lunes, 24 de septiembre de 2012

Alcohol



Alcohol

Increíblemente y pese a que muchos de mis microescritos están relacionados con el chupe, no le había dedicado un escrito profundo (es un decir) a mi relación con la tomadera. No es sencillo definir lo que tengo con esta droga profundamente arraigada en nuestro subconsciente, sin embargo puedo decir sin temor a equivocarme que los primeros encuentros con la bebida no tienen ninguna relación con lo que después ha ido conformado mi forma de ver el universo. Ahora que tampoco diré que siempre tuve esa relación directa con el alcohol o que lo uso para propiciar un estado distinto de las cosas. No, más bien este escrito habla acerca de cómo el alcohol me agrada más por una serie de ideas utópicas respecto a él y que fui tomando de acuerdo a lo que comencé a leer y conocer  (sin caer tampoco  en que lo hice porque quería ser cool como muchos otros han comenzado a hacer).

No, como ya lo he dicho mi relación con la embriaguez procede de mi conformación como ser humano; como un incipiente intelectual mierdero que creía en la sublevación del alma a través  de la escritura y la lectura; de cómo pase a encontrar en las palabras y letras de otros, aquello que invariablemente me ayudarían  a considerarme una mejor persona o por lo menos otro tipo de persona. 

Las lecturas de viejos borrachos y atormentados por sus demonios internos, me hicieron creer que yo también estaba inmerso en ese tipo de situaciones, lo cierto es que poco o nada tuve que ver con esas historias de grandes vuelos; no, por el contrario me encontré sumergido en sitios de escaza luminosidad,  rodeado de situaciones que me arrastraban hacia la mierda.

Desperté de ese sueño utópico de grandes bebedores cuando descubrí el daño, cuando observe que si quería ir por ese camino iba a lastimar a mucha gente. Más gente de lo que yo creía. No fue necesario tocar fondo, no fue necesario hacer algo irreversible para encontrar el camino hacia la orilla, hacia el final de la caída; mi cuerpo se hizo tolerante y resistente al chupe, más no mi mente. Fue necesario virar y encontrar otro camino (no al estilo Mark Renton, pero si lo suficientemente fuerte para llevarme hacia nuevos horizontes).

El despertar fue violento, no solo descubrí que ni ebrio ni sobrio podía emular a mis héroes, sino que estaba más cerca de perder el poco ápice de talento que poseía. Deje de fluir y me conforme con encontrar un punto medio entre la creatividad desbordada y el conformismo. No había –y no hay- negros absolutos, solo variaciones del gris y de la misma ausencia del color. Sigo esperando recobrar aquel genio que llegue a poseer y que me permitió escribir cosas de tal fuerza visual que me convencieron de seguir adelante con una forma de vida que raya en el patetismo más furioso.

De manera semejante, deje de creer en esos viejos borrachos sabios y llenos de historias capaces de crecer, desarrollarse y trascender, porque inevitablemente yo deje de ser el mismo, nunca de hecho fui amable o interactivo con la gente, pero lo que aconteció cuando interactúe con los pretendidos intelectuales  y su gran panacea acerca de cómo eran una panda de sabiondos y carentes de alma –negra- me obligo a aislarme aún más.

Por el contrario  para las nuevas generaciones el chupar ya no tiene ese rictus de valentía, de fuerza poética.  No, ahora todos beben, y se sienten cools, todos beben y se dejan absorber por sus demonios en lugar de exteriorizarlos, han dejado de ser ellos para ser dominados por el alcohol, caso contrario a lo que siempre me gusto, a lo que me llamo la atención, a no dejarse vencer sino por el contrario tomar al cuerno por donde más violento se pone y vendarse los ojos frente al destino. Sigo esperando que algún día vuelva ese genio.

El error no es gratuito, yo mismo he dejado de lado cualquier pretensión artística  y me he conformado con el existir ahora y aquí. Deje de intentar convertirme en uno de esos mártires que nadie descubre hasta pasado el sacrificio, para convertirme en uno más, en otro de esos que beben sin pasión, sin alma, sin sumergirse en el meollo de toda la basura, de comulgar con el destino e impedir que todo se escabulla por recovecos mentales que hemos hecho crecer hasta conformarlos como verdades auténticas.

Es necesario redescubrir ese talante de inexactitud, de no saber que hay más allá de lo que vemos y sabemos ahora.  Es momento de encontrar el talento perdido y comenzar a reconstruir el genio.

SR 3 diciembre 2011

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