jueves, 2 de marzo de 2017

Noches extrañas en el paraiso


-Qué tan especial te crees?  Me espeto una mujer joven que estaba disfrazada como un maldito payaso infernal.
 
Nos miramos por unos segundos antes de que me volteara hacia algún otro sitio. La noche era joven, no había llovido en un par de horas, y una pequeña bruma se levantaba en la calle. El traqueteo del metro elevado era el habitual, mientras la gran mayoría iba en dirección al sur, yo me internaba hacia el norte. Sentado en el asiento de plástico dentro de aquel vagón colorado, era la enésima ruptura con Beatriz. En casi 4 años llevábamos aquel infame record, nos mandábamos al cuerno y tres días después parecíamos animales salvajes, haciéndolo de manera grotesca; las mordidas eran la orden del día. Frente a mí, la joven mujer disfrazada, mantenía su mirada cargada de alcohol fija en mi cara abotagada por los años de embriaguez.
 
-aquí donde me ves, sigo siendo mejor que tú. Dijo remarcando la última letra, tratando de no sisear tanto cuando hablaba.
 
No se lo reprochaba ni por un instante, cualquiera era mejor que yo, y eso no era un secreto. Tal vez era mi corpulencia venida a menos, o mis ojos rojos perennemente alicaídos, los que invitaban a desconfiar de mí para evitar que ascendiera en la empresa, o que mi novia quisiera más a sus perros que a mí. El asunto es que la mujer pintada de manera grotesca, con la peluca azul y los zapatos enormes de multicolor, se mofaba y me hablaba como la mierda que era por aquel entonces.
 
-vamos amigo, ríe un poco. Puedo contar chistes graciosos. Sus palabras eran acompañadas por una ligera corriente etílica que se desplazaba hasta el rincón del universo en el que me mecía.
 
Ni siquiera imaginaba un escenario más ilógico que aquel, un par de personas nos observaban a la distancia porque esperaban con ansia el momento en el que finalmente perdiera la cabeza, y descargara un mazazo directo al rostro de mi interlocutora. No lo haría, nunca, no otra vez; ya tenía un largo historial de violencia domestica como para arriesgarme a golpear a una desgraciada, que igualmente lo único que deseaba era que la sacaran de su miseria diaria, de su condenada existencia de usar ropa chillante, maquillaje cargado y vomito de infantes como loción. De nuevo mis pupilas se fijaron en su cara y trate de adivinar si era guapa o no. Su voz era agradable, pese al intenso tufo de alcohol que le emanaba o la estridencia desmedida para un sábado común y como cualquier otro.
 
-seguro piensas que si te la soplo te quedaría como un twinky glaseado… río con su propio chiste, pero al final calló abruptamente.
 
Estaba seguro que si le invitaba de la petaca que llevaba dejaría de fregar, pero aquello simplemente me superaba en fuerzas. No tenía mucho ánimo de empezar una fiesta que era probable que interrumpiera horas después cuando Betty llamase. Al fin y al cabo era lo único que me importaba en aquellos días. Que la mujer de los senos grandes me volviese a perdonar para correr a su departamento y tener otra sesión de sexo y yerba. Era una completa chalada de la mariguana. Le gustaba en exceso y gastaba horas y horas hablando de las diferencias de thc y cbd; mientras yo cerraba los ojos e imaginaba que estaba en un cómodo ataúd, en espera de que mi padre encendiese el horno de cremación y terminara con toda la mierda que por años nos habíamos deseado. Dos sujetos contra el orbe.
 
-eh, quieres olerme de cerca? Todavía huelo a sándwiches de jamón y ensalada de verdura… hipó un poco.
 
Abrí la solapa del saco. Relució la cabeza decorada con una imitación de diamante, la aflojé y lleve la boca desdentada a mis labios. El aroma inconfundible del ron especiado saludo mis orificios nasales. En el sonido ambiental del metro sonaba alguna mierda que sinceramente nadie apreciaba. Solo estaba ahí para hacer creer que a los gobernantes les importaba la cultura, pero ni siquiera sabían quién interpretaba qué. El trago entró directo al torrente y mis papilas gustativas estaban de fiesta. Cerré perfectamente el delicado cuerpo forjado de metal o latón, y se la tire a la mujer de enfrente. Deja de salivar cuando la tiene entre sus manos, cubiertas con uñas de colores distintos para cada dedo y con un guante recortado que deja salir las falanges.
 
-de eso estaba hablando guey. Me brinda la petaca antes de hundirse en el sabor de 35°.
 
