Por aquel entonces tendría menos ganas de beber que otra cosa, la bebida me rompía el estómago y cómo consecuencia de un par de cervezas mis jodidas deposiciones tendrían tanta sangre que parecerían aquellas cubetas que usaba mi tío cuando mataba a los puercos en las vacaciones decembrinas. Pero la idea giraba en torno a mis recorridos habituales de polo a polo por toda la condenada ciudad, escondiendo el aliento a alcohol y la mirada vidriosa tras un par de lentes negros y pastillas de menta. A nadie le gusta ser juzgado por tener aspecto de haberse terminado la barra libre entera; pero había algo que no podía ocultar y era la sensación de derrota, algo que aseguraba que todos los demás pasasen a mi lado rumiando entre dientes: “pobre bastardo”. Y lo sabían porque era su reflejo, pero eso no importa tampoco, porque esa noche en particular vi dos hombres que distaban mucho de ser algo común, el primero venía en bermudas blancas y una camiseta de tirantes, mostrando musculo, enseñando lo que las muchas horas de trabajo en la obra le habían permitido obtener a cambio. El tipo parecía a punto de ir a reventar a su esposa a golpes, escondida esta en alguna habitación de su domicilio, tal vez con dos o tres niños que jugaban en el cuarto continuo. Sabían lo que sucedía, no eran estúpidos, pero cada vez lo veían con mayor naturalidad, como si la función de todas las mujeres fuese esa, aguantar a un cabrón curtido que llegaba por las noches a desquitar la frustración por una vida de mierda, hundido a veces por el alcohol y muchas otras tantas por nada más allá de su imaginación. Imaginación distinta a cuánto podría imaginar, porque se decantaba por insultos y golpes a aquella mujer, deseando que llegara el fin de semana para ver a la puta que se cogía cuando cobraba la miseria que podía ganar. Todos contentos por el rol que la vida les asignaba.
Del otro lado un tipo con la apariencia de un abuelete digno, al que le confiarías hasta el dinero de las limosnas, vestido con gracia y sobriedad, los lentes de marco dorado le daban un aire de sabio, de un bastardo que jamás ha tocado violentamente a una mujer, que no le ha dicho obscenidad alguna en su vida a su esposa, una geriátrica mujer que hace unos 30 o 40 minutos de caminata pesada en el parque cercano a su casa, mientras espera a que la muchacha de un pueblo perdido en la sierra de Puebla haga el desayuno diabético que ambos viejos deben comer si no quieren terminar como mi jodido culo. Y lo sabe aquel anciano con su suéter rojo, tejido seguramente por la mujer que lo ha acompañado por casi 40 o 50 años, lavando su porquería, enjuagando la ropa del tenis, o algún deporte de tipo que aspiraba a más pero se quedó de perico-perro en aquella oficina de gobierno a la cual ya no asiste. Ese mismo hombre que espera frente a la puerta del vagón naranja para perderse en la oscuridad de las noches de luna rosada.
Y atrás de ambos va un tipo mal encarado y jodidismo de la rodilla, lo sé porque identifico los síntomas cuando los veo, dolor y más dolor, dolor y dolor que se acumula cada mañana cuando abre los ojos para maldecirse por no haber muerto ya hace varios meses por esa maldita dolencia. ¿Bebe? Sin dudas, lo mismo le entra a la cerveza más horrible sin hacer gestos, porque sabe que aquellos que esperan encontrar la redención en una cerveza no tienen la más remota idea de cómo jodidos funciona el universo, pero no les dirá nada porque quisiera estrellar las cabezas de todos en una maldita piedra, observar el riachuelo de sangre correr y perderse en los glifos de las piedras, un jodido creyente de los ritos viejos, de la necesidad de la sangre para que todo se purifique, a la fregada el fuego, nada es tan violentamente hermoso como litros y litros saliendo de un pobre imbécil que acepto el destino sin entenderlo. Le cuelga un rosario del cuello, quizás lo juzgue mal, y es otro de esos ingratos que aman la posibilidad de convertirse en mártires, quizás trae una fusca en su cangurera y está a punto de convertirnos en sus perras por mera diversión, por entretenerse con nuestra estupefacción. Lo miró y me convenzo de que irá por el premio chico, golpeara con la culata a algún desprevenido y luego obtendrá un botín tan mísero que su esposa poco o nada podrá comprar de dignidad, sobrevivirán unos días y luego saldrá todo de nuevo igual, porque esa es la vida que ambos (quizás 3, porque las desgracias nunca vienen solas) conocen y aman con la misma y certeza fugacidad de que si él muere, o ella muere, ambos volverán a tener pareja con los mismos resultados en menos de lo que puede creerse que la vida es un cúmulo de porquerías.
Y me fijo en dos que terminan siendo 3 porque creo que he visto algo definitivamente impensable hasta hace menos de 15 minutos cuando comencé a idear esta porquería, son gays, los tres. Y no es que esto sea importante ni mucho menos, al contrario es una historia sobre estos hombres tan dispares como idénticos, a los tres los mueve el mismo deseo humano: la subsistencia mediante esos pequeños placeres culposos, los mismos que mañana harán que el albañil le acomode una nueva madriza a la mujer con la que cohabita, que mediante esa violencia saque toda la maldita frustración de no poder asimilar lo que se es. Pero también el hombre de aquella cabellera platinada por los años, al día siguiente le comprará a su mujer algo como un ramo de rosas, o claveles, no sé qué arreglo les guste más a las mujeres de esa edad, pero lo hará y ella pensará que sigue igual de enamorado de ella como hace casi 30 años, aun cuando en el fuero interno de aquel hombre, su esposa, o la mujer joven que fue hace tanto, fuera un vehículo para estar cerca de aquel muchacho de ojos negros que ostentaba el mismo apellido que la que hoy es su esposa. Un amor imposible que lo llevo a soportar tantos años de tormento, para en cuanto pudiese salir tan rápido como sus pies lo transportan a aquellas tórridas horas de sexo con un desconocido. ¿Y el tercero? Está ahí, ha pagado una fuerte suma para que los otros dos lo dejen ver, que por medio de aquel acto voyeur pueda satisfacer su necesidad de pertenencia, de estar íntimamente relacionado con alguien, aunque sólo sea por un par de minutos, tal vez una hora, hasta que los otros se vistan y se despidan para no volverse a ver, para que el regrese a su zona donde habita, donde sobrevive con esas pequeñas explosiones de intimidad, de sentirse tan jodidamente miserable porque no puede asumirse como lo que es: un jodido solitario que bebe para recordar esos momentos de pasión desbordada, quizás tratando de que los sonidos, los olores y la temperatura de aquellos momentos lo trasladen hacia un poco del paraíso que aquellos disfrutan.
Y se cierran las puertas, y extrañamente notó que los tres hombres jalan hacia el mismo lado, pero está vez hay algo en su caminar, en su mirada que denotan que probablemente van hacia el mismo sitio, que muy seguramente se conocen y que indudablemente no quiere que se sepa que son amantes. A sus extrañas maneras, pero lo son, y yo bebo en aquel asiento del metro, mientras la gente a mi alrededor trata de seguir con su vida, pese a que son casi las 10 u 11 de la noche de un martes, y nadie parece tener la maldita cura para lo que se está cerniendo sobre nosotros, porque al final nadie es mejor que ningún otro. Pero yo sigo bebiendo, pese a que sé que está prohibido y que en la puerta viene un policía que está esperando a que me confié para darme una buena madriza con su macana. Todos recibiremos algo está noche.
SR Primavera 2020.
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