jueves, 8 de noviembre de 2012

Lo que sea, será



Lo que sea, será

Cumplí 37 años y estoy metido en un empleo que odio, con una paga que detesto aún más y lo peor es que todavía adeudo bastante de cuando trabajaba para la compañía de teléfonos del Estado (de la cual me han despedido inmediatamente toda vez que le rompí el tabique nasal al estúpido que se encargaba de firmar mis cheques); en fin paso de los 35 años y soy un jodido pacheco y asiduo visitante de los barrotes de los separos por posesión de yerba (siempre posesión, nunca distribución) y ya un par de esos tipos duros que siempre hay por todas partes me conocen como “coco liso” y siempre dicen a grito suelto: 

-hey tú, coco liso, trae tu sucio culo para acá!

-vamos puta, acércate a la rejilla de prácticas que ha llegado el momento en que te vayas a la calle!

Nunca han pasado de allí ya que son un buen par de muchachos que me tienen miedo y un poco de respeto porque creen (y es común en todo el barrio que así lo crean) que he estado en el ejército cuando chico y que me han corrido por romperle la madre a un general retirado. De hecho me hacen reír bastante cuando paso a su lado con mi 1.80 sin pulir y con la barba de una semana creciendo en una gran parte del rostro mientras ellos corren en torno mío para alcanzar mis zancadas; no quiero que lo sepan pero estoy hastiado de ver ese orinal en medio del cuarto y que el sujeto que fue requisado por mamarle la pinga a un puto policía vestido de civil me vea orinando intentando ayudar a que mi sacerdote descubre su capucha para hacer lo suyo. 

-he viejo, cuando te tenemos por acá de nuevo? (parece decir el miserable soplanucas cada que tiene la oportunidad de toparse conmigo y que siempre se sitúa entre la puerta y la cama para que aquel que salga le pase el miembro sucio por toda la frente)

Mi respuesta generalmente es llevar mi dedo medio a la frente grasienta del bastardo (aunque muchas, muchas más veces sonreír como diciéndole: “nunca vas a tener la oportunidad de mamar esta verga chico!”).

Cuando me liberan es como si el día y la vida volviesen a sonreír un poco (con esa sonrisa desdentada) y yo me figuro capaz de olvidar que todo en esta vida tiene un precio, en fin. Mi liberación se produce siempre cuando se dejan caer por acá los rayos de aquella cabeza gris y pequeña de mi madre, ella es una venerable anciana que siempre ha corrido a mi salvación como si aún fuese aquel niño torpe e incauto que era molestado por los más grandes de la escuela primaria (como si viese al pequeño Erick golpeando una y otra vez la cabeza de su niño en la mesita del escritorio y todo porque el pequeño bandido había sido abandonado por su padre al encontrar este una puta de mejores carnes); me sermonea camino a casa mientras yo meto las manos en un acto reflejo para calmar el temblor de mis nudillos por la jodida inclemencia de un sitio tan frio como lo son los separos.

En fin, retomo, 37 años y un empleo con bastantes horas muertas, suficientes para tirar la fiaca con los chicos; todos ellos en buenos empleos y ganando en una semana lo que yo en un año. Los chicos (por el contrario de los tipos de la preventiva) sí son malos sujetos, les gusta tenerme por allí para que les recuerde lo jodidamente bien trazada que tienen su vida, les gusta pagarme tragos para que ya idiotizado por tanta cerveza comience a narrarles mis historias que a veces –y solo a veces- comienzan con una chica de generosas carnes montada en mi virilidad como si la vida se le fuese en ello, mientras con una mano lio un porro  y con la otra intento destapar una cerveza, así son mis historias de románticas. Esas típicas historias de un mamarracho que no conoce otra forma de vivir y que a duras penas llega a juntar en un par de días de arduo trabajo lo suficiente para pagarle a una chica sucia de esas que rondan cerca del “hotel Tampico” y que se encuentran esperando por un sujeto mal afeitado y peor hablado que les pague una hora de caricias falsas y semen alto en triglicéridos que terminan cual embutido en el fondo de los condones comprados en la farmacia de similares. 

