domingo, 2 de septiembre de 2018

tenía un par de golpes en el codo derecho cuando le avente por la escalera

El morral blanco de yute estaba mugroso, su bigote era cano, perteneciente a otra época, a años posteriores a los 70s; parecía un tipo atrapado en su pasado, el cual obviamente no volvería; tenía más de 40 años en el mismo rutinar. Pidió una modelo, pensé que hasta sus gustos eran arcaicos, como sometido a los vaivenes del viento o de las olas. Le despacharon el bote, y pidió permiso para beberlo en el pequeño escalón que se encontraba en la entrada de la tienda. El hombre santo que comenzaba a perder mechones de pelo, le dijo que sí, pero que no molestara y que se cuidara de la patrulla. Yo era un habitual de ese lugar, el tendero me vio y antes siquiera de preguntarme metió la cabeza en el refri y saco una caguama.
 
Nada extraordinario, era otro viernes, llevaba muchos así, saliendo de mi casa a hurtadillas para ponerme a platicar con el viejo Federico. Lo conocía hace casi 10 años, pero sólo 6 meses que me la pasaba ahí los viernes; en ocasiones le ayudaba a espantar a los jóvenes o a evitar que alguno cometiera un hurto. No pocas veces le había dado una zurra a un vagabundo y el tendero me ofrecía una cerveza, total cortesía de la casa. Estimaba mi rutina, era ya un viejo jubilado prematuramente por la desaparición de mi puesto de trabajo, con tan mala o buena fortuna que seguiría recibiendo mi pensión hasta que me muriese. No tenía hijos y mi esposa prefería ver las telenovelas que hablar conmigo, no la culpaba, era aburrido hacerlo, quien quería oírme hablar de lo mismo durante casi 25 años que llevábamos juntos.
 
El viejo del morral bebía mirando hacia la avenida, ruidosa, caótica, llena de embotellamientos y autos que circulaban a velocidades que bien podían ir desde la nada a una velocidad de vértigo. Me gustaba estar ahí, observando todo, mirando con total perplejidad que los viernes transcurrían sin mayor variación, hasta los eventos fortuitos parecían estar cortados por el mismo patrón. Igual que en el trabajo, parecía que la monotonía me seguía a donde quiera que fuese. Me empezó a hablar el hombre, su voz era baja, como si deseara que las palabras se perdieran en los escapes de los autos. Se llamaba Macario.
 
Conocía el nombre, por la película; me gustaba, sonaba exótico, aunque bien a bien, no tenía la menor idea de que era ese pinche concepto. Pero el viejo Macario me dijo que se dedicaba a comprar idioteces, “como si no fuese todo un jodido circo”, le respondí aunque con el mismo tono apagado, y realmente no supe si llego a escuchar aquello. Le gustaba el brandy, pero ya no podía tomar, la diabetes, dijo. A todos nos está cargando esa mierda, primero te das cuenta que la vida es una mierda y luego te lo comprueban, llenándote de enfermedades que en los tiempos de nuestros ancestros no existían. Como si fuera un avance en los jodidos males y no en la calidad de vida. Dijo mientras le daba otro sorbo a la lata. No me fije si le había limpiado, alguna vez vi un par de ratas peleándose por anidar en los contenedores de una empresa dedicada a las conservas, no supe si lo lograron o si fueron muertas dejando su mierda encima. Sólo sé que nunca más volví a ver ninguna lata con buenos ojos.
 
Me contó que había tenido dinero alguna vez, “¿pero todos lo hemos tenido no?”, algunos puede decirse que sí, pero la mayoría nacen jodidos y así van a morir, respondió categóricamente, mientras volteaba a la arteria buscando señales de la patrulla. Les tenía miedo, les conocía y sabia de la mierda que eran capaces; yo también, alguna vez me dieron una calentada por exigir que hicieran su trabajo y agarraran lacras y no borrachos inofensivos. Dos puntos de sutura, fue mi recompensa civil; siguió hablando, dijo que el dinero le había quemado las manos, tuvo que gastarlo en estupidez tras estupidez, como si fuera una maldición y no pudiera contenerlo, como agua se iba mientras todos a su alrededor se hundían en el fango de la corrupción, no en esa cosa política, sino en la depravación y la avaricia. El que menos, dijo, se había agarrado a balazos con su padre por unas joyas y una mujer. Lo nunca visto, dijo, eran un par de buenas gentes que un día, sin deberla o temerla, les entró la locura y se enfrentaron, tres tiros le dio el padre al hijo con el horror subsecuente de la madre que tuvo que enterrar a su primogénito y visitar en la cárcel al padre. Luego hablo de los años que había pasado en la cárcel, porque todo lo que fácil viene, fácil te chinga, dijo, “le abrí la puerta a la desgracia, como si fuera necesario que me castigara por haber sido lo que fui.”
 
