viernes, 23 de noviembre de 2012

Temblor

Temblor

3 veces, siempre me lavo las manos en  tres ocasiones; la primera debe ser con un jabón neutro que me quite la sensación del látex de los guantes, la segunda con una barra de jabón de pasta (marca “microted”), y por último uso la botellita de gel antibacterial. No es nada personal, pero me gusta sentir esa sensación de limpieza; de que todo se va con el agua y los productos de higiene que empleó. Finalmente salgo del baño después de lo rutinario, tomo un poco de vino tinto de la cava privada del viejo padre y me siento en el sillón de piel que compre hace unos años para amueblar este laberinto de cuartos conectados por la sala. No hay mayor paz que ver las paredes color mármol devolviendo la pulcritud que uno cree tener.

-no debe tardar en despertar Carlos...

Me recuerdo la pelea (mentalmente); él un desastre, ha vuelto a dejar el excusado salpicado. Le he insistido que no lo haga, que use el atomizador  pero no me escucha. Nunca nadie lo hace. Miro la foto en la mesa de bambú oriental autentico. Que felices parecíamos, el alto y  delgado; yo con mi piel sonrosada y mi sombrero fendi. El tiempo vuela y ya hace 10 años que esa imagen fue tomada. Mucho hemos cambiado, mucho. Eso fue tiempo atrás de que apareciera en el marco de la puerta trasera Atanasia.

Atanasia, la que rememoraba en aquellos ojos (que parecían vivarachos) su vida pasada (gritos, golpes, las escapadas y los llantos interminables tras su vuelta) cuando vivía aun con sus dos hermanas (Alicia y Mimí), las que eran vejadas de la misma manera. Eso fue hace mucho, ella creyó en nosotros. Ella dejo todo para perpetuarse y no ser otra maldición. A sus 8 años había visto cosas peores que muchos a los 50, y por supuesto más que Carlos y yo juntos.

Esa noche la limpie lo mejor que pude, en realidad le puse empeño entero para subsanar los golpes que traía; La vestí con un sencillo vestido de flores grandes, peine su cabello en una trenza única que descansaba en su hombro izquierdo y le deje en el rostro una pícara sonrisa (alejada de la maldad existente en este plano astral). Aun olía a fresca juventud cuando dimos la primera palada; los padres hipócritas lloraban en silencio culposo, mientras las dos hijas sobrevivientes lanzaban aquellas miradas asesinas al hombre (y yo pensaba cuanto tiempo tendría que pasar para que viniesen a tocar a mi puerta para el mismo arreglo).

Al final una rosa blanca y una corona, el gentío se dispersó con celeridad, como si estar un minuto más allí fuera perjudicial a su moral. Me volví para mirar a Carlos (siempre sombrío) que aguardaba como siempre fuera de la casona blanca y gris -siempre parca y monstruosa para la humanidad que nunca la visita.

A nadie le extraño su muerte, dada la historia de este maldito lugar. Dicen que todos hemos nacido condenados. Yo no lo creo, lo sé, sin embargo afronto las cosas como vienen. Los días corrieron, los féretros llegaban un día si y otros también; esperando, siempre esperando la noche; amparado por la vela mientras el corazón agitado revienta sus cabales, no hay un solo ruido alrededor de la tierra santa. No se escucha ningún vuelco extra; Carlos está dormido bajo los cobertores de figuras geocéntricas con medio litro de Whisky barato en sus entrañas –tal como debe ser.

Dos metros abajo esta, el ataúd blanco y cubierto por la tierra negra, sucio y llameante para mis instintos; desclavo la tapa que eleva los vapores a la noche sin fin de pesadillas eternas para unos cuantos. Allí esta ella, con el color grisáceo-verdoso que comienza a deformar su anterior belleza en el rostro, está cubierto de mugre e hinchado por los líquidos que le confieren un aspecto de amasijo cruel. La subo a la carretilla del padre Franco, el vestido arrastra un par de metros varios terrones de tierra, no importa; a nadie le importa ver tierra en el camposanto.  Cómo explicarle al viejo padre que su carretilla servirá no solo para transportar las lozas del recubrimiento de uno de los pasillos de la nave central? Cómo explicarle que su uso me ayudara a dormir un par de noches de manera correcta tras emplearla para mis ansias que desbocan mis instintos y queman cual napalm cada milímetro de mi piel?

Mis dedos tiemblan mientras recorren su cuerpo pegajoso después de despojarle el vestido florido lleno de manchas de tierra. Arqueo sus piernas parduzcas ahora, e introduzco un dedo…cerrado a cal y canto como debe ser en estos casos. Succiona su hendidura cual si fuese un vortex en medio del espacio (el más deliciosamente macabro que puedan imaginar). Dos dedos, sus jugos mortales de descomposición facilitan la tarea, no quiero usar el fórceps, podría romperle el pubis o las caderas (justo como paso hace poco con Martha). Un tercer dedo y amplió hasta donde dios o el diablo puedan expandir su cueva de placer; recorro palmo a palmo su torso desnudo; el aroma pútrido y el toqueteo me han provocado la erección necesaria.

Me subo a la plancha y con la misma dificultad de siempre meto el glande…

-recorre puta! Recorre puta!

