martes, 25 de septiembre de 2012

Grita hijo de perra!



Grita hijo de perra!

Fue lo primero que le escuche decir jamás. –grita hijo de perra! Grita como sí tu pinche madre estuviese siendo cogida por satanás!- Nunca entendí ese grito de batalla, su frase favorita y repetida hasta el hartazgo durante los 5 años que estuvo con nosotros. No me referiré a “Jack” con su nombre, carajo creo que en ese tiempo que nos alegró y destruyo la existencia le escuche decirlo poco más de 3 veces. La primera la noche de su debut con la banda los gritos de los 20 imbéciles que estaban del otro lado, el olor a meados y derrota total de un bar maloliente que amenazaba cerrar un día sí y otro también nos tenían bastante jodidos y él en medio de aquel caos sin origen ni final. No nos dijo su nombre nosotros nos encargamos que no lo hiciera.

Durante 5 años nos volvimos un decorado más de ese jodido congal disfrazado de bar de mala muerte. “J”, “señor fuego”, “Jack” y yo, el responsable, el único que no tendría por qué haber aguantado nada de eso; “terminador” [pinche apodo puesto por “Jack” en esa primera fatídica noche donde apareció allí al pie de los amplificadores sosteniendo su eterna “victoria” (durante 5 años no tomo otra mierda que no fuese esa cerveza)]

-"hey loco, puedo palomear?"–

Jamás olvidaré esa pregunta. Por principio porque rompí la regla impuesta por “señor fuego” de no dejar que nadie se subiese a tocar con nosotros, éramos casi profesionales, en espera de grabar un demo que nos enviase a los cuernos de la luna, y en segunda debido a que su pregunta llegaba en el momento más pinche inoportuno, todos estábamos hartos ya de nosotros mismos.

Le mire a los ojos inyectados de sangre, a las enormes bolas cafés rodeadas de un mar rojo y le pregunte si tocaba algún instrumento.

-"Guitarra"- respondió sin mayores aspavientos.

(of course), le cedí la mía, le cedí la vieja guitarra regalo de mis jefes cuando cumplí 14. Y de inicio fue en realidad el fin de todo, el fin de nuestra carrera y de nuestra amistad por supuesto. “Jack” se situó a mi derecha, y yo comencé a rugir frente al micrófono la tonada de un grupo del hardcore gabacho; lo que sucedió desde un inicio fue una de esas cosas que se graban en donde quiera chingados que este nuestra capacidad para recordar cosas. “Jack” jamás llevo la nota, el sujeto de casi 1.90, pesado y con una mata de pelo negro en la cabeza que comenzaba a escasear, destrozo el instrumento; del amplificador restallaban guitarrazos asesinos sin orden alguno, de los dedos llenos de ampollas que surgían para violar la noche (y a todas las personas presentes) con sonidos violentos y llenos de sudor y sangre se repetían una y otra vez. Destruyo la púa y continuo tocando y reventando las polillas que ese bar de prostitutas disfrazadas añejaba en las cornisas semi ocultas en el techo de estuco o yeso. De sus movimientos fugaces con la cabellera arriba y abajo escupía sudor a todos los presentes, de su boca brotaba cerveza “victoria”. De su jodida existencia se revelaba la creación. La reencarnación de un dios en la tierra de liliputienses sin escapatoria alguna.

“Jack” fue invitado de la manera más brutal a que se bajará, los restantes miembros de la banda estaban estupefactos y encabronados en serio, les había jodido el show, les había fregado la reputación y había profanado el rock. “Jack” tiro los restos de la púa ensangrentada y se reunió con su chica y su crew de pseudo bikers. Alzo el tarro de vidrio y señalando hacia nuestra posición pronuncio nuestra sentencia:

-“así hijos de puta es que la gente los voltea a ver, tocando con sangre y huevos; no con técnica de escuelita de putos”.

Distención social

Lo encontré un par de días después en un puesto de tamales y me invito un jugo. Jugo de zanahoria para él, jugo de betabel y nopal para mí.
–"sabes cuál es el puto pedo de ustedes terminador?"

Pregunto como si la respuesta le hubiese sido descubierta ante sus ojos por un dios inexistente e inexplicablemente invisible para el resto de los mortales 

-"que inmediatamente se pliegan ante el pinche “señor fuego”, que prácticamente le besan las pupas y se la embarran de caca. No te mentiré guey, me caes bien por ojete, el pinche morrito fresa nomas los quiere encular y poco le importa si ustedes son putos o no".

