Todo se reducía a la ansiedad. Pasaba por una mala racha, había dejado de beber y el trabajo estaba estancado, a nadie parecía importarle que todo iba encaminado hacia el desastre, como si los guiños a la muerte de la editorial fueran cosa de todos los días; prácticamente estábamos en el limbo y nadie movía un musculo; seguían gastando dinero en publicidad atrapabobos, hecha por los mismos y con nulo interés en que nosotros fuéramos los responsables de una docena o más de familias. Eso era el trabajo, ruido y juntas interminables donde los más avezados intentaban imponerse a los recién llegados. Una plana de idiotas por todos lados de donde se viera. Me gustaba Carolina, tenía bonitas piernas y escribía poesía en sus ratos libres. Odiaba su poesía, me parecía una mala copia de algo que ya se había hecho previamente, como si con cada verso intentara sacudirse la polilla de la entrepierna. Se jactaba de numerosos amantes, pero salvo que estos tuvieran múltiples vidas, ninguno era real.
Estaba sola, pero ¿quién carajos en esa época no estaba solo?
Carolina era la antítesis de Sofía, no es que ya no quisiera a mi mujer, pero los años cansan y más cuando nos la vivíamos como perros y gatos por nuestro carácter tan jodido. Para ella los mejores años estaban repletos de vivencias donde el alcohol discurría por mi gaznate. No era ninguna sorpresa que me prefiriera ebrio, así me volvía la mar de complaciente y no sólo un perro herido en búsqueda de sangre. Ella me engañaba. Lo sabía, aunque lo negara con la misma vehemencia que me negaba a asumir que la había dejado de querer. Éramos un par de desgraciados que nos negábamos al abandono por el mero hecho de que no sabíamos querer a nadie más con la misma intensidad que alguna vez lo habíamos hecho, cuando teníamos casi veintipico. Las canas nos habían traído cobardía; y todo aquello que nos habíamos jurado, se había ido por el retrete con algunos coágulos de sangre, procedentes de nuestra dieta rica en altas dosis de carne. No había noche en que no nos acurrucáramos juntos, aunque secretamente deseábamos que algo acabara con la existencia mutua. Así de desgraciados éramos por aquel entonces.
Aparecía en las noticias el fin de la ciudad, todo se estaba yendo al caño, como si la sola humanidad no bastara para acabar con todo, nos esforzábamos sin ningún desacelere, en que todo nos valiese pepino. Ella decía que nos teníamos bien merecidos la mierda que se cernía sobre todos nosotros, yo era más cínico y vociferaba que algo tenía que detener la catástrofe, por aquello de que las nuevas generaciones podían salvarnos. En el fondo hubiese querido tener un rifle de alto poder y salir a cazar incautos que pregonaban que la mejor época de la civilización era ahora. Rodeados de sus caros cafés, de sus tés chai, de sus armazones de pasta gruesa, de sus bufandas ridículas, de sus barbas de leñadores homosexuales, de sus perros con nombres más ridículos que mis pretensiones de buen escritor.
Me invito Carolina a beber, un bar, un lugar de esos pijos donde te cobran hasta por verte feo. Por olerte como si trajeras la mierda embarrada en la frente. Dije que no, tal vez ahí perdí mi oportunidad de engañar a mi mujer, no tenía apetencia por ello, no lo necesitaba, no quería sentirme más macho, no necesitaba alimentar otra vagina urgida por su vanidad, tampoco quería meterme en líos de codependencia y de celos disfrazados de su ilógica forma de vivir. Así habían transcurrido los años pasados, la vida entera ya me parecía ello. ¿Dónde había quedado mi ilusión por el romance, por los detalles, por los poemas llenos de frases incoherentes y con brutalidad sincera? ¿Qué había sido de mis anhelos, de mis esperanzas y de mi forma tan descarnada por ver la vida? Todo se reducía a que los años se habían encargado de convertirme en todo aquello que le achacaba a mi padre, a mi abuelo y a todos mis viejos: estaba jodido. Lo peor es que sabía que la forma correcta de acabar con ello iniciaba y terminaba con el fin de la editorial. Pero tenía miedo. ¿Cómo carajos no tener miedo? No conocía a nadie que empezara de nuevo a sus casi 50. No conocía a nadie que no tuviera un deseo oculto por vivir más de lo que habían vivido sus ancestros, pero, sobre todo: no quería irme sin pagarle cada una de sus infidelidades a mi mujer.
