Tiempo sin detener
22 horas, la televisión encendida ayuda a que el calor que hay en esta habitación se concentre hasta que parezca un sauna; pese a no ser del tipo macizo estoy frente a la ventana de este hotel desnudo de la cintura para arriba mientras sudo como un cerdo. Gotas inmensas de sudor que resbalan y caen alrededor mío sin que pueda hacer nada para evitarle
-maldita sea la hora en que compre ese six de cervezas. Murmuro lento y copiosamente al latir de esa avenida que discurre bajo la ventana del hotel de 3 estrellas internacional.
Siempre la cerveza, ya he tenido problemas con ella y ahora no es buen momento en nuestra relación tormentosa que comenzó hace casi 25 años cuando tenía 15 y ella miles. Siempre he creído que tiene alguna carajada que la vuelve más adictiva que la coca (esta también me engancho durante un tiempo, pero no el suficiente como para quedarme sin blanca); esa es otra de esas ridículas razones por la que estoy en este infierno de sol y arena y mucho, mucho desierto que se extiende hasta donde mi vista casi perfecta alcanza, juntar dinero para pagar mis vicios y errores.
Sigue sudando la noche y he estado al pendiente del sonido del auricular desde que llegue a esta ciudad, en algún punto incierto en ese jodido paramo ahora apagado esta un sujeto que me va a ayudar a vender el paquete. Pero no me adelanto a los hechos y vuelvo sobre lo que ha acontecido hoy en el sitio donde supuestamente el contacto me esperaría. 4 de la tarde, el sol cae no a plomo sino a magma hirviente; según el servicio meteorológico la puesta del sol está programada para dentro de un par de horas, para mí el suelo va a seguir ardiendo durante varias horas y nadie podrá pararlo al hijo de la chingada.
La plaza está repleta de gente (sí por repleta entendemos a un par de drogadictos que se encuentran bajo el cálido abrazo de la sombra de los 40ºC y un par de jóvenes de aspecto poco intimidatorio que se besan apasionadamente al amparo de la mirada de un viejo que porta una camisa tan delgada como el arrullo de aire procedente del infierno llamado desierto de Sonora) que discurre sin mayores preocupaciones que las del día a día; no hay asomo siquiera de que por aquí pueda caer una celada o que algún jodido policía venga a esta plaza tan lejana del centro como de cualquier otro sentimiento de civilización. Llevo 15 minutos esperando y cosiéndome en mis propios jugos (mala elección de ropa que subestima el calor existente en Hermosillo), las dos botellas de agua pura que compre en el mini mercado son aire caliente transpirando en el envase de plástico; me aguanto las ganas de derrumbarme en el suelo y esperar al sujeto como sifuera otro pinche drogadicto que pulula en los parques públicos de esta ciudad. También podría esperarlo en el auto rentado, pero entonces estaría vulnerable a que llegara algún hijo de perra que no supiera en lo que se metería y me obligaría a actuar de manera imprudente. Sigo quejándome por el sol infernal que cae a plomo sobre el asfalto que en lugar de absorberlo lo devuelve con tal intensidad que siento los parpados calientes y las retinas flotando en algún consomé de mierda.
Tercera vuelta que da esa camioneta de color gris, dos ocupantes; fácilmente podrían ocultar un par de .38 en el cinto o un cuerno en el asiento de la cabina posterior; se les ve intranquilos porque saben que ahorita hacer lo que es su primer instinto sería estúpido, quieren hacerlo pero se arriesgan a que sus jefes les acomoden tremenda zurra por no realizar su trabajo de informar (estúpidos descerebrados que no saben que no tengo nada que les pueda interesar, simplemente quiero deshacerme de esta mierda y volver a la metrópoli para perderme entre sus calles donde soy uno más y no destaco más allá de lo que pueda destacar por mi atuendo de oficinista de quinta).
