Caminó más aprisa, no corría, pero sentía ella misma que sus piernas estaban desbocándose y lo peor, que el hombre que venía detrás se había percatado de ello y por ende también había acelerado el paso. No creía que se atreviera a nada más, pero sin duda no estaba de más extremar precauciones, cuántas mujeres no había desaparecido de la misma manera, y eso sin contar la cantidad de agresiones sexuales que se habían suscitado en las últimas fechas. Aferró la bolsa de mano que llevaba, comenzó a repasar mentalmente si en ella encontraría algo que pudiera usar para defenderse, lamentaba no haber hecho caso de las recomendaciones de su hermano de aprender a tirar golpes, o de usar algo como arma de defensa personal. Pensó inmediatamente que lo más pesado que llevaba era el perfume caro que había encargado con la chica de los catálogos, en realidad era agua muy destilada que tenía una fragancia cutre; sin embargo, las deudas había que pagarlas y a ello se sumaban los pagos de los zapatos y de la bolsa que ahora tintineaba peligrosamente anunciando una gran cantidad de objetos metálicos que cualquiera podría confundir con mucha morralla. Lamento no tener la tranquilidad suficiente para domar la adrenalina que comenzaba a desbordarse por todos sus poros, imaginó que si le hacía frente el hombre la atacaría y quedaría a merced de lo que fueran sus intenciones, aunque también creía, y tenía la ligera esperanza de que así fuera, de que lo asustaría lo suficiente para hacer que se diera la vuelta o huyera. Cualquiera de las dos ideas le aterraba porque no creía ser lo suficientemente fuerte para soportar que algo malo sucediera.
Dio tres larguísimas zancadas que le parecieron trotada, no pudo evitarlo, el miedo se había instalado en su cabeza, metió instintivamente la mano al bolso y sujetó lo más fuerte que pudo el frasco de color transparente con el líquido ambarino. Lo hizo justo cuando sintió que el aliento del hombre le daba alcance, cuando percibía casi con el rabillo del ojo que aquel sujeto se acercaba con la firme intención de robarle o algo peor. No llego a saber nunca, porque esas cosas son obra de la casualidad o del destino funesto, que el hombre la trataba de alcanzar para advertirle, si es que eso era posible debido a su incapacidad para hablar, de que estaba cerca de una falsa coladera que llevaba sobre puesta varias semanas. La mujer cayó de cabeza en un agujero que la trago inmediatamente y del cual rescataron su cuerpo unas horas después. En la mano derecha, llevaba un fuerte olor a frambuesa procesada, el frasco roto le había abierto y moriría desangrada.
SR Otoño 2017
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