Arenal
38 años y me siento acabado, derrotado desde cuando menos un par de años atrás; no me quedo de otra que refugiarme (aunque más bien el verbo seria huir) en la vieja casa de la anciana. Cuatro paredes, un techo, una cama gigante que cruje apenas te sientas en ella, una pequeña cómoda donde entra toda mi ropa y un foco en medio de todo ello. Sin tele, sin radio, sin máquina de escribir; el mismo fin del mundo seguramente tendrá más cosas que este sitio. Llego sin mayores pretensiones que olvidarme que hace casi 2 años no tengo un empleo fijo, que la casa se está yendo a la chingada y que mi esposa e hijos se comportan como unas sabandijas (aunque no los culpo, quien podría no hacerlo con un sujeto que se la pasa ebrio casi todos los días y vive del recuerdo a través de los escritos que tienen 8 años o más). No se alegraron tal vez tanto como imagine que harían cuando les anuncie que me marcharía a desintoxicarme, pero al menos me dieron su bendición.
La casa es una ruina que hubo que limpiar de cabo a rabo, dos horas para que el insecticida hiciera efecto, 45 minutos sacando cadáveres y moribundos bichejos que anidaron durante años en las tejas y el techo de lámina ahora antes de carrizos, otros tantos minutos para esperar que murieran en el rayo del sol, las camas son sacudidas con el viejo atizador, he ajustado un par de tornillos de la base de la cama con la herramienta del auto que ni yo sabía que existía. Debo descansar, 3 horas de sueño reparador antes de buscar la tienda con licores más cercana. Interrumpo el sueño y me levanto para buscar bebida antes de la media hora, casi 2 horas para encontrar un sitio donde me vendan un par de tequilas de marca dudosa, 3 charanas, media caja de anises dulces y cuatro cartones de cerveza. Dos sándwiches de jamón local embadurnados de algo parecido a la mayonesa expuesta al sol y medio litro de jugo de uva que sabe a gloria. Las compras terminaron con mi cuerpo derrotado a un lado de la cama más próxima a la entrada principal, orinado y vomitado. No llevo ni 12 horas y ya he sucumbido. Me levanto cerca de la media noche cuando ya la casa (si es que se puede llamar tal a falta de una familia) se ha vuelto a infestar de grillos y demás fauna, volveré a dormirme junto al arrullo de las patas de esos bastardos.
Despierto temprano y cojo la petaca que he traído, me detengo por casi 10 minutos recordando que la vieja guardaba debajo de la cómoda un mapa, tal vez nunca lo uso pero lo tenía allí en caso de que se le “fueran los recuerdos” (como solía llamarle ella al Alzheimer). No sirvió de nada tanta prevención, paro cardiaco fulminante y adiós miedos de perder la memoria; en fin hay debajo de la cómoda el mapa que mi madre solía guardar para las emergencias y al tomarlo recorrí con el dedo chato la sinuosa carretera que corría unos 10 km debajo de la cima, un par de kilómetros más allá se hallaba “el monte del muerto” y apenas un par de kilómetros hacía acá una pequeña población que antaño fuese de otomíes y ahora era un cumulo de rateros y narcotraficantes en sienes que me conocían de antaño y aun así no dudaban en verme con esa mirada de desconfianza; cierro la petaca repleta de whisky y la deposito cual si se tratase de un niño sagrado sobre la almohada y meto en la mochila cerveza. Decido ir hacia el cerro donde antaño corriese y brincase mientras mi padre cuidaba un pequeño rebaño de cabras que me molestaban, las odiaba con toda mi alma, con toda mi condenada alma, nunca supe el porqué les tenía la misma aversión que ellas a mí. Llegue al cabo de casi una hora (a pie) mientras notaba la fresca apariencia de los arbustos muertos por la erosión de las condenadas cabras de mi padre, no había nada más que desolación; siento pesada la mochila, recuerdo las latas de cerveza y abro una para aplacar la sed, la mitad se riega en el suelo a causa del temblor en mi mano izquierda y la otra mitad la vació en el intestino, fría aun, fría y desperdiciada cerveza. La veo, primera vez que la veo y me sonríe, cual si de una aparición se tratase, cual de una virgen inmaculada que se aparece primero frente a frente y luego en el ayate para que me consideren un condenado loco. Así es ella, así la he visto por vez primera de pie frente a un par de cabras, de pie con el cerro detrás que mi padre y un yo más joven habíamos ayudado a deforestar y matar de poco a poco.