Mi respuesta fue escupirle el jugo a la cara, escupirle las 200 kilocalorías que contenía el nutritivo jugo, después le revente un madrazo en su cara de puto psicópata  y luego una vez en el suelo, destroce esa sonrisa a media cara a punta de patadas con la bota del 8 1/2. Me contuve. Me hice el desentendido a sabiendas de que no cejaría, el pinche “Jack” quería algo más que calentarme el oído, quería iniciar la revolución al interior del grupo y él se había propuesto como nuevo mandamás.

-"Por ejemplo tu carnal, tú con todo ese pinche vocerrón que tienes, y te utiliza para que le lamas  el escroto sentadito desde su batería. Te hace que le hagas todo el paro técnico para que así él pueda llevarse el crédito. La otra noche lo escuchaste, sin tu técnica el grupo era nada, sin tu guitarreo el culero del “señor fuego”  se asemejaba a un pedazo de cacerolas, no te diré que soy el más chingón en el rockeo, pero créeme cuando te digo que les hago falta para que despeguen y al menos atasquen el pinche localito del puto de “lipton”".

Me quede mudo, no solo nos estaba rebajando a un grupo mierdero, sino que se estaba declarando el mesías que nosotros ignorábamos que necesitábamos. Espete conteniendo la rabia:

–"Claro guey, lo que tú digas".

Y me aleje a sabiendas de que el hijo de perra tenía razón, siempre la tuvo y siempre la tendrá.

El siguiente ensayo con el resto de los gueyes esos me arme de valor y toque 80% de las notas mal, totalmente en una escala muy distinta y sin sentido alguno del ritmo. El resultado fue la confirmación de lo dicho por ese sujeto vestido siempre de jeans y playera negra, el mundo colapso alrededor mío y se contagió de alguna enfermedad venérea. El jodido “Jack” acababa de entrar en el grupo por obra y espíritu santo del pinche “señor fuego”. La guerra mundial iba a estallar y yo iba a ser el pinche aliado esperando el semen norteamericano.

“Jack” llego a la banda un jueves, no llego solo, sino que llego de la mano de 8 culeros que jamás habían pisado el baresucho ese, 8 culeros que empezaron una verdadera quema de ideales puros y blancos y nos convirtieron a todos en esclavos sexuales de hermafroditas interespecie. “Jack” escupió al cielo y este le regreso un diluvio de sudor y sangre.

No recuerdo la primera canción, pero si recuerdo el “opus max”, ese momento mágico donde “señor fuego” aventó las baquetas al guitarrista líder y este le regreso un escupitajo lleno de flema. Acto seguido el baterista se aventó por encima de sus tambores y agarro en el aire el primer madrazo que lo dejo noqueado, el primer vergazo de un sujeto que le superaba en malicia y pericia, un hijo prodigo de su natal colonia Guerrero (no en vano traía más de 10 cicatrices en los nudillos). “señor fuego” se redujo a chispa de pedernal, “Jack” se erigió como el puente de lo plausible y lo no, el hijo de perra nos devoro mientras nosotros nos acomodábamos frente a su insaciable vida.

Se sucedieron varios eventos que atrajeron sobre nosotros la mirada de más de una decena de sujetos. En primera “Jack” seguía metiéndose en peleas y más peleas, y en segunda, la reacción inicial de “señor fuego” le obligo a traer un grupo nutrido de banda para que le dieran una lección al líder guitarrero. Craso error, “Jack” no solo los cautivo, sino que los volteo en contra del baterista que vio con horror que su dominio sobre el grupo se veía reducido a marcar el bis. “Espíritu en roto” se autodenomino a sí mismo el susodicho.

Poco tiempo después de esa serie de eventos, nos buscó un contrato con uno de sus conocidos en un bar muy cercano a la carretera a Puebla. Todo termino en un choque de carretera donde “J” se rompió el brazo; “Jack” gruño mientras se quitaba un pedazo de parabrisas del brazo:

-a la mierda con este pendejo, no solo no quiere que toquemos sino que el muy hijo de perra seguro alegara que yo tuve la culpa.

(Cuestión en lo que si estaba de acuerdo, ya que él muy bestia no dejaba de beber cerveza desde las 11 am), nuevamente me volteo a ver y supo que ya había ganado la batalla

–entonces que guey, te arriesgas a tocar sin bajo?

