CONEJO BLANCO
Las calles se alumbran cada noche,
los faros queman la niebla,
cada puto instante marcado
por la oscuridad,
nos condena,
nos subyuga.
Tu cuerpo desnudo
bajo las sábanas blancas,
se balancea mostrando
la piel obscura,
los chinos del pubis
cubren el fuego;
cada puto momento
que deambulamos en espiral,
cansados, atravesados
y encuerados bailando
en pequeñas alcantarillas
húmedas que
reciben la lluvia.
Los bultos de
tus pechos rozándome,
allí, con los ojos
verdes rodeando y
abanicando los azulejos
del baño; la voz desgarrada
que habla sobre
mares existenciales,
lenguas y palabras
muertas,
de ojos que rasgan
las paredes de
la innecesaria conformidad.
Es un mundo
a través de la imagen,
de aquel acto rojo y negro,
abrazando el asfalto
con el cuerpo lleno;
caminos que se
unen en las ramas
de aquella corriente,
atrayendo hacia
la vida los cuerpos
despojados de la
sensación de redención.
Son las piedras calientes
que deambulan por el tiempo,
sin vuelta o retroceso;
en ellas brotan las espinas.
Dejar de soñar con
aquellas imágenes implantadas
por mis manos,
con aquella transformación
absoluta y rebosante,
de tu eterna capacidad.
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