sábado, 4 de mayo de 2013

Caminando

Caminando

Nadie le hacía caso, nunca, ni su madre, ni su ex mujer, ni los alumnos, ni siquiera el perro que cuidaba aparentemente de él. Rosco prefería vivir fuera de aquella casa antes que compartirla con Manuel, en cuanto lo escuchaba llegar por las noches se paraba junto a la puerta y apenas la traspasaba el hombre el canino salía disparado para volver hasta la madrugada cuando comenzaba a ladrar para que el desdichado le abriese. Así había sido durante los últimos 6 años. Manuel era un perdedor y jamás se arriesgaba en nada, así lo había dicho su mujer, así lo había mandado al cuerno su propia madre. En la colonia lo conocían como “el tacuches” sin embargo rara vez era respetado o siquiera auxiliado por sus vecinos; incluso en su propia contra tenía el raquítico sueldo que obtenía como profesor de español en una secundaria, que se le iba en visitas al médico, el cual harto ya de informarle a Manuel que no sufría de ninguna enfermedad comenzaba a cobrarle mas y mas por placebos que ilusionaban al tipo.

Recorría en metro desde Pantitlán al Politécnico y de ahí abordaba el camión que iba hacia Cuautitlán, se bajaba en San Marcos y de ahí caminaba 5 minutos para llegar apenas barriéndose a dar su primera clase en la vieja secundaria. Había sufrido ya 3 asaltos, y dos de ellos a manos de sus propios alumnos, en los cuales perdió el reloj que su padre le diese antes de irse, las identificaciones (que después encontraría en el tambo de la basura de la secundaria) y dinero. Los sábados y domingos los pasaba encerrado en la casa de tabique desnudo ubicado en la avenida 7 y en cuatro ocasiones había tenido que reponer la televisión y una computadora de escritorio que meses después el vecino de al lado le insto que ayudara a reparar. Manuel lo hizo y pago la compostura.

Todo era monótono, repetitivo y descorazonante para él, había dejado de esperar cualquier aliciente para su vida hasta que una mañana al llegar a su trabajo saludo amablemente a la portera que barría la entrada mientras mascaba uno de esos chicles de nicotina y le espeto un “cállate imbécil”, Manuel siguió su camino sin detenerse a contestarle a la mujer que mantuvo la vista fija en el encorvado hombre mientras volvía a mascullar “pendejo”.  Manuel tocó a la puerta de la oficina de profesores esperando encontrar a su amigo Rodolfo (que fungía como su asistente en algunas ocasiones) y no lo encontró, sin acelerar o disminuir el paso enfilo hacia el salón de usos múltiples donde encontraría a su amigo entrañable dándole caña a su ex mujer encima de una de las tarimas “que te parece perra, nada como un verdadero macho verdad? O quieres que te coja como el pendejo de Manuel?” “calla, calla…no menciones a ese pendejo”. No reacciono, no mudo la expresión, regreso por donde había subido y paso nuevamente a través del acceso principal de la escuela, camino y camino rumbo a la parada del camión, pero no se detuvo, sino que siguió rumbo abajo hasta encontrar Periférico, mantuvo el paso y mantuvo el desconcierto ni bien siguió su rumbo hacia el metro, llego a casa de noche y al encender la luz del traspatio encontró a Rosco en un charco de sangre, un balazo en la cabeza, muerto y meado encima, salió nuevamente a la calle mientras elevaba los ojos al horizonte negro y lleno de contaminantes, una tormenta parecía nacer hacia el este. 

SR Abril 2006

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