DESIERTO
Y debo sentir odio hacia ti? Ira?
Rencor? Temor? O debo sentirme como un imbécil porque no pude hacer nada para
mejorar lo nuestro? Quieres que me atormente hasta sentir lástima por tu huida?
Que debo pensar que jamás me enseñaras un recuerdo tuyo diferente a los que por
años me mostraste? Que invariablemente
no conoceré lo que me indiquen esos sentimientos tan tuyos…?
Pero a pesar de todo nos divertimos
algunas veces, nos herimos sin realmente llegar a lastimarnos de manera
permanente e inclusive en algún momento llegamos a olvidar que éramos parte de
algo más importante. Quieres realmente sentir mis experiencias a través de tu
recuerdo? Qué con cada paso que de, a cualquier lugar que vaya tu nombre salte?
Qué en todo instante vigile que no diga una sola palabra acerca del lazo que
unió nuestras vidas de manera irrompible, para así no olvidar aquella promesa
de no querer ningún rastro de familiaridad en torno a nosotros dos?
No se puede.
En nuestro viaje al desierto –y
digo nuestro porque aunque ya no estabas allí físicamente te seguía pensando-
llegamos a un acuerdo, nos olvidaríamos del respeto y actuaríamos de ahora en
adelante como animales, ajenos uno del otro. No pude hacerlo. Con el marco de
esas montañas cubiertas de vejez que
arañaban apenas las cuotas de verdor suficiente para sentirse vivas –justo como
siempre me recordaste sobre tu vida- y del otro lado el paramo tan desolado al
igual que mi propia vida, llegue a la conclusión definitiva: volvería a confiar
en mi propia imaginación, pese a tu figura grisácea y en forma desigual que
mostraba reticencia a lo que intentaba hacer; iba a recordarte a mi manera y
desistir de morir en nombre de todas y cada una de esas experiencias no vividas.
No solamente voltee al cielo y ore
por mi salvación, sino que pedí por la tuya y por la del resto; porque cada
momento que no pude investigar más sobre ese pasado bien guardado tuyo me diese
lo suficiente para llenar un álbum de recuerdos que me trajera del pasado quien
eras tú y como eras en mi memoria. Sigo
estando igualmente solo para llevar a cabo tal cometido.
Soy ese coyote que me despertó al día
siguiente justo al romper el alba y que pareciera creer que mi mirada ausente y
solitaria era de cierta manera la réplica a su flaco existir. Pregunto a su
manera por ti y sufrió lo indecible cuando supo tu ausencia. Aulló a mi lado
gran parte de la noche y la madrugada siguiente, y en cada uno de sus lamentos
se percibía la impotencia de tu partida, de no haber estado allí para verte una
última vez. Mi búsqueda infructuosa por una respuesta del mundo que te rodeo
cuando joven me llevo a querer desentrañar los momentos que compartimos juntos,
tus recuerdos se agolparon en la entrada de mi mente asemejándola a la tortuosa
boca del infierno, cerrada para escapar y condenado a repetir hasta el fin. Sabía
que ni todo ese sufrimiento me traería de
nueva cuenta tu presencia física.
Corrió la primera botella y ese
frio desgraciado nuevamente me invadió, me hundió en el flujo intermitente del
pasado, de vivir en él; llego el amanecer de nueva cuenta y presentí tu risa
sobre mi aspecto indecente, que pese a dedicar más de la mitad de esa botella
en tu honor no pude evitar mojar la tierra con el veneno que repto desde lo
profundo de mi ser, que el horror se asemejaba a la cara de la luna imperfecta
y de semblante burdo y cruel, tan cruel como tu mirada eterna. Su descenso
anunció la llegada de un nuevo infierno que soy incapaz de tolerar sin la
maldita bebida.
Porque estoy solo y ya no puedo
cambiarlo; morí y viví solo en este mundo lleno de odio. Despreciado por
siempre por toda la humanidad.
Y ya no siento nada del calor
abrazante que cae en perpendicular sobre el suelo cubierto por apenas ramas y
piedras, mis sentidos se han abrazado a la ilusión y la miseria de mi
imaginación, la cual ha parado de emplear figuras decorativas para recordarme
que construir presas imaginarias para retener el pasado no sirve de nada. Estoy
alejado de mi propia realidad y los inciertos designios han venido a recordarme
que llevo el peso de tu memoria en el alma, tatuado.
Ya ni llorar aleja tu fantasma, es
una pena interminable cual si de ese
horizonte pardo que se extiende de
frente alegrando el fin de mi vida se tratara; son los instantes robados a toda
tu persona los que me he dedicado a atesorar en cada uno de los días
subsecuentes a tu partida. Trato –infructuosamente- de desenmascarar cada una
de las mentiras y habladurías de tu pasado porque carezco de lo suficiente y en
su lugar siembro la semilla del sin sabor, puñados y puñados de ellas sobre los
caminos que dan vueltas para llegar a nuevos sitios cerrados. Toda tu inocencia plasmada en instantes dulces
que ejemplifican el mártir que intento no ser, siempre tratando de encontrar
tus vestigios, aunque permanezca clavada la imposible sensación de no querer
encontrar la verdad.
SR Junio 2005
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