sábado, 29 de septiembre de 2012

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Cromo

Se encontraba la pequeña Carmen en la cocina rodeada de una gama de ruidos que ella desconocía a sus 6 años, sus ojos almendrados se toparon en un instante con una escena tremenda al abrir la puerta del cuarto de su hermana mayor Adriana; ella de espaldas a la puerta –ahora abierta- se hallaba montada sobre su novio Ernesto. Ambos desnudos, ambos haciendo ruidos cada que ella chocaba sus pompis contra el estomago del chico. Cerró rápidamente la puerta y echo a correr hacía el comedor. Las preguntas revoloteaban en su cabeza acerca del porque… tal vez si le contaba a papa él le explicaría… no, papa no entendería. Si tan solo su madre no se hubiera ido con el otro señor… tal vez Martina, para algo era su mejor amiga.

Cuando llego la hora de dormir, su padre aun no había vuelto y su hermana se había esfumado desde media tarde con el tipo aquel; reposo la cabeza cubierta de aquel cabello negro azabache en la almohada mientras esperaba el sueño. Este llego en medio de una intranquila pesadilla, la imagen de la tarde se repetía una y otra vez, se despertó sobresaltada por enésima vez. La mañana le sorprendió con ella aun en vela, a lo lejos se escuchaban los ronquidos de papa; en un par de minutos su despertador iba a sonar llamándole a que se metiera a bañar para ir a trabajar (según sabia como asesor de ventas). El ya no era el mismo, desde que mama se fuera con su amigo se hallaba triste casi todos los días. Adriana se había ido hacia un par de minutos rumbo a la prepa, tenía 17 años y(para Carmen) era hermosísima; Carmen la veía como la representación viva de sus muñequitas de plástico, y no pocas veces se vestía semejante; las falditas de colores chillantes, las playeras coloridas y cortitas, así como los tacones altos. Alguna vez en un paseo familiar había observado maravillada el arete que tenía en la parte superior de la boca y que al pasar bajo los rayos del sol brillaba como las conchitas brillosas que se hallaban regadas por toda la arena de la playa.

Ya vestida con su uniforme escolar cogió su mochila y salió a la calle donde ya la esperaba la camioneta de Doña Alma. Le dio los buenos días y se situó en la fila del fondo, poco a poco y según avanzaba por la calle la camioneta se fue llenando con sus compañeros habituales. La última, como siempre, fue Martina que vivía en la calle de la Memoria dos calles allende su casa.
La escuela transcurrió sin sobresaltos y cuando termino salieron al final de la fila hablando en voz baja las dos niñas… +¡sexo¡ así le llama a eso mi mama+ relataba la niña de cabello negro un poco más alta que Carmen +me lo dijo cuando los vi haciéndolo a ella y a mi papa.+

La palabra le lleno la cabeza toda la tarde, le era imposible concentrarse y Adriana no volvía, era su única fuente de información. Ojala papa le hubiera dejado prendida la computadora y con la clave para el internet. Al llegar su hermana mayor, Carmen la atosigo con preguntas y aunque se mostro renuente a darle más detalles al final le explicaría de manera sencilla lo que significaba el acto en sí, Carmen por fin pudo descansar ese día.

SR Agosto 2010

Búsqueda

La tarde era bañada por el sol ambarino semi oculto por nubes que amenazaban con soltar la lluvia más tarde, ella se hallaba allí, con la cara entre las manos, sentada en aquel parabus metálico, sucio; ardiendo las vidrieras rotas y rajadas. Lloraba calladamente (pero con demasiado sentimiento) mientras el cardenal en su rostro aun palpitaba y crecía la hinchazón en el pómulo izquierdo. Los surcos creados por las lágrimas en su base de maquillaje le daban un aspecto deplorable. El labio comenzaba a henchirse y la comisura de los labios aun guardaban el signo inequívoco del rastro de la sangre; la gente que transitaba a su espalda solo observaban a una mujer de aspecto derrotado. 

La observo detenidamente, la pequeña de ojos grandes y almendrados le sonrió con franqueza, ella regreso el gesto mientras asomaban entre sus dientes un par de huecos. La niña continúo su andar acompañando a la chica que parecía muy joven para ser su madre; toda vez alejadas las dos hermanas volvió a sumirse en el recuerdo, en la mirada llena de asco, de odio, de fiereza. Una y otra vez su labio rememoraba el impacto del puño de Ernesto sobre ella. El grito desgarrador del pequeño al ver a la madre tumbada al lado de la escalera. Que importaba lo que había desencadenado la furia de aquel bastardo; cuando no era por la comida salada, era porque le planchaba mal el cuello o le miraba directamente por unos instantes.

