martes, 16 de junio de 2015

Besos y caricias

Besos y Caricias

Ella dijo no, con toda seriedad, dejando de sonreír para siempre, mientras todo  alrededor parecía que se congelaba. El tipo se quedó con la mirada perdida en algún punto de las estrellas, sorbiendo su desgracia. Raúl Campos no era un hombre que hablara mucho, vamos ni siquiera era capaz de expresar dos ideas juntas sin antes tomarse su tiempo para pensar lo que diría a continuación, cada conversación pasaba por un ajedrez mental, a veces fortuito, a veces decepcionante. Bajó la cabeza y se quedó mirando el pasto que crecía a desigual manera en la extensión de tierra en que se encontraba de pie, roto, sin alma ya. La chica caminó rápidamente fuera de su órbita, alejándose cada vez más, no solo físicamente sino astrológicamente; él sabia de eso, había estudiado por años los astros y las estrellas en espera de que le indicaran el momento propicio para encontrar a su alma gemela. Creyó –erróneamente- que esa noche era la indicada. 

Camino hacia su compañero de juegos, de hazañas y mujeres de otras épocas, Manuel González destapo una nueva cerveza y se la extendió a su compadre mientras buscaba en la hielera otra igual de fría. No hablaron durante casi ¾ de hora que estuvieron allí de pie al lado de una camioneta pick up negra; Raúl tenía el nudo en la garganta, que amenazaba con reventarse, y la cerveza tibia en la mano. Su compadre encendió la camioneta y ambos se  acomodaron en el sillón largo  de tela deslavada llena de polvo, sin duda había visto sus mejores épocas hacía muchos años. Arranco Manuel la camioneta y se perdieron en la noche. No hablaron durante gran parte del trayecto y no era necesario hacerlo, ambos habían compartido a lo largo de los años las rupturas difíciles con diferentes mujeres y las muertes de sus padres; aun así a Manuel le costaba abrir la boca para romper la tensión que amenazaba con desbordarse, tenía que encontrar un chiste, una anécdota o algo que hiciese menos duro el momento por el que su camarada acababa de pasar. Al final se decantó por una historia que le había narrado el gordo Moncada de aquella noche que se perdió bajo las lámparas de la calle Taboada. A ambos les gustaban las historias que contaba Moncada porque siempre incluían referencias de alcohol, y encuentros con resultados disparejos con las mujeres; no es que el gordo fuese alguien atractivo, pero poseía una labia brutal capaz de romper el himen más estrecho. Habló Manuel. Escuchó el otro, mientras la tierra suelta de la terracería se adhería a los faldones de la pick up. El relato terminaba con el gordo bañado en una botella de tequila y dos puntos de sutura en el dedo meñique cuando descubrió que la mujer no lo había sido siempre. Al gordo no le agrado el asunto y trato de darle una paliza al transgenero, el otro más abusado le abrió la mano con el filo de la botella de tequila que había volcado previamente en la inmensa corporalidad de Moncada.

Raúl sonrió sin muchas ganas de hacerlo, de hecho a veces no entendía la maldita necesidad que tenía Manuel por tratar de hacer que todo terminara en broma o en una historia que rompiese las sensaciones de tristeza que sentía. Agradecía por supuesto que lo acompañara en los momentos duros, pero sentía que no pocas veces le disgustaba el afán del otro por hacerle ver el lado gracioso a la vida. Aunque su amigo ya sabía de su temple desgraciado y le había dicho no pocas veces una frase que funcionaba como su mantra personal “Si me tomara la vida en serio, ya me habría pegado un tiro”. Al final no hablo más porque le seguía escociendo el agujero que había abierto aquella mujercita de pelo castaño y ojos grandes, enormes. Le lastimaba el hecho de que él había dejado muchas cosas por ella, y esta no pudo o no quiso dejar una sola cosa; no era cosa menor era cierto, pero había hecho grandes esfuerzos por estar junto a ella y llegado el momento ella se decidió que no era lo que necesitaba, que quería libertad y atándose en matrimonio con él no llegaría lejos. No hubo más que decir, y Raúl Campos se quedó allí cabizbajo, mientras su compadre lo esperaba en la camioneta, con sus historias y la cerveza.

-ya estuvo…oiga mi amigo, vamos a beber en serio.

