¡Plam, plam, plam!
-¡carajo abre! ¡Pinche puta!
La palma gorda del tipo se estampaba con fuerza en la reja de aquella casa, casi era medio día y llevaba varias veces que se acercaba a la casa de la mujer que él creía que le pertenecería, pero ella lo había utilizado. Le había sacado cosas a sabiendas del tipo, y lo había dejado con un palmo. Le hacía hervir la sangre, le corroía las entrañas saber que no había podido siquiera darle una nalgada en el culo gordo que se cargaba la mujer del pelo ensortijado y negro. Tenía casi 50 años y estaba enfebrecido, cada poro de su cuerpo exudaba calentura que no podía reprimir, pero también tenía ira, y sabía de antemano que la mezcla de ambas no era buena.
¡Plam! ¡Plam! ¡Plam!
-¡con una chingada! ¡Que abras!
No había nadie y lo sabía, el ruido de la colonia incluso parecía muerto, pero era común por aquella zona, eran casas dormitorio, la mayoría de los vecinos, y por añadidura la mujer aquella, estarían de regreso hacía las 9 o 10 de la noche. Estar parado ahí, bajo el rayo pleno del sol era cuando menos ridículo, más si contaba la calva que relucía perlada de sudor; las venas del cuello parecían a punto de reventar de tanta presión que ejercía el hombre para que los palmos retumbaran en la estructura de la casa.
¡Plam! ¡Plam! ¡Plam!
-¡me carga la verga!
Pensó por un instante en forzar el candado y la cadena de aquella puerta que se le antojaba fácil, entrar y destrozar la casa, romper los sillones, volcar la televisión, romper la mayor cantidad de platos y vasos que encontrase a su paso. Ir hasta la habitación y rasgar el colchón donde aquel cuerpo caliente dormía. Acercarse al cajón de la ropa íntima y olerla, masturbarse con la mayor fricción posible y decorar con su lefa los calzones más sexis que encontrase. Claro que también robaría alguno. El pene le dio un vuelco ante la idea de poseer a aquella mujer que durante años le había dado picones, imaginar lo que debería de hacer con la cola de la mujer. Estaba yéndose, su cabeza comenzaba a perderse, más perdido de lo que le gustaría. Así había caído en sus garras, le había descontrolado su arrolladora personalidad tan abierta, su sexualidad a flor de piel y sobre todo lo escandaloso del cuerpo que ansiaba poseer. Pero no podía forzar la chapa, no quería más problemas con la ley, no quería volver al trena.
El papel estaba siendo rasgado con una fuerza más acorde a una tabla o un pedazo de cartón durísimo. La pluma de color azul recorría de lado a lado dejando trazos carentes de uniformidad y sobre todo con una pésima ortografía.
“quiero los abonos del pinche refrigerador”.
Apuntó su teléfono y deslizo el papel por debajo de la puerta, lanzó una última mirada al interior de la casa, como esperando a que alguien saliese de repente al dejar de oír lo golpes, pero seguía tan impasible como hubiera estado los últimos 20 minutos, y las últimas dos veces que habíase desgañitado ante la puerta.
Tenía casi 50 años y se llamaba Regulo, nada le había salido bien últimamente, pensó que regalándole un refri a una mujer o colmándole de atenciones se la iba a encamar, ella le había dado señales, un roce aquí, una plática allá, una sonrisa y un bamboleo de los glúteos apretados por aquellos vestidos exageradamente apretados que usaba. Pero también en el trabajo había tenido que sufrir las consecuencias de sus actos, su madre, su hermana, y su primo se burlaron tanto de él, que parecía traer una diana en la espalda.
El dolor en la cabeza iba en aumento, podía sentir prácticamente cualquier molécula a su alrededor flotando y reproduciendo ruido, parecían bombas atómicas que decidían romper con la vida justo a su alrededor. Pero lo peor era el ardor que se cernía detrás de sus ojos, llevaba más de 15 minutos con los ojos cerrados, tan fuertemente como lo podía hacer, nada a su alrededor era bueno, al contrario podía sentir que uno a uno los pensamientos sobre lo que era el dolor le invadían. Por más que apretaba los puños y evitaba hacerse más daño en la cabeza, parecía que sería imposible, tenía ganas de matarla. De hundir su cráneo con un puñetazo todo lo fuerte que podía, y ver como la sangre se escapa de su cabeza, con los ojos fundidos para siempre, quería, pero era cobarde, y eso lo volvía más peligroso. Sus ojos así lo demostraban, sus dientes crujían amenazadoramente detrás de los violentos golpes que su sien reproducía cuando una minúscula mota de polvo le rozaba el oído o alguna parte cercana a sus ojos.
