Retratos personales
Ahondo en la herida, muy superficial, apenas visible para el ojo común; sangra un poco mientras todo lo demás discurre simple y llano. Estoy enamorado y ni así soy feliz pese a que estoy viviendo con esta chica tan guapa y que además es artista; no es suficiente el dolor y hago más grande la herida hecha con una navaja al tratar de sacar el corcho de la botella de vino, ella exclama un pequeño *ay* que se queda ahogado dentro de la misma botella verde y el néctar rojo sangre que espera con ansia ser bebido. Agarro la navaja multiusos que mi abuelo me heredo (junto a la calvicie y un sombrero Fedora verde unas cuantas tallas más pequeño) y escarbo en la herida, ella sonríe y se pierde en los pocos grados de alcohol que tienen estas botellas de vino tinto Cabernet chileno que compre en la tarde para celebrar que le publicarán un libro, el primero, siempre es importante porque te ayuda a salir del anonimato para ser considerado un perdedor más con un bendito libro publicado que solamente tus familiares y amigos leerán sin realmente importarles una mierda lo que dice, ojearan el libro y tras un par de párrafos caerá en el cajón de los olvidos, junto a la biblia y el escapulario. Pausa, bebo y ella bebe, pausa etílica donde sus labios y la lengua se ven morados gracias a la uva procedente de esa población lejana o cercana de Atacama, a quien coños le importa en realidad eso cuando sus manos alegremente trazan en el aire las figuras de unas pinturas que ha hecho hace un par de semanas mientras bebíamos unos tragos de vodka con naranja porque fuimos inspirados por una bebida que Capote mencionaba. Ella bebe mientras el azul del cielo se torna gris en el comienzo del verano capitalino que ambos conocemos.
La conocí una mañana de invierno, invierno crudo y desértico de la ciudad que se configura en cielos grises y contaminación abrasiva, sol en exceso y la gente transitando sin un destino claro más que el de sobrevivir, viviendo con el impulso de saberse necesarios para una suerte de miserable vida; por aquel entonces ella pintaba una serie de cuadros en un centro comercial, yo siquiera escribía mierda alguna, bebía siempre pero me era imposible escribir una sola frase coherente. Me gusto su perfil, me gusto su necedad de no caer en la belleza convencional, me gusto su rostro perfilado en cincel y argamasa viviente. Ella me salvo? O yo a ella? Nunca nos hemos puesto de acuerdo pero coincidimos en que ambos estábamos atascados en la miseria de no saber cómo y cuándo hacer algo, de no arriesgarnos, de no atrevernos a dar el salto de fe necesario para alcanzar el orgasmo. Ella volteo con sus ojos sombreados de rojo y quede prendado; no, en realidad me sumergí en su historia, en lo expresivos que eran y la fuerza contenida a duras penas. Ella me ha dicho que le guste porque me veía desvalido, un condenado cachorro gigante con la mirada triste eterna que no sonreía ni porque enfrente hubiese un espectáculo de degradación humana que tanto amamos ambos, eso y que le gustaban mis modos de borracho decadente. De hecho ella acaba de reír mientras una hilerita de sangre serpentea por el dedo medio de mi mano derecha gracias a la herida antes mencionada. Su *quieres una sonrisa?* me abrió un universo desconocido hasta entonces, nuestras mentes bailaron en un vals o un tango que brilló con la bendición del destino (brinca mi corazón solo de recordar su rostro, de recordar su primera sonrisa para mí, tímida, franca, coqueta, universal, inmortal e inenarrable, no podría siquiera acercarme a lo que fue ver sus labios curvos al verme derrotado como siempre), bailes eternos que estamos siempre gozando en nuestros encuentros en la memoria.