Asintió Raúl con la cabeza y la echó hacia atrás cerrando los ojos mientras los labios degustaban el sabor amargo de la cerveza tibia. El hombre tras el volante aminoró la marcha y metió la camioneta por una calle lateral, igual de llena de polvo y con farolas exiguas que se distanciaban cada vez más una de otra, Raúl sabía bien hacia donde se dirigían, no le importaba en realidad  porque tenía casi 2 años que no pisaba ese sitio. Desde que había empezado a andar con esa mujer que le consumía el poco cerebro que le dejaba el trabajo y las labores en el rancho. Ni bien había dormitado un poco sintió el golpe en la ventana, un golpe seco proveniente de una lámpara. Otro hombre se acercó por la ventana del piloto esgrimiendo igualmente una linterna y echó  los rayos del foco amarillento sobre el rostro de González. Eran los vigías del rancho, del sitio donde normalmente acudían dos o tres personajes que eran bien recibidos y el resto eran cateados cual delincuentes.  Fueron bajados del vehículo y  conducidos por los vigías hasta una piedra que alineaba con una casa a poco más de 500 metros. Tropezando y con el fato de ir cada vez más inclinados por la pendiente ascendente que tenía como premio la casa de con las farolas rojas en el dintel de la puerta, los dos hombres iban callados y sumidos cada cual en sus pensamientos. Manuel trataba de recordar cual era el nombre de la chica que le gustaba cada que visitaba el rancho, y Raúl ensimismado con la negativa recibida unos instantes atrás. Cada vez dolía más y más el asunto, pero no podía evitar  que el alcohol abriese la herida,  volvía a su mente el rostro de esa mujer. 

Finalmente llegaron a la fachada, González se palpó la cartera de piel en la bolsa trasera del pantalón y antes de golpear la puerta con los nudillos esta se abrió, la mujer de mejores años ya pasados franqueaba la puerta y atrás de ella un par de gorilas con aspecto canallesco le adelantaron. La mujer sonrió con la boca carmesí al notar que los hombres de seguridad registraban minuciosamente a los recién llegados. “es por su propia seguridad chicos” dijo. Y extendió su mano regordeta y parda hacia Raúl. Torpemente le tomo la mano con la suya y la sacudió levemente hacia arriba y hacia abajo. La mujer separo su mano y se dio la vuelta, siguió hablándoles mientras avanzaba lentamente sobre el piso  que asemejaba ser madera y les recitaba las reglas de memoria aprendidas durante largos años de profesión. Les recordaba que la ruptura de cualquiera de las reglas era sinónimo de expulsión y aparte: “mis muchachos se van encargar de darles una bonita despedida”, remataba mientras les enseñaba el sofá viejo donde estaban un par de chicas de aspecto delicado y rostros de avaricia. No eran bellezas, pero estaban  tan bien ataviadas que eso pasaba a segundo plano, Raúl no tenía ganas de beber y menos de tirarse a alguna de las chicas de aquella casa, pero ya estaba ahí. La mujer les enseño la carta de precios de las bebidas y ni bien hubo seleccionado Raúl una botella de brandy nacional se acercaron las dos chicas del sofá, cada una cogió del brazo a un hombre y los condujeron a las escalinatas que estaban ocultas tras una pared falsa.

Ellas bebieron al ritmo, mientras los dos hombres trataban de mantener la erección, Raúl cada vez más borracho se había tratado de bajar los pantalones vaqueros sin atinar correctamente y el resultado fue un golpazo en la mesa de aquella mini sala. La botella no salió volando de milagro mientras las mujeres reían tontamente,  Manuel  trataba de ayudar a su compañero a restablecerse. Lo puso en pie y rió por lo bajo mientras observaba la mancha de semen seco en los calzoncillos. Le brindo una cubata nueva, con refresco de cola y hielos y luego se acercó trastabillando a las bocinas que estaban conectadas al viejo estéreo. Buscaba una canción. Sólo una. Comenzó a sonar el sonido inconfundible del acordeón. No se había olvidado de aquellos años con Marisol, pero cada que andaba hasta el full de borracho le gustaba oír esa canción y recordar que su ex esposa aún seguía cerca, que la mujer que tenía en brazos era ella. Salió del ensueño cuando escucho a la chica gritar, volteo inmediatamente cuando sintió el golpe en la pierna izquierda que lo arrastro hacia abajo y golpeo su cabeza para no volver a levantarla jamás. Raúl seguía destrozando todo y a todos los que estaban allí, le propino un par de golpes más a la chica que yacía en el suelo con las manos sujetándose la abertura en la garganta y lanzaba roncos gemidos en medio del estertor de muerte y la sangre que manaba profusamente, a la otra mujer le estampo el resto del espejo que había roto  y con el que había cortado la garganta de su pareja en el baile mientras la música seguía su populoso ritmo. Nadie había escuchado nada. Se le montó a Manuel por la espalda y le golpeo con el jarrón lleno de agua y flores que amenazaban con marchitarse al ver regado su contenido en el suelo de falsa madera. Dejo allí a su compadre,  cogiendo la botella de brandy que yacía a los pies de la chica que trataba de pedir auxilio, pese a que sólo aire salía por su garganta y los pocos sonidos que articulaba quedaban ahogados por la música. 

Se acercó a la chica y se recostó en su vientre desnudo manchado de sangre. La música de Ramón Ayala siguió sonando durante un buen rato.

SR Febrero 2014

No hay comentarios:

Publicar un comentario