Es difícil mantener la atención de la gente cuando han oído y escuchado como relato a viva voz la última levantada que le he dado a una mujer entrada en años –y en pezones- y que me recordaba a la vieja maestra de inglés que tanto deseamos todos nosotros cuando aún éramos iguales. Es casi imposible que esas sonrisas que aparentan simpatía no sean una mezcla de burla y sorna descarada porque en el fondo saben que ellos pagan a sus mujeres para que les tengan los pantalones bien planchados y las camisas almidonadas con el semen de ese repartidor del gas que –curiosamente- es idéntico a mí; solo que este repartidor ficticio de caricias y productos químicos si es un amante generoso y no como yo, un cochino viejo de casi 40 al que le apesta la axila cual campo de cebollas y en los dedos del pie izquierdo tiene tantos hongos como una sopa bien preparada.

Les he contado por supuesto de aquella vez que llegue con la fabulosa suma de $2,500 y levante a la puta más rica de la Merced por media hora en el HHH “Veracruz” mientras afuera de la puerta se oía el correr de hombres entoletados y encapuchados, los que me confundieron con el capo de la droga en turno de la región y que ni bien le he dado la primera estocada a aquella diosa salida de alguna mitología perversa me cayeron encima los tipos rudos  de la pasma llamándome “jodido puto”, “bastardo”, “rata” y demás apelativos que me resbalaron  encima cuando comprobaron que solo soy una cucaracha que había juntado los sueldos de tres quincenas sin mota o cerveza para poder pagar el lujo de esa puta cara y que la muy cabrona se  dio a la fuga llevándose consigo mis pantalones y mi reloj de bolsillo (con imitación de oro en la chapa). 

Por supuesto esta mi mujer solitaria que espera todas las noches en la cama de resortes salidos y que de alguna manera tiene la idea de que no tardare demasiado en proponerle matrimonio, pese a que sabe que ambos tenemos las alas cortas y que no aspiramos a volar lejos; con todo lo malo que pueda tener su carácter, ella es la típica chica del norte del país con ascendencia criolla y un bonito par de tetas que he amado por las noches de frio en el alma y calor en la entrepierna, con fuertes valores morales y capaz de darme una lección basta y clara. Una hermosa chica común que ya no lo es tanto debido a que le han pasado factura los cientos de días que llevo perdido entre los viajes a los separos y los constantes ingresos a las clínicas de rehabilitación –donde he conocido al viejo camarada “ruso”- para convertirme en un ex adicto más que sube a pregonar la palabra del señor a todos y cada uno de esos sujetos trajeados (que siempre observan a los de nuestra condición con una mezcla de odio y compasión mientras van a su jornada diaria de 9 horas) en el colectivo. Ella es una gran chica que ha aumentado sus generosas curvas para que no tenga que buscar fuera lo que ella puede dar, y sin embargo me empecino en gastar una y otra vez lo poco que me queda de mi raquítico sueldo en comadronas que no dejan en ningún momento que meta la lengua hasta la campanilla.

