lunes, 7 de noviembre de 2016

Cojera

Cojera
 
Un paso pum, pum, pum; otro paso pum, pum, pum; otro y el eco que creyó iba a encontrar cuando ingresara al salón, fue opacado por un sinnúmero de risas contagiosas, llenas de vitalidad, música y gritos de alegría disfrazada en alguna de las mesas. Cierra la puerta con el pequeño gancho que impide que la realidad aterrice en los de adentro.  Se desplaza con la misma dificultad que un recién nacido, y finalmente así lo cree, que ha renacido; luego del accidente, cualquier día que logré ver la luz del sol es un día extra. Saluda con una pequeña inclinación de cabeza al viejo de traje negro y sombrero vaquero deslavado por el uso y el tiempo mismo. Una tos incesante sale de la garganta del viejo, el pañuelo de seda fina cubre de su malestar crónico al resto de los parroquianos. El cojo se aproxima  a la barra cuando ve al resto, un par de chicas jóvenes en la mesa más próxima, el viejo a la izquierda, una pareja muy joven en el centro de todo y en el rincón más apartado dos sujetos de apariencia foránea. El ruido de la parte trasera se le escapa, quisiera poder tener ambas piernas para ir a silenciarlos, malditos escuincles, que no respetaban el dolor de su propio andar. Pum, pum, pum.
 
Pide la bebida a la mujer de cojera interminable, los aretes y las joyas de las manos a juego, bisutería fina que alguna vez le regalase un amante, o el esposo ausente. Alguien le da una palmada en el hombro/lomo, se oye la voz del incombustible pipero. Su playera roja que abulta el vientre y las tetillas, la mochila montada y los zapatos de suela de goma que rechinan en el piso de color indeterminado. Sonríe el cojo, la mujer aproxima el trago, el recién llegado levanta un dedo a la mujer, en una pequeña fracción de tiempo que parece contenida en ese mísero rincón de la existencia, donde todos tienen un pequeño papel a desarrollar. De pronto la monotonía es rota por una tos seca, cargada de todos los males, pero hasta esa es parte de lo mismo, de la escena que se repite invariablemente todos los días, con el desgano imperturbable.
 
El hombre sin una pierna bebe, bebe el líquido blanco y espeso que el vaso o envase que le han puesto en frente contiene, apura un trago grande mientras las risas se suceden ininterrumpidamente debido a que alguien ha contado un chiste verde; irrumpen en el pequeño espacio un trio de albañiles, brazos gruesos, piel morena, los pelos tiesos por la mezcla de sudor y cemento. El de mayor jerarquía le pide tres tiros a la mujer madura de cabello rojo falso. Conforme se adentran en el local en búsqueda de una mesa impregnan el olor a sobaco, a colonia barata y aliento podrido. Alzan los tres las manos a diferente tiempo para saludar al viejo que inclina un poco el sombrero hacia el frente. Observan a la parejita acaramelada y mientras desfilan por el local, sus miradas se fijan en las piernas delgadas de la chica; la minifalda es corta y apenas cubre el final de la línea de aquellas veces que la joven usa short. El contraste de tonos les hace voltear una y otra vez tratando de adivinar el color de las bragas, y el olor del sexo juvenil. Al final observan a los tipos, nada que no hayan visto. Dan las buenas tardes y se sientan detrás de ellos, en una pequeña mesa que se oculta en la penumbra, lejos de los pequeños focos incandescentes que hay en la barra, en el altar a la virgen y en la antigua mesa de pool. La mesa cruje un poco cuando les depositan los tres tiros. Son las 5 de la tarde de un sábado.
Uno de los del fondo tiembla apenas un poco cuando trata de llevar el vaso hacia sí, el que lo acompaña no lo percibe, porque la mirada la tiene clavada en la adolescente de la mini; ambos cuentan un chiste verde y local, ríen de la misma manera falsa, no hay tanta amistad como pretenden creer, sin embargo, están allí, tratando de empinar el codo; dejando de lado los dolores diarios que la vida les depara. Uno es alto y delgado, el otro es chaparrón y grueso. Ninguno destaca fuera de estar allí, al parecer ajenos al resto. Pero al mismo tiempo, pertenecientes a un universo propio que se evapora como vaho pestilente hasta que alguien abra la puerta para salir o para entrar.
 