Son casi las 6 de la tarde y el sol comienza a doblarse por el horizonte norteño, no deja de sorprenderme lo poco vistosos que son los atardeceres cuando los contempla uno solo sin nadie a quien querer impresionar con lo poco o mucho que se sepa de la vida. A la camioneta gris estacionada a dos calles de la plaza se le suma el sedan taxi estacionado frente a la estatua de Kino, el ocupante lleva más de 20 minutos leyendo la misma hoja de periódico (en espera de que le den la orden de cortarme la retirada por el flanco que desemboca hacia el centro de la ciudad), el mensaje de que se cambiaba la hora y lugar de entrega me llego hace casi 40 minutos pero quiero ver hasta donde son capaces de llegar estas pequeñas ratas y cuanta es su calentura. Para mitigar el calor y la sed compre un par de aguas de sabor que seguramente ni de garrafón eran; la chica de la paletería me miro extrañada pero no dijo nada (quien no lo haría cuando llevo casi 2 horas de pie frente a un quiosco de periódicos que antes tuvo vida y ahora ni las cucarachas se paran por allí). Se esconde por fin el condenado globo amarillo y confirmando mis sospechas el carajo calor no cesa en lo más mínimo, comienzo a mover mis pies, uno tras otro hasta dejar la placita unos decenios de metros atrás. La camioneta prende el motor y veo que le hace el juego de luces correspondiente a un chaval de unos 18 años que va en bicicleta.
Me meto en la calle que desemboca en una Y gigantesca, dos cuadras atrás puedo escuchar que el motor de la camioneta se ha detenido, sospechan pero no pueden probar nada; me escurre el sudor por la espalda y mi barba chorrea mugre mezclada con manteca, el peor calor que haya experimentado jamás en mis casi 40 de vida. Dos calles más allá, que se asemejan a las canchas de futbol del Azteca, se encuentra el hotel; en la esquina contraria hay un minisúper donde he de comprar más líquidos (ya saben de dónde saque el six, pero también compró un par de bebidas rehidratantes y una botella de mezcal que me podría ayudar en caso de que algo salga mal). Me siento en las sombrillas que tiene el hotel en uno de sus pórticos para que los ejecutivos que allí se hospeden complementen la experiencia admirando los paisajes de un desierto que se expande cada día más a reserva de lo que la población quisiera; las nubes se ciñen en el horizonte y amenazan con dejar caer una lluvia torrencial que apenas diez o quince minutos después se evapora como las esperanzas de que se haga la reunión en el día y que pueda tener una noche de paz y tranquilidad como hace años no tengo.
Retomo. Sigo aquí de pie frente a la ventana que da precisamente a una palmera que se está quemando con el calor infernal del diario porque no es su tierra, no es su elemento, justo como yo no soy de aquí; las latas de cerveza yacen apiladas frente al espejo que antes me devolviese un poco la sonrisa, pero ahora se antoja como otra de esas trampas que tengo que evitar. En la cama debajo de mi chamarra (que pendejo como si no supiese que en estos lares la chamarra se comienza a usar hasta mediados o fines de noviembre y no en pleno inicio del otoño) se encuentra el paquete que me han encomendado, no es nada ilegal pero aun así representa los intereses de muchas gentes que pagarían mucho por tenerlo (aclaro, no es ilegal si lo porto, pero si lo vendo entonces se consideraría un delito federal), los cabrones aun le dudan para comprarlo porque se estarían granjeando muchas enemistades y metiendo en la boca del lobo. Yo por mi parte, sólo quiero que alguien me quite esta mugre de las manos y pueda dejar atrás este infierno.
Debí haberme bajado al bar de vaqueros yuppies que hay a unos cuantos terrenos del hotel, al menos tendría la oportunidad de ver a las chicas de por acá que andan en minifalda y taco bajo para no destacar su altura soberbia rompe moldes. El ruido de la música regional se mete por las rendijas de una ventana que debiese tener seguro pero no me siento a gusto sabiendo que me podrían sorprender; de cualquier forma he apagado el aire acondicionado para escuchar mejor cualquier situación extraña y a unas cuantas habitaciones se encuentra mi habitación verdadera. No hay ruido (mas allá de la tuba y el acordeón de unos corridos que tienen puestos los del bar, que ya fijándome mejor no es cualquier bar y las chicas no son ellas) que me sorprenda fuera de lo habitual en un hotel de estos; flexiono mis músculos hasta donde me es posible (150 lagartijas, 150 abdominales, 150 sentadillas, 150 lagartijas invertidas y finalmente 15 cervezas que no sé de donde salieron), el sudor y mi respiración ya son simétricos. El teléfono no va a sonar esta noche.
Diciembre 2012
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