martes, 13 de noviembre de 2012

Desierto



DESIERTO

Y debo sentir odio hacia ti? Ira? Rencor? Temor? O debo sentirme como un imbécil porque no pude hacer nada para mejorar lo nuestro? Quieres que me atormente hasta sentir lástima por tu huida? Que debo pensar que jamás me enseñaras un recuerdo tuyo diferente a los que por años me mostraste?  Que invariablemente no conoceré lo que me indiquen esos sentimientos tan tuyos…?

Pero a pesar de todo nos divertimos algunas veces, nos herimos sin realmente llegar a lastimarnos de manera permanente e inclusive en algún momento llegamos a olvidar que éramos parte de algo más importante. Quieres realmente sentir mis experiencias a través de tu recuerdo? Qué con cada paso que de, a cualquier lugar que vaya tu nombre salte? Qué en todo instante vigile que no diga una sola palabra acerca del lazo que unió nuestras vidas de manera irrompible, para así no olvidar aquella promesa de no querer ningún rastro de familiaridad en torno a nosotros dos?

No se puede.

En nuestro viaje al desierto –y digo nuestro porque aunque ya no estabas allí físicamente te seguía pensando- llegamos a un acuerdo, nos olvidaríamos del respeto y actuaríamos de ahora en adelante como animales, ajenos uno del otro. No pude hacerlo. Con el marco de esas montañas cubiertas de vejez  que arañaban apenas las cuotas de verdor suficiente para sentirse vivas –justo como siempre me recordaste sobre tu vida- y del otro lado el paramo tan desolado al igual que mi propia vida, llegue a la conclusión definitiva: volvería a confiar en mi propia imaginación, pese a tu figura grisácea y en forma desigual que mostraba reticencia a lo que intentaba hacer; iba a recordarte a mi manera y desistir de morir en nombre de todas y cada una de esas experiencias no vividas.

No solamente voltee al cielo y ore por mi salvación, sino que pedí por la tuya y por la del resto; porque cada momento que no pude investigar más sobre ese pasado bien guardado tuyo me diese lo suficiente para llenar un álbum de recuerdos que me trajera del pasado quien eras tú y como eras en mi memoria.  Sigo estando igualmente solo para llevar a cabo tal cometido.

Soy ese coyote que me despertó al día siguiente justo al romper el alba y que pareciera creer que mi mirada ausente y solitaria era de cierta manera la réplica a su flaco existir. Pregunto a su manera por ti y sufrió lo indecible cuando supo tu ausencia. Aulló a mi lado gran parte de la noche y la madrugada siguiente, y en cada uno de sus lamentos se percibía la impotencia de tu partida, de no haber estado allí para verte una última vez. Mi búsqueda infructuosa por una respuesta del mundo que te rodeo cuando joven me llevo a querer desentrañar los momentos que compartimos juntos, tus recuerdos se agolparon en la entrada de mi mente asemejándola a la tortuosa boca del infierno, cerrada para escapar y condenado a repetir hasta el fin. Sabía  que ni todo ese sufrimiento me traería de nueva cuenta tu presencia física.

Corrió la primera botella y ese frio desgraciado nuevamente me invadió, me hundió en el flujo intermitente del pasado, de vivir en él; llego el amanecer de nueva cuenta y presentí tu risa sobre mi aspecto indecente, que pese a dedicar más de la mitad de esa botella en tu honor no pude evitar mojar la tierra con el veneno que repto desde lo profundo de mi ser, que el horror se asemejaba a la cara de la luna imperfecta y de semblante burdo y cruel, tan cruel como tu mirada eterna. Su descenso anunció la llegada de un nuevo infierno que soy incapaz de tolerar sin la maldita bebida.
Porque estoy solo y ya no puedo cambiarlo; morí y viví solo en este mundo lleno de odio. Despreciado por siempre por toda la humanidad.

Y ya no siento nada del calor abrazante que cae en perpendicular sobre el suelo cubierto por apenas ramas y piedras, mis sentidos se han abrazado a la ilusión y la miseria de mi imaginación, la cual ha parado de emplear figuras decorativas para recordarme que construir presas imaginarias para retener el pasado no sirve de nada. Estoy alejado de mi propia realidad y los inciertos designios han venido a recordarme que llevo el peso de tu memoria en el alma, tatuado.

Ya ni llorar aleja tu fantasma, es una pena interminable  cual si de ese horizonte  pardo que se extiende de frente alegrando el fin de mi vida se tratara; son los instantes robados a toda tu persona los que me he dedicado a atesorar en cada uno de los días subsecuentes a tu partida. Trato –infructuosamente- de desenmascarar cada una de las mentiras y habladurías de tu pasado porque carezco de lo suficiente y en su lugar siembro la semilla del sin sabor, puñados y puñados de ellas sobre los caminos que dan vueltas para llegar a nuevos sitios cerrados.  Toda tu inocencia plasmada en instantes dulces que ejemplifican el mártir que intento no ser, siempre tratando de encontrar tus vestigios, aunque permanezca clavada la imposible sensación de no querer encontrar la verdad.

SR Junio 2005

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