El autobús traquetea con mayor fuerza de lo normal, no culpo en absoluto al chofer, bastante hace con estar aquí en un día feriado, transportando a una suerte de soldados, quisiera que fuéramos igual de valerosos o ingenuos que aquellos soldados en Vietnam que se internaban en el Việt Cộng esperando encontrar la felicidad en rociar con napalm a unos desventurados comunistas que a duras penas conocían los beneficios de la riqueza del capitalismo, de ser unos hijos favorecidos de dios por nacer rubios o blancos en una tierra llena de tornados, girando las ruedas del progreso para que la humanidad no se estancara para convertirnos a todos en meros sembradores de bambú, caña de azúcar o arroz. Comiendo con las manos y usando aquellos ridículos sombreros de paja o de papel arroz. Hundidos en la miseria del calor que traspasa las ventanas de este armatoste que parece que se va a desmadejar en el próximo bache que el chofer ignore, capaz que atina a cada uno a propósito, pegándole con la fuerza de una metralleta gatling sobre las casas de bambú reforzadas con cáñamo traído de los mercados de la isla contigua. De la misma jodida isla que ahora recibe las fuerzas de la liberación encarnada en un Joel o en un Mike de Wisconsin, Alabama o alguno de esos estados que lo máximo a lo que pueden hacer es alimentar la gran nación americana que describían los poetas americanos, como el que descansa en el bolsillo trasero de mi pantalón desde hace cuando menos 3 meses, Whitman es igual de ignorado que los baches o las señales de stop que el conductor indulgentemente ignora con la displicencia que es necesaria tener para que te suelten una bomba kamikaze de más de 100 toneladas, cargada con reses para el matadero, porque eso son aquellos chicos que usan un uniforme un par de tallas más chicas al inicio, porque igual perderán peso a causa de las condiciones atmosféricas tan distintas a su condenado medio oeste, con tanta humedad y calor que los mismos hijos de perra que vienen a ser liberados usaran como elemento de contra ataque, tan certeros con las balas, los machetes y los mosquitos portadores de una de esas enfermedades del trópico, de esas que algún profesor de medio pelo graduado en las universidades de las costas del este habrá hablado mientras Sam o Niall deseaban meterse en las bragas de la animadora, todo al compás de unas cervezas bud en frio, aunque eso está lejos de esta ruta, aquí sólo existe la cerveza regional que lleva el nombre de un conquistador o mejor dicho la familia de unos conquistadores foráneos que llenaron de sangre y muertes por epidemias a la región para después erigirse como los responsables de velar por estos pobres desgraciados que ahora viajan en un camión repiqueteando por las calles secas y repletas de un color que durante los meses de calor extremo no le piden nada a aquellas selvas imposibles donde los bastardos se fueron a meter, igual a como lo harían casi 400 años antes unos desconocidos barbudos que traían mejor equipamiento, pero que no tenían la música de Jimi o de Morrison para glorificar sus masacres en la tierra de Ho Chi Minh. Esta será una historia contada en tres tiempos, uno pasado, uno remoto y uno alejado en las crónicas de una historia que no amerita ser contada bajo reserva de nada; el silencio del interior es casi tan mortuorio como los ataúdes en los que regresaron tantos chicos valerosos a casa, con su acné, sus problemas de vista, sus dientes desfigurados por los agujeros de las balas o alguna mala higiene que los volvió peligrosamente locos en medio de la selva a más de 5000 kilómetros de la maldita cafetería donde su novia o esposa muy joven los espera con aquellas piernas atractivas que algún día serán abiertas por algún conocido de su ex pareja, el primo que no murió, el tío que la emborrachó, los amigos que partirán después a sufrir la misma suerte o peor, y que regresaran con años y años de alcohol para lavar los horrores de algo que no debía ocurrir, pero sin embargo, Betty o Ann ya no serán aquellas hermosas mujeres que atendían con su mejor sonrisa la cafetería, sino serán las madres de sus hijos que los rechazarán y querrán huir fuera de esos pueblos de mierda donde decidieron quedarse pese a que ellos consideraron que cualquier pueblo americano valía por 100 o mil granjas llenas de mujeres orientales a las que obligaron a copular en la sangre de sus hijos o esposos, mientras se repetían las canciones de los creedence o de los stones en sus cabezas, igual que lo hicieron con las mujeres en estas tierras llenas de mosquitos, sangre y vegetación. La muerte sabría igual allá o acá, pero nada puedo decir si no la he experimentado, pese a que seamos unos cuantos obreros o empleados de grandes corporaciones que se extendieron al amparo de los gobiernos triunfantes de las gestas políticas, que lo mismo les sirven los chinos que los mayas, los blancos que los negros, todos somos carne de cañón usados con los mismos fines que aquellos chicos hace casi 60 años o aquellos bastardos mulatos hace más de 500, las culpas, el miedo, la sangre y la muerte es la misma, todos somos la misma bestia herida y compungida que espera la estocada final mientras nos desangramos por los orificios que la vida se encarga de generar. No han encontrado la forma de evitarlo, los experimentos o las formas se reducen a conducirnos hacia la miseria o la muerte. No hay escapatoria aunque lo quisiéramos, pero mientras tanto sigue avanzando el camión, con las luces rutilantes y de un color cercano a aquellos viejos videos del despliegue de soldados jóvenes en Da Nang, en la maldita selva, en el campo de cultivo de algún pobre perro apaleado que se juntara con otros 100 perros apaleados para impedir el engrandecimiento de esos pobres chicos que únicamente querían la misma gloria que sus padres o abuelos en el 54 o el 44, sin saber que los viejos ahora estaban llenos de agujeros de dolor insuperable, así como sus propios nietos lo estarán en algún desierto iraquí o afgano, o en las calles de una ciudad racista que empobrece aún más a los malditos que osan buscar el sueño de vivir en un lugar establemente tranquilo, da lo mismo que vayan envueltos en plástico para evitar la muerte o que estén empuñando el sable y la ballesta, amén de la armadura que los hunde en el fango de la selva virgen cazando fantasmas asiáticos o mayas. La selva se cubre de moscos, sangre y muerte. Todo es lo mismo, las noches siguen siendo calientes aquí y el sudor nos obliga a actuar de manera errática mientras nos desangran con una mp5 o el salario mínimo. Tiene la misma justicia aquí que hace tantos años, al menos ahora puedes evadirte escuchando la misma música que aquellos muchachos en los camiones de reclutamiento por toda la América blanca y negra. Es el maldito consuelo.
SR Navidad de 2021.
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