Desaparece y gritó, gritó porque en el fondo creo haberla imaginado y que mi cerebro ya era una mierda, dos segundos después se asoma entre una piedra descomunalmente gigante y un árbol que se niega a morir de soledad. Me saluda con un *está usted bien señor?* que me hace sentir como un estúpido, no eran alucinaciones de la falta de alcohol; en realidad está de pie, frente a mí, acompañada por 8 cabras y dos perros medianos que se han regresado después de mi grito y allí de cuatro patas se sitúan al lado de ella para hacer frente a cualquier amenaza. Para ellos yo era el mismo diablo. *sí…perdona, creí que te alucinaba* digo turbado y fuera de cualquier proporción mientras pego la lata de cerveza a mi frente. Se ríe, suelta una pequeña carcajada ahogada por el primer bufido de sus canes, las cabras ajenas a lo que transitaba por mi mente patean un par de piedras formando un ligero alud de piedra y tierra para los insectos que allí viven atrapados como lo estaba mi imaginación por tenerla de frente, por ver esos ojos castaños viéndome, distinguiendo algo que no alcanzo a comprender que es. Me vuelvo a quedar de piedra mientras ella camina entre las piedras sueltas de las cabras malditas alejándose a varios pasos ya de mi memoria.
Regreso a casa tras la expedición que bien me pudo costar la vida debido a la soledad; me he caído un par de veces, víctima de mi propia imprudencia de beber solo. Aquí y ahora el ágora de mis demonios se cierne sobre mí en el momento mismo que cruzo el umbral de la casa de adobe cocido cuando menos hacia 50 años, cuando mi madre y mi padre decidieron que ese terreno ajeno a las rancherías contiguas serviría para sembrar un poco de maíz, un poco de frijol o cebollas; nada se dio y mi padre se convirtió en pastor excelso de cabras que acabaron por ayudar a criar a 3 hijos. Mauro el grande, el hijo prodigo, el jodido niño de cabello negro poblado y chino que veía con circunspección desde detrás de un sombrero de ala ancha al mundo y que murió hace ya casi 20 años víctima de la estupidez; luego venía Carlos, un chico travieso, un infierno para todos -inclusive para mis viejos y al cual yo no soportaba-, las gentes no aguantaban su humor fácil, sus risas malignas que lanzaba al aire cada que agarraba a alguien desprevenido y acababa lleno de barro, lleno de estiércol o cualquier arma que considerase oportuna que acabara en la cara o la ropa del imbécil en turno; y finalmente el débil, el que volteaba antes a ver a mama para decidirse a dar un paso, el menos afortunado para el coraje, pero el único que sobrevivió. El único que les dio nietos, a mi padre lleno de deudas y a mi madre que los cobijaba con sus pliegues exorbitantes y el mandil apestando a humo, el primer recuerdo que tengo sobre mi madre es el olor a humo. Me largue y los deje a su suerte, me largue con el tío Antonio a la ciudad, a estudiar, a progresar y falle, tal vez lo mejor hubiese sido terminar metido en el monte sembrando maíz o marihuana para los caciques. Luego en esos recuerdo aciagos llega mi mujer Amparo; la boda con ella y mi suegro apuntándome con sus ojos rojos y turbios, mis cuñados odiándome por robarme a una niña cuando yo era un borracho perdido, en realidad nunca lo quisieron ver pero fue ella quien me robo una noche mientras me encontraba llenando el oído de su amiga con poemas baratos de un libro que había robado de una librería. Ella me obligo a casarme con su sexo húmedo y sus palabras saladas; claro, eso no lo dices con 285 invitados en una ceremonia religiosa y con toda su familia esperando que aparezcan mis viejos indios con sus mejores garras para no sentirse tan mal y su decepción cuando apareciesen