En fin les recuerdo que uno de los mejores empleos que pude conseguir fue aquel de auxiliar general en uno de esos grandes almacenes (que venden a precios de risa artículos que realmente no necesitas, pero que estando tan baratos se te antoja imposible no tenerlos) donde conocí a Alicia; la chica se volvió mi confidente de esperma en cuestión de días debido a que le gusto mi manera de ser, mi manera de llegar crudo todos los sábados y que le gustaba como le ensalivaba la raja cada que lo íbamos a hacer recargados en los costales de azúcar procedente del caribe; pronto más bien ella renuncio porque se iba a casar con el que entonces era el monitorista de un centro comercial, hubo polvo de despedida mientras  toda mi insalubre mezcla se fundía con sus espasmos que apretaban y apretaban para que mi miembro le recordara de por vida (misión cumplida). Hasta que llegó nuestra despedida, me gusta recordarla aun con su eterno jean de costuras doradas y las zapatillas deportivas haciendo juego con mis boxers, la recuerdo perfectamente con el mechón café del pelo que le caía graciosamente sobre la frente empapada de sudor y perlada de pasión. Es ahora que la traigo a mención porque la veo en mi memoria  sonriendo siempre cuando me veía llegar, y sobre todo esa última sonrisa que me dedico cuando desapareció para dedicarse a cuidar niños y un marido que tal vez y solo tal vez la había conocido en ese lugar porque el amante en turno la mando por una botella de vodka barato para limpiarse el asunto –tanto física como espiritualmente-. Ella estaba allí, pero también estaba mi compadre el “pelón” cuyo pecado máximo era ser promiscuo y gay, demasiado homosexual como para ser tolerado fuera de ese ambiente tan retrogrado.

-ya deja esas mamadas con lichita y cásate como dios manda!

Siempre la misma cantaleta de mi compadre que no aprobaba que me comiese a la tal Alicia, pero que no veía con malos ojos que me dedicara a surtir de “yerba” a todos los del escuadrón de la muerte (así se hacían llamar tres de los bodegueros con los que compartía el pan, más el cuñado del encargado que era el pastelero, por supuesto el “pelón” y yo), no parecía importarle que me dedicara a faltar tres o cuatro días más de lo permitido al mes. Ahí estuve desde los 22 a los 28. 6 años donde me jodí la tercera vertebra por cargar sin usar faja; termine con ellos cuando me propusieron entrar a los teléfonos de por vida debido a que aparentemente yo sabía usar el corrector ortográfico y a que tenía otro camarada allí dentro que dijo daría la cara por mí, mientras yo no hiciera pendejadas.

Y quien me clavo a los teléfonos? Pues mi compadre Ruso, que alocado como siempre ha sido decidió que sería poca madre tenerme allí junto a él para acomodarnos todos los días tremendas juergas con vodka de dudosa procedencia. Yo le presente casi salidos de la clínica de rehabilitación ese vital liquido que es el pulque, le enseñe a tomarlo sin hacer gestos, a echarle un poco de bicarbonato para quitarle el saborcito apendejante y a lamer sal vertida en la mano izquierda. Le mostré ese otro mundo de los curados con la rockola de viejos tocando las canciones de dolor pasado, mientras en un rincón el sujeto encargado de lavar los trastes está metiéndole mano a la chica de las botanas y en la otra esquina un viejo desdentado grita que el pulque esta rebajado solo para conseguir un nuevo litro, un nuevo litro que le permita soñar con un mañana. Allí recalo mi compa ruso, allí comprendió que estaba bastante jodida su existencia por negarse a abrazar la baba de ese néctar surgido de algún tlachiquero ojeroso y cansino.  

En teléfonos me encargaba de revisar los contratos que estaban a punto de pasar a mejor vida, trabajaba junto a una chica de pelo castaño y caderas pequeñas, su nombre? Fabricia. Fabricia con aquella cadera que subía y bajaba al ritmo de la música del caribe; Fabricia que besaba mis bolas con maña y saña para sacarme el jugo de la vida. Fabricia de ojos felinos que miraban hacia arriba cuando su boca hacia el resto; como cambiaba todo cuando ella iba arriba y me hacía lamerla hasta que mi lengua quedaba más seca que una lija. Y luego el sexo, bendito sexo que nos atrofiaba las piernas y nos hacía caer desparramados en la silla de cuero ficticio en esa oficina del gobierno. En fin los meses pasaron y el trabajo se volvió una mierda, mi compa Ruso se refugió en la poderosa influencia de la yerba que gustosamente yo le vendía para que dejara esa paranoia de que alguien se comía a su chica. Su chica era Fabricia y él nunca lo supo, hasta hoy creo. 

