Las manchas me llegaban del dedo más pequeño a la parte posterior del antebrazo; blanco, rojo, salitre y mugre se acumulaban en la capa de dermis que quedaba visible. Bebíamos en aquel día jodidamente caluroso, ambos éramos forjados por la desgracia y el cansancio. Su nombre era Pedro. Tenía casi el doble de mi edad y las canas relucían en su cabeza más pequeña de lo habitual. La banqueta estaba comenzando a enfriarse mientras la cerveza hacía lo contrario. El día estaba terminando y los dos mostrábamos síntomas de cansancio evidente, llevábamos casi 3 días sin parar. Subiendo y bajando la condenada escalera doble, arrastrándonos en la parte superior del techo para llegar a las pequeñas canaletas que algún ingeniero ebrio había trazado para hacernos saber que era un chingón. No lo era, y sólo nos ocasionaba tardar un poco más en detallar los acabados del techo. La casa en la que nos habíamos ocupado era de dos pisos, condenados dos pisos de sufrimiento, porque no teníamos la menor sombra al inclemente sol. Pedro corría con mayor suerte, su piel curtida por miles de soles iguales, le daba esa ventaja minúscula. Por el contrario, yo apenas llevaba pocos meses con él, tratando de subsistir, dejándome de lado el miedo a las alturas, el cansancio físico y emocional que se sucedía por el choque de caracteres y sobre todo el surgimiento de esas condenadas ampollas en las manos, que rápidamente estaban tornándose en ásperas. El mejor síntoma de que el trabajo estaba bien realizado, según el creer de Pedro y los que eran como él.
La botella de 325 ml se quedó vacía. Me señalo el cartón que descansaba a mi derecha, quería otra, lo más probable es que la poca ganancia que debiéramos obtener por estos días de jodidez, se nos fuera nuevamente en alcohol; terminando en alguna condenada casa de putas de afuera y con un hoyo en el estómago devorado por la gastritis. El sol se escondía detrás de nosotros. Pero no dejábamos de tragar cerveza, si mi madre me viese, seguramente diría que era una desgracia por haber sacrificado un empleo bien remunerado por aquel paseo interminable en fachadas y zotehuelas donde teníamos que librar las batallas del diario. Afortunadamente ella había expirado años atrás, víctima de alguna enfermedad lo suficientemente bastarda para hacer que ella deseara morir. Una mujer que amaba tanto la vida, al final terminaría sus días postrada en una cama y con un cuchillo clavado en el corazón; desde aquella noche no pude evitar creer que todos acabaríamos igual. Tal vez sin tanta ceremonia, pero definitivamente jodidos.
Apure mi cerveza y destape otra con el viejo fierro que usaba para tales fines y que continuamente tintineaba en el llavero. Pedro me miro con cierta sorna, aun lo hacía después de infinidad de ocasiones que había demostrado que era igual que él, que no evadía trabajar, que no me importaba quemarme la calva de la coronilla hombro a hombro bajo el condenado sol que nos metía la prisa porque sabía que en cuanto declinara un poco la jornada no duraría más. Le gustaba al principio decir que poseía manos de señorita, dos veces le demostré que dichas manos le podían romper la madre, no llegamos a tanto pero quería dejarle claro que nunca me dejaría, ni de él ni de nadie, acaso de la vida, pero eso ya no era novedad. Aun temblaban mis dedos aquella tarde, la cerveza no había controlado el movimiento apenas perceptible. No hubo comentarios de su parte, esa era una de las pocas cosas que jamás había mencionado, cada quien era responsable de los jodidos problemas físicos que nos atormentaban. Al final de cuentas la cosa nos estaba jodiendo a todos poco a poco, minuto a minuto, a unos de manera más acelerada, pero con el mismo destino, condenarnos a una eternidad de oscuridad. Al viejo no le gustaba que hablara de eso, como todos los de antaño sigue creyendo en la inmediatez de la seguridad que produce el fanatismo religioso. Pero también ha dicho: lo más probable es que en algún pinche momento de tu vida vas a rezar u orar por un condenado milagro, ahí se te va a acabar toda esa mamonería de intelectual que aun posees chico.