solo mi madre y mi hermano Carlos porque el viejo se negó a viajar fuera por la lluvia que esperaba ya por casi 30 años. Así pasaron los años, con groserías por parte de ambas familias y en medio los niños que no se enteraban de nada, salvo de que su progenitor era un borracho que escribía un par de días si y otros 3 no en un diario de circulación local, que tenía un libro de cuentos que su editor saco a regañadientes para cubrir una cuota y que llevaba 5 años (cuando llego Marcelo el menor) atorado en la misma página 285 de una novela sobre un matrimonio fallido. Todos mis temores me vuelven una y otra vez cuando el tapón de esa botella claridosa sale disparado hacia un lado de la cama de metal, el primer trago me sabe a ambrosia, y cada mililitro que se entierra en mis mejillas hinchadas me vuelve de nueva cuenta el héroe de la historia, el Prometeo que nunca será castigado por su deshonra hacia los dioses, aunque siendo sinceros me difumino con cada trago, me pierdo con cada pensamiento que se ahoga en los ríos de fermentación que van deslizándose con salvaje ira por mi cuerpo abotagado por la miseria de querer morir al compas de esa tarde que azota sin pudor alguno el metal del techo. Antes de caer rendido ante los demonios que rodean mi sitio privilegiado de horror, veo la estampa de santa Cecilia que me sonríe desde el altar que le he construido en menos de 2 días con botellas vacías y envolturas de productos caducos que ni el mismísimo Satanás podría tragarse, sonríe cual beata en espera de la visita nocturna del párroco en turno, esta es su gran esperanza. Es de noche otra vez cuando salgo a vaciar la vejiga en un pequeño monte crecido de yerbas sin ton ni son en medio de lo que en antaño fue un patio apisonado por completo y ahora es solo un arenal abandonado que mi viejo dejo hace muchos años cuando quiso tirar un piso y se quedo sin dinero para el cemento, es la obscuridad que se asienta en mi y en todo lo que esté a mi alrededor por lo que volteo hacia el cielo iluminado por miles o cientos de miles de estrellas para notar que no me dicen ya nada y parecen mofarse de mi rabia cotidiana.
***
Le dije mi nombre, dos veces (siempre dos veces porque al parecer la primera vez me lo digo a mi mismo para cerciorarme que sea el correcto) y ella sonrió al escucharlo y más al repetirlo con su voz tersa cual piel de esas cabras que la acompañaban. Fue un sueño pero igual vi a esa mujer correr nuevamente libre en medio de la tierra y el polvo que levantaban sus zapatillas azul celeste viejas como mi alma sin pudor alguno de rozar el tiempo que no se detenía, me escuchó y solo sonrió, la sonrisa que me cautivo la primera vez y que hacia juego con sus ojos obscuros.
Es miércoles por la mañana mientras pienso en ella y caliento un par ollas de agua caliente en el fogón de maderas para bañarme, las mismas maderas viejas que son nidos de arañas de caparazón negro, casi 7 años desde que están apoltronadas allí atrás de la casa, un lustro cuando menos que alguien puso un pie en este sitio por última vez; no tenía derecho a molestar su vivienda, sin embargo lo hice y ahora seguramente me miran con el mismo odio que mis hijos desde sus múltiples pares de ojos inyectados de furia asesina. Y qué ve? Pues lo que todos los que han pasado alguna vez por “La Candorosa” han visto, un ebrio que se encierra en su mundo y se tira a escribir pedazos de letras que terminan por envolver la mierda aguada en medio de algún baño, es cierto, mis mejores escritos se van al caño literalmente porque nunca hay papel suficiente cuando llega la diarrea mental y la física. Allí terminan mis ideas de antiguo idealista y cronista perfecto.
