sábado, 18 de octubre de 2014

Agua quina

Agua quina 

Tira un golpe ¿directo o volado? Realmente no importa, impacta entre mi ojo y la oreja, me sacude pese a que estoy muy aturdido por la cerveza. Demasiada cerveza previa;  ni siquiera el golpe remueve de mi paladar el sabor dulce de sus besos. Sabor a cerveza rosada. Sabor a sangre y cerveza. Son los besos suaves de esa chica que de repente pierde los papeles y se deja ir con todo en cada una de sus caricias. Se retrae y el poco o nulo sentido que poseemos se interpone entre ambos. Las manos vacías al final. Ahora, solloza hecha un ovillo en las baldosas que algún albañil capacitado atinó a malpegar, mientras pensaba seguramente en el culo o las tetas de alguna mujer. Escupo sangre, no me pego en la boca o me abrió, sino que me mordí o me abrí con el filo de la muela al apretar mal, casi siempre me pasa. Termino más lastimado por los errores propios que por los aciertos de los otros. No soy bueno para pelear, nunca he aprendido a bailar al ritmo de los golpes que el rival me lanza mientras se le dispara otra vez la adrenalina para golpear. Allí viene el segundo; rápido, conciso y directo a donde termina la boca del estómago, el clásico gancho para doblar al contrario. El aire escapa y me vuelvo bizco por un instante. Si yo fuese él, seguramente estaría riendo mientras mis pies apenas me sostienen. Ella se voltea boca bajo en el suelo frente a la mesa con el mantel de colores brillantes que deslumbra cuando la luz  parpadea con fuerza. Vomita y el olor a todo eso que nos bebimos no llega siquiera a mí porque los mocos de mi nariz llenos de sangre se interponen en el camino.

Llega el golpe que me tumba finalmente al piso, de espaldas  y con el suelo frio cual noche en el desierto tras de mí,  me deslumbra el foco que está alumbrando desde una altura que parece lejana, por no decir imposible. Sangre que se va volviendo negra, parda conforme pasan los minutos. Me da la primera arcada de la noche. Y termina en vomito mi alegría por beber esa noche, vomito igual que hace 15 años cuando conocí al papa tomado de la mano de otras decenas de miles arremolinados en las calles de Insurgentes y la Roma. Vomito tras ver al santo hombre saludando desde el vidrio con su rosado color alumbrando el camino tortuoso de años de vino y mezcal que era mi hígado y páncreas en ese día. Aunque ese accidente no era por el alcohol sino por la torta de jamón de puerco y el aguacate que termina casi entera a los pies de la señora que lleva en sus hombros a un retoño vestido de blanco y la playera del PRI. Sudaba frio, pese al calor que era real y ficticio. Real por el sol y la inmensa cantidad de hombres que me rodeaba. Era falso al creer que el alma se me estaba llenando de eso superior. 

No le importa llenarse de inmundicia los nudillos; la sangre, mi propia sangre le ha salpicado la playera pero parece más un aliciente que algo que lo llegara a refrenar, ahora comparto la saliva ensangrentada con su ropa mientras mi mente sigue en el recuerdo de esa tarde que conocí al hombre más santo,  sólo se interrumpen mis recuerdos cuando los golpes realmente me duelen. El dolor se concentra en el pómulo, en el jodido pómulo que hace 12 años un cabrón también me fracturo por andar haciéndola al valiente. Se incorpora lentamente y me atiza una patada con tan buena estrella que me fractura el colmillo que va a parar a mi interior, no completamente, sino que me lo ha roto en una punta que termina alojada en el frenillo y la lengua; se vuelve a poner de hinojos y me golpetea una y otra vez con sus puños en donde antes debiese haber conciencia.

No la toqué, no quería cogérmela. Únicamente quería calor, un poco solamente, un sentido de pertenencia a algo. Todo procede de esa insensatez que me viene del alcohol; el estúpido arrojo que me da el sabor de la cerveza.  Le sollozo entrecortadamente esperando que al ver mi patética exhibición se detenga. Lo hace y me mira desde el cielo de los vencedores, parezco un insecto con el que ni siquiera mereciese la pena gastar las energías. Le reitero que no me gusta, que no la veo de esa forma, que jamás he pensado de otra manera que no fuese la de su amigo, su carnal, su hermano casi, casi. Sin embargo ya no me escucha y mis lamentos terminan en el coctel que me serví por ultimo. Siempre termina así, conmigo haciendo pendejadas por culpa de la cerveza. Ella ni siquiera es guapa, pero para él lo es todo, para su cerebro reblandecido, su rostro es el súmmum de todo. Y golpe a golpe lo ha confirmado. Ahora me parece un error haberme mofado cuando ella le aventó una bofetada y  cerveza en el rostro. Cuando me besó desprevenidamente para encender la mecha, ella termina ahogada en alcohol y yo en sangre.

El vaso donde ella bebía ha terminado roto y con el contenido volcado en el piso frente al altar a la virgencita, la chica esta desmadejada allí donde alumbra un poco más la lámpara y a ratos gime de dolor, dolor mental, jodido dolor que le llega hasta lo más profundo. Son los errores que cometemos por la gente que queremos, me había dicho horas antes; todo sucede en un par de horas donde ya nada es lo mismo y donde todo termina justo frente a un altar a una virgen que nunca ha servido para auxiliar. Todo inicia por él, que se había ido, que la había dejado a su suerte. No es así y hoy estuvo aquí, dándome una paliza como las de antaño, las de la infancia cuando llegaba con el suéter rojo lleno de manchas de sangre y mocos porque a alguien había mirado mal. Pero todo comienza a desvanecerse, todo se va haciendo más lento, cual si el tiempo corriese al ritmo de un caracol. Debe ser porque tiene su mano derecha cerrada a cal y canto sobre mi garganta mientras me escupe en el rostro. No lo puedo evitar y mojo los pantalones una vez más. Afloja el tirabuzón, afloja porque me tiene asco, se avergüenza ajenamente de que este allí con los pantalones manchados de orina y pidiéndole a mi madre que me venga a salvar. Que me auxilie porque me estoy muriendo.

Es lo mismo siempre, siempre imploro por mamá, para que venga a rescatarme, para que venga a curarme las heridas que esas mujeres de las que tanto me advirtió cuando niño sanen bajo su manto sagrado. El corazón vuelto a reconstruir tras su enésima ruptura. Es el mismo llanto que mi abuelo un día me copio, el viejo que un día nos sorprendió cuando arremetió contra su suerte por perder su casa, la casa de los antepasados en una apuesta de gallos; el viejo tan bragado y terminó  llorando cual crio ante la pérdida del juguete favorito a manos de alguien más inteligente y menos dado a beber. Todo termino para el viejo con 3 botellas de agave destilado y una congestión en la banca del parque de la plaza de Pachuca. El viejo muerto y enterrado en su propio agujero de vómito, piedra y lodo. Así acabamos todos por aquí.

El mismo asco y compasión momentánea se aproxima en sus ojos negros. Ya no veo nada y lo último que sé es que ella va en los brazos del campeón rumbo al cuarto. Su cuarto.

SR febrero- marzo 2014

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