viernes, 24 de febrero de 2017

Arquetipo

Conocí al tipo una tarde lluviosa,  más bien empezaba a cerrarse el cielo, lo que para la temporada que corría era sinónimo de que el chubasco era seguro. Medía poco más de lo común, y parecía fuerte, aunque nada tenía que hacer a mi lado. Por aquel entonces ya era un anquilosado de la sociedad que bebía menos de lo que hablaba, y eso si era algo nuevo, porque rara vez salían más de 3 palabras de mi boca si no era necesario hacerlo y esas contadas ocasiones el destinatario era el viento. El sujeto parecía nuevo, dentro de sus últimos 20 y seguro de que la vida eterna eran fiestas y crudas, que se reponían con un par de horas de sueño y una comida suculenta. Nunca había vomitado en un velorio, ni se había orinado encima y mucho menos conocía las resacas de dos días que no desaparecían con nada. Esa sensación de que el cuerpo va muriendo tan lento que puedes sentirlo en cada poro. Agua, comida, mierdas aguadas, dolores abdominales, la sensación de asco infinito que sientes hacia cada ser vivo que camina o respira, la migraña que aparece y se instala de permanente para impedir que respires con tranquilidad, mientras algún hijo de puta habla tan fuerte que parece que le conectaron al puto amplificador de the who. Saliva que escurre por las comisuras mientras intentas no salpicar la corbata, la camisa, los zapatos recién lustrados; el vómito lleno de líquidos, bilis y toda la porquería de alcohol que ya no te hace feliz, sino que se vuelve esa misma ancla que te arrastra al fondo, al océano de licor que gangrena, que te pone feliz, triste, feliz, triste y toda una gama de sentimientos mierda que no recuerdas al día siguiente, la misma noche, toda la vida. Así lo conocí y a los pocos días se volvió mi amigo.

Platicaba siempre de aquellas conquistas, mujeres de 3 senos, de nalgas de oro bruñido,  féminas tan jodidamente inteligentes que ni siquiera puedes alcanzar a comprender el potencial de sus frases vueltas gemidos. Ricas, putas, deformes, eran aquellas hermosas damas que han pasado por el galante genio del Leonardo. Mientras lo único que yo podía presumir era beber de la botella directamente, sin hielos o refresco. Puro, tal cual sale del alambique; pero aquello ya no impresiona a nadie, cualquiera puede, nadie lo hace pero todos podrían hacerlo si así lo quisieran. Y entonces me volvía a tirar un gancho, rápido, conciso y lleno de malas intenciones: ¿Quiere cerveza? No es que me haya hablado de usted, siquiera que tuviera casi 10 años menos y  más experiencia con las mujeres; no, es que sabe, que no puedes decir algo medianamente decente, que tus palabras están secas, tuertas y llenas de rencor, porque un par de mujeres te han abandonado, porque tu madre no tiene 3 senos o tal vez porque los tiene; porque ya no puedes beber cerveza como en antaño, que al hacerlo te provoca dolores terribles, insomnio, calambres estomacales que se alivian hasta que el sol se mete 2 noches después; que vives tras una dieta a base de carbohidratos y agua, litros y litros de esa asquerosa sensación que resbala sin arrebatar nada de las entrañas.  Él sabe que tienes un bloqueo terrible y lo está exhibiendo mientras bebe, cerveza obscura, de lúpulos tostados y olor a tierra mojada. Es una cerveza de espuma brava, traicionera que no cualquiera sabe servir. Te acuerdas de ella; ella solía usar su dedo meñique para bajarle la espuma mientras ambos reían como idiotas, como si la sola presencia de su extremidad hiciese más deliciosa la condenada bebida. No lo era, ambos eran solo imbéciles que no sabían hacia donde hacer la vida. Pero le aceptas el vaso de cerveza y allí inicia la amistad, porque ¿Quién carajos no se vuelve tu amigo, si te invita un jodido trago?

Hoy estas aquí, sentado, tratando de encontrarle un condenado sentido a la vida; las nubes se agolpan a menos distancia de la que preferirías, la humedad se enquista en las ventanas y en las axilas de esas mujercitas tan de hoy que usan pantalón vaquero, zapatos de construcción y una bonita blusa escotada. Adornada por el mismo demonio feminista con el que te has peleado a muerte desde que te abrieron el corazón. Ella no vuelve y no lo hará, nunca. Su nombre era Teresa, su sonrisa de antología, su destino muy lejos de ti y de tus traumas, de tu parca expresión, de tus manías para beber de la botella y sobre todo, muy lejos de esas taras anti femenina. Ella lo era, lo sabía y lo creía hasta la muerte. Eso me condeno. Soy un ente obsoleto en un mundo que ha avanzado. Me quede anclado a 50 años detrás, cuando siquiera había nacido, pero ahí me crie, en un mundo lleno de desconocimiento. No hay camino para aquellos que estamos a punto de extinguirnos. Imposible siquiera pensar en métodos para evitar la condenación. Ni el licor provee tantas fantasías. Y eso lo aprendes sobre la marcha mientras pláticas con el tipo que dice tener un doctorado en el amor, o al menos en hablar con mujeres.