Sigo atrapado en la misma mañana y es que estoy perdido en la nata indefinida del vaho propio y la cadenciosa existencia de la neblina acantonada en la entrada de la casa materna, apenas 2 metros por delante es que se observa algo y comienzo a descender por el camino de terracería, hay piedras sueltas que dificultan el caminar y el ardor en las plantas de los pies se concentra en el arco imperfecto que poseo, soledad absoluta que reproduce las pisadas por la escena; 15 minutos después vislumbro la primera muestra de que la sociedad no se murió durante la noche pasada como idiotamente creí, saludo con un *buenos días* que vagamente recibe respuesta y el sonido que entra por mis oídos percibe únicamente el “…días” que esboza aquella mujer enjuta de rebozo negro que en la mano izquierda lleva una olla de peltre azulado con quesos de leche de cabra cubiertos por una fina tela blanca. Tardo más de 30 minutos antes de alcanzar el sitio donde la mujer de las cabras y los perros fieros me sobresalto con su materialización, no demora en hacer acto de presencia, no se tarda nada en desanudar el morral que lleva cruzado en el pecho colocado allí por la madre nodriza que se antoja a la imaginación como la mezcla de una Venus y una Afrodita, son casi las 7 am y el dolor en el pecho crece en mis entrañas y me obliga a voltear a mi mochila obscura, allí aguardan pacientemente las latas de cerveza y la anforita de metal que me regalara mi profesor de literatura en la universidad para brindar por mejores porvenires; hoy, esa mismo pedazo de metal me mira desde su obscura intensidad con la mirada de fuego de su contenido dulce y atrayente hacia la muerte etílica. La joven saca de su morral un libelo que supongo contienen las primeras letras, aquellas que aprendió en un cuarto pintado de blanco con pizarra clásica y sillas de madera pulida desgastada por el uso y abuso del tiempo que ocupo tanto mi trasero como el de mis hermanos o en realidad es la obra maestra de algún literato que ha podido escapar a la purga de las buenas conciencias y se prepara para asaltar otra joven víctima, no lo sé. Repasa, letra a letra, consonante tras vocal y viceversa las líneas que su dedo índice acusan de inmediato mientras mi contemplación apenas la distrae de esos garabatos sin traza definida, sin orden alguno dictaminado por la regla infernal de un pastor laico. Son las 10 am cuando las chivas arrecian en su malestar por caminar poco más allá de la verja de palos viejos y alambrada metálica que mi padre ayudo a poner hace casi 50 años. Molesta, ella, levanta la vista sin reparar en mi o en los envases vacios de vidrio que yacen a mis pies apenas un par de cientos de metros a su flanco izquierdo y guarda el cuaderno de hojas amarillentas y trazos apenas visibles por la cantidad de veces que se le ha requerido, coge su cayado hecho con el tronco hueco de un carrizo del rio que serpentea unos 10 kilómetros mas abajo y arrea a sus animales infernales cuesta arriba, desaparece nuevamente. Silencio, silencio espantoso que se cuela en mis neuronas porque me doy cuenta de la miseria en que estoy, silencio que repta por cada poro de lo que yo era antes de que abriera la primera botella cuando tenía 18 años, comencé viejo siempre me repito, y mi padre no era bebedor, de hecho ni mi tío que me acogió con tanto cariño como se puede acoger a un niño de cabellera rebelde; no, nunca he intentado hacer teoría sobre qué fue lo que me impulso a beber, tal vez todo, tal vez nada. Soy y seré así hasta que muera… aunque para ello falte bastante o muy poco. 5 horas sentado en una piedra inmensa que no se mueve ni con la tierra, ni con el movimiento del aire frio que procede de la montaña; hace sol y hace frio, sudo en la frente pero mis brazos se hallan congelados hasta el punto que los huesos pareciesen hechos de nieve o hielo de algún casco polar que visite el verano de mi pasantía en Argentina. Nadie supo el verdadero motivo de mi visita a ese sitio, nadie entendió que en realidad quería ver las auroras australes y maravillarme, saber que aun podía apreciar la belleza, nadie me toma como alguien que se pueda maravillar por algo. Hace frio y es pasado el medio día, el sol calienta el copete desprovisto de cabello y se conjuga con el sabor del anís para dejarme estático y sin ánimo de mover uno solo de mis músculos para buscar una frazada que me caliente algo. El cielo está abierto pese a que el aire arroja finos hilos de brizna que rebaja el calor corporal y las nubes se asientan en la memoria para evitar que traiga una vez más aquella noche cuando mirando el cielo estrellado hasta el infinito me decidí a largarme de esta vida y me condene a lo que mi cerebro dictaminase en lugar de lo indefinido, aun duele saberme un traidor a mis padres y a mis hermanos. Ella se ha ido y yo pernocto en una misma posición porque el alcohol ha enmohecido mis articulaciones hasta volverlas un nódulo en el ligamento y el cartílago. El día sucumbe y yo con este.
