jueves, 1 de noviembre de 2018

Dos noches seguidas que te contemple en las estrellas

Era un hombre extraño, bebía a ratos y a ratos desaparecía de su ser la necesidad por beber. No le conocía otra afición, trabajaba como todos y en lo mismo que la mayoría, siendo un gusano que sin voz o voto que decidiera el destino de millones. Un jodido espectro en la realidad, en ese tejido social en que su existencia estaba determinada por cuantas porquerías poseía y a cuantas mujeres u hombres había amado. Él estaba inmerso en ello y parecía acomodado. Lo conocí a través de una mujer que nos señaló con su dedo flamígero. La amamos al mismo tiempo y ella parecía determinada a terminar con ambos, finiquitar la broma ingrata que había comenzado hacia 26 años para mí y casi 40 para él. Ella se deslizaba como una pantera, sinuosa, llena de obcecaciones y virtudes que terminaban en un despropósito inmundo. Tenía los ojos más jodidamente hermosos y sabia sacar partido de ello, como hipnotizando y seduciendo con su brillante fulgor. Su nombre era Sofía, pero eso es lo de menos, ella no tiene tanta importancia, me interesa deshebrar el asunto con ese tipo, porque era tan parecido y a la vez tan distinto a mí. Una copia mal hecha que había sido encargada por los dueños de la verdad absoluta o el infinito. Imaginar a un ser omnipotente y omnipresente dirigir sus influencias sobre el cosmos para determinar que un par de seres minúsculos sean tan parecidos entre sí; pero que pareciese al tiempo que existen en dos distintas realidades. Lo encaré una noche, visiblemente alterado por el alcohol, lo perseguí durante una hora que me pareció eterna, deslizándome entre las sombras, con un único objetivo. Atizarle y demostrar que yo era el bueno. Ambos nos encontramos de frente, con una sola ley: sobrevivir. Dimos lo mejor de nosotros. Cada uno por su respectivo existir, sin embargo, nos declaramos inoperantes pese a que yo sangraba de la nariz y él tenía la mano rota. La derrota nos escampaba a ambos, nos perseguía y nos moldeaba, seguramente ella, la terrible ella, nos observaba absorta en sus pensamientos sanguinarios sobre nuestra inutilidad. Era eso lo que más disfrutaba, que sin su existencia la nuestra estaba totalmente jodida. O siquiera con algún viso de existir. Abrí los ojos, él se hallaba al teléfono, con la mano henchida hasta parecer un globo alegremente inflado para el divertimento de los menos capaces. El dolor también se reflejaba en su rostro, la mueca era significativa; nada me costaba enderezarme rápido y terminar con su sufrir, pero bien rápido que lo intente, termine de nuevo en el fondo de la vida, me había noqueado con la misma fuerza que yo lo había buscado. Anhelaba que su fuerza terminase conmigo, pero sólo conseguí un bonito acomodo de la nariz y un tremendo chichón en la parte noreste de la cabeza, ahí donde la casualidad quiso que compartiésemos un condenado lunar, el mío más obscuro y protuberante, mientras que, en él, era apenas un tono más café que el de su rostro. De nuevo lo enfoco con problemas, pero habla con una mujer, no es ella, ella jamás se prestaría a esto, seguramente es una mujer, aunque tiene el rostro más equino que jamás haya visto. Los dos se abrazan y el hombre llora, el cuadro lo completan un par de patrullas que sin duda alguna vienen a tratar de conseguir un poco de dinero, no los culpo, la situación no está del todo bien, todos necesitamos una ayuda, y que mejor si es por culpa de dos tarados que decidieron romperse la madre de manera tan ridícula que salieron perdedores ambos. Los hombres de ley reconocen a los rijosos, un par de sátrapas, conseguirán dinero, claro, pero lo verán con asco, porque les darán asco ese par de hombretones que se han puesto a llorar pese a que son adultos. Lloran como un par de críos que han perdido la oportunidad de subirse a un juego mecánico en el último día de la feria. Los aborrecen porque tienen la pinta de haber tenido una mejor vida que la suya, pero en el fondo son un par de cobardes que siquiera pueden terminar con su sufrimiento. Todo por esa mujer, ellos no la conocen, ellos jamás han estado entre sus risas, entre sus ojos enormes, entre sus sueños. Jamás tendrán esa dicha, sólo el otro bastardo que tiene ahora un vendaje en la mano que sostiene en el aire para evitar que se haga más grande y más morada, aunque ello parece imposible; lo más probable es que termine siendo una extremidad inútil por los próximos meses. Sin embargo, mi cara también tendrá las secuelas, además de mi amor propio perdido en esos momentos de oscuridad absoluta. Él no es mala persona, digo peor que yo no podría serlo, y en todo caso, mejor tampoco. El asunto es que le gusta demasiado esa mujer, le gusta demasiado la forma en que lo hace sentir y sobre todo, la mejora en su vida tras su aparición; pero no puede negarlo, al igual que lo afirmo yo, que es una desgracia, que todo lo que puede sentir hacia nosotros es una repulsa, una forma sofisticada de odio, porque somos los dos perfectos imbéciles que le aman, que la idolatran y quisieran que su existencia fuese lo suficiente para que ella no tenga que buscar al otro. Somos una parte que complementa lo del otro, sin necesidad de que alguien lo deduzca por nosotros, nos damos cuenta y nos entregamos a los designios de la muerte, de la vida, de todo aquello que pueda sacarnos de esto, convertirnos de nuevo en entes funcionales. Al parecer jamás lo lograremos, somos igual de cobardes y terminaremos llenos de desventura, al final somos eso, un par de tipos podridos que un día tuvieron suerte, que un día se levantaron con el sol matutino y decidieron que era necesario ser parte de algo más, aunque no es lo que esperaban, somos el resultado de la existencia que hemos elegido.
 
SR Mayo 2018

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