Mamá acababa de morir. 3.46 am de un sábado. El año se había discurrido con tanta celeridad como la combustión de un cohete saliendo de Cabo Cañaveral. Pero no uno de esos que van con destino al éxito, sino aquellos en que empieza por fallar una micropieza, un mal cálculo que al final estallara, derruyendo los sueños y las ilusiones, pese a que no crea en ellas. Pero al mismo tiempo, la cosa había sido lenta, deteniéndose en los peores momentos. Un carrusel que se ponía en modo slow conforme la diversión se aproximaba. Retrasando el gozo hasta volverse algo cruel. Al final no había fuegos artificiales y sí una tumba, un agujero frio donde ella reposaría por siempre. Con una lapida de concreto que seguramente trataría de reproducir en poco menos de 5 líneas el sentir de toda una vida para otros. Y ahí estaba, detenida contra una pared, mientras los profesionales se encargaban de cubrir todo lo necesario, de rellenar papeles, de tomar las ultimas lecturas médicas que una persona pueda tener en vida.
Me había preparado para esto todo un año, durante un jodido año. Todos los días yendo a terapia con una mujer que olía a excremento de gato y aceite de coco fermentado en el semen del maldito gato. Su pelo negro adornado con una estúpida lazada en la parte posterior. Me hablaba y hablaba durante horas de toda la porquería que seguramente atravesaría, con cientos o miles de minutos gastados en decirme que afrontar la muerte de alguien más es un proceso inherente al ser humano, que, si bien es doloroso, no lo podemos considerar como algo que sea imposible de afrontar. La miraba desde la silla en la que nos encontrábamos, a veces usaba un ridículo sillón forrado de shifon o alguna de esas tonalidades que transmiten una sensación de falsa seguridad. En realidad, quería una terapia diferente, una donde se me permitiera destruir cosas, una donde el día terminara con una violenta venganza en contra de la voluntad de dios. Pero nada de ello me fue ofrecido, todo tenía que ver con calma y serenidad, yo pensaba en estallarle la cabeza en alguna de las múltiples tazas que adornaban su jodido escritorio. El año se había vuelto una tortura infinita. Ella se iba a ir, y el agujero se volvería un condenado foso sin retorno, la oscuridad absoluta.
3:47 el minuto avanza con la misma celeridad que una bomba atómica. La sabana cubre su rostro, el cuerpo avejentado de la nada, la cama debe seguir caliente. No puedo evitar que las lágrimas escurran. Los puños firmes, apretando con tanta fuerza que están pálidos. Pienso, muy en el fondo, que ojalá abriese los ojos de nuevo, que vuelva a parpadear y me dedique una de esas sonrisas que durante años me dedico, esa sonrisa cómplice cuando hacía algo. Pero no, simplemente estaba quieta, tan quieta como puede estarlo alguien que ha dejado de existir. La mesa al lado que fue su gran amiga, tiene aún sus lentes, su vaso de agua (que realmente nunca uso) y un libro. El postrer libro que intentó leer en su vida. Nunca le gustaron, decía que abría la mente hacía lugares que algunas veces debían estar vedados. Tampoco supe que lo dijera en serio. Lo cierto, es que ese libro lo había empezado dos días antes de que se desvaneciera por última vez. No es curioso como en las ficciones se construyen pequeños escenarios, donde el paciente está en un lentísimo suspiro final, que les permite despedirse de todos sus seres queridos y comenzar un declive que los llevara a cerrar los ojos en un acto de paz. Con ella no fue así, comenzó como una agitación, algo que no le permitía respirar, que le obstruía las fosas nasales, los ruidos que comenzaron a salir por su laringe, por la nariz, un infierno propio que le estaba quemando los pulmones. Llegaron los de control de enfermos, una inyección para intentar controlar sus espasmos, una suerte de muerte liquida que la condenaba a no volver a abrir los ojos. No lo sabía, esa tarde a las 2:18 mi madre dejo de mirarme con aquellos ojos cansados, pero llenos de esperanza por lo que venía, porque realmente creía. Sabía que el paraíso sería para ella. Jamás comprenderé porque creía en ese libro lleno de mentiras.
