13 años
Te observo mientras te vistes a la carrera, siempre ha sido así o por lo menos así lo he sentido desde siempre; ya son 13 años (cumplidos apenas hace 2 noches y los ignoraste olímpicamente) de que empezamos a hacer esto. 13 años donde te he dejado toda mi juventud y no me has dado nada que no sea una compensación económica, siempre tu estilo el dejar dinero regado para que la gente te quiera o simule hacerlo. Te miro esa espalda ahora encorvada y antes vigorosa como la de un dios romano, llena de vellos blanquecinos que ahondan la brecha generacional entre tus deseos de la temprana senectud y mi entrada a la madurez de gozo perfecto. No soy exclusiva tuya y tu pareces creer lo contrario; he perdido la cuenta de las veces que he estado a punto de decirte esto pero me retraigo en el último instante y dejo que te vayas en tu auto color negro rumbo a casa con tu familia casi- perfecta; a jugar al papa y los hijitos con la esposa abnegada que se la pasa metida en la cocina todo el día para que al gran señor no le falte nada, para que cuando este llegue a casa se encuentre su cenita bien hecha y los hijos estudiando. Falacias que te niegas a ver y que te excusan de tu doble moral costumbrista.
Estamos nuevamente en este hotel pulgoso al que me has traído los pasados 3 años, el de la entrada ya te conoce, ya sabe tus gustos y tus debilidades; sabe perfectamente que me tratas como una puta y fuera de este cuarto me tratas como una princesa, que apenas cruzamos el umbral de la habitación marcada con el 2 romano te dejas la cordialidad y la sonrisa fingida que a todo el mundo le estampas en la cara para sacar ese animal misógino y depravado que escondes. Nada ha cambiado en los pasados 3 años, no desde que me trajiste a vivir cerca de este lugar tan putrefacto, crees que no sé lo que haces por las noches? Crees que he olvidado que te gusta el sexo a todas horas y decirme palabras sucias mientras lo hacemos (porque eso lava tu conciencia)? Te montas sobre mi y aplicas las técnicas de esa revista del corazón que has comprado y que guardas celosamente en la gaveta de tu escritorio alejado de las miradas curiosas de un mundo que si supieran tus movidas (mas allá de todos esos que las saben y las guardan para granjearse el favor del gran hombre) te crucificarían por haber hecho tantos y tan velados juicios de valor a otros.
No me quito la culpa, yo sabía donde pisaba cuando acepte subirme a tu carro aquella tarde que tan “amablemente” te ofreciste a darme un aventón que termino en una manoseada arriba del auto que por aquel entonces traías y que apenas 10 horas atrás habías subido a toda la familia para llevarles a pasear; tenias ya la idea de antemano y sabias que al hacer tal movimientos estabas comprando su silencio. Tú mejor aliado el bendito silencio que te ha permitido gloriosos 35 años de matrimonio con esa mujercita tuya que sabe lo nuestro y se somete a las reglas de lo que la regla del hombre dicta. La regla del silencio que impusiste desde hace muchos años para que nadie ni nada perturbara tus descansos que justificabas con trabajo a deshoras. Han pasado 13 años y seguimos en el mismo ritual de engañarnos mutuamente para conseguir quitarnos el dolor de nuestras vidas.
Tu hijo mayor sabe lo nuestro (y en este punto de la historia creo que el resto de tus chamacos también lo intuye) y ha sabido manejar las cartas, te ha metido tanto miedo que has dudado seriamente que sea carne de tu carne, tu progenie nunca se ha caracterizado por ser chivatos, pero este hombre (antes niño) saco el temple y el fuego de su padre; no se esconde de nadie ni nada y te tiene cogido por los sacos de espermatozoides porque sabe que tu debilidad es su poder. Tiene casi 35 y te saca un par de centímetros que pasados los horarios de oficina se convierten en distancias insalvables, tu miedo es su alimento favorito y lo disfruta cada que necesita algo, cada que intuye que las cosas se pueden voltear en su contra basta con que levante un dedo para que te dobles, el gran hombre venido a menos ante la masacre que pueden resultar las palabras de ese joven león de cabello quebrado y mentón pronunciado.