Regulo se acercó a la dirección que llevaba casi tres semanas visitando, esperando más que cobrar, ver a la mujer, tratar de voltear la situación y si fuera preciso, cobrarse con el cuerpo. Pero de nueva cuenta no había nadie, ni en la casa, ni en las proximidades, apenas algún animal que se arrastraba para sobrevivir sobre la acera caliente o los flancos tan desprovistos de vida; se armó de valor y trato de subirse por la reja o la empalizada que podía darle acceso al segundo nivel de la casa, no contaba con todas las mañas y habilidades que otros, pero sin duda pudo situarse en una posición en la que ya no había vuelta atrás, dio un último esfuerzo y logró afianzarse entre un pequeño marco de la ventana y el interior de la casa. Franqueo la ventana e ingreso al domicilio. Se lo esperaba menos ordenado, no parecía aquella mujer una de esas que tienen un orden irrestricto, pero estaba todo en su lugar, como debía ser, algo en su cerebro le dijo que aquella mujer podía darse cuenta inmediatamente que alguien hubiese movido algo. Salió de aquella habitación decorada con ciertos elementos que la hacían parecer la habitación de un niño pequeño, el pasillo pequeño reveló pronto que el resto de la casa estaba igualmente bien sujeto por las correas de la limpieza. Un pequeño mueble de apenas metro o metro y quince, sería volcado, esparciendo todo aquello que se colocaba encima bien lejos de su hábitat natural. Se maldijo el hombre y trato de colocar todo sobre la parte superior del mueble de madera falsa; trato de visualizar en su cerebro la forma correcta en que habían estado colocados, pero lo único que se encontró fue un zumbido permanente a causa de su dolor de cabeza. Tenía un tumor que pocos meses después lo iba a matar, pero en este momento lo único que encontraba era un ruido molesto que impedía que se concentrara en devolver a su lugar las figuras y la basura que se acumulaba constantemente, bien no sea basura, sino todas esas pequeñas cosas insignificantes que vamos acomodando en nuestra propia estructura. Pero era imposible y lo sabía, nada de lo que colocará ahí encima quedaría en su acomodado original, opto por después de todo simular un robo, algo estúpido de lo que pudiera deshacerse rápido. Dejo todo lo demás en el suelo, no tenía la menor idea de cuánto tiempo llevaba ya adentro, lo más probable es que no fuesen más de 15 o 20 minutos, pero se le antojaba eterno, cada pequeño ruido le hacía brincar, se sintió enfermo, de repente se dio cuenta que tenía casi 50 años y que estaba jodidamente enculado por una mujer que le odiaba cuando menos, y lo peor es que había irrumpido en la casa esperando a encontrar ¿qué? No lo sabía, pero algo en su mente se iba formando.
La mujer tenía 3 hijos. Todos jodidamente horrendos, con una semejanza idéntica al papá, a este lo conocía de vista, alguna vez lo llevo la mujer a una reunión. Lo aborreció tanto porque ese cabrón que debía andar cerca del 1.70 se la había cogido durante casi 12 años; los mismos 12 años que el llevaba jodidismo, atragantado por el alcohol y las ganas de cogerse a aquella mujer. Ella no debía pasar del 1.55 pero estaba todo bien en su lugar, un demonio de calentura y temperamento, dominar a aquella mujer se antojaba complicado e imposible si no se le tenía bien sujeta. El gusto de la casa era semejante a lo que cabía esperar, orden y suciedad a partes semejantes, cuando se adentraba en los detalles descubría unas cuantas cosas llenas de suciedad, como si la mujer y los hijos únicamente tuvieran tiempo suficiente para limpiar lo que se alcanzaba a percibir, sin adentrarse más allá. Pero seguía inmerso en el sitio como si fuera un jodido museo, una catedral para el monumento que aquella mujer representaba; busco en el refrí, si ese condenado refri que él había pagado, una cerveza. No había nada que se le asemejase, ¿no había licor en toda la casa acaso? Necesitaba valor y solo la maldita bebida se lo podía garantizar, busco en un mueble que parecía una alacena, café y despintada a partes iguales, en algún punto apareció una mierda de rata, pero no le importo, no era la primera ni la última que encontraría en su vida. Debajo de una manta o frazada encontró su recompensa, una botella de alguna mierda que le habían vendido a aquella mujer como tequila. Lo probo, le supo a meados de caballo, pero no había otra cosa, se tomó el segundo trago y no fue mejor que el primero, tenía toda la boca llena de ese horrible sabor a tequila barato, por no decir aguardiente. Al siguiente trago todo le pareció mejor, apenas tuvo conciencia de que ya le había bajado la mitad de lo que había, pero se sentó a sus anchas en un sillón viejo y destartalado, no tenían tele y los maldijo por