Camino, subo por el monte mientras el alma resuella por levantarme a las 5 y 30 para preparar la marcha hacia lo que años atrás he conocido de sobra y hoy parece que se mantiene igual, seco, estepario, siniestro a la vez que el sol le recorre de palmo a palmo cada día y el aire se encumbra para dejar caer sobre quien se atreva esas rachas de hielo que hieren en el rostro y los brazos desnudos que el chaleco impermeable deja al descubierto. No hay luz en el cielo aun cuando parto hacia el cerro, hacia el centro mismo de la existencia humana o por lo menos lo que mi mente ha determinado que se defina como tal, tras de todo queda el miedo a la vida, atrás se va a quedar ella con sus ojos marrones que iluminan los sueños de un ebrio que canta canciones que escucho desde su juventud en compañía de su tío y luego de sus camaradas de mesa y botella. 2 horas más tarde el sol ya alumbra los rocíos matutinos evaporando lo poco que hay que evaporar y caldeando el ambiente, transpiro frio en la cabeza y algo parecido al ron pasado por años y años de procesos metabólicos en el hígado a través del resto de la dermis. No hay nadie salvo el aire que silba en dirección a los oídos de gente trabajadora, hay quietud que solo se ve interrumpida cuando un sonoro bruuuummm se cuela entre la maleza marchita y el calor asfixiante propio como un eco preciso de la carretera que hay pasando dos valles sinuosos. Caminó y caminó y sigo andando sin detenerme a tomar un poco de aliento, toda la fuerza viene de la petaca amarrada al pecho con su contenido ardiente y color ambarino, el medio día raya en el cielo mientras las piedras dejan paso a pequeños montes cubiertos de zacate que no hacen más fácil o más difícil el andar, todo el sudor que genera mi cuerpo se ha adherido a la ropa y el cráneo hierve bajo la fina hilera de pelos que aun posee mi cabeza. Son kilómetros atrás que me dejaron de importar los cientos o miles de años que pase encerrado en la casa escuchando los gritos y lloriqueos de mis hijos que hoy como todos unos hombres me odian, me ven con los ojos rojos y me desprecian hasta el cansancio. Debe pasar ya el medio día porque el sol me va a derrotar en cualquier momento mientras mis pies tartamudean con cada paso dado sobre las rocas de basamentos antiguos. No hay nadie que me recogiese en caso de que caiga y probablemente muera en la desolación consumido por los animales nocturnos que primero olfatearían en torno al percibir el olor rancio del hombre y luego se acercarían despacio, poco a poco para jalar un zapato, tentar a la suerte para saber si todavía hay peligro. No lo hay, no al menos que sus venas tengan alcohol, no a menos que su carne este envinada. Seguirán primero con las partes fáciles, mis muslos, los pies, el estomago antes de que al amanecer lleguen los buitres y las moscas y se adueñen del festín completo. Sabré que al menos mi muerte sirvió para alimentar a tantos como sea posible en una alegoría bastante mezquina de lo que siente Cristo cada que devoran su carne y su sangre para perpetuarlo hasta la saciedad. Caigo la primera vez a la sombra de un matorral que no alcanza siquiera a cubrir las llagas que se forman debajo de la manga corta de la playera azul. Me levanto y ando y sigo caminando hasta que el cielo termina en un infernal caleidoscopio de colores que gira y gira y gira sin detenerse en instante alguno y termina su ruleta al chocar con un matorral lo suficientemente grande como para albergarme a mí y a un par de víboras que salen huyendo. Abro la anforita de metal resplandeciente perteneciente antes a un hombre muy diferente, con sueños, hijos, esposa, una carrera por explotar y sobre todo mucho, tal vez demasiado talento que se fue terminando como los litros de cerveza consumida bajo el pino que había detrás de la primera casa y que se volvió baño y confidente al mismo tiempo; la anforita vierte sobre mí su contenido sin prisa, sin detenerse tampoco, fluye como el rio donde seguramente la chica de los ojos hermosos se baña cada verano o se zambulle para obtener algo de alimento o algo de fresco, donde el rio que yo he conocido en antaño se llena una vez al año en verano para después dejar paso a cientos o miles de charcos putrefactos de lama y renacuajos enterrados que no llegan a ver su mundo vuelto un maremágnum de ramas, arena y agua, agua…agua. Un pie tras otro, y otro tras otro y así hasta regresar por el camino que me devuelve a sus ojos compasivos y tristes, un brazo aleteando intermitentemente hasta que el roce en mi axila se vuelve insoportable, el sol cae de costado y el fuego de mis intestinos se asienta, se vuelve uno con mi respiración cortante, discordante, atrapada en el cansino ir y venir que alimenta el cerebro y los pulmones de aire frio. El corazón bombea sangre a ritmo frenético, suena cual si de un tambor sin ritmo, desbocado y marcial sonara dentro de la caja torácica. Esta oscuro cuando paso bajo el umbral de la casa de mis viejos, esta oscura la casa y no se siente mayor presencia que la de los insectos que se arrastran, reptan o trepan mientras me desplomo sin fuerza y completamente ebrio en la cama rechinante. El cerebro se desconecta de golpe y ella desaparece de mi memoria, de mis manos que aun no la han tocado y de mi sexo que la quiere poseer. No hay nada bebible, más que el veneno incoloro e insípido del agua perteneciente al pozo. La noche es larga y apenas inicia.