Bajo la mirada hasta el suelo fijándola  en sus tenis renegridos por la mugre diaria, la mancha parduzca le sonreía macabramente; a su memoria regreso la figura agitándose como si un guajolote hubiese sido degollado, la sangre tapizaba la mesita de madera del comedor, su hijo lloraba a mares y había volcado el platito con la papilla. Él hombre yacía sobre el suelo en una posición extraña, el agujero de entrada del plomo borboteaba sangre, en la pared contraria la mancha de sangre arrastraba a su paso ininterrumpido hacia el suelo los restos de cráneo. Volteo a ver al pequeño, alzo la mirada hacia el techo cual si implorara perdón a los dioses (en realidad solo uno, en el que había depositado durante años su esperanza). Acerco el cañón de metal bruñido hacia la barbilla del bebe que arrecio en sus lloriqueos.

Allí sentada frente a aquellos edificios aun esperaba, esperaba que llegara la mano que terminara con todo.

SR Agosto 2010

Progresivo

Se despidió de beso de Adriana, su mejor amiga era una descarada pero le quería, había sido su cómplice desde hacía 15 años; no solo habían compartido clases y música sino que se habían desvirgado en la misma fiesta 4 años atrás y habían descubierto juntas el alcohol y el cigarro, en cierta ocasión habían andando con el mismo tipo solo para reírse de los apuros que le provocaban. Ahora Adriana andaba con Ernesto, 13 años más grande que ellas; le daba todo pero ambas sabían que era una distracción del matrimonio. La esposa (una señora delgada y siempre cabizbaja) debía ser desdichada. Se despidió también de la pequeña Carmen que le recordaba a su amiga apenas unos ayeres cuando la familia era completa. 

Abandono el colectivo, el de siempre, con la misma gente; rodeada de aquel olor característico, el retumbar del diario y eterno, los bocinazos, la música a todo volumen y finalmente el paradero donde abordaba el metro. Naranja sempiterno, con demasiada gente, con vendedores de mercancías económicas que terminaban por no serlo. Una ciudad viva. 

Siempre recalaba en los mismos pensamientos, chucho (su novio desde hacía 1 año), Adriana (y sus problemas ocasionados por ser la otra), su cuerpo (normal, sin destacar nada por encima del conjunto) y la vida; la vida que le había tocado compartir con otros 6 millones de cuerpos en esta metrópoli. Subió al vagón después de que le llegase el hornazo a piel, a sudor y sueños aplastados; eran las 3 de la tarde en pleno verano, ello no importaba, la ropa que usaba era la misma hiciera frio o calor. Playera negra, jeans y el pelo siempre corto.  Hallo un espacio en el cual sentarse frente a un viejo ataviado con un traje gris, le llamo la atención el cabello entrecano y de escaso volumen. 

Su mirada se encontró con la de él, sintió escalofrió de inmediato. Sostuvo como pudo la mirada vidriosa del hombre. Él bajo la mirada directo a los senos de la chica; un minuto, dos, comenzó a inquietarse, el subió la mirada, directo a sus ojos, la misma mirada vidriosa, la respiración cansina e invariable. La chica busco con la mirada otro lugar, no lo había, por lo que cerró sus brazos en torno a su pecho y desvió la mirada. Sin embargo con el rabillo del ojo noto que el hombre la seguía observando, giro su cabeza y encontró su mirada. Instintivamente el sujeto bajo la mirada posándola en la entrepierna de la chica, poco a poco y temiendo lo peor ella bajo su mirada hasta sus propias piernas, los labios se dibujaban poco pero lo suficiente para que el hombre se recreara la pupila. Sabiéndose ganador el hombre mantuvo la mirada en la chica consiguiendo con ello que se sonrojara. Ella noto humedad, se inquieto aun más, sus pezones comenzaron a crecer bajo la tela negra que le cubría, el traqueteo del tren acompasaba su respiración pesada mientras el sopor del ambiente enardecía su cuerpo con mayor intensidad. La estación se aproximaba y noto como el hombre coloco frente a él (y ella) el maletín de cuero deslustrado, se enderezaba poco a poco y se encaminaba finalmente rumbo a la salida.

SR Agosto 2010

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