miércoles, 4 de agosto de 2021

Estampa de fin de semana

 Augusto tenía casi 60 años, vivía al día, sin ahorros, con un perro grande que no tenía nombre y una novia casi 30 años más joven que Augusto. Trabajaba toda la semana y el sábado o domingo aprovechaba para ir a Tepito, comprar dos micheladas, una en cuanto entraba al monstruo y otra cuando iba ya de salida, caminaba hasta metro Morelos, sin ninguna necesidad real, le gustaba la presencia del barrio, la dificultad de estar al filo de un movimiento en falso, de creer que en cualquier momento alguien iba a ir por él, por su mochila gigante en la que llevaba calcetas (que su hermana vendía en algún tianguis entre semana) o por el mero hecho de que les molestaba la apariencia de aquel hombre de aspecto fiero, pero al mismo tiempo un bonachón. Una especie de tío buena onda que al mismo tiempo tiene una manaza tremenda para romperle el culo a cualquiera que se quisiera pasar de verga con él. Le gustaban las micheladas porque le quitaban esa solemnidad que durante años le había dado a la cerveza, le quitaba ese pasado de una vida que difícilmente podía narrar sin soltar lágrimas crudas de un hombre viejo. Ya no tenía dos hijos, la primera esposa lo odiaba a muerte y lo único que le quedaban eran aquellos sábados y su trabajo del diario que lo obligaba a portar un traje feo, tan jodidamente distinto de las bermudas cargo que usaba los sábados o domingos que se paseaba buscando las calcetas que su hermana vendía. Le gustaba también usarlas, tenía muchísimas de ellas con figuras estrafalarias que no dudaba en usar aunque le dieran un aspecto ridículo cuando salía rumbo al barrio en busca de la vida, con los tennis que sin duda algún chaval quisiera, con la barba crecida pero cuidada porque le gustaba la apariencia que le daba, un viejo santa clos corporativo semanal, los sábados o domingos se volvía un jodido santa violento, un santa chopper, pese a que no manejara motocicletas, le faltó edad para hacerlo. Le hubiera gustado tener una, que ronroneara igual que hacia Alicia, la misma que le acompañaba a veces a dejarse medio día en aquel sitio lleno de color y sombras. Le gustaba Alicia, no tanto como le hubiese gustado al inicio su ex, pero eso era historia del pasado, cargada de emociones que lo traicionaban todavía cuando volvía al principio de las cosas, al final de los laberintos de su propia irresponsabilidad, no le gustaba, pero a veces era necesario perderse, y entonces aquel santa clos corporativo, se transformaba en un jodido borracho mal hablado con una novia que prefería perderse antes de que el hombre la tomase con ella, porque así era él, incapaz de detener el torrente, imposible que algo fuera a ser lo suficientemente fuerte para contener al viejo que los fines de semana gustaba de vestir estrafalariamente porque así podía escapar, escapar de todo lo que representaba de lunes a viernes, y sobre todo escapar del papeleo, de la vida tan jodidamente cuadrada que había escogido.
 

SR Primavera 2020

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