viernes, 24 de mayo de 2013

Aullando a la noche

Aullando a la noche

Le veo al cerrar los ojos mientras las lámparas de luz blanca y fría escuecen mis corneas aun con los parpados en punto muerto, le sigo viendo aun mientras me sobo el puño que debió ser para él y no lo fue, cada instante que vomito sobre las baldosas de ese baño pulcramente aséptico de color blanco brillante  le veo sonriendo socarronamente y tomando de ese vaso que se vuelve eterno, que se hace eterno en sus manos gigantes como manoplas de beisbol o guantes de box; no logro serenar mi mente que se quiere dejar perder en la inmensidad de la penumbra de los tantos grados de alcohol que había en esa botella de tequila, y en esa botella de bacardi y en esas muchas cervezas que desfilaron, en toda esa comida que me supo a poco conforme avanzo la noche y las palabras se volvieron el fuego en donde debí poner a freír un poco más de esas tortillas diminutas para calmarme. Qué paso conmigo? Cómo logró evitar que explotara frente a él? De qué forma sus ojos rojos y sin perdidos en una ira desbocada se vuelven una victoria de mierda para él y un sangrado profuso en el labio para mí? Arde el pecho, arden las piernas, arde el esófago y todo lo que va acompañado a la bebida, pero hay algo mas, algo que quema y abrasa todo desde el mismo centro de gravedad que poseo; no lo entiendo, no esta noche, tal vez con la cabeza despejada, tal vez con una buena siesta y un buen desayuno me logre dar cuenta de donde procede tanta calentura por alguien que en apariencia es insignificante, alguien que ni siquiera sonríe bien, que parece dejarse perder por momentos en cualquier elemento habido y por haber en el universo que posee en la mente. Que me hizo?

En realidad no sé ni la hora, no tengo la menor idea de que pinche momento de la noche sea, solo atiendo las pocas instrucciones que me dieron: “serénate”,  ”toma agua”, “no te duermas boca arriba”, “tómate esta pastilla, te va a hacer bien”, “no tienes de que preocuparte, te voy a estar cuidando toda la noche”. Cosas que una enfermera hace, cosas que ella hace muy bien, me cuida pese a que soy más grande que ella, me protege pese a que actué mal, que me perdí hoy como hacía años no pasaba. Fue él, fue el tiempo, fue una serie de condiciones que se dieron cita, debimos marcharnos cuando se empezó a enfriar la tarde, debimos salir pitando de ahí nada mas comenzaron a destapar las cervezas tibias y la segunda vuelta de comida. Fui una estúpida por no prever que eso podría pasar después de tanto sin beber, no era una fiesta, no era una reunión, era una trampa de ese tipo, de su negra mirada y conciencia que vio el momento idóneo y no se amilano, no sucumbió ante mi fuerza, no me hizo caso. Me trato como trata la gente a un trapo, a un borracho más, a un maldito borracho al que le está enseñando una lección. No sé como lo hizo.

Mareo, maldito mareo que viene en cuanto cierro los ojos, los abro y en realidad las lámparas bailan en rededor, me hago un ovillo y lloro sin soltar un solo puñetero lamento, mirando fijamente el camastro continuo completamente  blanco, sin nadie que le ocupe, nadie llorando por no ser lo suficientemente fuerte para vencer a lo que hay en el fondo de esa botella de tequila que venía acompañado del maldito sabor a refresco de cola; dulce, exceso de dulce y él lo sabía, por eso bebía el agave solo, en ese vaso eterno que nunca vi que lo llenase, que únicamente lo arrimaba a sus labios y los remojaba. Y volvía adoptar la misma infranqueable pose de maestro, de gran maestre que les va a enseñar a sus discípulos el ultimo ritual antes de hablar con el otro mundo, su otro mundo, el condenado mundo que anida en su cabeza y que fue imposible desentrañar; no picó, no se obsesionó, no enmudeció por ningún motivo y a cada ataque contestaba con el aire de superioridad que sentía poseer. Un maldito bicho raro que no le molesta que le llamen así, que más bien se siente feliz de serlo, de poner en jaque a todos los presentes con su mirada inquisitoria, como si el maldito bastardo fuese mejor que todos, como si supiera algo que nosotros no, sintiéndose como un iluminado y usando una máscara de caballero. No lo es, ningún caballero trata así a las mujeres, ninguno mete en medio de una conversación adulta un chiste jocoso sobre dimensiones sexuales; un cerdo en toda la extensión de la palabra que bebe desde horas atrás más que cualquiera que este a su alrededor, que no se le nota lo borracho pese a que parece que se podría caer en cualquier momento; no lo hace, no cae, no pica, no grita, no se encoleriza, no hace nada más que beber y sonreír con los ojos dilatados ante una presa que ha caído una y otra y otra en su juego de permitirle saberse un ente superior.

