluvia, pero entonces ya las odiaba y creo que eso no ayudo a que mejorara mi relación con ellas; luego, vinieron unos años de mujeres, de más alcohol y muchas letras, nada espectacular, el whisky apareció y la cerveza se hizo dueña de mi hígado, de mi cerebro y de los escritos. Pero no podía dejar de aparecer en los condenados relatos, ya con su nombre, ya con otro. Todo estaba jodido, así me sentía y así parecía.
Quise abrir ese correo, no pude y mejor me perdí en la noche. Porque era más sencillo, todo tiene unos días para irse al culo y sigo aquí tecleando y perdido en los vapores de los recuerdos, de esas cosas que duelen tan profundo que siguen haciendo que broten las lágrimas, pero no podía estar conmovido por otra cosa, solo por mí jodido futuro que en realidad nunca existió. Era como una de esas jodidas bromas que el todo poderoso te pone, darte una condenada inteligencia por encima del promedio y hacerte un condenado mierda que solo la usa para derrocharla en letras pasadas por el pasado tristerrimo y lleno de sangre y mierda, tal cual una violación. Nada más que poder y violencia ejercidos desde el mismo tumor que eres. Pero no quiero sonar como un jodido mamarracho que no puede pasar ni 10 segundos sin olfatearse el trasero y conmiserarse. No lo merecería en lo absoluto, de nuevo, no por un acto de bondad, sino porque soy cobardemente miserable como para intentar lograr el perdón. Me senté en la oscuridad mientras la ciudad ardía. Bueno, eso es una jodida mentira. De hecho hacia frio, uno de esos tantos días que tiene el año, frio y lluvias, y sin embargo viene precedido por una ola de calor infernal. Ya estaba acostumbrado, todas las tardes al volver del trabajo la misma rutina, la misma caminata, el mismo tiempo en la jodida avenida a bordo de un auto que la empresa paga, cualquier desperfecto lo pago yo. Cualquier mierda lo pago yo. La gasolina ni siquiera es buena, de hecho la compro a unos rapaces mierderos que espero que un día estallen en una toma clandestina, llevándose a media ciudad con ellos, pero no pasara, y no pasara por que la jodida fortuna no quiere que dos imbéciles sean recordados. Así me sentía día a día. No podía evitarlo aunque quisiera.
Llegué una noche, no había un solo mísero ruido, prendí la luz de la sala, nada; el pasillo desierto, los demás cuartos igual, salvo el del pequeño bastardo, quise coger una pala y enterrarlo vivo, que lo último que viesen sus ojos antes de ser completamente cubiertos por tierra y microorganismos, fuera mi dedo medio haciéndole una seña obscena. Desearía con toda mi alma ello, pero su luz siempre está encendida, abro, nadie hay. Que poder místico ha sucedido, pienso mientras camino hacia el cuarto nupcial donde está más vacío de lo que pueda recordar. Se ha llevado todo, lo suyo y lo que no. No dejo ni sus ridículos zapatos que odiaba a muerte, se cargó las joyas de mi madre; vamos, ni la ropa que ya no le quedaba me ha dejado. Pareciese que lo pensó bien y se ha dado cuenta que todo esto era una mierda, que no necesitaba más. Que estaba jodida de seguir haciendo esto. Era un día de junio o julio, no recuerdo ya siquiera cuando es que se ha marchado, veo los recortes de diarios del pasado, las imágenes que me devuelven sonrisas cálidas. Ahí en primera plana se encuentra una mujer que irremediablemente en el pasado o futuro me ha roto el corazón, porque así lo he predispuesto, me cegó la inmediatabilidad de los pasos, como si ya estuviese dicho todo de antemano, como si los hados me hubieran otorgado una señal de que el camino debe ser de tal forma o no será, pero soy viejo y estoy cansado para andar adivinando los designios de esos entes terribles que son los heraldos de la muerte, o ¿que a acaso es algo distinto el tiempo? Pero no dejo de respirar por la boca, de echar espumarajos y después sentir que algo se está quebrando dentro mío, como si la vida me quisiera castigar por haber sido tan imbécil como para seguir de pie mientras los golpes llovían de cualquier parte. Al final somos un peligro para nuestra propia existencia, porque no dejamos de querer ser algo mejor. Que no diera yo por estar menos jodido, o tal vez de una vez por todas entrar al juego final.
El tiempo me dará o no la razón.
SR Verano 2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario