¿Tienes dolor? Te gusta el dolor. Lo admites con la misma celeridad que entras en las depresiones que antaño no sentías porque creías que vivías bien, o que por lo menos no te afectaban las decisiones que otras personas tomaban con respecto a tu vida. A eso que llamas vida y que de alguna manera sigues enfatizando para creértelo, no bebes hace ¿cuánto? ¿Qué es lo último que recuerdas de aquella ocasión? Las zapatillas o zapatos deportivos que daban grandes zancadas para llegar a casa, la noche que parecía quererte devorar mientras los sonidos se magnificaban por la soledad absoluta en la que se encontraba aquel paraje que alguien ha olvidado, pequeñas luces fugaces que deambulan a tu alrededor, coloreando un poco las sombras que arrojan las farolas que no alcanzas a ver, porque tu cabeza va gacha, estas hundido, hacía años que no bebías tanto, y de alguna manera sabes que no fue así, que en realidad las noches son pequeñas motas de tristeza; miras el retrovisor mental y te sabes más lento y tonto. Pero de alguna manera lo compensas con sabiduría, o aquello que intentas hacer parecer como tal; actúas de manera impulsiva y ello te arrastra hacia el agujero de las depresiones, no era tan sencillo dejar de ser lo que habías sido hasta hace un par de años, cuando trabajabas todos los días y observabas la inquietud avanzar, crecer y mutar en algo más peligroso que al final te trajo hacia tu futuro inmediato. Pero también sembró las bases para lo que vas a terminar siendo, si es que todo sigue igual, tal vez no hoy, tal vez no mañana pero de manera inequívoca ahí vas a terminar, aunque no es la primera ni la última vez que lo planteas. Tienes miedo de alargar la mano hacia el mueble, sacar la botella de whisky y darle candela a esas neuronas. Tienes miedo porque sabes que es tan sencillo arrastrarte a todo aquello que tu amigo padeció, a todas esas lagrimas que has vertido desde tan recién. Como si fuera un ligero toque de mierda en tu vida, quisieras ser de piedra como antaño, cuando todo pasaba por las horas que terminabas perdido en las botellas debajo de tu cama. Cuando tenías tan surtido ahí abajo que parecía un método infalible para acabar todo, lento y pausado, luego aparecieron los problemas y terminaste roto, tal vez más que antes, pero incapaz de salir por el agujero, incapaz de siquiera plantear la posibilidad de que todo fuese tan sencillo, quieres abrir aquella botella que tiene tu nombre, que tiene la suficiente fuerza para que las letras se expandan con la celeridad del queroseno, pero no lo haces, te hundes en la ensoñación de que no es necesario, que tienes todo controlado y que no es suficiente razón para desconocer tu incapacidad de entender al resto de las personas. Antes no te importaba, eras tan cabeza dura que podías gritar en un estado de enloquecida tristeza sobre la mierda de vida que llevabas y todos creían que eras solo un pobre solitario infeliz incapaz de tomar una decisión, un chiste viviente que le gustaba el trago, las novelas de sexo y alcohol y las cosas sin importancia. Un jodido hedonista anacoreta que pedía a gritos que todo terminara, a nadie has engañado y todos los esfuerzos que la gente te dedicaba eran para evitar que te hundieras en la mediocridad que tanto amas. En esa nata gris que de forma increíble te ha moldeado desde que puedes recordarlo, para nadie era un secreto; todos los vieron con la misma certeza que tú. Lo proyectabas con tanta seguridad como si fuera una mancha indeleble. Abrazas las letras esperando a que alguna cosa tenga sentido, pero hace meses que no tienes coherencia alguna y por ende tienes que recurrir a las historias que habías dejado inconclusas, o a repantigarse en los viejos tópicos y formas que más que forma tiene un pobre contenido. La lengua raspa cada uno de los dientes cariados que te imprimen dolor, que te hacen requerir cada vez más frecuentemente dosis más altas de aquella hierba que en un principio dijiste que no te atraparía, que eras más fuerte que ella, pero has probado una y otra vez que tienes demasiadas ganas de hundirte en los vicios, primero el azúcar, luego el alcohol y ahora la condenada yerba que tienes metida hasta los poros. Debiste intentar hacerlo antes de que fuera demasiado tarde, antes de que todo estuviera tan jodidamente cerca de colapsar. Aun ahora no tienes idea de por donde discurre la vida, quieres que tenga alcohol, para justificar que eres un condenado mediocre, que escribe cosas tristes y carentes de cualquier empatía con el mundo, solo para no sentirte mal. Observas el pasado con tanta nostalgia que los triunfos actuales no te saben a nada, solo a ceniza que los días se encargan de esparcir durante las ráfagas de miedo, de llanto y de desconsuelo. Quieres embriagarte con la misma displicencia de antes, pero ahora estas solo, ya nadie bebe hasta caerse, todos han madurado y se esconden detrás de las responsabilidades para ocultar todo aquello que les hizo tomar los caminos que ahora discurren. Tú mismo lo haces, dejaste de beber para no sentirte tan jodido y ahora lo anhelas porque deseas ese sentimiento con tanta desesperación como anhelabas el sentimiento de amor. No puedes escapar hacia los rincones ocultos, aquellos que escondes con tanto celo que pareciera que es ilegal. Y en realidad lo es, pero están esperando a que te equivoques una vez, una jodida vez que seguro llegara, porque deberá de ser el detonante del fin. De ese final que has esperado, de esa idea absurda que no debes ser feliz, que tienes miedo del presente y te refugias en el pasado triste, en ese que durante años te hizo lo que hoy eres. No puedes dejar de comprender la paradoja en la que vives, en la que vivirás hasta que dejes de quejarte y actúes. Aunque ello lleve aparejado dejar el pasado atrás y todo. Así de imbécil suena todo esto, que comenzó como una oda a querer estar ebrio en algunos lapsos, pero no tienes la valentía o el arrojo para hacerlo, quieres creerlo pero no lo tienes ya. Solo lagunas que se van secando, que se van perdiendo en los remansos del olvido.
SR Verano 2018
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