Grito, mientras pataleo y escupo la saliva dulce durante el mismo tiempo que me concentro en odiarle, en aborrecerle aquí llorando amargamente y vomitando hasta perder litros y litros de vitales líquidos en sudor y jugos gástricos que han subido por mi laringe, que se anidan en mis dientes y me provocan nuevas arcadas; ella me cuida, me acaricia la cabeza y me da pequeñas palmaditas en el cráneo que me hacen sentir aun más estúpida, me hacen enojarme conmigo, con ella, con la otra, con todo el jodido universo que aterriza en sus ojos cafés penetrando los míos sin importar la presencia de nadie, sin atemorizarse por nada, me escupe al tiempo que se burla con esa mirada de soslayo, de compasión que me desnuda sin ser nada sexual, sin tenderme ninguna trampa utilizada por cualquier tipo que desee vejar sexualmente a  una mujer borracha, lo  hace para hurgar, para recrearse mentalmente porque es un maldito pervertido que gusta de tener en jaque a los que son diferentes a él. No hay fuego en esa mirada que va a parar a la pared que está detrás de mí, no logro encontrar el punto para que se enoje, para que me dé un pequeño triunfo. No es normal, es un bichejo raro que repta por el subconsciente y deposita los huevos que quiera en el torrente sanguíneo hasta que eclosionan en el cerebro después de ser arrastrados por el tequila que toma en caliente, sin hielo, sin refresco, sin hacer aspavientos de que le corte el aliento y lo llene de fuego, parece que estuviera bebiendo medicina para la tos, carraspea un poco pero ni siquiera por eso se deja aturdir, ni siquiera por eso deja de sonreír con sus ojos llenos de veneno, completamente ajenos a la ira que crece y crece dentro mío y que amenaza con explotar, pero no lo hará, no lo hará frente a él pese a que él es la causa de tal encabrite.

Me arde el estomago, me crujen las tripas, me carcome el cerebro de tanto tequila, no logro sin embargo apartar mis pensamientos de todos y cada uno de sus movimientos, de sus calculados movimientos de borracho avaricioso que se guarda para si sus mejores chistes, sus caídas; que se comporta como un jodido ermitaño enclaustrado en su propio bosque mental, quiero insultarlo abiertamente, quiero gritarle obscenidades que he ido aprendiendo para este momento, para momentos como este, que me haga enojar tanto que le suelte un par de golpes o bofetones que borren su mueca de falso mesías. Ojala me hubiesen dejado a solas con él, ojala me hubiesen permitido enseñarle que soy fuerte, que soy tremendamente fuerte física y mentalmente, que pese a que no logré que me contestara nunca como cualquier otro, era más fuerte mentalmente que él, seguro que se hubiera acobardado y hubiese perdido los papeles intentando ser gracioso en lugar de hacer que yo pareciese necesitada de atención, como si necesitara que todo se centrara en mi. No lo hicieron porque temieron por él, sabían de mi calentura, era visible para todos, traía una locura creciendo y a punto de hacer ebullición en contra del primero que se atreviese a intentar calmarme, no pagó quien debió hacerlo, no pagó él; y mientras yo me hundo en esta cama lejana a la mía, él debe estar acurrucado junto a su dignidad, envuelto en las cobijas de la mediocridad de alguien que no es ni siquiera para defenderse con palabras duras, una almohada perfecta hecha para un pusilánime que me miraba desde atrás de ese vaso inacabable y que se pasaba las manos gigantes por su rostro duro, picado, con la barba a medio crecer porque seguramente no la ha rasurado para asustar y provocar a la gente a que le mire, a que le pongan en el centro de su atención como si no fuese suficiente su tamaño y su cara dura, picada e impenetrable. Un borracho extraño al que me dieron ganas de golpearle en cuanto lo escuche haciéndose el conocedor. Que me atrajo a su juego de darle la bola para que fuese el centro de atención que persigue tal como haría un perro a un auto.

