El hombre que se estaciono en doble fila
Quería beber algo, quería desesperadamente empujarme algo con demasiado fuego para hacer que se me olvidaran las cosas, no había nada que funcionase solo, todo requería preparación y una condenada mezcla de jodidas hídricas que me quitarían el brutal exabrupto. Todos están ahí con la consigna de honrar a aquel hombre, y yo pensaba únicamente en que su mujer estaba muy buena, en que sus hijas estaban muy buenas y en que era un jodido lugar donde no tenían una condenada botella de mezcal. Siempre hablo de whisky o de cerveza, casi nunca de mezcal porque requiere una situación especial, algo que me haga resistir todo lo que se pueda el golpe duro. Él era duro, de esos tipos que tienen siempre las respuestas, o parecen tenerlas, capaz de encender un infierno el solo para demostrar que tiene razón, pero no algo ilógico o erróneo, sino la pura y absoluta verdad, un jodido ente dotado por alguna inteligencia fuera de este condenado planeta, y lo peor es que en su jodida casa no había una sola botella de mezcal, que me hiciera aguantar de pie las horas subsecuentes. Es su funeral, nadie dice eso, todos sabemos que es un velorio, hay por ahí una desconsolada viuda con buen trasero, hay un par de adolescentes que pintan bien, hay un sinfín de imbéciles que gustan de alardear lo machos que son y lo estúpido que suelen ponerse mientras los culos ardientes de sus mujeres se revuelcan con tipos con él. Jodidamente el ciclo sin fin.
Lo odiaba a muerte, desearía que, si el cáncer no se lo llevaba, hubiese tenido los medios para deshacerme de él mientras violaba a su mujer o a alguna de sus hijas. Pero no, alucinaba, en realidad debe ser que el condenado matarratas que me consiguieron está subiéndose a la cabeza; un golpe de la caña que viene acompañando el líquido de dudosa procedencia. Los días son iguales cuando nadie bebe, los días se encienden cuando algún maldito bastardo invita las rondas. Él sabía perfectamente eso, le gustaba presumir de su grandeza como ser humano, siempre llenando de fantasmas los rincones de las mentes de todos, abriendo la boca de manera descontrolada y con aquella tesitura que comenzó a debilitarse cuando el bastardo cáncer apareció en su páncreas. Un dolor jodido, lo fui a ver mientras se restablecía en su casa. La mujer con el vestido más entallado que pudo conseguir me hizo olvidar por unos instantes que jodidos hacia ahí, pero al final siempre terminaba al lado de su cama. Lo escuche, con aquella voz llena de intensidad, aun la poseía, era un condenado hijo de puta que le encantaba mostrarse mejor de lo que se encontraba. Mientras estuve con él, no pocas veces lo sorprendí viendo los cuartos traseros de sus hijas. Pueden decir que miento, lo sé, no tengo la confianza de nadie que importe, pero juraría por Dios que ese bastardo enfermo de cáncer pancreático le vio las nalgas a sus hijas en un par de ocasiones.
Me ven y huyen, no porque sea malo o les recuerde algo que todos enfrentaran en un momento, sino porque tienen miedo de que suceda lo mismo que aquella vez que él me encontró ebrio. Frente a todos, con todo el sentido de justicia, o al menos lo que entendía por ello, me hizo arrodillarme mientras pegaba el cañón de una pistola en mi cráneo, no pensaba matarme, pero le gustaba jugar a ello. Nadie lo quiere recordar, y juran que fui yo, que hice todo aquello porque le odiaba a muerte, y por qué estaba ebrio. Lo más probable es que fuese así, pero aun con todo ello, el tipo era despiadado, lo sabía desde que el sol se ponía, hasta que el sol regresaba, un condenado ciclo que ese hombre poseía.
