jueves, 9 de mayo de 2013

La llamada

La llamada

Andrea comenzó a releer su tarea, le parecía insulsa y carente de sentido práctico pero era lo que la profesora de literatura había pedido; tachoneó un par de errores ortográficos y cambio dos veces el titulo, se fusiló un par de líneas pertenecientes a una canción que no podía dejar de tararear y que se había aprendido en el día después de escucharla cerca de 20 veces. Tarareaba la misma canción mientras leía y corregía el trabajo escolar. Sonó una vez su celular, no contesto, sonó dos veces y mantuvo la goma del lápiz en su labor de borrar los tachones que había hecho minutos antes, tres, cuatro veces, hasta que se quedo mudo por fin. Instantes después timbro el teléfono inalámbrico que estaba a menos de 3 pulgadas de su codo, era la llamada que había estado esperando, sin variar la expresión dijo secamente “ahí estaré”. Los ojos azules se asomaron por el pasillo adyacente a la puerta y relampaguearon al notarlo vacio, se dirigió a la puerta que daba a la calle y al salir volteo hacia el cielo “probablemente mañana llueva”.

Los ojos azules le regresaban la mirada mientras se maquillaba débilmente con una sombra pálida, no quería llamar la atención, se metió en unos viejos jeans y una sudadera obscura, escucho  el timbre apenas segundos después de que pasara su cabello obscuro por la pieza elástica con la que se hizo una cola. Se sonrió con el chico guapo que entraba minutos después, un pequeño beso y ambos se dirigieron al jardín, se tumbaron allí y comenzaron a hablar de música, chismes, música, tv, chismes, música; cuando se hubo acabado el encanto ella lo despidió con un beso en los labios y un adiós lento y pausado como la tarde.

Abrió los ojos aun medio pegados por el sueño y el sudor, tenía hambre pese a que eran las 7 de la mañana. Bajo lentamente por los dos tramos de escaleras y al abrir el refrigerador  saco un cartón de leche y cogió de la estantería el cereal. Un solo plato y lo lavo en cuanto termino de desayunar. Se volvió a su habitación y se coloco la misma ropa que traía ayer, bajo nuevamente los dos tramos de escalera y en lugar de agarrar a la derecha, hacia la puerta principal, torció a la izquierda, a la puerta blanca que daba al sótano, descendió después de encender la luz, encontró la pala que su padre había comprado y recomenzó a abrir el agujero en el que había trabajado gran parte de la noche, sudaba nuevamente mientras la sinfonía número 9 de Beethoven salía en pequeños silbidos de su boca, sonreía con cada palada y cada golpe certero del pico que atravesaba una pequeña porción de la tierra ennegrecida. Se sentía feliz en esa pequeña burbuja por ella creada, en aquel espacio totalmente suyo que la apapachaba como nunca nadie hizo en vida, ahora era una persona completa. Había nacido por fin.

Depositó con todo el cuidado del mundo la cabeza de su madre, mirándola fija desde los ojos de terror infinito, enseguida la cabeza de su padre con el mechón de cabellos aun semi-arrancado y finalmente la del pequeño Bruno, su hermanito que no atinaba a entender en esa mirada pétrea el cómo o el que. Cogió el cuchillo que había usado la noche anterior y se abrió las venas llenando con su sangre las bocas de sus padres y hermano, minutos después se desplomaba sin fuerzas sobre el agujero cubriendo las cabezas, al fin había cumplido con la llamada de Dios.

SR Abril 2006

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