De nueva cuenta me he levantado en medio de la noche, a qué? A sufrir por la orina caliente que fluye a pocos metros de distancia de lo que antes fuese un pirulí y hoy es una costra de ramas y carbón, allí donde mi madre nos correteaba con una de sus ramas endebles para castigarnos por haber roto el cántaro o por haberle visto los calzones a la tía fulana, allí donde mi padre fue testigo de la primera complicación de piedras en el riñón, o donde mi hermano se hizo hombre con aquella mujer de las perlas en la boca, toda una vida de decencia e indecencia que se ha marchitado en el mismo momento en que la vieja se murió, en que el hijo prodigio se enchufo con la bebida y se olvido de sus raíces. Me toca reparar el daño que he hecho a este mundo pero no quiero, no quiero y no puedo hacerlo, estoy en una cruzada interminable para terminar con mis intestinos de a poco, de a mucho, con sangre y vino.
Son las 9 am, hace muchas horas atrás que se ha terminado la ultima botella que traje de mi visita al pueblo, no lo hare más, no más. Quiero dejarlo mientras el último escalofrió me recorre, me contrae la piel y la vuelve ultra sensible. Salgo corriendo mientras el temblor me sacude de arriba abajo, sigo corriendo mientras mi cerebro rebota en su prisión y le atiza aguijoneando la necesidad, estoy sudando frio nuevamente pese a que el sol se haya por todo lo alto en una mañana fresca, estoy temblando y vomitando mientras los animales alrededor bailan en un ritual de muerte y agonía intima conmigo. Dos números tocan, vida y muerte; dos números bailan, cazador y presa; no me toman por nada importante, no salen huyendo y me observan con sus ojos calientes y vivos, no me compadecen y son eternos. Ella llega, ella me ve y huye, ella. Todo se queda en total quietud mientras me convulsiono con la boca reseca y con sabor a dulce, lo sé, lo he sabido siempre que el final llegará cuando y donde quiera el condenado Cristo que hizo tan rica su sangre. *Vuelve!*gritó,* vuelve!*gritó de nueva cuenta en espera de que me dedique la misma mirada de miedo que un animal pequeño, no es ella, no es ella quien viene cerca, dos, tres metros quizás. Me levantan con la misma seguridad que alguien carga a un niño desvalido, pasos sin vacilar, pasos que se afianzan sobre la tierra obscura, pasto seco, una piedra que rueda y va a terminar varios metros más allá. Es de día todavía, es de día cuando me acuestan en una colcha vieja y me llevan por kilómetros y kilómetros en una camioneta descubierta, el cielo parece inmóvil, parece quedarse estático mientras todo a su alrededor se mueve en dirección contraria. Oigo a lo lejos la voz de un hombre que grita, un hombre que me sacude cada tanto mientras mantiene asido el volante de su vehículo que apesta a orines, mis orines. Deja de bombear sangre, deja de pensar, muérete ya de una vez, deja de dar lastima, deja de embrutecerte con lo peor, deja de abrazar historias de vida y muerte que se agolpan en el cerebro y se pierden en el lápiz o el papel. Muerte, muerte. No estoy muerto, no todavía, no todavía pese a que me sabe a vomito la lengua, mis dientes y encías sucias. No estoy muerto y lloro, de lado, de costado mientras alguien me da unas pequeñas palmadas en el hombro, no estoy muerto y desearía estarlo para no sentir esa sensación de necesidad, de necesitar el alcohol para vivir. Ahí en el cajón metálico que se sigue moviendo con rapidez el vomito de alcohol se confunde con mi orina, con mi sangre, con mis letras y mis pensamientos que fluyen con la misma rapidez hacia el precipicio, hacia la nada y el todo que se va quedando detrás.
