-¡Si me quedo ciego, que digan que fue por ella!
Gritó aquel hombre desde el fondo del localito, había casi una veintena de mesas, aunque parecían más debido a las ridículas dimensiones existentes en aquel lugar, no pocas veces se habían agarrado a golpes, al calor de la cerveza, al calor del ambiente, a la música que se tornaba un peligro para todos, porque era inevitable ponerse sentimental, y en no pocas veces envalentonarse por las melodías que provocaban aquellos hombres con su vestimenta estrafalaria, con su sombrero norteño.
Era un jodido día más en la cantina, supongo que tenía nombre, pero hacía años que nadie lo usaba, daba igual, era el único agujero en aquel rincón del infierno, tiempos mejores habían pasado cuando no pocos se enfrascaban en victorias ocasionadas por el alza en los minerales. Pero aquello había sido tan efímero como lo era ahora la vida de la mayoría de los jóvenes, si no había clientela más joven en aquel sitio se debía a que todos estaban muriendo chicos, seducidos por los cantos de sirena de la vida peligrosa. Entonces, para aquel tiempo sólo estábamos los padres y abuelos de todos esos imbéciles, no pocos tenían nexos con la maña, no pocos estaban huidos y escondidos en otros lugares menos hostiles, y quizás los que estábamos ahí nos aferrábamos como idiotas a seguir vivos, no importando que no tuviéramos ni para cervezas, ¿acaso eso importaba?
Pero el conjunto tocaba de poca madre, con la fuerza de un huracán que está desatando su furia sobre cada una de nuestras neuronas o nuestras capacidades cognitivas. 4 hombres vestidos con aquella indumentaria, como ya he dicho antes, estrafalaria; los clásicos conjuntos norteños que abrían la serenata de nuestras desgracias con corridos, y al pasar de los minutos y las horas, esto se iba convirtiendo en serenatas para nuestros jodidos corazones de viejos ridículos. La cantidad de veces que nos habíamos convertido en un manojo de tristezas tan hondas como cabe posible imaginar las marianas. Acaso no estábamos tan adentro de la desgracia que nos parecía lo más justo tener una buena canción triste, llena de voraz enfermedad amorosa. Claro, luego llegábamos por aquellas que nos ocasionaban dicha situación y preferíamos hundirnos ahora en el sopor del alcohol etílico.
Conocía de años a esos 4 hombres, más de los que quisiera reconocer, mi padre me los presento desde que tengo uso de razón; él y yo no siempre congeniamos, porque no le gustaba que me dejará caer con mis amigos de entonces a beber en el mismo lugar que él lo hacía, al igual que los padres de mis amigos lo hacían, que probablemente nuestros abuelos lo habían hecho, y de hecho algunos estaban todavía ahí, recargados y perdidos en los sueños profundos del borracho, cargados de dolor y esperanza por la creencia de que todos se irían al cielo. Mi padre invitó la primera ronda, nos pusimos ciegos de tanto alcohol aquella noche, el grupo tocaba, corridos y más corridos, llenos de valentía, estupidez y vanagloria de aquellos tan tontos para caer en aquella vida. Mi padre se sentó frente a mí y no hablamos, ¿porque habríamos de hacerlo? Éramos tan jodidamente duros que la vida nos obligaba a cerrar la condenada boca, a apretar los dientes y hundir nuestra mirada en la bebida que teníamos frente, él su tequila derecho, yo cerveza. Nos caímos antes de que supiésemos que éramos parte de la misma rama. Que teníamos la misma cara surcada por las mismas arrugas, y aquella nariz tan característica. No le gustaban los nuevos corridos, y para hacerlo enojar los mandaba pedir, y a veces cualquier otro que le llenaba la boca al cantante con aquello de la vida recia, cualquier pinche canción así. Inmediatamente se crispaba la vena de su rostro. Yo tarareaba por lo bajo.
Su boda y mi boda habían sido amenizadas por los mismos hombres, mi mujer, mis hijos, mis nietos seguramente, conocerán está música, porque es lo único que he conocido. ¿Cuántos años tenían aquellas momias? Con sus ropajes llenos de girones, con las manos casi transparentes con aquellas venas que parecían antinaturales porque sobresalían demasiado, casi eran una extensión de sus instrumentos y no al revés. Parecían tan jodidamente viejos que aquellos que apenas rondábamos los 40 nos veíamos como colegiales que apenas estaban destetándose. La voz del hombre no pocas veces emitía un pequeño silbido, mi suegro hacia los mismos ruidos hacia el fin de sus días, ahí sentado en aquella silla de ruedas, no era tan viejo, pero tenía muchas enfermedades, me caía bien, yo le caía mejor de lo que mi padre podía desear que lo hiciera, no porque le gustara tener esa relación conmigo, sino porque la sentía muy fingida de su parte, pero no era así, era un sujeto que sabía cosas, y eso inevitablemente ocasionaba que nos acercáramos, bebíamos cerveza y hablábamos de cosas que a nadie más le importaban. Mi mujer y los chicos no lo soportaron, se moría uno, les quedaba el otro. No pocas veces intuí que hubiesen preferido que fuese el muerto el otro.
Mi mujer los odia, no le gustan sus canciones, el estilo; mis chicos los aborrecen, pero entienden que quizás no tengamos otra forma de entender el mundo, no los culpo, ya no somos muchos de estar aquí, crecimos en otra época, en días tan jodidos y tan tristes que nos volvimos igual. La música es lo único que da un poco de sangre a nuestras vidas, pero nunca lo aceptaremos, porque ello sería reconocer que no podemos existir por lo poco que somos, por lo poco que valemos. Y quizás fuese mejor que no podamos expresar todo esto, porque haríamos que las nuevas generaciones entendieran que tan fregada tienen la vida, porque aunque quieran romper el círculo, seguirán dentro, alguno huirá y otros lo intentarán, pero aquel que lo logré no será feliz, porque tendrá muy dentro entendido que el circulo lo perseguirá toda la vida, como una sombra propia que no se rendirá, que lo esperara hasta que sea el momento indicado. Y los que no lo logren, serán tan poco valiosos para sí mismos que ello les hundirá en el fango, en las letras que vociferan aquellos 4 hombres vestidos estrafalariamente de negro, con su sombrero apenas ladeado y con tantas venas que logran lo que más miedo me daba cuando comencé a crecer: que mi padre y su padre sean exactamente la copia de mi cara, que el ciclo se siga perpetuando porque mi hijo mayor tiene ese rostro, cargado hacia la desdicha, montado en la tristeza que no sabe de dónde le sale. Son así las cosas en este lugar que alguna vez tuvo suficiente fuerza para crecer y ahora está esperando a que venga la muerte o el olvido. Lo que sea más sencillo.
SR Julio 2020
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