Cromo
Se encontraba la pequeña Carmen en
la cocina rodeada de una gama de ruidos que ella desconocía a sus 6 años, sus
ojos almendrados se toparon en un instante con una escena tremenda al abrir la
puerta del cuarto de su hermana mayor Adriana; ella de espaldas a la puerta
–ahora abierta- se hallaba montada sobre su novio Ernesto. Ambos desnudos,
ambos haciendo ruidos cada que ella chocaba sus pompis contra el estomago del
chico. Cerró rápidamente la puerta y echo a correr hacía el comedor. Las
preguntas revoloteaban en su cabeza acerca del porque… tal vez si le contaba a
papa él le explicaría… no, papa no entendería. Si tan solo su madre no se
hubiera ido con el otro señor… tal vez Martina, para algo era su mejor amiga.
Cuando llego la hora de dormir, su
padre aun no había vuelto y su hermana se había esfumado desde media tarde con
el tipo aquel; reposo la cabeza cubierta de aquel cabello negro azabache en la
almohada mientras esperaba el sueño. Este llego en medio de una intranquila
pesadilla, la imagen de la tarde se repetía una y otra vez, se despertó
sobresaltada por enésima vez. La mañana le sorprendió con ella aun en vela, a
lo lejos se escuchaban los ronquidos de papa; en un par de minutos su
despertador iba a sonar llamándole a que se metiera a bañar para ir a trabajar
(según sabia como asesor de ventas). El ya no era el mismo, desde que mama se
fuera con su amigo se hallaba triste casi todos los días. Adriana se había ido
hacia un par de minutos rumbo a la prepa, tenía 17 años y(para Carmen) era
hermosísima; Carmen la veía como la representación viva de sus muñequitas de
plástico, y no pocas veces se vestía semejante; las falditas de colores
chillantes, las playeras coloridas y cortitas, así como los tacones altos.
Alguna vez en un paseo familiar había observado maravillada el arete que tenía
en la parte superior de la boca y que al pasar bajo los rayos del sol brillaba
como las conchitas brillosas que se hallaban regadas por toda la arena de la
playa.
Ya vestida con su uniforme escolar
cogió su mochila y salió a la calle donde ya la esperaba la camioneta de Doña
Alma. Le dio los buenos días y se situó en la fila del fondo, poco a poco y
según avanzaba por la calle la camioneta se fue llenando con sus compañeros
habituales. La última, como siempre, fue Martina que vivía en la calle de la
Memoria dos calles allende su casa.
La escuela transcurrió sin
sobresaltos y cuando termino salieron al final de la fila hablando en voz baja
las dos niñas… +¡sexo¡ así le llama a eso mi mama+ relataba la niña de cabello
negro un poco más alta que Carmen +me lo dijo cuando los vi haciéndolo a ella y
a mi papa.+
La palabra le lleno la cabeza toda
la tarde, le era imposible concentrarse y Adriana no volvía, era su única
fuente de información. Ojala papa le hubiera dejado prendida la computadora y
con la clave para el internet. Al llegar su hermana mayor, Carmen la atosigo
con preguntas y aunque se mostro renuente a darle más detalles al final le
explicaría de manera sencilla lo que significaba el acto en sí, Carmen por fin
pudo descansar ese día.
SR Agosto 2010
Búsqueda
La tarde era bañada por el sol ambarino semi oculto por nubes
que amenazaban con soltar la lluvia más tarde, ella se hallaba allí, con la
cara entre las manos, sentada en aquel parabus metálico, sucio; ardiendo las
vidrieras rotas y rajadas. Lloraba calladamente (pero con demasiado sentimiento)
mientras el cardenal en su rostro aun palpitaba y crecía la hinchazón en el pómulo
izquierdo. Los surcos creados por las lágrimas en su base de maquillaje le
daban un aspecto deplorable. El labio comenzaba a henchirse y la comisura de
los labios aun guardaban el signo inequívoco del rastro de la sangre; la gente
que transitaba a su espalda solo observaban a una mujer de aspecto derrotado.
La observo detenidamente, la pequeña de ojos grandes y
almendrados le sonrió con franqueza, ella regreso el gesto mientras asomaban
entre sus dientes un par de huecos. La niña continúo su andar acompañando a la
chica que parecía muy joven para ser su madre; toda vez alejadas las dos
hermanas volvió a sumirse en el recuerdo, en la mirada llena de asco, de odio,
de fiereza. Una y otra vez su labio rememoraba el impacto del puño de Ernesto sobre
ella. El grito desgarrador del pequeño al ver a la madre tumbada al lado de la
escalera. Que importaba lo que había desencadenado la furia de aquel bastardo;
cuando no era por la comida salada, era porque le planchaba mal el cuello o le
miraba directamente por unos instantes.