Son casi las 6 de la tarde. Sigo bebiendo acompañado del viejo. Tal vez el padre que no quise tener. La banqueta ensucia sólo un poco más el pantalón de mezclilla que uso, él usaba uno semejante, más viejo y más lleno de manchas que ninguna cosa que yo recordara, pero no eran de pintura o impermeabilizante, sino de grasa de autos, de sangre, de secreciones varias, no le gustaba hablar de aquello, lo más probable es que se debiera a que su mujer lo había abandonado hacía casi 12 años, se había cansado de las golpizas, de los gritos, de la mala vida. La señora era una buena persona, o al menos había sido hasta que conoció la vida con el viejo; los conocía desde que era un escuincle, cuando mi madre era otra de las queridas del cabrón pintor. Repetidas veces me fustigo con las historias que de él se contaban, que era lo peor de lo peor y que pese a ello tenía fama de trabajador incansable, lo había comprobado el último año a la mala. Pero ahora estábamos allí sentados, esperando a que el dueño de la bodega que nos rentaba la escalera apareciera, si no lo hacía, lo más probable es que nos tuviéramos que quedar hasta la madrugada, y por ende hasta el otro día, no importando que fuese sábado y que tuviese que ir a ver a mi hijo, recogerlo y llevarlo a mi cuarto. Esperaba ansiosamente que el jodido dueño apareciese, también tenía ganas de romperle la madre y de mear. En ese condenado orden. El pancho no va a venir, no quiere tener que dejar su cola por una pinche escalera. Escupió un gargajo tan renegrido como su forma de hablar. Tiene que hacerlo, tengo que ir por el rulo. Déjate de pendejadas y échate otra, total el morro no se va a ir a ningún lado, tu vieja lo tiene bien cubierto. Odiaba cuando hablaba así de Sandra, no es que no tuviese razón, sino que me hubiese gustado decirlo. Salud pues. Ya, ya a la chingada. Le bajo la mitad de la cerveza con el trago. Al tiempo que oíamos la puerta de la accesoria de Pancho abrirse, lo que en un principio me llenara de júbilo, pronto se volvió una mueca de jodido miedo. Dos culeros traían la compresora jalando y en la cintura de uno de ellos se asomaba el cuete.
Estábamos del otro lado de la calle, nadie reparaba en ellos, como si fuese lo más jodidamente normal del orbe que un par de hijos de puta abrieran desde adentro y arrastraran una compresora que bien podría valer mucho dinero o ser una completa porquería. Pero con la misma celeridad que ellos salieron desde adentro del sitio, un auto se paró frente a la cochina calle. El chavo nos miró, debía tener entre 15 o 16 años, nada de miedo, pura adrenalina y algo que debía ser perico. ¿Le quieres saltar? No veo que nadie haga nada. No lo harán, son putos cobardes, te lo digo porque yo no quiero hacerlo, pero si te paras, te hago segunda y les caemos con la cubeta antes de que saquen el fisto. Lo decía con la misma calma como si estuviera pensando en los litros de pintura que sobrarían para vender en el tianguis el domingo. Tenía el puño cerrado, quería caerles a los hijos de la chingada, pero no sabía si el chofer traía arma o solo estaba conduciendo. La patrulla no va a llegar antes de que esos culos le vacíen el almacén a pancho. Tú dices. ‘Orita les caemos y nos cargamos al chofer a base de chingadazos, el gordo no se ve muy hábil, te lo puedes cargar, el pendejo de los tennis nos lo turnamos. Al primer cuetazo le seguimos, porque si les damos respiro nos chingan. Nuestras voces ni siquiera eran bajas, pero con el cruce que traía el chofer no se percataba. Sobres. Dije armándome de toda la pendejez que me creía capaz de tener.
El pequeño recipiente metálico de a galón, se estrelló en la frente del gordo, la sangre broto de inmediato mientras Don Pedro le caía con un derechazo directo a la mandíbula del conductor, el tercero al oír el putazo de la lata en la acera y como el gordo comenzaba a chillar con el rostro cubierto de sangre y pintura, intento sacar del cinturón la pistola, la mala suerte quiso que se le encasquillara. Le caímos a golpes. Casi 10 minutos de puro madrazo, sin sentido ya el tipo, sangrando de la cara y partes del cuerpo. Los dejamos ahí justo cuando apareció la patrulla y las ambulancias, nadie dijo nada. Eran lacras del barrio. El pancho aparecería casi media hora después, traía todavía cara de caliente, lo habían bajado a medio paliacate. Los dos seguimos sentados frente a la accesoria, con la escalera detrás, sonreímos, casi de inmediato le hacemos señas para que se cruzara. No deberías dejar esas chingaderas tan fáciles de quebrar, dice el viejo justo antes de botarle enfrente los candados rotos de la cortina frontal. No te debemos deposito, nos cargamos a tus pinches lacras. Aí nos vemos luego. Nos paramos y justo antes de perdernos en la contraesquina el viejo maestro pintor avienta una flema que debió llegar hasta la mitad de la condenada calle. Me había ganado el hijo de perra. Ya volveríamos a intentarlo otro sábado.
SR Diciembre 2016.
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