Dolor de
muelas
Y aquí voy una vez más a recodarme
todo lo que te odio, lo que aborrezco de tu vida perfecta llena de clichés
baratos de telenovela de las 5 (porque si bien tienes todo te falta ese algo
extra para ser la estelar de la noche, el jodido premio mayor de la televisión
nocturna que a todos los padres e
hijos atrapa por igual y los hace
fantasear con que te montes en sus caderas fofas y les hagas el amor hasta que
te hayas quedado satisfecha y ellos secos), es perfectamente sano odiarte,
porque no he de hacerlo si toda la vida has tenido las mismas oportunidades que
yo y sin embargo las has sabido capitalizar? Las has sabido transformar en
proyectos a largo plazo que terminan en buen puerto. Y no me refiero solamente
a esas horas y horas que has pasado trabajando y pensando como una jodida
anacoreta sentada en la pila de la sabiduría infinita; no, me refiero a la
jodida sensación de que tú y tu perfección alcanzan para cubrir con ella al
universo entero. Que me repito? Es cierto, y muchas veces, no solo porque soy
como ese dolor infernal de muelas que una y otra vez te ataca hasta que decides
acudir con un especialista que te cobrara las horas vivas de pensamiento que
inútilmente desperdicias leyendo mis cartas interminables (digo de alguna
manera me tengo que desquitar de todas esas posibilidades que tienes por
delante y que de formas tan misteriosas has terminado y transformado en un
aliciente más para la juventud)…en el fondo no quiero aburrirte con mis quejas
y cantaletas sobre el injusto mundo, pero que mas tengo si ya todo me ha sido
retirado? Que más tengo si él se ha encargado de llenarme hasta el tope de
mierda?
Quiero que recuerdes, que me
recuerdes, como era antes de que nos tomáramos de la mano aquella navidad…
vamos has ese pequeño proceso mental (de algo te han de servir tantas
porquerías aprendidas)…recuerda! recuerda¡ no puedes verdad? no puedes porque
en el fondo nunca has visto quien era yo, quien eras tú y como estaba el mundo.
Es cierto te conocí una mañana de agosto (ya sé, ya sé que no era navidad, pero
he dicho conocer no tomar tu mano), una mañana lluviosa de nuestro agosto
propio, cada cual con su destino, cada cual con su parecer; te veías tersa y
lozana con aquel suéter tejido por niños vietnamitas explotados en alguna provincia
sin nombre alguno, tu jean manufacturado por manos coahuilenses y revendido por
la empresa que tanto amas (digo siempre traes su ropa); toda tu eras una
preciosa princesa salida de algún cuento de algún vejete lleno de semen
acumulado por las horas y horas que su santurrona esposa le negó sexo, toda tu
eras magnifica a la vista y al oído con esa voz que parecía estar a medio
camino entre el terciopelo y la lija para madera; como olvidar siquiera esa
botella vacía con la que jugabas entre las manos para indicarle a tu amigo
imbécil que ya habías acabado con esa y querías otra, siempre otra; siempre
jugando con los hombres, los pobrecitos tarados que te compraban hasta el
ungüento para la abuela perdida en las ensoñaciones de una vida que había
terminado hace muchos, muchos años. Con
tu pelo –del que nunca he sabido que color es el verdadero- negro, con
tu muy propia nariz que termina en una bola que hoy aun sigo amando, tus brazos
delgados como la línea de mi vida situada en la palma de la mano que alguna vez
tomaste y besaste porque en verdad creías que podrías exprimirme el alma por
allí; eras todo eso y más. Quiero olvidar todo tu cuerpo y no puedo, quiero
borrar de mis manos el tacto que tenias, el olor que desprendía tu vagina
cuando terminabas de usarme por las noches. No puedo, y no quiero en el fondo,
en el fondo esta carta sigue pareciendo una carta de amor.
