Ella dijo “no”, con toda seriedad, dejando de sonreír por unos instantes, mientras todo a su alrededor parecía que se congelaba. El tipo se quedó con la mirada perdida en algún punto de las estrellas, sorbiendo su desgracia. Raúl Campos no era un hombre que hablara mucho, vamos ni siquiera era capaz de expresar dos ideas juntas sin antes tomarse su tiempo para pensar lo que diría a continuación, cada conversación pasaba por un ajedrez mental, a veces fortuito, a veces decepcionante. Bajo la cabeza y se quedó mirando el pasto que crecía a desigual manera en la extensión de tierra en que se encontraba de pie, roto, sin alma ya. La chica camino rápidamente fuera de su órbita, alejándose cada vez más no solo físicamente sino astrológicamente, el sabia de eso, había estudiado por años los astros y las estrellas en espera de que le indicaran el momento propicio para encontrar a su alma gemela. Creyó –erróneamente- que esa noche era la indicada.
Caminó hacia su compañero de juegos, de hazañas y mujeres de otras épocas, Manuel González se encontraba sentado en el capo del auto blanco perla, no sonrió cuando vio aparecer a Raúl, pero sabía que su amigo había vuelto a fallar; destapo una cerveza y se la extendió mientras él buscaba en la hielera otra igual de fría. No hablaron durante casi ¾ de hora que estuvieron allí al lado de una camioneta pick up negra, Raúl tenía el nudo en la garganta y la cerveza ya tibia en la mano. Su compadre encendió el auto y ambos se acomodaron en el sillón largo y polvoso que había visto sus mejores épocas hacía muchos años. Arranco Manuel y se perdieron en la noche polvorosa.
Viajaron en silencio con las estrellas mudas testigos de la situación incómoda, el bum-bum del vehículo rebotando en cada uno de los baches cubiertos por la tierra y demás manchas de suciedad, no había más que hablar, el volante oscilaba cada tanto sin llegar a ser un problema para la pericia de Manuel; aún tenían que trabajar, que más deseaba el conductor que la noche se hubiera podido acomodar para que terminaran en algún antro de la carretera celebrando que la mujer le había dado el sí a su compadre. Pero no, las habilidades de Raúl no llegaban a tanto, parecía que todo lo bueno que les había ocurrido en el jale durante los pasados dos años, repercutiera inmediatamente en el aspecto amoroso del hombre que iba sumido en los pensamientos más funestos. No lo entendía, no podía comprender que sus predicciones y vaticinios fueran erróneos de nuevo. No con ella, ya había anticipado cualquier problemática, pero no contó con que ni siquiera le aceptara las flores. Las cortó el mismo, las arreglo con esmero y no dio resultado alguno, ¿Qué había salido mal? ¿Qué cosa tan grave había cometido para no poder remediar su soledad?
La noche estaba silenciosa a su alrededor, unas cuantas sombras se movían en la oscuridad, imperceptibles para los dos hombres, la camioneta seguía de frente por una brecha que parecía no tener un final cercano. Casi dos cuartos de hora después divisaron el caserío que los regresaba a la realidad, a su destino forjado a base de fuego, sangre y drogas. No eran buenas personas, pero tenían un sentido de decencia que parecía absurdo con tanta muerte. Estaban esperando a un hombre que les daría el santo y seña de los que andaban buscando, también estaban en peligro porque no se podía hacer paradas largas, sin embargo el talante taciturno de Raúl enrarecía el ambiente, Manuel no tenía gana alguna de ponerse en movimiento, mucho menos de conversar, era otra de esas noches, a lo largo de dos años habían tenido algunas así, por no decir que una, por lo menos, cada mes; siempre bajo la misma y absurda situación, alguna mujer que se le había metido entre ceja y ceja a su compadre lo había bateado, la última se había llamado Lina. Era realmente hermosa, no era definitivamente para ese hombre que estaba atolondrado por el maldito efecto de un nuevo rechazo. Lo había visto venir desde semanas atrás su compañero, siempre se preparaba para lo que pasaría días después. Se encargaba en los días previos de traer la hielera de la camioneta llena de cervezas, para que llegado el día no se diera cuenta el otro. Afortunadamente así pasaba, Raúl jamás se daba cuenta de que su compadre sabía que fracasaría.
-Se llama Fortunato. Vive atrás de los mecánicos en la salida para Y.
-nos vemos.
-nos vemos.
Las llantas chirriaron al salir en búsqueda del infortunado, la pura adrenalina bastaba para olvidar por unos instantes que la chica había repetido casi textualmente lo mismo que las ultimas 5, “no me gustas”, “realmente no pienso así de ti” y “no quiero hacerte daño”. La misma cara desencajada que el hombre mostraría por lo menos las próximas semanas. Ojos rojos de tanto alcohol y sobre todo un aire de compungido que harían desear a Manuel que alguien los emboscara. Tres minutos después divisaron la casa, parecía en paz, no era para menos, debían ser casi las 12 de un día laboral.
Fortunato se dedicaba a vender mariscos a bordo de un viejo triciclo. Eran realmente buenos, pero su suerte estaba echada, no había pagado las últimas dos tandas. Se habían pedido la cabeza porque Raúl le tenía un par de cuentas pendientes, sobre todo porque alguna vez Lina dijo que era muy guapo el hombre. Se bajaron tan rápido que parecían conocer al dedillo la situación. Llevaban casi 3 semanas sin un encargo, solo patrullando y tratando de que Lina dejara de hacerse del rogar por salir con Raúl. La noche había terminado mal, todo lo hacía siempre. Al brincarse la barda vieron que alguien corría al fondo del pequeño terreno repleto de árboles de mango. Manuel soltó la primera tanda, le pegaron en la espalda al que corría. Siguieron más movimientos, algún perro ladrando en la oscuridad de las casas cercanas, nuevos tiros, más sangre, menos humanidad. Lo encontraron en un pequeño cuarto, estaba herido de la pierna, o lo que había sido una pierna. Manuel lo ejecuto, sin delación, sin aspavientos, sin mencionar a Lina; Raúl, se encargó de buscar a más personas, ya no había nadie, cuatro muertos más, la vida seguía siendo igual que antes de esa noche, pero lo más probable es que Raúl siguiese con esa idea de ya no dedicarse a esto. De volverse santero profesional.
La camioneta seguía dando tumbos, los árboles que le rodeaban y en ocasiones dejaban sus marcas al paso de la camioneta, esta apenas se distinguía por lo cerrado de la brecha. Manuel manejaba esperando a que la voz ronca de Raúl se escuchara de nuevo, por lo menos que hiciera un ruido mayor al de estar bebiendo cerveza, pero ya se le pasaría, siempre pasaba así. No sería la primera ni la última que le mandaban a la jodida.
SR Diciembre 2013-Abril 2019
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