domingo, 28 de abril de 2013

Mente sencilla

Mente sencilla

“León: nunca dudes que siempre te quise y siempre te querré pero no puedo permitirme mas  no realizar mis sueños. No quisiera ver que el día de mañana todo el cariño que te tengo y que me tienes se  borre por culparte a ti y a Celeste de mis desesperanzas. Te amo. Mama.”

Esa pequeña nota fue lo único que conserve a través de los años de mi madre, el viejo (que razones no le faltaron) se derrumbó allí justo donde debían estar colgados los vestidos de domingo (o de paseo o bodas o funerales) en el minúsculo guardarropa azul cielo. Se quedó tirado, humillado y sin saber que hacer junto a esa botella de vino tinto  que solía acompañarnos cada tarde en la comida. Ese día llegamos al mundo de verdad Celeste y yo. He tratado durante años de no odiar a nuestra madre, a veces creo que lo consigo y otras tantas noches despierto con la falta de aire acostumbrada; fue la propia vida la que se encargó de hacerme considerar  que su labor había sido impecable pero que al final de cuentas mi madre no pudo o no quiso afrontar los años venideros junto a nosotros. Hoy día puedo decir  sin  ninguna duda  que lo que  más extraño de ella era su olor generalizado a flores. Gardenia para ser más correcto, siempre olio a ello y a veces quiero creer que ese aroma dulzón  y fresco es una panacea en mi memoria atiborrada de hoyos a causa de la edad. Será que todas las madres huelen siempre así de bien para sus hijos?

Aquí, hoy, mientras camino derecho al altar, vienen los 5 años subsecuentes a la huida de mama, el viejo se avejento como si no hubiera manera de que el tiempo tuviese un mínimo de cortesía hacia su persona; él tan fiel como se puede ser a su  imprevisible accionar nos llevó de un lado a otro, en cuanto se repuso del abandono de su mujer vendió la casa y nunca supimos si ella intento regresar (y tal vez fue mejor porque a saber cual fuese su condición mental). El viejo se encargó con la paciencia de un santo varón de sus 2 hijos y trato de encausarles hacia el bien; su modo siempre recto, duro, pero sin caer en brusquedades; poco afín a los cariños físicos o hablados, su única forma de acercarse a nosotros era bromear con nosotros con ese sentido del humor tan negro como el color de sus uñas. Y es que  era un buen mecánico y por aquella época no había nadie que supiese tanto como él en los motores. Tal vez su mayor yerro era el siempre ser esquivo, el siempre mantenerse en movimiento para dejar atrás el pasado y olvidar o perder para siempre el dolor insoportable que le causo la fuga de su mujer y sus recuerdos.

El viejo tenia talento de sobra para los motores, tal vez igual o mejor que el mostrado para aparentar una muralla frente a su cara que disimulaba su enojo o frustración cuando las cosas no salían bien,  un tempano de hielo  como rostro era lo que asomaba cada que el diablo se metía en su cuerpo. Nunca hizo muestra de su ira hacia nosotros o hacia nadie que le molestase en serio, prefería descargarla en el futbol, ya fuese que lo practicase (pese a que no era bueno en ello) o apoyando a algún equipo (de hecho era mucho mejor aficionado que futbolista y contrario a lo que se podría pensar del viejo, jamás mostro síntomas de fanatismo, nunca se apasiono de manera brutal con algo tan “trivial” como el futbol);  se ayudaba a sí mismo en lo que consideraba una distracción que le permitía romper la conexión con el universo y los que le rodeaban, minutos de paz mental lo llamaba él.  De aquel entonces le recuerdo ensimismado sin saber qué pensaría mientras clavaba la vista en la pantalla  o en el terreno de juego o en la pelota mientras la pateaba de un lado a otro y permanecía incólume durante los minutos de duración de su fiel afición. Siempre  fue fiel a un equipo por el que sintiese  simpatía y  jamás en los años posteriores vi que se obsesionara o se volviese un tipo crédulo por completo de la filosofía de un puñado de jugadores y directivos, y eso, probablemente sea lo que más hondo calo dentro de mí para evitar que cayera dentro de vicios u metafísicas baratas.  Es justo esa imagen del viejo,  el recuerdo que me viene de esos años de mudanzas locas y disparatas, mientras se  sentaba frente al televisor con su overol lleno de manchas de grasa o aceite y permanecía callado, silencioso como un hombre honrado y trabajador.