Siempre empiezo maldiciéndote y
acabo por olvidar hacia donde iba con ello, hacia qué lado quiero que me
recuerde la bola que cae y arrastra. Tus manos? Tus pechos? Toda tú. Y sigo
pensando que en el fondo no debí cogerte la mano aquel enero, que no debí
siquiera atreverme a pensar que lo podía superar si tú estabas allí conmigo. Tu
sabias perfectamente que estaba totalmente quebrado por la muerte de ella. Es
mi culpa sin embargo que haya tomado tu mano y no la soltase en ningún momento,
si tan solo me hubiese atrevido a ver que eras, como pensabas; no, nunca, para mí
solo existía esa voz y esa sonrisa. Maldita sea que no puedo seguir sin pensar
en los dientes que empezaban en un colmillo pequeño y terminaba en ese labio
grueso que a diario me volvía un ser inservible, empezaba en el paraíso mismo
de la decadencia donde cada cual era responsable de pensar como dios le dio a
entender y terminaba en el camastro de Satanás donde tú eras su psiquiatra de
mayor confianza. Que no diese por no tener que revivir cada tres segundos ese
instante cuando me llene de valor y coraje y prense mi mano a la tuya sellando
mi destino. Que no diese por recordar que tus manos eran de carne humana y no
de esa idea de diosa inmortal a la que te tenía elevada. Hoy aun en el mismo
estado en el que me encuentro sigo creyendo que no debí, que no debí, y que
pude y lo hice.
Recuerdo cada una de tus frases (en
mayor o menor medida según la ropa que usaras aquel día, porque como carajos
quieres que recuerde tus enormes enredos kantianos si usabas una minifalda o
una blusa que me cortaba la respiración al igual que al resto de los jodidos
vecinos?), recuerdo aquella frase que me soltaste mientras escribías tu tesis,
recuerdo aquella vestimenta de pantalón color kaki y playera tutti frutti y tu
adorno para el pelo con forma de una banana. Recuerdo que me hablabas sobre una
mierda de técnica y composición de la sintaxis -como te podrás dar cuenta jamás
te aprendí lección alguna- mientras miraba distraído hacia la pared, mientras
miraba como una polilla entraba y salía del radar circular del foco de sesenta
watts que iluminaba la habitación de paredes color betún *todos y cada uno de
los escritores mediocres que estamos allí (te referías a la sala de clases
donde se reunían los eruditos más brillantes de tu generación perdida en libros
de pasta delgada y contenido chato que eran ilustrados por fotografías color
sepia de paisajes imposibles para la humanidad y que solían captar los
profesionales siempre fuera de la esencia del momento), queremos una sola cosa:
escribir la próxima gran mierda; son un atajo de imbéciles, no saben que es
mejor escribir mierda común y corriente que pasa a cada rato por tu cerebro y
que seguramente le llega al vecino de al lado! A QUIEN LE INTERESA LO QUE DIGA
UN LITERATO QUE NO SABE SIQUIERA COMO SE LLAMA EL PERRO DE MICKY MOUSE POR
ESTAR LEYENDO TODO EL DIAESA BASURA EXISTENCIALISTA?!* No lo sabía entonces, y todavía no lo sé hoy,
pero creo que ni tu ni yo estábamos de acuerdo, yo prefería esperar y esperar y
luego seguir esperando a que se me ocurriera algo;tú estabas bien mientras
tuvieras algo que hacer, algo en que matar las horas muertas de tu tesis
interminable. Sigo creyendo que tus
piernas no estaban hechas para usar pantalones largos y privarnos de tanta perfección,
sigo pensando que tus muslos no eran justos si los comparamos con los de otras
con mayor dedicación a su cuerpo. Tú eras insanamente algo que yo tendía a
idealizar. Lo sigo haciendo.