Claro que les conté a mis antiguos amigos porque me corrieron de ese lugar,  yo lo provoque; mi jefe directo era un enajenado mental que creía que mi oficina apestaba a sudor y sexo, yo lo refutaba diciéndole que era poco probable, en esa oficina solo laborábamos Fabricia y yo, y ella era la mujer de mi compadre (amén de que en presencia de otros la chica rara vez me dirigía la palabra y por el contrario me veía con cara de asco). Les dije que fue pasando navidad cuando el muy imbécil me acuso de llegar ebrio y venderle droga a varios de mis compañeros, al ruso, a la rana, a los chicos de la cafetería, a los directivos y sobre todo a su hijo (claro en ese entonces yo no sabía que el mendigo chamaco tenía solo 15 y que era hijo del mentado Esteban de los Arcos); lo de llegar ebrio era una falacia y lo de vender droga también, a lo mucho les compartía de la que llevaba conmigo, y a uno que otro si se la vendía, pero de ahí a ser considerado un traficante me sonaba exagerado, respondí de la manera que siempre lo he hecho: le di un puñetazo en el estómago que lo doblo y subí tan rápido y tan brutal como pude mi rodilla. Sentí  todos los pedazos en que se rompió su nariz, pude ver como fluyo la sangre manchando la oficina donde minutos antes Fabricia me había lamido el ojete (sin yo pedírselo) y como llegaban los chicos de Seguridad del edificio (Iván y Carlos que eran sumamente agradables y me habían comprado un par de gramos antes de las posadas) para sacarme a rastras. Resulto bastante divertido al final porque el puto aquel no me pudo levantar cargos debido a que el sindicato se lo prohibió, pero si me despidió y fue tremendamente feliz porque pudo seguirse dando a aquella mujercita que ascendió a mi lugar y al final termino por volverse la querida oficial de ese tipo que hoy todavía cuando me lo llego a encontrar se soba con desprecio la nariz chata.

-he tu marica! Sirve otro trago!

Y es allí cuando la fiesta se pone divertida porque yo me considero completamente a favor de que cada quien se coja a quien más se le hinche el testículo que quiera, y es justo allí cuando mis viejos amigos se escabullen entre la multitud que me ve dando traspiés para alcanzar al sujeto que grito el insulto. Mis hermanos se alejan, se escabullen entre la noche y me abandonan como siempre, como toda la vida; me quedo solo sosteniendo el envase de cerveza roto con la sangre escurriendo entre mis manos, la cortada en la cara del sujeto es profunda, el puño cerrado de la mano contraria me duele hasta niveles insospechados; la sangre sigue corriendo por el piso antes pulcro y solo cubierto con cientos o miles de gotas de cerveza derramada y residuos de excremento callejero. Allí de pie sostengo lo que queda de esa botella vuelta fragmentos en el cráneo del bastardo aquel que hizo mofa de un chamaco apenas mayor a mi hermano menor (que cabe aclarar también es homosexual y fue golpeado brutalmente por un hermano mayor que era incapaz de controlar su genio toda vez que ha comenzado a beber).

Es aquí donde retomo mi situación actual, sigo en lo mismo; no hubo cargos, debido a que nadie vio nada y el  sujeto seguramente tropezó y se cortó con una botella que accidentalmente alguien ha debido abandonar rota y en la posición idónea. Siempre es así, al parecer tengo un talento innegable para salirme con la mía en ese tipo de cuestiones, no en lo importante, pero si para evitar caer en las sombras por algo más de un par de noches.