Escucho el ruido de un catéter gota a gota en este mismo piso, a lo lejos hay una pequeña mujer que avanza a pasos apesadumbrados porque es domingo en la madrugada y quisiera estar en cualquier sitio que no fuese este, ella se acerca y me acaricia la espalda, habla por celular diciendo en voz baja y trémula “está bien”, “algo intoxicada”, “le di un suero y una pastilla”; se aleja contoneándose lentamente mientras cierra la puerta de la habitación comunal donde estoy sola por ahora.  Duerme, seguro de sí mismo, duerme encima con una docena de vasos de tequila y de bacardi y quien sabe cuántos más de cerveza. Lo hace a sabiendas de que me hirió al no atacarme, al no defenderse usando el instinto de cavernícola que generalmente acompaña a los que se le parecen; un bofetadón que debí darle para evitarme la calentura, la pelea posterior, el terminar aquí en lugar de estar en mi casa durmiendo plácidamente; debí obligarlo a que me dijera alguna grosería y que fuese él el excomulgado, que le atosigaran los pensamientos de resarcirse a él. No lo hice, no lo hice porque caí en su juego de beber, de beber y beber hasta que todo parece factible aun cuando no lo sea. Estos golpes que le doy a la almohada dura de color blanca hospital debiesen ser para él, uno en sus genitales, otro más en su estomago, pecho, cara, cara, cara. Molerle la cara a golpes, desaparecerle esa sonrisa torcida que deja ver sus dientes gigantes. Romperle la nariz chata y picada por el acné, que no le importo cuidarla, machacar sus pómulos grasientos que enmarcan sus ojos de cerdo, de voyeur, de maldito cobarde que no cae en ninguna provocación y que en lugar de mirarme ve hacia el fondo eterno del vaso cada que lo acerca a sus labios grandes, y que mojan el bigote ridículo que usa.

Qué superioridad moral esconde? Qué secreto universal cree poseer para mirar así a todos, para hacerles menos pese a que no lo sean? Qué hay  en esa cabeza con el pelo a rape que lo hace verse más viejo de lo que en realidad es? Por qué no pude, por qué no pude? Se oye el rugido de los autos que pasan a gran velocidad afuera de este edificio, grandes vehículos que se internan en la madrugada que comienza a morir, a ceder paso a otro día, al día siguiente a mi derrota, a la mañana que no quiero que llegue aun, que se pierda mejor entre los pliegues de la comisura de sus labios, en el arco formado por sus cejas que se elevan en un momento dado para evitar mostrar cualquier síntoma de malestar, que se funda en la raya que atraviesa su frente y que señala su constante mirada dura, el seño fruncido que sin embargo esta noche se pierde, se pierde y se pierde en el fondo del vaso transparente y el ruido de la música que él ha puesto, en el fondo sigue cantando todo lo que pone, jamás me ha sabido tan mal la música como en este momento, jamás estaría sentada bebiendo esta mugre caliente si no fuese porque ha sabido tender la trampa, aquí nadie hace nada sin que él haya previsto que así sucediese, como si anticipara todo y a todos antes que el mismo universo.

Bebe, bebe y seguramente siguió bebiendo mientras yo  recorría las calles vacías en la espesa madrugada; fría, atípica de una primavera que se ha caracterizado por el calor extremo de punta a punta en la ciudad que he recorrido casi por completo para huir de las acciones; quién o qué es él? Quién carajos le dio esa serenidad para beber y responder con su voz atípica de adolescente atrapada en el cuerpo de un hombretón de casi 30 años? Porque bebe y sigue bebiendo mientras corro aullando y gritando sandeces contra todos mientras la noche se pierde en los ductos de ese caño maloliente que pasa a penas unos metros por detrás de mí; el auto viaja con las luces internas apagadas, mi cara recargada en el vidrio resopla y bufa mientras seguramente él bebe ese tequila duro, lo hace sin importarle en lo mas mínimo que me sintiese del carajo, que quiera vomitar mientras el caucho roe las marcas hechas por miles, cientos de miles de autos que han pasado diariamente por aquí; fría noche, atípica, que se contrae desde el fondo de mi estomago y bulle hacia arriba, hacia arriba, hasta el cielo, hasta la condenada estratosfera donde reposa su mente una y otra vez perdida y encumbrada en la nada, vomito que me surge de la nada y el todo, vomito que alecciona lo aprendido hoy, vomito que tiene más del 80% de sus acciones en hiel y bilis antes que tequila, bacardi y cerveza. Eran las 3 am y él sabía, él sabía que en la hora del lobo nadie debe de vomitar, porque si vomitas en esa hora has perdido todo lo conseguido y se vuelve una derrota absoluta. La guerra perdida por el vomito que deja sus rastros en los dientes, encías y lengua. El vomito es su corona de laureles.

SR mayo 2013

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