Quién es? Quién es este ángel metálico que me trae de nueva cuenta a la vida? Porqué lo hizo? Se parece a él, se parece a Mauro, se parece a Carlos, se parece al viejo. No, no se parece, en realidad es el viejo, es la reencarnación del viejo; mi padre ha venido a auxiliarme en la lucha mortal que sostengo, pero no, el viejo no me ayudaría, al contrario me hubiese dado una patada; me hubiese gritado que era un marica y que no importara si tenía uno o dos hijos seguía siendo un mariquita que clamaba por su madre, que imploraba que le trajesen a su madre por cualquier cosa que le diera miedo en la vida del monte. No, el viejo jamás me habría sacado, al contrario me hubiese dado una botella y me obligaría a bebérmela toda, hasta el fondo, hasta que el gusano durmiese su sueño eterno en mi esófago y se pudriera por fin allí. No, el viejo no pudo ser, el viejo jamás manejaba, el viejo odiaba los autos y más aun las camionetas desde que una de esas mato a “su” Mauro, desde que una Dodge 70 le arrebato al condenado Mauro por ir enfiestado y con las botellas dentro. Es Mauro, es Mauro y en su venganza es que me lleva con él hacia el infierno por no haberme muerto con él esa noche; es Mauro que quiere un acompañante en su viaje. Pero Mauro no manejaba una Durango, Mauro siquiera manejaba la camioneta cuando murió. Tal vez es Carlos que por fin pudo terminar de robar algo de valor, algo que valiese la pena y no la basura que siempre llevaba, tal vez esta vez se robo la camioneta del esposo de Citlali, y van en fuga hacia el otro mundo, hacia el otro universo, me llevan con ellos como lo prometió alguna vez. Pero no, Citlali no usaba el pelo largo y siempre traía un moño, el adorno color morado que quedo embarrado en el machete de su esposo. No, Citlali jamás hubiese permitido que llegara a orinarme y casi morir, antes me habría traído una cubeta de agua helada y me hubiese volteado boca abajo, así era ella, una santa, una mujer que nació para amar a muchos y no a uno solo. Una verdadera virgen de la piedad que era ella. Quién es? Quiénes son? Porque hablo en plural de ellos cuando solo he visto y sentido la mano de ese buen hombre idéntico a Mauro, idéntico a Carlos, y a mi padre. Tal vez un poco a mí y a los chicos, no logro enfocar la mirada y me pierdo en el alucine de creer que son mis muertos y mis vivos los que me han recogido para evitar que me pudra en el matorral como siempre desee hacerlo.
Al lado mío esta la mesita con mi cartera, mi cinturón, mi pantalón, mi petaca plateada abollada y mi camisa a cuadros llena de tierra, vomito y demás, al otro lado esta ella, con su pelo castaño desbordado por la cama entera y profundamente dormida apoyando su pequeña y delicada cabeza apenas a unos 20 centímetros de mi entrepierna, me entra un escalofrió. Frente a mí, opuesto al cristo de madera que me cuida la retaguardia esta él, alto, duro, correoso, de bigote poderoso y las manos callosas de una vida dura en el monte, el pecho imposible, la mirada dura y moralmente brutal, me mira y no hace mayor aspaviento, lo hace y me golpea mentalmente con el látigo de su desprecio, me sabe débil, me sabe un cobarde amparado al alcohol. Sin embargo no le conozco, no tengo la menor idea de quien sea, o que jodidos quiera de mi aparte de salvarme la vida. Habla, me cuenta por qué y cómo es que ha llegado a mí; me conoce de antaño, me recuerda el pasado, sabe cosas que nadie fuera de la familia tendría que saber. Al final sus palabras cubren el hueco en mi memoria y se forma ese recuerdo que había jurado nunca más volver a revivir, es mi medio hermano, es la sangre de mi padre que nunca se mantuvo quieto. Mayor que yo, mayor que mis vicios y temores, seguro de sí mismo pese a que el viejo lo visito una o dos veces antes de que Mauro muriera. Manuel es su nombre, Manuel se llamaba mi padre, Manuel se llamaba su padre y el padre de su padre que reposa en el camposanto como si el engaño y el traer hijos por fuera de su juramento ante Cristo sea un acto de buen católico. Es Manuel, es Manuel mi medio hermano, el padre de esa mujer que me ha rescatado de la muerte, que con su preocupación me salvo de la muerte y me permitió volver a vivir para morir otra noche, otra tarde, en algún momento cuando se acabe el suero etílico que corre apenas lo justo por mis brazos, piernas y arterias que juguetea por todo el atravesado cuerpo. *espero que te mejores* y vuelve a salir, desaparece de mi vista con su presagio infernal de que nunca más le veré, que allí queda el pasado y lo único que me ata a mi padre en el futuro, la misma barba partida, los brazos fuertes y los ojos cansados, tal vez algún día descansen para siempre esos recuerdos donde deben permanecer.