Su pregunta me restallo en la cabeza y le solté el tan esperado “ps da igual”. 20:39 pm. Comienzo a gritar frente al micrófono, comienzo a dar mis primeros pininos en el bajo, nuevamente pasamos a trio sin la esperanza de hacer algo bien. 20:59 de la noche, el show acaba para nosotros, un casco de cerveza lleno de meados se ha estrellado en el parietal izquierdo de “señor fuego”, la sangre alebresta a “Jack” que se lanza (guitarra al hombro) a romperse la madre con 4 sujetos que no solo le superan en número, sino en idiotez etílica. Cuando comienza a ser evidente la superioridad de los rivales de nuestro guitarrista es que intervengo, es que me rompen la madre en 2 segundos y no recuerdo nada más de aquella noche, no recuerdo cuando me rompieron la nariz, no recuerdo siquiera cuando “señor fuego” es trepado a la patrulla, mucho menos recuerdo cuando “Jack” es sacado como héroe del rock por los cuatro pandilleros y le dejan sobre el pavimento. El saldo de esa noche: 2 mil quinientos pesos de multa por desórdenes, fractura de nariz para mí, desprendimiento de varias piezas dentales para “Jack”, un brazo roto para “J” y cárcel preventiva por alterar la paz para “señor fuego” por 48 horas.

El siguiente fin de semana “J” con su brazo enyesado, “Jack” con un aparato de endodoncia y yo con una careta nos paramos frente a los instrumentos, el micrófono y los amplificadores de nuestro bar de mala nota y tocamos (es un decir) los primeros acordes de “i will survive” a ritmo de punk tropicaloso cortesía de unas maracas prestadas por una de las putas del lugar.

Camino equivocado

Realmente no entiendo cómo es que llegamos a tocar por cinco años sin acabar muertos a causa del odio que generábamos entre nosotros, generalmente la labor de “Jack” era hacerse cargo de la guitarra, digo generalmente porque rara vez dejaba pasar la oportunidad de tomar los otros instrumentos; memorable la vez que intento hacer que “J” tocará lo que él quería, comenzó por insinuarle que era maricón; no solo maricón, sino una autentica puta que se disfrazaba por las mañanas en el popular barrio de la Merced para sacar un quinto y comprar las plumillas que usaba para tocar su instrumento (su odio a este pedazo de plástico recaía en que tenía la creencia de que todo instrumento debía tener la sangre de quien lo esgrimiese).

–“la verdad puto es que dudo mucho que siquiera sepas coger”

-“vete a la mierda pendejo”.

-“jaja de verdad que no sabes coger, si lo supieses harías gemir a ese pinche bajo”

-“vete a la verga, que sabes de tocar el bajo pendejo?”

-“mira guey, no sabré tocar el bajo, pero a huevo que me he cogido un madral de putas  para saber que en tu pinche vida has cogido en realidad, o sabes cómo suena un condón estrellándose contra el vidrio para seguir cogiendo a pelo? Ese pinche sonido debiese ser la referencia para tu pinche juguetito, en realidad suena como el dildo que te metes a diario por la cola”

-“más bien el condón que se te embarra en la cola pendejo”

-“inténtalo, inténtalo, toca con los dedos, toca a pelo guey; toca hasta que tu pito sangre y tus dedos sientan el bajo como tu nueva verga”.

El ensayo termino con el puño de “J” lleno de sangre, no de tocar como “Jack” quería, sino por haberle dado un puñetazo a la pared que ocupo el lugar de la dentadura del jodido mal guitarrista.

Las noches (si es que se pueden llamar así) transcurrían entre los descansos (ficticios, en realidad no dormíamos ni madres durante las noches que no tocábamos) y las presentaciones en nuestra alma mater. Poco a poco la violencia que empleábamos para atacar los instrumentos y la falta de talento para tocar de “Jack”  se hicieron populares; el dueño nos comenzaba a pagar en efectivo y en especie, una noche una ronda de cervezas, otra un guato de mota, otra una chonta que no tuviera muchos mecos encima. Cada día ese lugar comenzaba a llenarse de violentos sujetos que se transformaban con la música (si es que se puede llamar a lo que hacíamos música) de nuestro grupo, el consumo de alcohol parecía infinito y las peleas varias y bastante complejas; no solo era el odio que reproducíamos, sino que el gentío se volcaba a puñetazos en un rictus de sangre y sudor, mucha sangre y mucho más sudor. Allí en medio, erigidos como chamanes en contacto con la verdad universal nuestro lenguaje sacaba el cavernícola que llevaban oculto debajo de los litros de cerveza y el apeste a hemoglobina. En medio de ese evento astronómico “Jack” esbozaba una sonrisa llena de ira, él no era feliz con nuestro ascenso, quería más, quería ver muerte y destrucción.