Eran las 4 tal vez, bebía cerveza nacional y él una cerveza importada obscura. Él hablaba el lenguaje de la modernidad, mientras yo intentaba quedarme callado, pensando en los límites de la paciencia. De los demonios que saben a malta, a maíz tostado, a un poco de miel o de caramelo que puebla la garganta, que cada vez parece más reacia a participar en las charlas informales; te acuerdas cuando tenías voz, o tal vez tenías un mejor oído porque sientes que cada que hablas te vas perdiendo en el limbo, en el sin sentido de las palabras muertas y decapitadas de toda sensibilidad estilística. Les has arrebatado el simbolismo, cada parte que la compone y que se deforma por la manera para entenderlas. Recargas un poco el codo en la mesa y observas, pocas gentes quedan ya de pie, algunos incautos bailan y tu nuevo camarada habla desparpajadamente con dos señoritas, de buen ver, tal vez no tan mejores si no existiese la cerveza, pero al cabo eso es lo que pasa.

Henos allí, la cerveza ellos y yo, más un vaso; el humo que va tornando los pulmones a negro. Cinco banquillos de acusados, delitos diversos en grados de perversión. La mujer que corre de acá para allá con su trapo sucio nos lanza mierda con la mirada, no le gustan los hombres así, duros, estoicos, tallados por la vida y por los desencantos, inmunes a los cantos de sirena, al aleteo de las mariposas. Tipos jodidamente enraizados en la vida de la noche que no gastan más de lo necesario. Que beben hasta que el sueño los vence tras haber amanecido. Que dejan propinas miserables y que vacían los platos. Que rara vez se pelean con alguien. Aburridos y con cara de saber más de lo que en realidad conocen. La vieja todo lo sabe, en más de 40 años ha visto de cualquier tipo. Prácticamente desde que nació ha vivido detrás de una barra, al lado, encima; ha comido, ha dormido, ha fornicado encima de la mierda que otros van dejando allí los fines de semana, a veces más días. Todo depende del humor, del clima, de la crisis, del infierno personal que cada uno atraviesa. La mujer lanza esa mirada desaprobadora de madre superiora, que grita órdenes o las escupe a través de los nodos que tiene en la garganta. Somos sus pequeñas perlas esperando a ser desposadas por el señor. En este caso un jodido tarro de vidrio, repleto de cerveza que pareciese una paleta de colores tan opaca como un ocaso de cielo nublado.

Se escucha la música que algún perdido ha accionado, tres estrofas de lamentos y amores, luego un coro pegajoso, la voz nasal del tipo que te recuerda la vez que te destrozaron la nariz de un golpe. Tu ex amigo, te metiste con su hija. Dos costillas rotas, la nariz, el pómulo, el carro hecho mierda, la cara de perro atrapado por el periférico en horas pico. Sangre y huesos, le escribiste un poema con esas palabras, su hija nunca volvió. Algo de estar hecho mierda cantan en las 3 canciones que te ofrecen por 10 miserables pesos. A veces has gastado más dinero en la rockola que en cerveza, por ejemplo la noche que una mujer te rompió el ego, terminaste cantando algo de Cuco Sánchez, 4 am, la barra desierta, la encargada recargada en la madera, mientras tú, botella en mano, le escupes al cielo con la voz quebrada, las neuronas terminadas, alcohol y dolor: una combinación ganadora que te arroja sobre el bar, la cantina, el tugurio más cercano. Pero eso no es nuevo, siempre sucede, siempre la invocas con cada llanto, cada canción de una rockola que usa números y letras para identificar la balada del dolor. Era B-48. Siempre que había llegado a ese estado ponía la moneda dorada con su centro de plata, pulsabas b, luego los dos dígitos restantes. Una guitarra lamentando la suerte de vivir rodeada de dolor.  Y te quedabas suspendido en el tiempo, embelesado por el brillante foco y las luces que desprendía al chocar con cada acetato en el interior de la máquina. Encandilado por la miseria vuelta melodía. Dos o tres repeticiones, alguien desconectaba y comenzaba a apagar las luces, sigues tarareando la música, ella no aparece así de rápido. Mi amigo se ha levantado hace horas con alguna señorita de buenas caderas. Pero nunca ha sido ingrato, paga el consumo y deja abierta la cuenta, sabe que volverá, sabe que volveremos. Él por una nueva mujer, yo por un trago que me ayude a conciliar el sueño, que me ayude a querer despertar al día siguiente, y el siguiente y así hasta que uno de los dos muera o ambos perezcamos.

SR Septiembre 2015

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