eso, ya les daría una buena a todos y cada uno. Vio la pequeña estancia pintada de algo parecido a un color azul, muchas pinceladas mal dadas, algunas con exceso de pintura, otros parches menos agraciados. Le dieron ganas de mear, se acercó al baño y de un tirón apartó la tapa del wc, no le importó en lo más mínimo si salpicaba. Ya les daría a todos su salpicada. Salió sin lavarse las manos y volvió al sillón, le dio otro trago a aquella botella que comenzaba a antojársele como lo más jodidamente bueno que hubiese probado jamás. Como debía saber el coño de aquella mujer, caliente, oloroso y con un fuerte regusto a cobre. Se imaginó hundido entre sus poderosos muslos y no pudo evitar desear que se encontrara presente, la violaría sin ningún reparo, quizás terminaría golpeando a los bastardos hasta que la mujer sumisa se dejara culear. El trago de la botella le pareció minúsculo, como una pequeña aguja que se clava en el interior de su brazo, recorrió las horas felices que aquello le despertaba, quizás con algo del polvo, los dos disfrutarían hasta el éxtasis. Se la imaginó terriblemente adicta de sexo, de sexo salvaje y rudo, ahorcándola y llamándole puta, eso le pediría cada instante desde que la sometiera a su dominio. Pero no es así, algo le grita desde el interior de su cabeza, apenas y puede contener la amargura que se abre camino entre su euforia por estar en aquella casa, tomándose el tequila de la mujer, meando en su baño y paseándose como si fuera su jodido dueño. Sabe perfectamente que no se puede quedar así, sabe perfectamente que debe actuar o todo su jodido mundo de hombría no va a servir para maldita sea la cosa, y con un nuevo trago a la botella ya casi vacía, se dispone a hacer valer su hombría en aquella casa, cueste lo que cueste.
Son las 9 y algo de la noche, la mujer baja del colectivo particular que la trajo hasta la entrada de su casa, el tipo aprovecha para mirarle el culo, ella ya está acostumbrada, algunas veces reclama, otras esta tan jodidamente cansada que lo único que desea es tomarse un vaso con leche y perderse en las sabanas antes de repetir su día a día, porque sin duda sabe que de aquel círculo infernal y vicioso sólo se sale con los pies por delante, como todos. Hoy es un mal día por que el maldito canal de desagüe que pasa cerca apesta como la fregada, desearía que ese canal en lugar de aguas negras llevase potable, algo que evitase las sequías y las pipas. Antes de abrir el candado de la vivienda sabe que algo anda mal, normalmente los gatos están apiñados en la ventana, por dentro, esperando a que alguien aparezca, se pueden salir, pero no todos o no siempre, hoy por el contrario, todos están en la puerta de la casa, esperando impacientemente que apareciese, maúllan entre excitados y encolerizados, algo les ha perturbado, y la mujer cree que algún ladrón o algo peor está allá adentro. Duda, sabe que en caso de ser necesario podría ir 4 calles hacia la izquierda al módulo policial, pero que sería ridículo llegar y explicarles que sus gatos estaban afuera, todos, y maullando como desquiciados. Tres instantes le toma hacer conciencia acerca de lo que va a hacer. Termina por abrir el candado, la puerta cerrada a cal y canto, nada entró por ahí, pero eso no le quita la sensación. Maldice nuevamente al canal, su apeste es insoportable. Pero su maldición se pierde en el siguiente grito que sale de su garganta, acompañado de un inconfundible estertor precedente de la arcada, luego otra y otra, hasta que vomita el contenido de la comida japonesa que con trabajos pudo comprar. Se aleja mientras las lágrimas, tanto por el esfuerzo por vomitar como por la rabia que le corroe, le corren por las mejillas.
Regulo saltó por la ventana por la cual se había metido, camino 2 cuadras hacia la derecha y llegó a una farmacia de similares donde un tipo con la cara más picada de acné que haya visto le dio un bienvenido, no contesto y si en cambio le pidió un par de laxantes, llevaba días sin hacer bien. Se abrochó los pantalones y a duras penas logro contener el asco, el olor era terrible y recorría de punta a punta la casa, dos veces estuvo a punto de pisar una de las masas putrefactas que decoraban el piso de la casa de aquella mujer. Regulo camino casi 8 calles hasta encontrar la casa de materiales de Don Pedro, le pidió una pala prestada, de esas que usaba para cargar los camiones de grava. Con la pala y cuidando de no ensuciarse, agarro dos o eso parecían masas liquidas y las aventó hacia el interior del refrigerador, la comida y las demás cosas se vieron reducidas a mierda liquida. Cerró el refri y vomito sobre el sillón de la sala.
SR Diciembre 2019-Primavera 2020
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