Dos meses después la volví a ver en el mismo sitio, en el mismo lugar señalado por los dioses o por mis propios pies que me devolvieron a su sonrisa, a su voz tersa y suficiente para llenar mis oídos, eran los últimos resquicios de invierno, con la primavera asomando su nariz en nuestros cuerpos, ella no necesitó sonrisa alguna (tenia grabada cada fibra y milímetro de su rostro y cuerpo en mi cerebro) para sacudir mi centro de gravedad hasta entonces impávido, no fueron necesarias palabras de reconocimiento, su olor lleno todo, su calor inundo el pabellón de mármol falso donde trabajaba y sus ojos volvieron a iluminar todo a nuestro alrededor. La invite a lo que mejor sé hacer: beber. Bebió conmigo y hablamos, hablamos como siempre hemos hecho a partir de ese segundo encuentro, hablamos de sus sueños, de mis miedos, de sus metas y mis demonios que se volvieron tema recurrente hasta que estaba medio bebido, el momento esperado por ella porque me libero de mis ataduras y era lo que ella siempre espera, el adorador absoluto del mundo y particularmente de su belleza, sin cortapisas que contuvieran mi lengua y mis neuronas, el estado prolífico para abrazar con la lengua metáforas directas y adorarle cada milímetro de su dermis y las vocales lanzadas desde su cerebro. Mis labios rozaron por primera vez su piel, su mano adornada con aquellos dos brillantes anillos que compro en una plaza mientras unos viejos bailaban y un borracho hacía el ridículo (alguien tan parecido a mí solo que encausa su amor por el mundo moviendo los pies en lugar de crear párrafos sin origen), su piel sabor a mandarina, morena y ríspida por los materiales que usa y los quehaceres que hace; mano y boca, ella la razón y yo la acción, sus letras y mi voz acabada por el alcohol que suena a la lija que alguna vez utilizó su padre para hacer la cama en donde hoy dormimos, luego su mejilla de bronce absoluto que se sonrojaba al sentir el contacto de mi barba de conquistador, hijo de españoles, nieto de españoles, bisnieto de españoles, tataranieto de españoles sin dinero o fortuna alguna que no sea el tono claro de su piel y el pelo crespo que se caerá dentro de muy poco. Su mano recorrió sinuosamente el contorno de mi cara, tatuando en sus neuronas cada poro, cada vello, cada saliente distinto que remata en el hoyuelo en la barbilla que adora besar de noche y día cuando se para en las puntas de los pies de bailarina para alcanzarme. Para hacerme sentir necesario para alguien en el mundo.
Nos vemos a los ojos, tiempo actual, los suyos tan cristalinos (que alguna vez lloraron mucho) y que intenté una vez al verlos tristes y desbordándose cual cortina de represa de agua remediar con una serenata, con una serenata que nunca le habían llevado antes, que nunca experimentó el grito de *amor eterno* entonado por un borracho acompañado de sus igualmente borrachos camaradas de bebida que traen en sus manos botellas y botes de diversa graduación etílica, ella sonrió desde su ventana, ella lloró porque el tipo más arcaico y sin expresión alguna que haya conocido le había llevado serenata para cumplir otra de sus fantasías: saberse lo más importante para alguien, no importando que sean las 3 am de un jueves, no importando que fuese febrero y el aire silbase mientras ella dormía, ella sonrió y el borracho que canta las canciones típicas que su padre le enseño llora por dentro sin poder expresar nada, sólo canta, canta mientras puede cantar y no se caiga en completa infestación masiva de vino, cerveza, vodka o tequila que al final de cuentas ya todo sabe igual; canta y grita para que sepa que por ella hará lo que haga falta, que sepa que por ella ha de luchar contra todo el infierno que se cierne sobre su mente embotada por el tequila que llevaba casi 10 horas bebiendo mientras intentaba escribir, mientras intentaba sacar todo ese dolor que llevo en el pecho, por mi madre, por mi futuro, por mi corazón múltiplemente no correspondido, mientras ella sonreía con una nueva lagrima atorada en el rabillo del ojo y cantaba en voz baja las canciones que tanto ha dicho que detesta pero que agradecía más que la lluvia en cualquier mes de sequía. Ella también sabia de sequía en el alma. Mis ojos negros y que no se apartan de los suyos, nos vemos siempre intentando ganar la batalla del uno y el otro sin realmente tener en mente nada más que comunicarnos para siempre con la mirada.
