viernes, 4 de septiembre de 2020

hacía tanto calor que escribí esto en calzones

Conducía en el metro. Lo conocía de vista previamente, tenía unos 45-50 o esa edad indeterminada que nos parece cuando realmente no sabemos que hay con esas personas. Tienen la edad suficiente para estar conscientes de la mierda de vida, pero aún mantienen un rayo de esperanza, igual y no es cierto, pero quieren creerlo. Le daba igual tener un poco de miedo, bebía cada noche al finalizar el turno, se levantaba tarde todos los días y bebía hasta que amanecía, luego paraba para irse a dormir, su esposa e hijos se habían ido. No sabía cómo o cuando, o parecía no tenerlo en cuenta, en realidad no parecía importarle. Los días eran iguales a los anteriores, pero conducir por espacio de 5 horas en la enorme red de gusanos naranjas lo hacía apreciar la vida, parecía que no porque su rostro rara vez sonreía, pero lo hacía en serio, lo puedo asegurar con la misma certeza de que lo esperaba todas las noches al finalizar el turno, siempre en la orilla de los sitios de desesperanza, parecía que nos entendíamos lo suficiente para no invadir el jodido espacio uno del otro. Tenía una idea bastante acertada de lo que podría suceder. Alguna vez vi a alguien que cruzo el punto, ambos le caímos encima, dos dientes menos para el tipo, no volvimos a verle, no sabíamos nada de él, solo que le gustaba beber, con la misma celeridad que el universo se contraía.
 

-dos de Tecate y unos marlboro.
 

Fumaba rojos, hacia casi 20 años, o más. El no fumaba, decía que le hacía doler la cabeza, soportaba que el humo se acercara lo suficiente para tener sus días contados. Todos los teníamos. Pero algunas estábamos decididas a llegar hasta el final, caer en la hondonada de zarzas y espinas. De una caída de casi 40 metros, nadie sobreviviría a ello. Tenía casi 35, salía de trabajar a las 9 pero esperaba siempre a que él saliera de trabajar, lo comencé a esperar con el único afán de tener alguien que me hiciera compañía. No éramos más, no teníamos ninguna aproximación carnal. Todos lo daban por sentado, pero nuestra idea acerca de la compañía tenía como principio rector el no ir más allá. Quien puede saber si ambos lo cumplíamos cabalmente.
 

Los días eran tan jodidamente idénticos que se puede decir que los mismos fines de semana no parecían tal. No sabíamos realmente que había en ello. Nuestras vidas eran un par de porquerías que nos sabían a mierda. La nata de la noche igual, solo esperaba por nosotros para sentir en su vientre el aroma oscurecido del alcohol. Escuchábamos música, no hablábamos casi, quien quería saber si todos los días queríamos estar muertos. Alguna vez nos pusimos a beber con otras personas, no soportamos sus necesidades de existir, de pelearse por la porquería de vida que llevaban, por demostrar que podían querer a todos y a nadie por encima del resto de las personas. Bebíamos variado, aunque quizá cerveza era nuestra predilecta, aunque no es para menos, la oscura era mejor que lo demás, si bien no teníamos en verdad preferencia, bien podríamos esperar hasta que ambos cayésemos desmayados por tanto vino. Una vez así paso, él se cayó y no despertaba, alcance a llamar a una ambulancia, no pude articular todo correctamente, me fui a negro justo después de llamar, apareció en el hospital, ambos lo hicimos, nos robaron todo lo que poseíamos, pero no importaba, nunca lo hacía. Era casi un invierno, de esos que esperas lo suficiente para que la bebida no sea tanto problema para el resto de la humanidad. No es que importase, pero al menos así podíamos beber incluso en su trabajo.
 

La casa donde vivíamos era una porquería, parecía a veces que no había nadie que estuviera tan estúpido para vivir en ella, toda maleza por fuera y un despropósito de afectaciones, lo único que manteníamos era el gas y el agua. Ni la luz pagábamos y todos los vidrios que daban a la calle estaban rotos. Alguna vez aparecieron un par de ladrones que intentaron jodernos el mundo, nos dejaron sin un quinto. Parecía que la vida era una bola que gustaba de fregarnos. Tenía casi 18 cuando probé por primera vez el alcohol, mis padres eran una chalada religiosa y un tipo que amaba el golpear a su beata mujer. No había más, no caí antes porque tenía miedo, luego todo fue para abajo, me quede con el puesto del viejo, mi madre murió, todos se iban. No se mantenían ni las plantas. Él apareció de la nada, me pareció el sujeto más interesante, carente de maldad; amante de la insensatez. No quería nada con el mundo, y parecía que por más intentos que hacía para que la vida se fuera al garete, esto no llegaba, nos vimos con el mismo reflejo. Ambos éramos feos para el resto, eso nos permitía aislarnos, no estar esperando a que alguien nos jale hacia la vida. Preferíamos hacernos compañía en la soledad de nuestros pensamientos, como si fuera una certeza, de todos los días que nos quedaban por vivir, afrontábamos la vida como una loza pesada. Le agregábamos ideas destructivas con cada mañana, con cada golpe que dábamos.
 

Solo lo vi pelear una vez, algo que nunca más se repetiría, como si fuera la última exhalación de su vida, de la necesidad de ser alguien, la gano, necesito tres golpes. Creo que necesitaba eso, necesitaba una última victoria que pudiera rememorar en su cabeza cada noche antes de que se acabase todo el rollo. No recuerdo el interior de la casa, probablemente había un pequeño sillón donde dormía la mayoría de las veces, lleno de arañazos, quemaduras y vómito, un caldo de cultivo de la desgraciada vida. Apenas teníamos dos años así, cuando llego su final, lo atropellaron una tarde de abril, caliente abril, con el cráneo golpeo la acera negra, su sangre se convirtió en abono para las nubes, no pudo continuar su descenso, no le odio siquiera, no esperaba que siguiéramos muchos años. Quizá esperaba irme primero. Quizá quería que muriera después de todo. Ya no importa, aunque en realidad jamás importó.
 

SR Primavera 2019

No hay comentarios:

Publicar un comentario