No inventaré cosas, no diré que me derrumbe porque eso sería hacerle poca justicia a mi madre. No sería justo hacerlo. 5 minutos después de su expiración, comencé a buscar a la familia, a todos esos buitres que odiaba, pero no los quería dejar fuera, mamá no lo consentiría; los quería de la misma forma que los repelía, los quería bien lejos, habían sido todo para ella hasta aquella mañana cuando uno soltó la frase: “la tortillera de tu hija”. Tal vez fue un chiste, tal vez fue una de esas menciones que se hacen por descuido, pero que llevan toda la mala carga de la incapacidad del ser humano para tolerar. Ella exploto, ella escupió aquellas palabras que durante años la habían carcomido, pese a toda su tolerancia religiosa, pese a todo su amor cristiano por los demás, no iba a permitir que alguien ofendiera a su niña, a la única amiga verdadera. Rompió con la familia por defenderme, y ahora los quería ahí. ¿Quién era yo para oponerme a ello? Teléfonos, hombres, mujeres que se ven despertados a esa hora y se sorprenden aun cuando todos sabíamos que no había nada que hacer. Llantos y silencios que indicaban el pesar que aún les acarreaba esa situación. Lo intentaba, hacía todo lo posible para soportar aquello, para no dejarme arrastrar hacía lo que estaba ahí, esperando, aguardando a que la guardia descendiera. Un gancho o un directo para tumbarme de espaldas y no poder volver de ninguna forma. La gente a veces no cooperaba y tenía que mostrarme dura, cínica, vengativa. Ella no lo aprobaría, pero tampoco quisiera verme hundida. No más, no tras ese condenado año que una y otra vez repetía que era injusto para mí. Cuando colgué con el ultimo pariente, ella seguía muerta. Se me antojaba un poco de agua, pero mis pies estaban anclados a la fría loseta. Parecía que era una de aquellas feas butacas, uno de esos infernales pilares que detenían la estructura del edificio. Mi nombre comenzó a sonar como un eco. Como algo que está detrás de una pared en una cueva interminable. Me voceaban para comenzar las gestiones para liberar el cuerpo. Ella seguiría muerta.
Recuerdo, mientras sigo sin poderme mover de aquella pared fría, inútilmente las horas gastadas en vela, en tratamientos mágicos e indecibles; pese a que no estaba de acuerdo en todo porque, atentaba contra los planes maestros del creador, pero mi respuesta era: que se joda dios, que se joda la estúpida religión, ella se estaba extinguiendo y parte de mi vida con ella. Pero irremediablemente ante mi cara de desesperanza y de rabia por no poder hacer nada, contestaba con su gesto característico, cogerme la cara con ambas manos y llevarme hacia su pecho hueco, tanto por la delgadez extrema que iba acumulando, como por la enfermedad. Todo había comenzado ahí, un mero bulto que creció sin que ella lo quisiera ver, cuando todos lo podían ver; ella no quiso hacerlo y en menos de lo que puedo recordar estábamos ahí en el hospital, con una vena perforada para que entrara la solución acuosa que le hizo perder el cabello. Su cabello que había cuidado tanto, con la misma fuerza y entereza que lo había hecho conmigo, con esa paciencia infinita que demostraba. De nada sirvió que le diera aquella peluca hecha con mi cabello, de nada serviría que se fuese opacando su risa y sus ganas de comer. La comida que toda su vida le gustara tanto, y durante los primeros 4 meses ni siquiera podía oler aquella mezcla de ingredientes. Simple y llanamente estaba desapareciendo y ahora en aquella pared igual, pese a todos los minutos transcurridos, el frio glaciar de esa parte de mi mente se estaba derritiendo por todas las lágrimas. Ella se había ido.
Un par de noches antes de que ella expirara me dijo algo, me hizo acercarme hasta su lecho tibio y me cogió de las manos, las manos huesudas que ahora eran todo mi confort, me apartó el pelo quebrado de la cara y pude ver cuán similares éramos, nuestros ojos demasiado brillantes, la piel lechosa, los labios gruesos y una expresión de desafío que hacía años ella había abandonado. Me dijo que me sentara en la cama y aunque trató de enderezarse no lo consiguió. Pero hablo, probablemente la última vez que pude escuchar con toda la claridad y firmeza su voz, esa que me había arrullado desde niña en Durango, esa que había gritado mi nombre tantas veces cuando hacía algo malo, esa que me reclamaba por teléfono porque eran las jodidas 4 de la mañana y no sabía dónde estaba o si estaba bien. La misma que me llamaba a desayunar todos los sábados, mientras terminaba por enfriarse el café que había preparado para las dos. Me dijo: quiero que el día que suceda, pese a todo el dolor y la tristeza, no te aflijas, voy a estar en un lugar mejor. Lo sé, quiero que tú lo sepas y lo creas. Pero más allá de esto, quiero que hagas una última cosa, quiero que vayas ese día a la tienda; que busques un bonito vestido rojo y te lo pongas. Necesito que lo hagas, por mí ¿Podrás? Intenté no darle una respuesta clara, pero me miró de nuevo detrás de esos ojos tan profundamente llenos de convicción que lo juré. Se lo juré, porque de alguna manera son cosas que no se pueden negar, la maldita última voluntad de un condenado a muerte. Y pudo haberme pedido que intentará ser feliz, o que buscará al amor de mi vida, pero se contentaba y se nutría su espíritu, con la mera promesa de que el día de su sepelio usaría un vestido rojo. El mismo que veo ardiendo en ese bote de aluminio, el mismo que va a desaparecer físicamente como el cuerpo de ella, pero que indudablemente queda tal como si de una marca se tratara, imborrable, indestructible y que me ligará a ella por los años que me queden.
Sé que está bien allá arriba o donde quiera carajos que esté el cielo; ella descansa y el año ha comenzado.
SR Enero 2017
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