Hay sudor, hay lágrimas de odio hacia el mismo universo, me estoy
muriendo con la boca seca y con ese sabor a cobre que tanto agradezco por las mañanas, cualquier mañana excepto esta; el doctor ha dicho que nada de alcohol o me muero. El doctor puede morir y me vendría importando una mierda. Son las 12:23 del mediodía y mi cerebro solo procesa la información de que mi hígado, mi páncreas, todo el maldito sistema nervioso me exige una bebida que no tengo y nadie quiere darme absolutamente nada. Escupo hacia el piso de concreto mientras ella me mira con sus ojos temblorosos, ella me mira mientras maldigo a dios, a los ángeles, a todos los condenados al purgatorio en espera de que el alcohol salga en tropel desde la maldita bolsa de suero que gotea, plop- plop- plop, 14 gotas por cada hora, 14 inyecciones letales para mí y mis vicios mientras el suelo se convierte en un inferno viviente, una mezcla de putrefacción y maldiciones. Son las 12:25 y no consigo serenar el fuego de mi corazón. Una enfermera se acerca y anota con su pluma blanca en una hoja pegada a una tablilla, el plop-plop aumenta hasta 16 y sigue subiendo gradualmente mientras grito y me arranco con mis últimas fuerzas la aguja que va a parar a un costado de la cama, metal contra concreto, frio contra ardor, estoy fundido y aturdido cuando me logro poner en pie, son las 12:27 y el cielo cruza el horizonte de la ventana mientras vuelvo a regresar a la cama auxiliado por dos mujeres fornidas y vestidas de blanco pulcro, mis gritos son correspondidos a un *cállate hijo* no lo consigo y una nueva andanada de golpes y sujeciones me atan a la cama dura y sin forma definida de un hospital. Ella ve todo, asustada como el primer día, tiembla que tiembla frente a la secuencia de imágenes de un borracho del cuerpo de nuestro salvador y que arroja espumarajos por la boca deseando estar muerto, deseando que todo hubiese acabado en el cerro o en la camioneta que lo trajo a la vida nuevamente, maldice a quien lo aparto del trote de los caballos que lo llevaban hacia su destino merecido.
Le tiendo la mano después de la infructuosa lucha con mis ángeles de peso considerable y se queda observando esa mano delicada apenas un poco más blanca que la suya pero infinitamente con menos vida; parece una eternidad la que transcurre hasta que por fin la toma entre las suyas; ásperas, de callos y uñas idénticas a las de un felino exótico. Lloro, lloro e imploro que me saque de allí, que me lleve al menos una petaca con ron o mezcal o cualquier combinación que me ayude a sobrevivir. Me sigue viendo a los ojos que ahora comprendo son la mar de idénticos a los míos, a los del viejo y los de mis hijos que ahora seguramente flotan en un paraíso terrenal al librarse por fin de ese yugo, el lastre que soy para ellos. No me da nada, me deja flotando entre la inconsciencia y el letargo de una muerte que me reclama desde hace muchos años, esta trazado en mi destino según me dijo una adivina un día.
Hay niebla o es otro sueño? Ella me acompaña pese a que no tiene porque hacerlo, se ha quedado a mi lado aun después de que viniese mi mujer y al verme allí conectado al aparato literalmente me hizo firmar el divorcio, ella se quedó muda, estática, cual estatua contemplando el saqueo de Roma a mano de los Tártaros o cualquier grupo vandálico que fue esclavo y amo al tiempo. Me mantiene asido por un brazo, el más débil, mientras salimos con el sol pegando de frente mío, casi no recuerdo otra cosa que no sea su nombre, casi consigo olvidar el mío en el transcurso de la noche, de toda una vida; allí de pie a la carretera minúscula que pasa frente al hospital esta la camioneta de Manuel, me ve y sonríe, son casi las 10 de la mañana de un sábado de gloria y no saben lo bien que me caería que el señor me bañase con su sangre.
SR Marzo/mayo 2013
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