3 golpes
Fueron 3 golpes, tres momentos en que mi cerebro se detuvo y comenzó a idear la forma correcta de salir del fondo, de mirar las cosas desde otra perspectiva; tal vez encontrar el cambio necesario para volar de ese agujero que yo mismo había fomentado. No es una cosa sencilla pero se puede uno encontrar con diferentes tipos de locura (sabiendo de antemano que el nacimiento arroja la primera de todas) pero a veces nos olvidamos de ello por el simple hecho de sabernos demasiado ensimismados y encamados con ese mundo tan decadente que nos ha amoldado como un maldito insecto a su realidad.
3 golpes, decía, de furia aparente y que el universo en si los transformo en apenas suspiros que muerden el asfalto de la nada y el todo, de la transformación y el cambio que somos la mayor parte del tiempo incapaces de apreciar; incapaces de entender lo que en realidad queremos ser. En si todo se ha resumido con el paso del tiempo a tratar de romper las cadenas de la mente, de gritar y aullar con el sonido mismo de la boca del infierno; pero somos incapaces de perdernos en el horizonte de la paranoia y detenemos por cualquier método la caída, nos aferramos al borde y nos asustamos de lo que se encuentra al final, al fondo de aquella fosa negra y putrefacta de la inconsciencia.
Y en cada fondo personal están las mierdas que hemos hecho y dejado de hacer, por ejemplo la insalubre cantidad de esperma vertido en condones comprados para evitar que las putas que te coges en los hoteles del sur de la ciudad te peguen sus enfermedades, o que tu se las pegues a ellas por que en el fondo no sabes si tu vieja te es fiel o si le abre las patas a cualquier transeúnte que puede o no usar un condón de diferente calibre al tuyo. Luego vienen los años desperdiciados en las apuestas –sobre seguro- que has hecho, ganas 10 pierdes 500 y a la jodida todas las noches que trabajaste como esclavo sexual de una corporación malévola que ve en tus diseños las tetas de la virgen y sus perlas fríamente mancilladas para darle de comer a cientos o miles de ratas de ojos grises y pelos negros que llaman empleados. Finalmente las miles de toneladas que te bebiste en cocteles de mala muerte sacudiendo la verga en los mingitorios de acabados azul turquesa mientras la mujer que te acompaña te sorbe la vida como si fuera una aspiradora de karma, cada milímetro que entra y sale de su boca termina con una preocupación menos que te distancia de los gritos del niño y la niña en casa, de las papillas y los regalos navideños, de los millones de pañales que has cambiado y que terminan por agotar los recursos de la familia. Cada milímetro que ella devora (no por su gusto si no por una paga) son la gloria de una absolución que solo el mismísimo Satanás tiene para ti.
De vuelta al fondo, de vuelta a las torturas inimaginables que te marcaron (como lacre en la cera de un sobre) desde niño, cuando la catequista se afanaba por enseñarte las bondades del señor en cada uno de sus escotes pronunciados; los años perdidos en chaqueteártela en el baño de la iglesia mientras esa mujer menudita susurraba al oído que eso era un pecado mortal, un pecado que no tiene perdón y que seguramente se van a ir ambos al infierno, ella con su gloriosa fecha de caducidad más cercana y tu sabiéndote un sucio depravado, ella con su escapulario colgando del cuello apuntando a los senos del señor y tú gritando tan fuerte como te era posible en la reducida capacidad de aquel cuarto cuando te corrías a lo bestia. Carajo nunca te la quiso chupar, nunca te quiso coger como era la norma, ni siquiera te dejaba acariciarle las tetas enmarcadas por el sostén negro o blanco (jamás de otros colores porque era pecado), simplemente una satisfacción pasajera que encontraba en lo más cercano a acariciarle el miembro a cualquier querubín voyeur desde sus pedestales de yeso y estuco.
Luego vendría la novia de mano sudada que se negaba a darte cualquier satisfacción y por ende te refugiabas en la lengua de su mejor amiga (con aquel piercing en forma de bolita que te recorría palmo a palmo cada centímetro de esa supuesta hombría que te quedaba chica cada que intentabas apoderarte de su cabello de trenza negra azabache), ella tampoco te dejaba meterle mano, solo eras su pinche distracción para saberse más chingona que su amiga Marianita (para la cual siempre tenía una frase de aliento por cada uno de tus errores). Allí conociste el dolor de la perdida, el dolor de la muerte cercana cuando se fue el viejo, cuando se murió intestado y salieron tus medios hermanos a reclamar ese cariño no dado y mucho menos deseado, todo ordenado por esa señora que conociste cuando niño aun y que te regalo un carro de fricción. La viste como en realidad era, sucia, vieja y con kilos y kilos de maquillaje que intentaban aparentar otra situación menos pobre, menos llena de carencias porque tu viejo, tu querido viejo les dejaba una miseria para que compraran lo elemental mientras tú te paseabas en el carro del año y comías tres veces al día. La veías y recordabas a tu padre (y lo sigues haciendo cada que vas a llevarle despensa a esa mujer ahora apopléjica), recordabas los años de silencio y omisión, de supuesta fortaleza física y ausencias de muchas horas por seguir trabajando para que no te falte nada. Mentiras y sexo siempre van de la mano.
