jueves, 8 de agosto de 2019

Veranos Tóxicos

Hace tanto que no escribes que parece que fue otra vida la última vez que lo hiciste. Tal vez así haya sido ¿quién nos dice que no estás muerto? ¿Quién puede justificar que sigues entre los imbéciles que caminan y hablan sólo porque puedes hacerlo? Te estas dejando ir sin nada que poner, tal vez has llegado al final. ¿Recuerdas la historia de ese hombre? Un tipo cualquiera, como todos los que abundan por el mundo, con un pasado idéntico al de cientos o miles de cucarachas, con una familia que lo odia, o tal vez no. Con una filosofía de vida que parece pasarle factura cada noche, o tal vez solo se deja ir porque es lo más conveniente, tú lo estás haciendo. ¿Recuerdas la mujer que más parecía hombre? Que decía que tenías un marcado rumbo de veleta. Que te quería retar a golpes cada noche y tu solo dejabas que hablara y hablara, después supiste su historia. Trágica y llena de oscuridad como las noches cuando comenzaste a hablar con la mujer que te convirtió en un santo. Tal vez exagero, es una mujer especial, llena de talentos y virtudes que chocaban con la destreza de tu desgracia. Pero ella no lo quería afrontar, para ella eras un ente bueno, con ideas equivocadas a veces, pero que casi siempre se redimía en el último instante, como si todo fuese así de simple. Te estabas hundiendo y con ello todo lo que podías poner por escrito.

Bebiste una noche de una botella que no tenía etiquetas, te daba igual si era matarratas o simple vino que ya parecía vinagre. Te importaba un comino porque sentías que el mundo era un lugar sin ningún punto de luz que te permitiera seguir adelante. Cambiaste los grados etílicos por las pastillas para no morirte. Dejaste de luchar en el momento en que viste algo que delato tu edad. Eso eras por aquel entonces, claro, la tristeza infinita había cambiado por dicha y alegría. Pero en tu fuero interno deseabas abrazar la melancolía que durante años te había moldeado, ya no podías, seguías aferrado a ser feliz, a tener un poco menos de dolor en la vida, a refugiarte en aquellas cosas buenas que te habían sido dadas en un momento extraño. Pero también anhelabas poder ver a esos hombres, a esas mujeres llenas de derrota, que te saltaban con cada madrugada que te embrutecías. 

¿Recuerdas aquella mujer que viste de pie en el metro? Con la mirada sin saber que hacer de su vida, con el greñero de pelo lleno de ensortijados problemas, la comisura sucia de los labios que invitaban a perderse en las botellas de cerveza. Porque a pesar de ser bajita y delgada, se veía que le gustaba el trago, probablemente así nació su hija. Aquella niña que te hizo pasar de estar molesto con la vida por estar apretujado, a comprender; que no había molestia alguna, que la lluvia caía por fuera y que la vida era lenta, que tu vida era lenta porque así lo habías deseado desde que tenías la suficiente cordura para ponerte a ello. Tenía pedazos de pizza en los dientes, mascaba con lentitud pero con fiereza, no sabía cuándo volvería a comer, no sabía si seguiría viva. Aunque los niños no se preocupan por ello, tu sí. Porque estas jodido, no sabes hacer otra cosa que preocuparte por la gente, aun cuando no les conozcas.
Abriste las fosas nasales aquella tarde para degustar el aroma de la lluvia sobre la tierra húmeda, era casi el principio oficial del verano y todos parecían estar temerosos porque sabían que eso irremediablemente traería aparejada lluvia y caos, en una ciudad que le encantaba todo eso. Que no podía seguir funcionando de otra manera, con aquellos hombres y mujeres que luchaban día a día por seguir vivos, tal vez intentando arrastrarse contracorriente sin saberlo, como salmones fuera del curso. Ellos y ellas olfateaban también el aire, pero no les parecía nada agradable el apeste a orina, a mierda de cloaca pestilente que recubría el fin de la primavera. No les gustaba comprender que su vida era un poco mejor que la de otros que seguramente enfermarían y muy probablemente se hundirían en el dolor. Porque la vida es eso: dolor y comprender que nos estamos muriendo. 

Alguien toco en el vidrio por fuera aquella noche, cerrada, como si la luna nunca hubiera existido para iluminar un poco lo que sucedía en la parte que le tocaba cubrir cada día. El miedo subió por la espina dorsal, ella lo llamaba miedo de supervivencia, yo solo sé que me estaba negando a abrir la mente a todo aquello que seguramente ocurría cuando los ojos no están adecuados a la oscuridad; oí, o me pareció escuchar, tres golpeteos tenues en aquella oscura crujía que era mi habitación. La mujer había insertado el miedo en mi cabeza y este recorría impunemente todo el cuerpo, la sensación de hormigueo ante lo que no puedes explicar, ante la necesidad de comprenderlo todo y ver que es imposible. Dos golpes. No lo soñaste, no te estas engañando, no es tu mente, no son efectos sonoros de películas que has visto. Son dos condenados golpes que vienen de un sitio, al cual nadie puede llegar, a menos de que… bueno, de que sucedan dos o tres cosas que tu mente no va a admitir que pueden suceder. Lo sabes, estas temblando, tal cual un niño ante la oscuridad, o ante su inmisericorde apreciación de que está vivo. El miedo te dice que estas vivo. Te lo enseña y te escupe en el rostro para que seas totalmente consciente de que las cosas pueden descarrilarse con una facilidad asombrosa. No hay adrenalina como cuando te han intentado asaltar, no hay oportunidad de seguir alargando la mentira. Está ahí, y ha tocado tu ventana. Un toque. Solo escuchas su risa apagada por la noche. Suena a un pequeño golpe en el ego, ante lo desconocido, solo niégalo. Ella te ha embrujado, o algo peor, tú no tienes miedo de nada, eres incólume a esos eventos. Pero, algo, algo que ni siquiera te planteas que exista, ha tocado desde el otro lado del cristal, en un piso 3º. Rodeado de los ruidos de la ciudad, que ha decidido callar, o tal vez solo te has concentrado demasiado en los latidos de tu corazón y en determinar que no hay nada allá afuera que pueda tocar tres veces y con esa seguridad derrotarte. Ella solo dijo: “está afuera de tu ventana”. Todo lo demás, te lo has imaginado, todo lo demás lo has convertido en una historia que evidencia que no tenías nada de que escribir. Aunque sin duda el miedo es un buen aliciente para hacerlo, convertir todo en un párrafo gigantesco que denote tu miedo infantil a que una mujer de negro este flotando frente a tu ventana en una calurosa noche de septiembre. Al final respondiste abriendo la ventana. La noche oscura se abría paso frente a la nada mientras caías arropado por su manto negro. 

SR verano 2018

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