La había conocido cuando todos nos amábamos, cuando todos estábamos locos por creer en el milagro de que la economía se podía sostener por la voluntad del presidente en turno, nos vendieron esa bendita idea, nos hicieron soñar con una casita blanca, una cerca y un jardín. Ahora la verdad era irreprochable, largos asentamientos urbanos donde la calidad de vida se inclinaba por las posesiones estúpidas. No me quejo de ello, al contrario, me alegro de poder vivir en un jodido mundo donde puedo cargar toda la cochina colección musical en un aparato apenas más grande que la palma de la mano. Pero no me engaño, nos ha costado una mierda cambiar el sueño de la casita y la cerca, por una vivienda tan jodidamente opresora, que el salto al vacío desde el piso 20 no parece una mala idea. Enormes edificios que son asolados por la desigualdad social, por la falta de servicios básicos en otrora colonias populosas y por asaltos cada vez más irrisorios. A eso nos hemos reducido, a una masa de imbéciles que son capaces de robar y matar, y a otros más imbéciles que son capaces de luchar y morir por objetos que no valen ni para una mierda.
Sofía dice que estoy loco, que me he vuelto una copia al carbón de mi padre; igual con su odio por la humanidad que no le comprende, que no le acepta porque pertenece a una época más simple, a una civilización que se ha extinguido como lo hicieron los dinosaurios, los tigres, los elefantes, los rinocerontes. Somos viejos y anquilosados, llenos de pelo blanco en la cabeza (o al menos en las partes que aún tienen algo de pelo), con ideas estúpidas de un mundo aún más estúpido. Ella se mantiene joven, o al menos no se ve tan fregada, porque tiene amantes, se entretiene con aquellos que le sacan un poco de dinero, o un viaje o algo. Nunca más grandes, nunca más ricos. Siempre peleles que le ayuden a aumentar su ego y su libido. La mía está más muerta que las vaquitas marinas. Lástima, me quede con ganas de probarles en tacos de tortilla verde.
Esa era una gran línea, debí finalizar todo ahí, pero me niego a dejar esto cuando el odio aun corre por mis venas, lo más probable es que termine soltando obscenidades en un rincón solitario, tal vez llorando, tal vez imaginando que el rostro de aquellos jóvenes lumpen que se cogen a mi mujer, le han contagiado alguna condenada enfermedad que le esté devorando el cerebro. Poco a poco, sin prisa, con todo el daño humano que se pueda gestar por una condenada ETS. Esas letras me gustan, suenan como una condenación. Algo muy acorde con mi pesimismo actual; ese que se niega a abandonarme mientras todos en la editorial buscan que robarse. El ultimo debe intentar dejar el edificio antes de que lleguen los del banco con las ejecuciones para recuperar algo. Mi silla es cómoda, pero ni eso vale el esfuerzo de darle $200 al portero para que me deje sacarle. Prefiero hacer algo mejor. Prefiero esperar a que lleguen esos hijos de perra y romper cristales, aventar la silla y alguno que otro mobiliario por el hueco recién abierto a casi 14 pisos de altura. Luego prenderle fuego a todo. A todos los que no hayan salido. A Martita y sus panes, a Lucero y su venta por catálogo, a Chucho por sus quinielas deportivas, a Efraín por sus chistes estúpidos, a Carolina y sus piernas de infarto. Verles a todos achicharrados y derritiéndose mientras sus jugos los doran. Una suerte de comida china para dioses. Eso encajaría muy bien. Un condenado vuelco a la historia de un tipo de mediana edad que usa lentes bifocales, que maneja un auto condenadamente feo y de un color infinitamente mamón. Con un par de hipotecas que se acercan peligrosamente a los números que nadie quisiera ver. Pero no quiero que al investigar digan que fue por eso, me gustaría que dijeran que lo hice sólo por verles arder.
Demonios. Otra gran frase, no siempre salen y aquí ya he desperdiciado dos. Sofía dice eso: Que no sé en qué momento parar; que quiero forzar todo y llevarme al traste la poca gloria que he logrado. Veo su rostro, veo sus ojos almendrados. Veo su cabello teñido cubriéndole las canas. Nos estamos volviendo un par de carcamales que se odian más de lo que odian a Dios o al condenado hijo de puta que nos trajo a sufrir. Ella no lo quiere decir, pero si pudiera me encajaría el tenedor de plata que nos regaló mi madre hace casi 15 años. En aquella boda que no debió celebrarse; siempre dije que nos debimos haber separado, cuando aún había cariño, cuando aun tenían algo de chispa sus ojos. Cuando aún podía agacharme a abrocharme las agujetas. Cuando usaba gel para el cabello, cuando la vida tenía algo de sentido. Pero no, henos allí, sin fuerzas para dejarnos y con toda una vida de felicidad por delante. A menos de que algún imbécil que tenga deudas monetarias consiga un poco de gasolina y rocié el edificio, que arda hasta los cimientos y todos nos convirtamos en pequeñas manchas de tripa y sangre quemada. Nada ansió tanto como ello.
SR Verano 2017
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