Empujo más el cipote y el resto hacia su interior frio y estrecho como la maldita tierra que apenas hoy más temprano besaba su descanso eterno. Siento el desgarre de su interior (o tal vez sea el mío), sigo empujando y horadando; subo su pierna rígida hasta mi hombro, mientras su pelo se ha destrenzado ya. Su piel antes lechosa ha mutado. Meto mi lengua en su boca, me reciben 400 millones de años situados en este paraje alejado de la mano del hombre de buenas costumbres y sus dioses falsos. Llevo el ritmo uno y dos dentro, siempre uno y dos. El sonido de mi pelvis rozando y chocando con la suya fría y muerta hace días llena la habitación. Me vengo en su totona sin pelos. Acabo otras 2 o 3 veces en su agujero antes rosáceo y hoy más negro que los ojos de los cuervos en plena noche de invierno.

Allí frente al espejo del marco de ónix, la obligo a verme con esos ojos muertos mientras le peino nuevamente el cabello rubio,  minuciosamente de arriba abajo. Deteniéndome en los puntos más comunes, luego cojo la ropa que antes la vistiese para toda la eternidad y la arrojo al incinerador del traspatio. Su piel antes blanca ya no reacciona ante su desnudez y el frio de la noche que se asienta sobre este pueblo.

Ojala Carlos durmiese todas las noches como lo ha hecho los dos últimos días, arrullado por el vodka o el whisky barato, en mi afán de querer apresurar el fin de mi día perfecto no presto la suficiente atención al horno, el cual no enciende de inmediato. Le maldigo a él y al estúpido que se debe encargar de tenerlo a punto siempre.

-jodido Jorge!

Escupo al cielo por no darme la suficiente inteligencia para contratar a un retrasado que sea capaz de darle mantenimiento continuo a nuestro incinerador.  Ella me mira con ese rostro angelical mientras mi mirada se desvía a su infantil entrepierna, el semen se ha secado dejando alimento proteínico nuevo a los bastardos que se encargan de la putrefacción de su templo de ninfa poco a poco. Destrabo la palanca del fondo de “parado de emergencia” en el incinerador y este por fin inicia su marcha, el tiempo es apremiante en esta parte de la noche y los últimos pincelazos de esta obra aun están lejanos. Pasan horas antes de que se consuma el último hueso en un abrazo de fuego que termina con el cuerpo de la diminuta zorra.

Camino nuevamente hacia la cocina y me preparo un bocadillo, queso y jamón. Mientras recorro –sándwich en mano- las habitaciones de la casa vieja buscando todo aquello que este fuera de lugar, cualquier cosa que se salga del orden establecido y que denote que Carlos ha pasado por aquí. La lámpara de la habitación verde debe estar situada siempre a 180º del interruptor del faro trasero, en la cocina la silla debe estar alineada con la columna de tipo jónico y paralela a la barra.

Descalzo con los dedos de los pies pulcramente cuidados vuelvo sobre mis pasos, la vieja balaustra del fondo comienza a amontonar moho en su parte externa, el trasmine apenas es imperceptible para los no iniciados, sin embargo yo la veo como si fuese una bomba nuclear a media noche sobre un pueblo americano. Es una mancha grotesca igual que las que portan los viejos hepáticos en la frente para lavar sus pecados de juventud.

Limpieza.

De nuevo el instinto, de nuevo la necesidad de esa droga mental

- maldita química cerebral!

Siempre grito como si no fuese posible que salieran sonidos de mi boca cuando desinfecto de manera adecuada el cuarto situado detrás de la morgue (mi cuarto de operaciones); lanzo la mirada hacia la pared del fondo, y la veo inclemente al paso de los tiempos y de mis necesidades, esa soga de más de 10 metros, suficiente para otras dos dosis que calmaran mi futura ansiedad en lo que llega otro angelito.

-Carlos

Pienso (y le menciono) continuamente en él; no solo porque estamos solos en este lugar, sino porque sin su presencia por aquí es muy probable que yo destacara y fuese imposible que pudiera satisfacer mis deseos más primarios. Estoy afectado por su necedad de ver el mundo tan negro y lleno de basura. Ha sufrido lo mismo que muchos otros (e inclusive poco si lo comparamos con lo que han tenido que pasar esos angelitos como Atanasia), pero él está seguro de que su dolor es único y muy especial.

-estúpida naturaleza

Debiese hacer tamaños estándares para las vaginas de estos angelitos, la última vez casi me deje descarnado el miembro. Todos estos pensamientos y diálogos llueven mientras limpio cualquier evidencia de lo que hago y es justo después de que el piso del cuarto ha quedado sumamente reluciente que decido que ha llegado la hora de dormir; poco a poco voy apagando las lámparas de color blanco hospital y enfilo hacia mi habitación situada apenas dos puertas a la derecha de la de mi hermano Carlos. El pobre aun no supera lo de Martha, aun no supera su muerte y la posterior profanación de su tumba por un maniaco enfermo que seguramente ha huido con un cadáver hermoso. Debo dormir, ya es muy tarde y mañana vendrán los estúpidos peregrinos de San Juan; esos bastardos afeminados que lo que necesitan realmente es reventarse el culo entre ellos y dejar de querer fregar al resto del mundo.

Pienso que me habría largado de aquí hace mucho si no fuese por los naranjos que he sembrado y que se han dado –pese al escepticismo del viejo- gracias a que empleo frecuentemente abono compuesto de esos pequeños ángeles y su ropa. 35% de la tierra abonada tiene ropa y cenizas, todos los recuerdos de esas pequeñas zorras lujuriosas que piden su castigo una vez que han entrado a mis tierras.

SR abril 2012

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