Esa noche cuando te fuiste, coloque
solo una canción, una canción lejana en tiempo y espacio a lo que en realidad
quería decir pero que por alguna razón que aun hoy desconozco me traía la mente
hecha una mierda (y no solo era la influencia de horas y horas fumando yerba en
la azotea de esa casa de decorado francés que insistías en mantener viva pese a
que sus mejores años ya habían pasado desde antes de que tu nacieras), oír a
Ian Curtis a punto de cometer suicidio me hacía sentir mejor, como si la sola
idea de no dejarse vencer por la situación tan mierda en la que me encontraba
me nutriese a través de las notas de los Joy división; encontrar en cada acorde
de los instrumentos la vida que se me iba y la negra noche que aparentemente no
existía sino solo en la cabeza. Quien como un suicida famoso que aparenta tener
más dolor del que podamos siquiera soportar -pero con la cantidad suficiente de
dinero para comprarse el mismo un puñetero corazón-, quise volver en el tiempo
y ahorcar yo mismo a ese pinche ingles que prefirió la salida de este
estercolero a seguirnos legando canciones de la magnitud de “transmission”, quise
estar en esa pinche cocina-comedor y ahogar con mis propias penas y dolores la
cabeza de ese muchacho, enseñarle mis cientos y miles de cicatrices producto de
las cientos y miles de horas que tuvimos la oportunidad de tenernos cerca y lo
hicimos dañándonos permanentemente.
Tu misma me lo dijiste:*el día que
te decidas a sacar los fantasmas que te pueblan en la cabeza seguramente escribirás
algo la mitad de bueno de lo que generalmente trabajas* Trabajaba para ti,
trabajaba para poderte pagar esa sonrisa perfecta que aun conservas (gracias a
mi trabajo en el restaurante de la familia que en vacaciones solía servir
aquella mezcla de sopa y crema que la abuela había transformado en un guiso
sensacional y que mi madre y tía había deformado en un ser sin alma y que en
caso de tenerla esta se encontraba purgando condena en el mismísimo purgatorio),
trabajaba por ti y lo único que conseguiste fue darme dolores abdominales
cuando te montabas sobre mí en aquella
yerba tan verde como el talento de mi cerebro para crear historias novedosas
que me sacaran de aquel restaurante. Miles de horas desperdiciadas en el noble
arte de servir platos a completos desconocidos que pululaban las calles de una
ciudad que hoy no quiero, ni recuerdo el
nombre; cientos de cubiertos bañados en plata y estaño que acomode en mesas
cubiertas por el mantel rojo y amarillo, donde la mesita que sostenía toda la
relación que había construido como por arte de magia era de caoba, casi real,
casi cierta, casi siempre ocupada; ocupada y con ganas de volcarla porque algún
maldito imbécil ha dejado de propina un moco en un pañuelo desechable (en si no
es por el moco, sino por la sensación de vacío que me recuerda la noche, la
maldita noche en que te acercaste a mi casa porque tenias todo el miedo del
universo a lo que la madrugada le hacía a tus pensamientos). No lo hice pero
ganas no faltaron, ganas por destruir y construir una nueva mesa de concreto
que me diese la certeza de que no todo estaba perdido, que tu, yo y el perro
color mostaza aun podíamos tener salvación. Quiero seguir creyendo que toda la
vida estuve allí y no me salte un solo episodio de nuestra relación.