La que más resintió  y lloro la partida  de mama y los meses subsecuentes  fue Celeste, sin embargo al ser unos cuantos años más grande  se vio inmediatamente inmersa en la dinámica de hacerse la fuerte, razón de más para no llorarle lo suficiente y ello propicio que años y años de terapia psicológica se tradujeran en sus vueltas a casa con los parpados hinchados y los ojos inmersos en lágrimas. No es que yo no hubiese llorado, sin embargo mis traumas se volcaron en las múltiples acuarelas que significaron todo para mí. Cada cual le hizo frente como mejor pudiese a la situación y prueba de ello es la vida razonablemente normal que llevamos cada cual.

Fue años después, justo cuando cumplí 18, que Celeste se juntó con su novio de toda la vida (y cuyo nombre es Daniel) y se vino a vivir a la capital de nueva cuenta, alejando los fantasma de que mama aún vivía y si lo hacía o no, para ella simplemente no existía sino como un simple recuerdo que se esmeraba en dejar en el olvido. En esta capital logro hacer valer su carrera como arquitecta y se consolido en una relación que va viento en popa,  yo me quede con el viejo todavía unos cuantos años hasta que una tarde al regresar del trabajo que tenía por aquel entonces lo encontré sentado en su sillón y la tele apagada, alzo el rostro y con su mirada brutal de juez inapelable e insondable me dijo: “Ha llegado el tiempo León, tu hermana ya se fue a hacer su vida, es momento de que tú también lo hagas, tienes una semana para encontrar donde vivir”. No valían los reclamos o las explicaciones, si de algo he sido consciente toda la vida es de que a mi padre el pedirle explicaciones era como esperar la aparición de Cristo de nueva cuenta. Me fui a mi cuarto y no llore, tal vez porque el shock me ataco de frente y me vi de repente frente a un sinfín de oportunidades y problemas que no había alcanzado a idear. Junte mis cosas y al cabo de 3 días deje el departamento que habíamos habitado durante los recientes 4 años.

“León, es momento de cerrar el pasado”

Fue lo último que le escuche decir en viva voz a mi padre antes de cerrar la puerta la tarde que me mude a un modesto cuarto en un edificio céntrico de Puebla. No lo comprendí entonces sino hasta 2 semanas después que aparecí por el departamento del viejo para llevarle algunas cosas y recoger lo último que había dejado. Estaba vacío salvo las cosas que me pertenecían, fiel a su costumbre se alejó para dejar atrás todo y mantenerse en movimiento.  No supe de él hasta hace dos años cuando me localizo, no me pidió perdón sino que simplemente me aviso que estaba bien, que vivía en Tabasco y que se había juntado con una mujer menor que él y que estaba esperando un niño. No le reclame siquiera su abandono, más bien me sentí aliviado de que  al menos la vida le diese una oportunidad para volver a intentar las cosas y que lo hacía al lado de alguien. Se despidió no sin antes decir: “León tu sabes que siempre se me dieron mejor los niños”.
 La frase venía a colación cuando años atrás en plena adolescencia de Celeste esta le grito encolerizada: “Carajo, por ser como eres mama se largó!”. El pago de ese grito fue un silencio sepulcral hacia su hija por dos semanas, no tanto porque no quisiera hacerlo, sino porque no sabía cómo romper el silencio, no tenía las herramientas suficientes. El viejo guardo ese silencio en completo frio hacia sí mismo por no poder remediarlo, finalmente ella (a insistencia mía y de su novio) volvió a hablar con el viejo tras pedirle disculpas. El únicamente atinaría  a pasar una de sus toscas manos callosas sobre su pómulo.

Fue la última vez que supe de él.

Hoy camino llevando a Celeste hacia el altar rodeado de decenas de invitados que no conozco, mientras en algún lugar de Tabasco el viejo está sentado frente al televisor inmerso en la parquedad de sus acciones y sentimientos para su nueva familia mientras ve rodar el balón en la pantalla.

SR Marzo 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario