Vuelta al jazz
Son cambios innecesarios de la estructura los que afectan
los efectos que se producen en la elaboración de los sucesos. Las variaciones
en la vida misma reproducen consecuencias que atacan la cotidianidad de las
situaciones. Esos elementos que se transforman frente a uno, con brutales
procedimientos; de metas que se trastocan en visiones inconexas, de
repulsiones, de ambigüedades, de ideologías marchitas que terminan por
parecerse a todo y a nada, de convertirse en la necedad, en la cotidianidad
aplacadora de instinto sobre la lógica.
Mártir y no santo de la conformación de una vida mucho más sencilla y
mucho menor a la aceptada por una
sociedad que glorifica a los desechos. Así defino mi papel sobre la vida y
sobre la tierra.
Y como termina la vida? Justo como empieza, con letras y
sonidos, con ritmos y pausas aletargadas por la incapacidad de generar algo
propio, de revolucionar todo aquello que tienes por cerebro, de incordiar más allá
de lo posible las cosas, las posibilidades de salir del hoyo, de aparecer fuera
de las cosas que el destino ha trazado. Miles de anécdotas perdidas en caminos
intransitables para la memoria, de rutas insondables para los recuerdos (que
atrapados se contagian de la pereza que es tu vida) que a todas luces han
perdido el sentido de lo que es correcto y lo que no. Son dos movimientos para
el final, te lo has repetido hasta el hartazgo pero no logras comprender que
significa del todo esa frase, de manera semejante a la lluvia, tu derrotero es
aquello que no puedes asimilar, que te ha vencido el sistema apenas asoma el
maldito iceberg.
De nada ha servido todo el rastro dejado, de nada ha valido
que tus penas se asomen por doquier, eres un infeliz que arremete contra el
destino sin apenas oportunidad de alterarlo.
Y la calma cuando llega? Tal vez solo con la muerte aunque
en este caso en particular no lo creo, eres carne de cañón para no descansar
jamás (otro de esos pedazos de futuro heredado por las creencias que te fueron
rociadas cuando escuincle), convertirte en un pedazo de escoria por toda la
eternidad mientras aquellos que te vendieron el futuro sin complicaciones se
ironizan de y sobre ti; mientras la gloria de unos se vuelve contra tus ideas,
aquel instante sin límites que creíste poseer y que a lo mucho conseguiste
apenas comprender, ese es uno de esos momentos sin gloria, sin mayor escapatoria
a las líneas trazadas por la vida en tu palma.
Increíble o no, sigo esperando a que conforme me haga más viejo las
cosas se vayan aclimatando a la necesidad de no poseer nada, cada instante sin
embargo es más complicado decirle hola a
la transición eterna por la que se camina, por la que me atrevo a marchar sin
mancharme las manos, sin arriesgar ni un pepino. El camino que conduce al
futuro pasa por no llenarme con barro, derogar toda tarea en un ministerio de
idiotas sin corazón para realizar los preparativos de lo que está por
acontecer.
Avanzar en medio de la niebla tirando golpes hacia la
inmovilidad, hacia lo que no podemos asir de alguna manera. Mis manos atadas en
la espalda mientras el destino se propone mostrar su rostro sempiterno e
incorruptible ya que carece de este y ya no queda más espacio hacia donde huir,
hacia donde correr mientras las luces se van apagando una a una y todas al mismo
tiempo. Lo finito se reduce a cada segundo mientras los latidos van con su
frenético ritmo invadiendo cada segundo que aún no posee un sonido. Golpes y
más golpes que terminan en ningún lado, que se convierten en la mezcla final de
la nada. Ritmo incesante que se aleja por segundos y regresa, que se convierte
en un solitario pasaje de algo que aun desconozco, de un sentido de mayor
trascendencia; golpes que profetizo en falso y terminan en el llanto amargo que
corre por las mejillas, es el tiempo de ese compas que no aligera la marea y la
vuelve roja, sanguinolenta y finalmente purpura, de ébano puro que se pierde
con las rocas afiladas de la decrepitud.
No soy indomable, no hay nada de rebelde en las causas que he
dejado de lado bajo cualquier síntoma de inconformidad, me aletargo lo más que
puedo para evitar transitar hacia ese otro cumulo de emociones, montón de tormentos
que arrastran tras de sí el golpeteo incesante de la paranoia, de la sospecha
eterna y el sin sabor amargo de la derrota premeditada, soy el cambio de
estación de otoño a invierno en el instante donde los caminos se vuelven irreconocibles,
ajenos a lo que me suceda; soy el camino más largo y viejo donde los perros
retozan y se revuelcan en la misma mierda y el propio paraíso. Mi cuerpo es el
espacio que he decidido destruir (quisiera ampliarlo, pero se vuelve una cosa
más que compleja y competitiva). Dueño de un espacio que no es el tuyo o un
tiempo que juega contigo de una y mil maneras, son los tiempos de reconstruir
un elemento ajeno, es momento de que las cosas caigan por su propia magnitud.
22 de septiembre 2012 SR
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