Realmente no sé hasta qué punto sepan tus otros muchachos sobre mí, pero el menor se intuye que va a ser un cabronazo igual que el padre, tal vez menos alto, tal vez un poco más racional, pero igual de escurridizo; en cada facción dura de su rostro se deja adivinar la mala leche que algunos dicen que tienes y que apenas traspasamos la habitación del hotel se vence para convertirte en un amante entregado a su faena favorita. Las pocas palabras que salen de tus labios se acomodan en sitios precisos para derrumbar fronteras y esclavizarnos de pasión y cachondez durante lo que podamos estar encerrados; tu hijo menor es idéntico a ti en eso, lo intuyo con la capacidad que la vida me ha dado para ello.
Y luego vienen ese par de niñas poco agraciadas físicamente e intelectualmente que se esconden siempre bajo las faldas de mama y las suyas propias para ocultar su conformismo con la vida que igualmente la madre les ha heredado: el callar y atenerse a lo que el gran señor designe. Es probable que también sepan lo nuestro, o al menos una de ellas y por ende la otra tenga esa ligera sospecha; no cabe duda de ello. Son a las únicas que he podido conocer y saludar, o ya te olvidaste de aquella mañana de diciembre de hace muchos años cuando las llevaste a conocer esa vieja oficina que antes teníamos en el centro de la ciudad y que después del temblor del 99 nos obligo a mudarnos a las oficinas actuales. Una mañana de diciembre que se quedo grabada en mí, porque las dejaste mirando los adornos del árbol mientras me metías al baño para darme tu sexo y yo darte mi ano medio roto después de varios encuentros ya muy atrabancados por parte tuya. Esa mañana que descubrí que eras tan perverso que no te importaba presentarme como alguien importante en tu vida a sabiendas que tus niñas tenían la capacidad de retener un nombre o una cara igual al tiempo que les tomaba llegar a la televisión más cercana.
Han pasado ya muchos años desde que aquella tarde te acercaste por sorpresa para darme ese aventón que cambiaria nuestra vida para no volver a ser la misma que conocimos jamás. Y como olvidar ese pantalón azul marino que se quedo manchado con tus rastros de semen y que inmediatamente tuviste que cortarte para embarrar tu sangre y simular un asalto frustrado por tu gran fiereza y tu gran temple, el gran hombre en acción saliendo para defender a todo el mundo mientras todos los demás caían producto de tu bravía y tu talante perfecto. El gran hombre que disfruta con una venida salvaje en mi ano mientras la peluca que me obligas a usar para ocultar que y quien soy te otorga una sensibilidad cuasi divina. No me quejo de nada que no haya yo querido que pasara, simplemente me tengo que desahogar de todas esas veces que me dejas allí de pie frente a la vida mientras tu corres a ocultarte en casa porque tu mujer te ha llamada a causa de tu atraso y quiere saber si te espera despierta o te deja tu comidita en un topper hermético que seguramente ha comprado con los bonos que tanto trabajo te ha costado retener en lugar de cambiarlos por dinero en efectivo que te serviría para pagar el cuarto de hotel por un par de horas, una caja de condones y varios tubos de lubricante.
He allí donde reside tu gran fortaleza, es allí donde se muere tu gentil proceder para con el mundo y te despojas de las caretas que usas con el día a día y que te sirven para seguir jugando a ese gran hombre que por las mañanas sale a trabajar todo perfumado y por las noches regresa con la corbata al revés y los pelos revueltos, con los calzones llenos de rastros de semen fresco salido de tu erección y las gónadas de culpa se retraen hasta convertirse en un chiste aleatorio de la máquina de bondad que has fabricado para seguir siendo quien y como eres.
Es una desgracia que no pueda darte jamás esta carta que sale de mi pecho pero es por protección que lo hago, no tengo miedo a ti, ni a tus desplantes de violencia primigenia; tengo miedo a que mañana de mi no quede más que la sombra de lo que algún día pude ser y que el gran hombre se encargo de eliminar a base de cogidas en moteles de paso y autos familiares que tratabas de mantener inmaculados ante tu posible venida. Tengo miedo de que los fantasmas de esos 13 años me absorban y me obliguen a olvidar todas las mentiras que he creído tuyas y todas las mentiras que has fabricado y que te mantienen en una situación de doble vida.
SR noviembre 2012
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