5 de mayo
*Quiero que escribas* me dijo el niño mimado surracalzones que se esconde tras su escritorio de caoba o alguna de esas maderas para come-cerebros y chupa-libros (y que en realidad son pequeñas putas); uno de esos jodidos afeminados incapaces de tomarse una cerveza toda vez finalizado el funeral de quien fuese tu mejor amigo bajo circunstancias infernales. Joe Sanders, el mejor jodido teniente que pudo haber existido en el mundo se piró; Sanders era un maldito lunático capaz de vaciar en el pecho de una amarilla el cartucho entero destinado a toda la aldea huida entre los túneles. Que jodidos va a saber el maldito marica sobre mis temores, si a duras penas el chico ha puesto un pie afuera de la universidad con ese césped verde que algún espalda mojada ha sembrado, el pasto que a Pedro o a Carlos le ha costado una tarde ganando dinero americano por regar plantas. El condenado niño de mami siquiera ha cogido con una puta para quererme enseñar sobre la vida; de cualquier forma no importa el color, todos estamos condenados y el señor se encargara de nosotros en la otra vida.
Ese niño ha dicho *quiero que escribas* para que los “horrores” no lleguen con tanta frecuencia, que se vayan alejando cada noche perteneciendo al pasado. Más lejanos, más esporádicos, menos certeros a la jodida realidad. Que se devuelvan a las condenadas sombras proyectadas por los troncos de la selva donde los “come arroz” se ocultan, que se pierdan entre sus laberínticas fauces para reaparecer por la espalda y clavarte una bala 22 que no te mata de inmediato sino en el transcurso de una semana cuando la fiebre te hace delirar y te obliga a clavarte el cuchillo que el teniente te hace llevar para cortarte la lengua por si te hacen prisionero. Condenados comandos a muerte que se disfrazan bajo la bandera y la ideología del diablo Marx y su incubo Mao y cuya máxima era bañarse en nuestra sangre cristiana. Quiere que escriba sobre lo cobarde que soy cada que esa onda sonora procedente de los fuegos pirotécnicos llegan hasta el departamento de ladrillo rojo; quiere que relate paso a paso como el alma se me quiebra y el espíritu bañado en la sangre de tanto hijo de perra amarilla se contrae reptando por los pasillos hasta llegar al escalón falso del sótano. Quiere que narre en primera persona sobre el gimoteo que oculto entre mis dos brazos tatuados con una estrella purpura (ya que la verdadera la perdí cuando la muy puta de Sarah se lio con el jodido mercachifle moreno) ciñendo mis rodillas y los espasmos me sacuden uno a uno por cada repiqueteo de los artefactos explosivos festivos fabricados por esos malditos chinos.
Como si fuese sencillo poner por escrito que cada maldito segundo me meo encima porque reviven los gritos de aquel pecoso granjero que embelesado por conocer mas allá de su granja y su sucio pueblo aparcado a la orilla de una carretera polvosa quiso empuñar el arma del Tío Sam y murió atravesado por una planta terminada en punta filosa y asesina. Recuerdo con cada fragmento de cielo tornado de colores de este condenado día 5 la cara trastocada por el fuego enemigo de ese niño blanco y rubio que respondía al nombre de John “Rhode Island” (porque ni puta idea que tuve cual era su segundo nombre) y que fue alcanzado en pleno rostro desollándole allí mismo, junto a mí, con el uniforme verde olivo teñido de sangre y sesos. Suenan sus últimas tres campanadas de gloria barata mientras mis entrañas suenan y se descargan en el piso; es la vuelta del olor, el olor a orina fresca que acompaña todas mis pesadillas, es el rio interminable. Es la vuelta a la espesura verde de un lado y del otro el rio de sangre que baña los cuerpos de cientos, de miles de chicos que soñaron con el triunfo rápido. Es el fluir de violencia inacabable que adorna las chimeneas de un jodido cumulo de bastardos en traje y sotana que juegan con sus esposas perfectas, sus niños soñados y el perro comprado a una pareja de chinos viviendo en las afueras del distrito de Carney. Es “El pico”, del que todo que estuvo allí odia hablar; nadie quiere recordar las miles de bajas que hubo mientras subíamos por la ladera, nadie quiere acordarse del chico moreno que tiraba con el M-16 de 15 a 30 tiros por minuto siempre hacia la pared verde. Todo para verle arder minutos después cuando la pared verde se volvió un muro de fuego que consumía todo a su alrededor, el bendito olor a carne chamuscada que aun me persigue y lo hará muy probablemente hasta que me meta el condenado tiro en plena sien.
Gritos, gritos y más gritos ensordecedores que traspasan la cera en mis oídos para enterrarse en esta cabeza necia que de la nada y en cualquier jodido minuto se abre al pasado dejando ver, dejando sentir y oler. El miedo. El miedo eterno a cada paso sorprendido por una mina o una trampa hecha de arbustos, siempre he de recordar los últimos estertores de esos hombres que caían para no volver a salir enteros. Vuelve mi mente al comienzo de las pesadillas pero se niega a caer en la trampa, espera, solo espera escuchar el percutor del arma accionarse para por fin terminar.
Quieres que escriba condenado marica? Quieres saber detalles sobre los efectos de cada uno de mis músculos conscientes de la cercanía da la muerte y que está atrapado en el sótano de la certeza? Quieres que hable acaso de ese momento donde el perro de color canela y su oreja mocha choca su mirada con la mía y que en los dos hay miedo, hay impotencia por los fuegos artificiales? Quieres que ponga aquí una oda a los temblores del perro y mis propios temblores, que nos obligan a refugiar la cabeza entre ambas patas en lugar de que nos demos un abrazo que nos calme poco a poco?
Antes, millones de instantes antes de que suene el choque que provoque la chispa me acuerdo, me acuerdo del aullido ensordecedor y el jadeo que poco a poco se mete en mis neuronas de los muertos; siento como cada ultimo latido que se escucha y retumba en todo el mundo, se está terminando para él, para mí, para todos los condenados que debimos caer al amparo de la muerte que llevamos con nosotros; es lamentable que el ultimo aroma que perciba sea el de pólvora quemada que mancha ahora mis manos. Los ojos se van perdiendo recordando a miles, a cientos de miles de ojos alargados que se esconden entre el monstruo verde y el sudor. Más lento, se pierde la ira, se van poco a poco el sentido del olfato y las papilas gustativas, casi alcanzo a escuchar el sonido pesado y moribundo del pulso que emite el corazón hacia el cerebro.
Mi pie se sacude en infinitas repeticiones.
SR diciembre/febrero 2012-2013
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