Bis

Era marzo de 1986, el clima caluroso de la ciudad está en franco ascenso. En un rincón de la ciudad, de ese monstruo llamado Ciudad de México, un hombre lanza un grito, un grito en medio de un ritual de música y violencia, un grito que paraliza a todos y saca a los asistentes de su trance. El hombre del cabello largo desconecta su guitarra reconstruida, la avienta sobre la multitud que no sabe cómo responder a ello y comienzan a murmurar por lo bajo, un murmullo que va en ascenso hasta que el hombretón levanta su puño llevando en este un casco de cerveza, lo lanza al aire directo a la audiencia; el impacto va a parar a un par de jóvenes de buena pinta, dos juniors del sur de la ciudad, de esas colonias con seguridad privada, con portones eléctricos y alambres de púas. Casa con sistema antirrobo y servidumbre, todo es un caos burdamente provocado por el sujeto que lleva una playera negra con una inscripción a mano que reza: “creerse Dios es para pendejos, yo prefiero ser el Diablo”. Todos miran a los dos jóvenes de cabello largo finamente enlazado en una cola de caballo. El hombre toma el micrófono y lanza la blasfemia que retumba en el local en medio de un silencio de muerte, de muerte por venir.

-“siento rabia, acostumbrado a perder y volver a comenzar sin voltear atrás, hoy acaba esto. Todas las batallas que hemos perdido, todas mis luchas personales quedan detrás mientras la mierda se carga a este país. El problema radica en creer que tenemos esperanza, el problema radica en que nos hemos convertido en un grupo de putos sin poder para iniciar el fuego, para azuzarlo y demostrarle a la mierda que no somos poca cosa. Hemos resistido cada puñetazo al hígado, No hay más futuro para nosotros, no al menos para mí. No con esta mierda inundando hasta nuestro propio cuchitril”.

Un grito, un puño que se cierra en torno a la cola de caballo finamente trenzada en un lazo de cuero coyoacanense; dos piernas que salen del frente del nutrido grupo que ha rodeado a los chicos que comprenden su error tarde, allí en medio de la rueda del dolor, dos cuerpos inertes caen en un frenesí de odio insano volcado sobre inocentes, el hombre encima de la tarima de madera medio podrida toma una nueva guitarra del fondo del improvisado escenario, comienza un cover de los sex pistols, a medio camino retoma el himno que había interrumpido para comenzar a destilar odio, para comenzar a forjar la leyenda.

Paso al más allá

Nuestro error –aparte de dejar tocar a “Jack” con nosotros- fue dejarle creer que era lo que nos había vendido. Nuestro error fue hacerle caso a su mentada superioridad mental. Tenía muy claro desde el inicio que nuestro grupo era el primer paso para su idea.  De la noche a la mañana nos convertimos de “un boca en boca” a un suceso masivo precedido por la violencia. Los diarios nos tomaron en cuenta y los analistas sociales pedían nuestra cabeza, nos llamaban “los cucarachas”; se contaban anécdotas sobre nosotros que nunca hicimos, se nos relacionaba con grupos guerrilleros de extrema izquierda sobrevivientes a las purgas de los 70s, éramos la sal y la pimienta de todos los moles habidos y por haber. En el frente “Jack” veía complacido que una pequeña banda de covers, con malos instrumentistas y peor actitud se apoderaba de ese bache creciente. Comenzaba a reproducirse el fenómeno por toda la ciudad, en todos los arrabales y bares de mala cantina los chicos (y alguna que otra descocada) tomaban la actitud de nuestro gurú y le imprimían su propio sello de rudeza. Surgieron las noches de violencia en toda la ciudad, a diario se veían pintas en barrios lujosos con las palabras de “Jack”, ya no solo las del discurso de la noche de los yuppies sino las palabras de sus poemas recitados durante los gritos y el ruido sin orden alguno al que sometíamos a nuestra audiencia. El bar a diario registraba entradas de cerca de 350 personas superando en casi el doble lo permitido, el propio “Lipton” se vio obligado a poner un cadenero después de que un jueves en la entrada hubo tal alboroto que las putas hicieron de valla de seguridad para nuestra entrada y posterior huida.

