Alguna vez a manera de castigo me decidí a escribir en las noches del fin de la primavera y el principio del verano, cuando el calor infernal se mezcla con la humedad sin lluvia. Y comencé a escribir en boxers y con unas latas de cerveza a la mano. No eran grandes cosas, de hecho cuando lo hice, tenía casi 2 años sin escribir nada, vivía de la poca mierda que había escrito antes, y por vivía me refiero a que eran mis letras mi modo de no caer en la locura, el dinero provenía de seguir descargando camiones de alimento para animales, jodido como pudiera ser, con la espalda llena de moretones provenientes de costales que en un día bueno pesaban 40 kilos, y cuando la cosa se ponía jodida eran casi 70. Llegue a levantar 80, mi espalda dijo no más aquella vez, tuve que recurrir a un ungüento para evitar que el dolor se extendiese más allá del hombro y la parte alta.
Pero eso fue hace mucho, y entonces ya era mucho tiempo atrás cuando había estado en mi mejor forma, podía hacer muchas más cosas y no sentía que la vida pasara, que mientras hubiera alcohol, lo demás no importaba. Estaba también enamorado de una mujer que no era real. A mis casi 25 tenía las mismas ideas sobre las mujeres que tengo ahora, no las comprendo, pero no quería comprenderlas, sólo quería quedarme con las pocas luces sobre ellas. Mi abuelo me había dejado su casa, una sola planta, con tres habitaciones y una pequeña cocina pintada de azul, la habíamos pintado unos días antes de que se pirara, para entonces mi abuela tendría casi 10 o más años muerta. Un jodido espiral de emociones, era un torbellino de sentimientos, quería expulsarlos y la única forma era escribir, pero no podía, no tenía el ánimo suficiente, sin embargo aquella noche cogí un pedazo de papel, no recuerdo lo que tenía atrás y comencé a lanzar frases, dolidas, llenas de algo cercano a la epifanía. Sudaba tan copiosamente que las gotas mancharon el papel, pero no podía detenerme, no quería hacerlo, quería poner fin a todo aquello que me había torturado por mucho tiempo, y las letras seguían su curso, obedientemente insurrectas, lanzándose a un precipicio de violentos significados, no los tenían para mí en absoluto, porque no estaba fijándome en lo que ponía, acaso hablaba sobre una gelatina, sobre hormigas, sobre el desierto y la necesidad que el frio se colara por alguna rendija del universo, pero el calor hacia que todo fuese tan jodidamente real, que el dolor se sintiese de la misma manera, como si no se pudieran expresar de otra manera las sentencias de dolor.
Y estaba ahí, rascándome con una mano algún piquete de insecto, mientras la otra seguía tirando de la poca movilidad de mis dedos, no era tan fácil poner en escrito todo aquello que aparecía sin orden en mi cabeza, pero lo estaba logrando, y sabía que no pararía hasta terminar, casi la media noche por entonces, a sabiendas de que al otro día tendría que despertarme a las 7 para seguir cargando todo aquello que pudiera aguantar mi espalda o mi cuello mientras el jodido universo de mis letras se quedaba firme, esperando a que una segunda lectura cambiase el ritmo, le diese una coherencia suficiente para no ser únicamente los lamentos de un hombre que no podía sacar toda la rabia que tenía acumulada por casi dos años. Que tenía un jodido enamoramiento de una mujer que lo rechazaba con todas las fuerzas que podía haber sido capaz alguien de hacerlo por el mero hecho de que sabía de antemano que era escoria aquel hombre. Era incapaz de parar sin sentir que mi mano se rebelaría mas tarde y me haría apretar el gatillo de la pistola 22 que el viejo había comprado alguna vez para dispersar a los rateros. No podía y no quería terminar así aquella noche tan jodidamente calurosa, porque aún me faltaba llegar a toda la demás porquería que vendría después, claro, ahora lo sé, pero por aquel entonces sólo podía aspirar a que el dolor fuese amainando conforme me adentrase en la vida.
Lo cierto es que ahora mismo escribo de la misma manera que entonces, lleno de sudor, casi desnudo y con unas latas de cerveza, aquella mujer se fue marchitando con el paso de los años, pero aparecieron más y cada una fue un dolor que parecía insuperable, hasta que la propia experiencia me ha dicho que no, que siempre hay una nueva lección en cuanto al dolor, cuando creas que lo tienes superado, acuérdate que nada es tan infinito –acaso la muerte- como el jodido dolor. La vida se encargara de que lo recuerdes.
SR Primavera 2019
No hay comentarios:
Publicar un comentario