Lo último que había escrito antes del apagón fue una serie de porno historias, se sentía un adolescente cuando lo hacía. Cuando a cada tecleo venia una oleada de sensaciones, aunque de tanto hacerlo terminó por aburrirle, a no provocarle ni el menor interés en seguir con ello. Pero el trasfondo mostraba su miedo más oculto, que hubiera perdido la capacidad para escribir, se sentaba todos los días frente a la máquina y esperaba a que las palabras acudiesen, esperaba con el fuego en las entrañas, algo lo jodia. Algo detenía lo poco o mucho que pensaba, pero no se atrevía a romper la blancura absoluta de la página.
Escuchó el timbre que le trajo recuerdos de una etapa previa donde todo era más fácil, pero resulto que no era su timbre, sino el del vecino, el chico agradable, el tipo bien vestido que todos los días saludaba a la gente que se cruzaba frente a su andar rumbo al trabajo. Ni idea de que era lo que hacía, por la ropa podía intuir que se dedicaba a un oficio pesado. Jornadas que duraban lo suficiente para evitar que la polla se levantase con toda seguridad, pero quizás fuera más allá, uno de esos hombres cuyo trabajo más destacado era el ser una incógnita para todos. Se quedó unos instantes escuchando a la persona que estaba del otro lado del pasillo que separaba las dos viviendas, oscuro, tétrico pasillo con una bombilla que parpadea y que refleja la dificultad de encontrar un encargado de mantenimiento adecuado. Nadie se molestaba en tratar de arreglar cualquier desperfecto, pagaban lo suficiente al arrendatario para que cualquiera se volviese un inútil frente a los problemas.
-Eres un imbécil!
La voz indudablemente de una mujer, chillona, la imagina flaca con poca altura y una cara aniñada que le regresa la memoria a su adolescencia, cuando estuvo atrapado por una niña así, una pequeña bastarda que lo mantenía dentro de los límites de la amistad, él no quería eso, él quería todo de ella, pero jamás paso de ser el mejor amigo. La voz le revuelve el estómago, porque le revela una etapa que le hace daño, que le muestra aquella realidad que jamás desea enfrentar; ya no solo como ejemplo del desastre que es su vida amorosa, sino la etapa en que se rompió el brazo, en que tuvo que trabajar para salir de la miseria, de la casa con sus padres peleando todos los días hasta que la mujer se fuera, hasta que la familia colapsara, y todo ello viene envuelto en aquella voz que cree que es una maldición de su propio pasado, de su memoria que lo atormenta en las noches sin que pueda recordar al día siguiente nada. Irremediablemente se retrae, sin darse cuenta su codo choca con la mesa que se halla al lado de la puerta.
Se encoje de hombros, no le importa. Al final todo lo tiene aquí, lo malo, lo bueno y lo imposible. Lo más seguro es que aquella mujer que se encuentra en el grisáceo pasillo mal y poco iluminado, sea una más de la colección que su vecino tiene. No lo envidia, no desearía ni estar siquiera 10 minutos en sus zapatos; no, esa vida es muy compleja para alguien como él, alguien que tiene casi un mes sin escribir una mierda, que no encuentra los motivos suficientes para desatascar el torrente de palabras que se agolpan en sus dedos. La electricidad la siente, la palpa, no es como si hubiera desaparecido o nunca la hubiera poseído. Pero no puede, y no tiene los enunciados necesarios para que la historia avance.
-ojalá te pudras! Hijo de las mil…
La puerta vibra, el departamento parece que se vendrá abajo, la voz continua con toda la retahíla de obscenidades de las que se puede acordar. La mujer debe ser una autentica fiera. Pero recuerda algo, recuerda que afuera esta oscuro, y aunque hace bastantes días que no sale al sol y siquiera lo ve en la ventana filtrándose por lo bajo, sabe que debe ser de noche, las historias venían siempre así. De noche, aleteando en sus fosas, vomitando toda la histeria acumulada en el día a día. Vuelve a escuchar con detenimiento el tic-tac de un reloj que no es capaz de ubicar en su propio departamento, las mismas paredes de un color cercano al rosa, pero que seguramente su propia incapacidad para conocer más allá de los colores que aprendió en la primaria le vuelven incompetente para determinar qué color es en realidad.
El tic-tac deja su lugar a un taconeo que se escucha como perdido en el tiempo, en las lágrimas de una relación que se murió sin llegar jamás al puerto al que todo mundo le dijo que llegaría. No es una historia bonita, no es una historia siquiera, no hay ninguna mujer de apariencia elegante tras la puerta en el pasillo tocando la puerta de un vecino inexistente. Son poco más de las 1 de la madrugada, escribiendo desde un rincón de la memoria, buscando los pretextos necesarios para que el ciclo reinicie, con la violencia necesaria, los golpes en el teclado que le apresan los dedos, buscando la historia tan perfecta que sea capaz de ir para atrás y para adelante, sin importar que en el último párrafo todo parezca una confusa mierda, no creo que sea nada personal. Era necesario mientras escucho corridos y espero que una cerveza bien fría tenga el ánimo de inventar una historia que un día me ponga chinita la piel del brazo. Quizás lo haga, quizás está tan cansado para imaginar que lo único que hago, es inventar una historia sobre esa mujer que tocó la puerta de mi vecino, un día tan distinto, una tarde más de la vida.
SR Invierno 2020
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