Bajo la mirada hasta el suelo fijándola en sus tenis renegridos por la mugre diaria,
la mancha parduzca le sonreía macabramente; a su memoria regreso la figura
agitándose como si un guajolote hubiese sido degollado, la sangre tapizaba la
mesita de madera del comedor, su hijo lloraba a mares y había volcado el
platito con la papilla. Él hombre yacía sobre el suelo en una posición extraña,
el agujero de entrada del plomo borboteaba sangre, en la pared contraria la
mancha de sangre arrastraba a su paso ininterrumpido hacia el suelo los restos
de cráneo. Volteo a ver al pequeño, alzo la mirada hacia el techo cual si
implorara perdón a los dioses (en realidad solo uno, en el que había depositado
durante años su esperanza). Acerco el cañón de metal bruñido hacia la barbilla
del bebe que arrecio en sus lloriqueos.
Allí sentada frente a aquellos edificios aun esperaba, esperaba
que llegara la mano que terminara con todo.
SR Agosto 2010
Progresivo
Se despidió de beso de Adriana, su mejor amiga era una descarada
pero le quería, había sido su cómplice desde hacía 15 años; no solo habían
compartido clases y música sino que se habían desvirgado en la misma fiesta 4
años atrás y habían descubierto juntas el alcohol y el cigarro, en cierta
ocasión habían andando con el mismo tipo solo para reírse de los apuros que le
provocaban. Ahora Adriana andaba con Ernesto, 13 años más grande que ellas; le
daba todo pero ambas sabían que era una distracción del matrimonio. La esposa (una
señora delgada y siempre cabizbaja) debía ser desdichada. Se despidió también de
la pequeña Carmen que le recordaba a su amiga apenas unos ayeres cuando la
familia era completa.
Abandono el colectivo, el de siempre, con la misma gente;
rodeada de aquel olor característico, el retumbar del diario y eterno, los
bocinazos, la música a todo volumen y finalmente el paradero donde abordaba el
metro. Naranja sempiterno, con demasiada gente, con vendedores de mercancías
económicas que terminaban por no serlo. Una ciudad viva.
Siempre recalaba en los mismos pensamientos, chucho (su novio
desde hacía 1 año), Adriana (y sus problemas ocasionados por ser la otra), su
cuerpo (normal, sin destacar nada por encima del conjunto) y la vida; la vida
que le había tocado compartir con otros 6 millones de cuerpos en esta
metrópoli. Subió al vagón después de que le llegase el hornazo a piel, a sudor
y sueños aplastados; eran las 3 de la tarde en pleno verano, ello no importaba,
la ropa que usaba era la misma hiciera frio o calor. Playera negra, jeans y el
pelo siempre corto. Hallo un espacio en
el cual sentarse frente a un viejo ataviado con un traje gris, le llamo la
atención el cabello entrecano y de escaso volumen.
Su mirada se encontró con la de él, sintió escalofrió de inmediato.
Sostuvo como pudo la mirada vidriosa del hombre. Él bajo la mirada directo a
los senos de la chica; un minuto, dos, comenzó a inquietarse, el subió la
mirada, directo a sus ojos, la misma mirada vidriosa, la respiración cansina e
invariable. La chica busco con la mirada otro lugar, no lo había, por lo que cerró
sus brazos en torno a su pecho y desvió la mirada. Sin embargo con el rabillo
del ojo noto que el hombre la seguía observando, giro su cabeza y encontró su
mirada. Instintivamente el sujeto bajo la mirada posándola en la entrepierna de
la chica, poco a poco y temiendo lo peor ella bajo su mirada hasta sus propias
piernas, los labios se dibujaban poco pero lo suficiente para que el hombre se
recreara la pupila. Sabiéndose ganador el hombre mantuvo la mirada en la chica
consiguiendo con ello que se sonrojara. Ella noto humedad, se inquieto aun más,
sus pezones comenzaron a crecer bajo la tela negra que le cubría, el traqueteo del
tren acompasaba su respiración pesada mientras el sopor del ambiente enardecía
su cuerpo con mayor intensidad. La estación se aproximaba y noto como el hombre
coloco frente a él (y ella) el maletín de cuero deslustrado, se enderezaba poco
a poco y se encaminaba finalmente rumbo a la salida.
SR Agosto 2010
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