Cierro los ojos dejándome caer desde muy arriba en el remolino de las historias que he vivido durante los pasados 4 años; conocí a Betty en una función de cine, le gusté porque parecía un completo maniático, así me lo dijo días después; salimos un par de veces, no demasiadas, antes de ver que no teníamos futuro. Ella quería alguien que se le impusiera, yo alguien que me permitiese estar muerto en vida. Cogimos la noche que nos íbamos a despedir. La primera ruptura sin ser absolutamente nada; ella arriba, tirando sudor de amazona sobre mi cuerpo, cerveza luego y al final sus jugos. Por aquel entonces yo no necesitaba pastilla. Luego la tuve que emplear, la mota y el alcohol me ponen fuera de combate. Fumamos un poco de la mierda que su hermano vendía. No era muy buena, pero era lo que lograba conseguir gratuitamente.
 
-me caes bien mano, podríamos ser amigos…si no fueses tan jodidamente azotado! Suelta una 
carcajada tan estridente que las personas de dos vagones a la redonda le han escuchado.
 
Teníamos un par de meses. Ella parecía fuera de órbita, como siempre, y de la nada empezó a hablar, su miedo absoluto a morir ahogada, a quedarse tan estúpida que ni siquiera recordara como respirar. Al mar, temía demasiado a ello. Me había contado que la última vez que fue al mar, tenía 10, luego no volvió más, se le metió en la sesera que era su destino morir ahí. En cualquiera de ellos. Cambiaba de tema constantemente, la primera vez que la veía así, estaba paranoica, llena de aprehensión por lo que sucedía en torno a nosotros. Decía que podía sentir las ondas gravitacionales, no tenía ni puta idea de que eran, pero las sentía. Me recosté en el fondo de la sala. La música sonaba tan fuerte que no podría aguantar un decibel más. Su departamento estaba repleto de notas y contranotas, el ácido que se había metido Jagger me paseaba delante de las narices. En aquel momento del universo, era simultáneamente 2011 y 1968. Betty no traía lentes y eso le daba un aspecto más chalado. Como si fuese una bruja.
 
-cacha guey! Me saca de los recuerdos justo a tiempo para evitar que la cantimplora caiga y se estropee.
 
Los ojos de aquella mujer payaso me recuerdan la noche de hace dos abriles. Venia del trabajo, el calor tan jodido de la ciudad se magnificaba en el metro, mi sobaco estaba a la altura de la cara de una chica regordeta. Suspiraba cada tanto por alguna pendejada que oía en los audífonos. Se paró el condenado armatoste, la gente protesto con un gemido general, no se podía hacer otra cosa que sumergirse en los pensamientos propios. Menos de 10 segundos después las luces se apagaron. Quede a merced de mis propios temores, de mis ideas descabelladas y sobre todo de la conjura de mis emociones. Estaba a 8 estaciones de la casa de Betty, del lado contrario de la ciudad estaban los míos. Seguramente atiborrados de culpa y dramas familiares. Hacía 8 días que no les veía, ellos tampoco se importunaban demasiado por ello.  Mis ojos al abrirlos tardaron en acostumbrarse a la penumbra, note que la chica suspirando junto a mí, lo hacía de manera muy pausada, parecía cansada, temerosa de acercarse a su destino y al mismo tiempo, deseosa de que todo fuese lo que ella se imaginaba. Eso me decía su respiración. Se notaba perdida en las emociones que lo que fuera que escuchara le reproducía en la cabeza. Resoplé lleno de reproche, porque ni siquiera tenía la certeza de que jodidos estaba haciendo yendo a ver a una jodida adicta. Betty, su nombre era Betty y tenía 24. Busqué desesperado en la parte interna de mi saco la hendidura donde el ron descansaba. Lo abrí y quise brindarle un trago a la chica junto a mí. Pero no pude, fui un cobarde como siempre.
 
-quieres ir a una fiesta? Debes de pensar que estoy loca; vengo ebria en el jodido metro nocturno, vestida como una mierda, oliendo a lo mismo y hablo como una jodida idiota a un tipo que se ve como un asesino serial. Pero hey! He trabajado para políticos y créeme que no me da miedo que me veas con esos ojos de pinche borracho. No volví a escuchar su voz nunca más, en cuanto llegamos a donde era la fiesta desapareció, un jodido día perfecto con un final más que idéntico. Me agencie un par de tragos, la barra era libre, o eso decían, únicamente cerveza nacional. Suspire para mis adentros, lo que necesitaba, un aliciente más para que mi estómago y mis cachetes se sigan inflando.
 
SR Verano 2016.

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