Lo actual es el último clavo en el ataúd, el último suspiro de un sujeto con una existencia jodida que intenta salir de la colonia y tener un poco de misericordia para con la vida. No lo he logrado y por ello recalo nuevamente en los relatos de mi vida en tercera persona sin ahondar más que en fetiches culturales que tanto atraen como la broma fácil y el sexo (que vendes barato porque desconoces la intimidad máxima). Para ti todo es un lupanar de mujeres que están allí para entregarse a ti y no sentir nada, no sentir siquiera esos pensamientos que posees de matarla y tirarla en un canal, lo haces todo mecánicamente porque así te educo aquella filosofía religiosa que abandonaste cuando tu madre y tu padre se divorciaron, que dejaste por allí flotando cuando cruzaste la línea y te metiste con un hombre solo por probar, pese a que repetiste unas 20 veces porque querías dejar bien en claro que eras un macho de verdad y que en cada uno de esos encuentros alcanzaste la agonía sublime que te tiene hoy aquí torturándote y escribiendo una carta a ese infierno mental que tienes por cerebro.
Y si me pongo serio dices? Bueno pues no tienes de que preocuparte, tengo un talento único para escribir situaciones que tienen como mero principio el cerrarme la mente para negar el narcisismo de poca monta y con escaza capacidad para sacar provecho de las situaciones delicadas, ese procedimiento mediante el cual me aisló una y otra vez para evitar el pánico, el pánico de saber qué y quien eres; pero está bien hasta este momento tampoco entiendo nada, y no sé de qué forma se estructura esta mierda. En realidad no hay siquiera un estilo literario en todas las cosas que escribo, son los devaneos de un sujeto que se niega a aceptar lo que es y lo que en realidad tiene. Alguien que encuentra placentero sentarse por horas y horas para justificar su necesidad de no hacer nada por la comunidad y solo esperar a que el tiempo avance rápido para dedicarse a cultivar el tremendo ego que ha forjado a base de golpes de pecho y de soberbia mal encausada. Y es que eres como una de esas miles de moscas que has pisoteado, masacrado, pulverizado en pos de no entorpecer el sentido placido de esa vida que has visto crecer junto a la necedad y la necesidad de mentir, te has mimetizado con el aquí y el ahora; aun cuando en realidad quieres alfombrar el universo para comenzar a caminar descalzo y alcanzar el nirvana que te prometieron aquellos que fomentaron tu afición por leer y escribir, eres el aquí y el ahora de la pobreza mental, pides demasiado a una simple conjunción de palabras y letras que no llevan en lo general a ninguna parte y por el contrario minan la capacidad de reacción ante lo que realmente importa que es la acción. Pero muy atrás, muy en el fondo de lo que en realidad eres, de lo que en el claroscuro del alma existe, conoces el método inequívoco para que todo lo que has escrito e inclusive aquello que no lo has alcanzado a poner de manifiesto cobre vida, tome fuerza y salga de lo abstracto a lo concreto, conoces el camino a seguir y lo que en ello encontraras si te decides por él. Pero nunca lo has hecho, nunca lo has puesto en práctica porque no quieres hacerlo, te conformas con lo menos y te aplicas a lo banal.
Y vuelvo a caer en la vieja pregunta: Escribir para qué? Para sentir que tienes algo que decir, para que te entiendan y al mismo tiempo se compadezcan de tus dolores mentales que terminan agotados apenas sueltas la primera carcajada falsa? Mientes y lo haces muy bien (cuando te conviene, cuando no eres simplemente otro de esos sujetos cortos de miras que terminan ahogados en la impotencia y en la impericia de su propia razón), pero sobre todo te engañas a ti mismo para demostrarte que puedes cambiar, que puedes ser parecido al resto de los demás que te rodean y que te quieren demostrar que el camino de la decadencia no es lo correcto. Muy atrás, demasiado atrás quedaron los años en que tu dictabas lo que acontecía en tu mente, ahora se ha vuelto un pastiche de cosas que has leído y cosas que has visto hasta 3 años atrás y que te niegas a incorporar nuevas mierdas que en principio podrán sacarte de la fosa, no lo entiendes así y te cierras perdiendo memorias y recursos de tiempos que jamás han de volver, que nunca tendrán repetición. El pasado se está muriendo dentro de ti y sus formas se están secando al ritmo de tus latidos. Se ha escondido dentro de esa mierda de cabeza que te has forjado a base de drogas y destrucción etílica, teme dentro de esa paranoia que no acabas por abrazar y le temes cual si fuese distinto a todo lo que tú conoces. Es el error que has cometido siempre, quieres ser el ángel de la transformación pero no alcanzas a comprender a las personas que te rodean, quieres comenzar el cambio de mentes sin realmente comprender jodida cosa alguna y que en el fondo nada cambia y permanece igual. Ser un bastardo tan deficiente y mal instruido para soportar la vida, que en el fondo es idéntico a todos los demás, espera lo mismo que todos aun cuando se cree distinto y único. No lo eres. Quieres ser el antihéroe pero en el fondo tienes la cuadratura perfecta para ser el helecho que se esconde del frio invernal, quieres escribir cosas sensacionales y terminas por volver a los viejos temas de siempre, a tus vicios y temores soterrados encontrados en lo más superficial de tu mente y tus puños.
Eres incapaz de sacar ese animal demente que se trastoca de la realidad cuando bebe en serio, cuando deja de lado los miedos y abraza el camino de la autodestrucción, de perderse en el camino y no saber cómo regresar hasta que reinicia todo; son esos momentos cuando recuperas el control por el miedo a perderte para siempre en los vaivenes eternos de ese mar curtido llamado locura. Quieres demostrar que es posible domarte, de cubrirte para que nadie te conozca. No puedes, no tienes los tamaños suficientes para hacerlo, para encadenarte en el sótano de la subconsciencia. Es tu parte viva y sabe lo que quieres y cuando lo quieres.
SR diciembre 2012
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