*grita!* *grita!* y yo gritaba mientras ella gritaba con toda la fuerza de sus pulmones, mientras ella lloraba de coraje, mientras ella se desternillaba de la risa, mientras ella se acurrucaba en mi hombro, mientras ella me hacía sentir como el protector del universo, mientras ella se erigía como un ser completo y sin fisuras que era incapaz de cometer errores, mientras ella volteaba a verme y yo a ella con la sensación de que el tiempo no pasaba por nosotros mientras todos caían y morían, y nacían y volvían a ser engendrados para converger alrededor nuestro, su sonrisa es capaz de todo eso y más, su risa es la savia necesaria para llevar a cabo cualquier modificación universal, ella me sonríe con los dientes perlados y el alma. Y su risa es el detonante para dar el paso, para dar el siguiente paso, tan necesario como el aire, tan impredecible como la lluvia que se anuncia por horas en el cielo borrascoso y termina alejándose por la aparición del viento del oriente de la capital, nos encontramos una tarde en su casa -que para entonces ya era “nuestra” – y nos vimos desnudos, hicimos el amor sudando, riendo, descubriendo el paraíso oculto entre sus muslos y los míos, noche negra, larga noche que deseábamos que no acabara nunca, sus pequeños gritos de placer y mi arritmia haciendo música de alcoba, autentica música para nuestros hijos (si es que algún día nos decidimos a tenerlos), la musa y el borracho, el muso y la borracha. Sangre y esperma (aunque no recuerdo si también fuese suya la hemoglobina) que surgen esa noche, el pacto silente mientras veo su espalda con los tres lunares en el descenso hacia las nalgas, se acurruca en mi pecho y yo en su cabeza de olor a menta fresca. Nada de palabras amorosas, nada de falsas promesas de amor, todo termina con un beso de despedida en su mentón, que dice todo. Quería en realidad no salir de ella nunca.
Escribo, escribo después de muchos meses, tecleo con furia mientras ella me observa desde la silla frontal donde comía un helado, me ve contraer la frente mientras ella lengüetea con sadismo el barquillo y escurre por sus dedos el caramelo derretido del chocolate, me habla mientras el tac-tac-tac de las teclas se sucede uno a uno; me dice incoherencias que no logro descifrar a tiempo hasta que termina el helado en la máquina de escribir antigua que me regalo mi padre una navidad de 3 años atrás. No ríe más, su boca esta crispada y ahí recuerdo lo mucho que odia que no le hagan caso, en especial yo; sus ojos brincan sin salirse rebosantes de ira, que da paso a su risa fría y despectiva cuando arranca la hoja y comienza a leer lo que escribí, lo que pensaba de ella, lo que creía que ella pensaba de mí. Ríe y me avienta su frase favorita *madura*. La primer pelea de la noche, la primera de muchas que se sucederán toda vez que ella saque al otro yo, al otro sujeto que aparece ni bien caigo en desgracia cuando me suceden cosas buenas y hermosas, que vivo terriblemente deprimido cada que ella sonríe para mí, cada que ella grita a viva voz que me ama. Lo conoce y lo desprecia pero no puede evitar amarlo al mismo tiempo, se pone en pie (sin dejar la hoja) y camina hacia la habitación continua donde dormimos apenas un par de horas atrás, no hago el menor esfuerzo por seguirla, miro el suelo, miro mis tenis, la firma descubierta de mis calcetines que se asoman. Regresa y habla, regresa y azota la hoja en mi regazo e inmediatamente me da un beso profundo, que me despierta cada que lo hace, cada que lo utiliza. Se va y sigue riendo, solo que esta vez ya es otra ella, es la de siempre, la que tan feliz me hace cuando hablamos por horas de películas, música y libros, la que grita a viva voz *te quiero* sin importarle que yo nunca conteste, sin pudor, sin moral, sin ataduras a la ley, ella se aleja riendo y miro la hoja que tiene letras escritas a tinta por ella: <no sirve, sigue intentando> y vuelvo a darle a la máquina que ahora es suya porque ya no escribo nada y ella la utiliza para hablar con la gente con sus historias maravillosas sobre su cultura ancestral y sobre su segundo tema favorito: el borracho con el que vive que trabaja en una librería de viejo ganando una miseria y bebiendo casi a diario. Ambos lo hacemos.
SR Mayo 2013
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