lunes, 17 de diciembre de 2018

Las uñas que se atoraron en el teclado

El primer trago te quema, arde como una condenada sopa recién hecha. Pero es diferente, porque inmediatamente todo allá arriba se pone en marcha. Justo cuando elevas la botella de nuevo, descubres que no ha pasado un minuto siquiera, que la necesidad te obliga a hacerlo. Te lame las bolas y succiona los pensamientos. Y ahí van, todos los neurotransmisores encendiendo fogatas por todas partes, el incendio recorre de los 5 puntos cardinales y te cubre en fuego. Imparable, lleno de todo el sentido. No suena esta vez un canto ranchero, sino la condenada voz de Morrison, la que revienta los parlantes; el fuego se extiende desde sus genitales cubiertos por ese cuero negro, el torso desnudo y la noche que se ha cubierto de sexualidad. El siguiente trago despierta cada uno de los dedos, los pone en alerta y les hace escupir letra a letra la inflamable cantidad de palabras suficientes para que los astros te volteen a ver. Hace un jodido calor que nada tiene que ver con el Whisky, al contrario, lo deja hacer, lo nutre y le da mayor fuerza a la pegada. Son casi las dos am, como siempre.
 
Es así, lees sobre sexo, violencia, drogas, literatura y las escupes dentro de una pequeña narración cubierta de enseñanzas putrefactas. No eres dueño de la verdad, a duras penas sostienes tu vida, más interesado en los grados alcohólicos. Escuchas tu respiración, o mejor dicho la exhalación. Es como una marea que azota el suelo virgen de una playa perdida en la historia, como si un bombardero se aproximara a las piernas de una mujer deseosa y frondosa que te odia.
Acudes en tropel a dejarte la vida, tan difícil e imposiblemente que los gritos se cuelan entre las notas de un delicioso grupo de melodías, precedidas por la noche que no muestra las estrellas porque no las hay, barridas por la intransigencia de querer seguir vivo. ¿Que golpes puedes esperar de alguien que espera la soledad para enfrentarse a aquello que lo atormenta? Frenas cada que te duele la mano, te detienes como cuando tienes sexo, no te quieres hundir, sin embargo, lo estas.
 
Inmerso con sus jugos, en la risa, la volatilidad de sus caderas. Gritos y arañazos depositados en cada trago. Su pubis se seca y se vuelve a retraer conforme el líquido corre por mi cerebro, dando vociferantes notas, desnudando los pocos embistes, con sangre y dolor que se enquista en los huesos y en la noche. Quiero aullar a la noche con cada jodido trago, gritar entre tus nalgas, mientras países enteros se hundirán en la penumbra de la descomposición social.
 
Tienes la vida para arreglarlo y heme aquí, cayendo de bruces frente al pelotón, inclusive antes siquiera de que amartillen el arma, porque sigues siendo un cobarde, encargado de volver la mirada atrás y no sentirte arrepentido por nada.
 
Ahora el cosquilleo se concentra en el brazo izquierdo, sabes que el final vendrá de ahí. Tan rápido como el mismo descenso del licor hacia las historias, trasmutando grados etílicos en palabras 
soporíferas.
 
SR Marzo 2018

No hay comentarios:

Publicar un comentario