Nadie más que yo sabía dónde guardaba su alijo de alcohol, todas aquellas botellas caras que había comprado a lo largo de los años, marcas famosas en ediciones especiales y algunas de ellas aun intactas, pero el jodido hijo de perra las ha escondido o las ha tirado alguna de esas mujeres que tanto le amaban, quisiera a veces que ellas fueren las que sufrieron por años, pero no hay nada de justicia en este mundo, él era un hombre duro, de esos que terminas amando por sobre todas las cosas porque te enseñan las jodidas cosas como son en verdad. Pero me ha timado, se llevó a la tumba el secreto del alcohol, y ahora mientras reposa en un ataúd forrado de algo semejante a las nubes, me encuentro aquí si un jodido trago, lo más probable es que personalmente lo hubiese tirado en el fregadero o regalándoselo a los malditos ebrios que pululan por estos lares, lo debía hacer sabiendo que me iba a enfrascar en una ardua labor de disminuir todo lo que estuviese a mi alcance. Y si fuese posible intentar meterle mano a su mujer o a sus hijas, lo veía en mi mirada, lo sabía por todo aquello que le habían contado. Aun cuando nada de ello fuese cierto.
Ojala alguien hubiera dejado por aquí algo que medianamente pudiera embriagarme, guardarle luto a mi viejo amigo, lo conocía en realidad hace poco menos de dos años, pero para alguien sin futuro o pasado visible, dos años son toda una eternidad, nunca intente saber que hacía o siquiera como es que podía mantener su estilo de vida, pero eso no me incumbía, no sabía nada de lo que sucedía dentro de ese lugar que él llamaba su segundo amor. No sabía nada de aquello que intentaba hacer mientras el resto del mundo se colapsaba en sus necesidades de atraer la desgracia. Aquel hombre únicamente quería seguir vivo, tener la suficiente vida para hacer justicia o reclamarla y no le alcanzó, al final creo que los gritos que emanaban de su boca eran lo suficientemente fuertes para hacer llorar al más valiente. Así lo hizo, así lo intento hasta que pudo resistir, hasta que el último aliento le abandonase; para mí era un ente completo que bien podría convertirse en un jodido mesías si lo hubiese intentado, pero se conformó con un trabajo como todos los mortales, lo hizo su vida junto a sus mujeres y nunca cejó en un solo instante.
No me quiero poner melancólico, pero es justo lo que logra el maldito alcohol tan barato, tan lleno de mierda como pueda estarlo al ser elaborado en alguna maquina industrial sin pizca de alma, que no posea el sudor en cada uno de sus procesos, porque ya todo está automatizado; que jamás huela la sangre de un hombre que se rompió el trasero para que un maldito borracho pueda tener un momento de paz y serena calma de muerte pequeña. Los gritos que emanan de todas las maquinas es el progreso sin espíritu humano, mera destrucción de aquellas pasiones que nos vuelven impredecibles y capaces de tener tanto odio como el mas de los bastardos en la historia, o un ser tan bondadoso que haga ver al nazareno como un jodido amateur. Así los tragos de estas mierdas que te desuellan por dentro, se convierten en pequeños clavos de ataúd que van sumados a la cantidad de mierda que te meten por los ojos, por la nariz y por el recto. Aun cuando no estés consciente, aun cuando deseas proclamar que eres la jodida verga del universo, aun cuando tus gritos sean pequeñas brisas en el desarrollo de la jodida vida de alguien con verdadero fin. Él seguramente estaría aquí bebiendo o viéndome beber mientras aguardo con total parsimonia que sea mi momento de pasar al frente o al lado del ataúd para guardarle solemnemente respeto por haber tenido una maravillosa vida que no pudo sino escupirlo de la realidad hacia la inconsciencia, donde probablemente siga cogiéndose a sus mujeres.
En realidad no me importa, en realidad solo quisiera brindar una última vez mientras todos desaprueban mi comportamiento, pero lo hacen porque no son capaces de hacerlo ellos, porque se encuentran sujetos a lo que la buena costumbre les dicta, aquello de volverse completos inútiles frente a la batalla, sumidos en la oscuridad de la mierda, de la noche, de los sin sabores de anuncios neón sobre hoteles baratos que tienen pinches chinches en sus camas. Él se ha ido, mientras el resto se conforma con asistir a su sepelio, intentar repegarse a su mujer e hijas y beberse su alcohol, tal vez por eso no lo encuentro, tal vez por eso me gustaría brindar una vez más en este condenado día. Larga vida viejo.
SR Primavera 2018
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