De las historias más entretenidas que tengo para hacer las delicias de mis escuchas es la de la noche que conocí a mi mujer. Como cada siempre me encontraba en una de las cantinas céntricas tirando vicio por aquí y por allá con mi suéter de estambre tejido por la abnegada madre  (mientras aun podía) que solo pedía a cambio que me evitara los problemas, con el pelo largo y la barba crecida; un completo mierda come ideas que tiraba basura por la boca mientras pregonaba el cambio de un  sistema que no deseaba ser cambiado (vamos que un intelectual más de esos que remataban todas las frases con una cita de algún pensador de tamaño voluminoso) y ella era una de las nuevas reclutas de ese lugar, que se dejó impresionar por mi forma tan campechana de tomar la vida, de beber como si no hubiese mañana y de no hablar más que lo necesario.  Un mejor amigo llamado Valentín (que me acompañaba a todos esos lugares siempre y cuando le permitiese pagar mi bebida) la trajo porque quería encamarla, la chica se resistía en primera porque el viejo Valentín no tenía tacto y en segunda porque era un completo desastre para con las inteligentes; llegue y le pregunte con la voz más estúpidamente pacheca que alguna vez pude poner:

-eh apuesto guapa a que no tienes la menor idea acerca de lo que he estado diciendo los últimos 15 minutos?

Su rubor comprobó mi teoría y le pregunte que si quería otro trago. Mande al viejo Valentín a que nos trajera un par de cervezas. 25 minutos más tarde le metía mano bajo su falda de trenzas y recorría palmo a palmo su inflamada vulva. 5 minutos más tarde había perdido un amigo y había ganado una corrida femenina en mis dedos de vago intrascendental. Me llevo a su casa y sin preguntarme apenas nada me instalo en su habitación aun decorada como la de una devora libros –es decir un librero con todas las obras importantes de entonces, y cientos y cientos de rollos mecanografiados que me hicieron pensar que su verdadero interés era ser una secretaria- nos enrollamos en sus cobijas y lo hicimos torpemente. A la mañana siguiente no recordaba mi traición a mi amigo e inocentemente marque a su casa solo para que me recibiese con un:

-muérete hijo de la gran perra!

Seguí saliendo con esa chica que más pronto que rápido adquirió un regusto a la vida de desadaptada, dejo de creer en el cambio por el cambio y adopto una filosofía muy relajada –que para mi gusto no le viene bien aún hoy en día, porque se sigue encelando de mi éxito fugaz con chicas que todos tildan de idiotas y yo veo su inteligencia ilimitada- sobre el libre amor. Me ato de una y para siempre con su expresión angelical alejada de las vicisitudes de un lugar lleno de pobreza y depravación como lo era aquella cantina que aún sigo frecuentando. Por supuesto mi camino hacia la pobreza mental ha sido patrocinado por los cientos o miles de litros de cerveza, vodka o pulque que he vaciado de ese lugar. La chica no era guapa en sí, sino que tenía ese algo que nos hace voltear el mundo por solo verle sonreír; por ello y para evitar que otro me la quite me he encargado durante los últimos 9 años de evitar que sus dientes asomen, la he condenado a una etapa de odio malsano hacia mí y hacia todo mi genero… claro como si eso fuese posible, en realidad ella sonríe por ambos y no pocas veces por casi todo el jodido universo ya que para ella mis historias de embrutecimiento son la savia que nutre su espíritu. Para ella soy como un jodido imán de carcajadas sinceras que nutren mis desventuras solitarias. Amen por esa mujer.

Así son mis historias, así entretengo a la gente que me quiere (y a los que no es muy probable que también porque consideran que soy un pobre diablo que estudio para la grandeza y termino metido en un empleo cochambroso pero siendo doblemente feliz cuando termina la jornada), así han pasado las noches de mi vida durante los últimos 20 años o al menos desde que tengo la conciencia suficiente para atestiguar que no soy peor que muchos otros, pero si mejor que aquellos que se burlan de mi limitada capacidad para comprender el universo. Esa filosofía es la que lleva mi tatuaje en la nalga derecha con la inscripción que alguna vez leí en un escritor holandés: “lo que sea, será”, que a su vez la tomo de un viejo dicho árabe, aunque a veces me pregunto si no todos somos una copia de la copia de un original. Esperare para verlo.

SR Noviembre 2012


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