Diario, noche a noche se sucedían las palabras sin sentido –al menos para mí- de “Jack”. Siempre incitando a la gente, arengándola para que hiciese su voluntad, de fondo los tres pendejos que seguíamos en nuestro alucine sin drogas (el bastardo había molido a golpes a un pobre pendejo que se atrevió a sacar una bolsa de coca frente a él), solo cerveza, en nuestra pequeña mente estábamos de pie frente a la muchedumbre luciéndonos, mientras la realidad era que nos habíamos convertido en parte del decorado.

-“crees guey que estamos haciendo un cambio en el sistema?”

Me pregunto una tarde que nos encontrábamos en el bar haciendo arreglos a la consola de sonido (un decir, porque yo era el que calibraba y cambiaba una bobina, mientras él se mantenía ocupado con un desarmador entre sus dedos), a lo que irónicamente respondí:

-“puta, si guey, no vieras como ya nos tienen fichados por neo comunistas”

-“no seas pendejo “terminador”, piensa; imagínate que esto que estamos haciendo lo hiciéramos en un evento choncho, en un estadio. Que tuviéramos tal poder de convencimiento para juntar 100 mil pendejos que apaguen el futbol y las novelas por un rato”
-“no te alucines viejo, sabes que no debemos traspasar lo que somos, no somos buenos en absoluto”- negaba una y otra vez ante su insistencia por lo que él creía que se podría transformar en una revolución. 

-“es así, hoy una pequeña fracción de aquí, mañana el resto de este jodido lugar y luego todo el pedro”- continuaba frenético sin atender razón alguna. Era consciente de que “Jack” se estaba convirtiendo en un chalado mesías (impulsado por una bola de pendejos sin mayor quehacer que la de quemar bachas y tomar caguama).

-“no viejo, no debemos alucinar con ello, disfrutemos el hoy y el aquí”

-“quieres saber una cosa “terminador” llevo 3 meses durmiendo 3 horas diarias, mi salud se viene abajo y esto es lo único que me mantiene. En un par de meses cumpliré 35 y veo muy pinche difícil que el día de mañana el chosto quiera pararse nomás porque sí; el pelo ya se me cae con mayor facilidad, me cuesta un huevo dormir acostado y las ultimas semanas he orinado sangre, tú crees que me importa un huevo si a esta pinche altura de mi vida puedo dejar de soñar? No cabrón es momento, es el momento para chingar a tanto hijo de puta que anda culeándose a la gente”.

-“y cómo? Recitándole poemas y haciendo ruido? No mames, no las tenemos con nosotros viejo, somos parte del pinche sistema quiérelo o no y eso poco va a cambiar si no dejamos de mamar el bicho”- seguía sorprendido por ese ataque de sinceridad, jamás en los tres años de conocerlo lo vi así como era, tal cual, sin pose, sin esa leyenda detrás que lo impulsaba a actuar como un bastardo suicida. El viejo “Jack” estaba ahí, desparramado frente a una pared. La pared parecía aún más joven que el loco aquel; de sus manos el desarmador aun oscilaba de un lado a otro, de sus pelos despuntaban brillos plateados que atribuí en un primer vistazo a las luces y hoy veo que eran los signos de un hombre a punto de perder todo.

No nos hicimos más grandes, la sombra de la “multitud” nos arrastró a quedarnos sumergidos en el estercolero, pero aun así tuvimos la fuerza suficiente para en 5 años tocar en donde se dejara la cosa. Siempre causando destrozos, siempre destruyendo conciencias. 

“Jack” y yo nos volvimos buenos compañeros de grupo, claro el bastardo tenía la fortaleza para romperme la madre y mantener a raya a los otros; su discurso de cambio radical se fue volviendo obsoleto, de aquel fuego abrazador tras 5 años todo estaba extinto, poco a poco la gente abandono el lupanar. “Lipton” siempre optimista creía que necesitábamos actualizarnos, que necesitábamos volver a caminar sobre la tierra. Nos despidió una mañana de junio.
SR 25 septiembre 2012

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