Su historia no me conmovió en lo más mínimo, la calle estaba llena de ese tipo de situaciones, gente buena que se tiene que envilecer para no ser pisoteada, para defender un poco la mísera vida que llevan. Les gusta después lo que sienten y  terminan por caer en actos de auténtica podredumbre humana. Así había varios casos, algunas mujeres de por ahí así lo habían hecho, mi propia mujer se había convertido en un asco de persona con tal de no dejar de ver esa bendita caja idiota, no la soportaba y deseaba verla muerta. Mi madre me golpearía si supiera que pienso esas cosas. Lo bueno es que lleva casi 15 años muerta.
 
Macario siguió hablando, primero de aquellas primeras horas en que perdió todo y luego en las semanas subsecuentes, cuando todo empieza a irse, cuando los amigos se van y te dejan con un palmo de narices, cuando las mujeres de paga te dejan con la cartera vacía, cuando despiertas una mañana y ves tu inmensa casa tan vacía que dudas en que alguna vez hubiera estado rebosante de vida, dijo, como si el pasado fuera un sueño repleto de cosas que nunca más han de volver. Lo vi, atrapado en sus pensamientos y con el rostro cetrino viendo directo hacia el sol que empezaba a empequeñecerse en el horizonte de la metrópoli, a mí me gustaban esos días, largas mañanas y tardes que se convertían en noches calurosas donde el sexo de las mujeres olía bien. A sexo, a sudor y gloria. Pero mi mujer no, parecía que estaba muerta y atrapada por la televisión, hubiese pagado por que tuviera una aventura e incluso fantasee alguna vez con ello, hasta que me confirmaron que estaba lobotomizada por las horas frente al televisor. Ella se volvió una mujer feliz el día que lleve un plasma de 43’. Acomodo su sillón favorito frente a la pantalla y no se movió en lo que parecía ser una semana. Yo bebía más por aquel entonces.
 
“me hice tanto daño que pensé que estaría tullido de por vida”. Eso había dicho Macario justo antes de depositar el bote en el suelo. Su última frase significaba que estaba listo para marcharse, le detuve y le ofrecí otro trago, a lo que negó con vehemencia con la cabeza, dijo que no, que no podía o no quería, porque la última vez que se encarrilo terminó con una persona muerta, su esposa o hija, lo he olvidado, dijo que se bebió todo lo que pudo, todo lo que le permitía su cuerpo enclenque almacenar, se orino encima, se desplazó hacia su casa, con la certeza de que podía llegar sin caerse, obvio no llego, se derrumbó o tropezó cerca de la primera esquina. Las siguientes calles fueron un constante levantarse, tenía las rodillas en carne viva cuando pudo introducir la llave en la chapa metálica. Su esposa salió, su hijo salió, su nuera salió. Todos estaban en la sala viendo como trataba de meterse el pene, lleno de mugre y alguna enfermedad venérea que le corría en las entrañas desde hacía unos meses. Vio a la mujer o a la hija que apareció y lo quiso subir por las escaleras, él se defendió y dijo que no era ningún inútil, el hijo se calentó y le dio unos golpes, tan fuertes que lo tumbaron, nadie decía nada, todos estaban hartos. Todos querían dormir y ese hombre estaba como una maldita cuba. Vocifero desde el suelo, aun cuando entre las mujeres lo intentaron poner en pie, lo hicieron así y el hombre se encamino hacia la escalera. Noto el dolor del codo, había caído mal cuando le pego el hijo, o en alguna de las caídas. No lo sabía, sólo vio el par de moretones y raspones que asomaban de la camisa rota. Subió los peldaños con la mujer a sus espaldas, la quería más que a nadie, por eso nunca comprendió el momento en que la tomo de los cabellos y le acomodo dos cachetadas, le grito que era una golfa y la aventó. No sobrevivió, nada sobreviviría. Todos estaban condenados a lo que aquel hombre había hecho, a lo que vendría después, a las horas y días subsecuentes cuando todo se hizo oscuridad, cuando las vidas que habían cambiado, de nuevo mutaban en cosas totalmente distintas. Todos dispersos, todos alejados por la ira y la corrupción.
 
Macario dejo la lata y se subió bien el morral que colgaba de su lado derecho, me hizo una inclinación con la cabeza y se alejó hacia el norte. Con pequeñas ráfagas de viento que levantaban el condenado aire hirviente en esta ciudad condenada a la sequía. Todos estamos jodidos.
 
SR Primavera 2018

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