El bum, bum, bum resuena en los dos primeros pasos/brincos que da el hombre, luego se apagan con el sonido de un acordeón que sale de las bocinas cuadrafónicas. El cojo avanza rodeando mesas, piernas, mochilas, escupitajos disfrazados en el suelo de aserrín, y finalmente la mirada de unos cuantos curiosos. El baño se abre ante él de manera grotesca, con sus fauces inmensas decididas a tragarle, a escupirle en cuanto acabase con él, y sobre todo con el olor penetrante a meados que rompe las fosas nasales. El hielo en el urinal apenas acaba con el amoniaco depositado, nada cierra la peste, el olor se cuela hasta por debajo de la precorteza frontal. Es un sábado intenso y el hielo ha menguado fácilmente, no queda siquiera un bloque del tamaño de un jabón. Todo el líquido ámbar le hace flotar por encima de los agujeros, un pequeño plop, plop, plop le recuerda que debe mear más lejos de lo habitual si no quiere manchar el pantalón de pana negra. No lo logra a tiempo. Se sacude un par de veces, siempre cuidando no perder el equilibrio, toda una oda al contorsionismo, sujetarse la picha con una mano, la otra aferrada a la muleta que suple el espacio vacío donde solía estar su tibia, peroné, tobillo y pie. Todo se ha ido, todo se va. La otra muleta se recarga valientemente en una pared llena de grafitis, de firmas irreconocibles de autores perdidos en los tambos de hidromiel. Termina, cierra la bragueta y se trata de arrimar a la pared, donde empotrado el lavabo esta de mero adorno, hace meses no cae ni una gota de agua de este. Avanza de regreso hacía el alto taburete donde no importa que ahora no tenga una extremidad completa. Los tipos del fondo le brindan con el vaso, y el ladea la cabeza en forma cortes. El camino de regreso está adornado por los bum, bum, bum, apenas audibles de sus dos muletas.
 
El viejo escupe una nueva tanda de flemas, el pañuelo parece cargado, lo recarga en la mesa mientras sirve otro vaso del elixir blanco, en el jarro de barro que ha cargado desde casa. La cubeta esta por la mitad, contempla con desasosiego que no hay nadie con quien charlar, aunque cada vez le cuesta más contar cosas, o anécdotas de su época de sindico, de mayordomo, de caporal, de simple jornalero. El sombrero raído le escoce en la cabeza repleta de pelos blancos, pero no sabe de otra forma de vida, todo siempre ha sido así, momentos de placer acompañados de dolor y sentimientos de incomodidad. Pero siempre ha podido contar con el alcohol, la cerveza, el don Pedro, el brandy, el mezcal de anforita barata y plástica, y finalmente el pulque, lo único que ha retrasado su muerte un par de décadas. Ya todo parece igual, su vida se discurre entre sus visitas a la pulcata, la plática con algunos camaradas y el dormir. Parece que ya vive horas extras, así lo siente; su mujer, su compañera, la bendita Josefa se fue hace mucho, demasiados años, dos hijos también. Le sobreviven un par, no los ve, los nietos lo aborrecen. Ha enterrado tantos perros y camaradas que ya ni siquiera le vienen a la memoria sus nombres. Vuelve a escupir, flemas malditas que le corroen por dentro, que se niegan a matarle de una buena vez, que lo obligan a continuar vivo, a seguir aguantando el dolor. A disfrutar el pulque y las corridas de toros. Le brinda un vaso del néctar blanco a la virgen del altar adornado con luces de neón.
 
Se alejan del viejo que tose y tose, se alejan de las canciones iguales que salen de la rockola, nadie entiende porque el nombre si casi siempre toca puras cosas viejas, algunas veces los estudiantes ponen rock, pero es lo menos, la mayoría se decanta por el sonido de los boleros, rancheras y demás tonadas de otra época. Ellas se alejan en búsqueda de un rincón menos ruidoso, quieren hablar de la vida, su vida; del trabajo, de las cosas que les pasan, de sus sentimientos, de sus esposos e hijos. Y no pueden, les falta un poco de valor, cada 15 días acaban ahí, en la misma mesa, en la semi oscuridad intentando romper ese miedo que les impide lanzarse contra todos. No solo en una revancha, sino en una auténtica liberación. Donde lo más importante sean ellas. Pero ahora siguen encerradas en sus propios temores, ni los dos vasos de pulque les han puesto el humor necesario, ni esperan que suceda. Les gusta el espíritu platónico de su relación. Ellas solo están alejándose un poco del viejo, de su tos crónica que amenaza con empujarles en cualquier momento un pedazo de pulmón o algo más. Se esconden nuevamente en espera de un movimiento, una señal, un simple cambio en las circunstancias que les permita pertenecerse de verdad. A la vista de todos. El viejo vuelve a toser y los pensamientos de ambas, se obnubilan por un momento, algo que les vuelve a traer al presente, que aleja de su cerebro la idea. Que las vuelve a sumir en la infelicidad.
 
El tipo alto y delgado del fondo se encamina a la barra, lleva dos vasos. Trata de parecer más ecuánime de lo que en realidad es. Tiene roto el corazón.
 
Verano 2016

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