Quieres una verdad? sabes que me producía
escozor de todas esas películas que me hacías ver sobre mujeres y sus
conflictos existenciales (que públicamente decías detestar y que las observabaspara poder realizar la
crítica idónea al sistema de valores pregonados por Hollywood donde la mujer
era francamente una imagen velada de lo que en realidad son las mujeres, pero
que en el fondo amabas y suspirabas de la misma manera en que las protagonistas
esperan a sus príncipes modernos) disfrazadas de comedias románticas? Qué cada
que entraba en escena la yerba todos eran felices. Eran jodidamente felices y
producían olas de felicidad en torno suyo mientras el sol se colaba y les
dictaba chistes que todos entendían sin poner siquiera a reflexionar un poco su
cerebro para decirles que el chiste era estúpido y su risa falsa como la chequera
que me hiciste darte una mañana antes de que decidieras abandonarme por aquel
bastardo cojonudo con un carro nuevo (eso mi querida es como decirle a un pobre
diablo como yo que su pene apenas y roza la entrada de esa cueva llena de
misterios y fantasmas de relaciones tormentosas previas llenas de baches
emocionales que te producían un cambio hormonal grave y por ello amanecías con
cierto bigote que te otorgaba un aire de superior sabiduría, como si el chaman
de aquella tribu perdida en el amazonas o en la selva chiapaneca te hubiese
poseído por la noche en tu cama y bajo las sabanas de color carmín para
revelarte el conocimiento que a todos los demás nos ha sido vedados por
considerarnos poco preparados, y tremendamente lampiños). Odie esas películas porque
nunca hacían nada con la mera intención de hacerlo, siempre iba acompañada de
tres o cuatro mamadas que lo hacían tener un significado; como si tener sexo
con tu mejor amigo fuese algo distinto a tener sexo con una yegua salvaje, el
sexo es sexo y nada más. Tal vez por eso odiabas las horas y horas que pase
viendo aquellas películas de monstruos y zombis (con tetas y coños depilados
que aparecían en pantalla cortesía de noveles actrices que esperaban que algún
productor le diese mejor utilidad a su estrecho coño y a esas tetas que echaban
en falta una visita al estilista de cuerpos para que les dotase de una
maravillosa y bien ajustada copa C) mientras tu querías salir a recorrer las
calles de la ciudad para recrear lo que en tu imaginación de niña mimada fueron
las escenas de la película nueva sobre un corazón roto y como en una hora y
treinta minutos –en promedio- se esperaba poder repararlo.
Heme aquí sentado en la penumbra de
una sala de dos piezas color pistacho repasando los momentos que construí para
ti y que hoy los estoy eliminando vía el humo de la yerba que tanto te emociono
al principio y que al final terminaste aborreciendo porque me viste como en
realidad era: pequeño y lleno de complejos mentales (producto de las miles y
miles de horas de estar escuchando tus quejas sobre la vida, sobre mi y sobre
mis padres los cuales amablemente y sin necesidad de saberlo previamente te
habían recibido como la hija que no pudieron tener gracias a las muchas horas
que tuve de cuidados especiales por la enfermiza actitud de una madre incapaz
de imaginar que la vida continuase después de que un chico de pelo negro ha
salido de tu cuerpo tras 9 meses de beneplácito infinito) y sin embargo quiero
recordar solo una cosa, tu rostro aquella extraña madrugada cuando te pegaste a
mi porque sentías miedo, no lo sabía entonces y fantasee al respecto para que
tu miedo fuera por temer a la soledad, pero después, mucho después me gritaste
que fue por miedo a pasar muchas más noches en mi cama conmigo al lado y
sintiendo esa ansiedad por no poder tener una vida plena. Esa noche nació el
quiebre definitorio de mi existencia para ti y para tus esperanzas. Quiero
volver a ver ese rostro alguna vez, no lo niego.
Es cierto que me enseñaste muchas
cosas que desconocía, es cierto también que me abriste la cabeza a música que
nunca llegue a imaginar que existiera, pero créeme cuando te digo que al final
todo se fue contigo; mírame ahorita, escribiendo esta carta interminable de
razones sin justificación y de quejas arbitrarias mientras escucho esas
canciones que tanta repugnancia te causaban (aunque en un inicio creíste que
eran preciosas sobre todo cuando te las cantaba desde el fondo de mi pecho
curtido en dolores y amores fallidos que terminaban en el mismo momento en que
siquiera les lanzaba miradas de amor cadencioso a la chica en turno y ella me
rebatía cualquier sentimiento existente o por existir con la mirada flagelante
y de hielo amazónico de eterno existir), esas canciones que usaban como máximo
instrumento el dolor de una separación, el dolor de un corazón despechado y
sobre todo, la existencia de una fémina que a duras penas conocía la condición
de sufrido de un viejo enfermo y calenturiento con una voz de flauta a medio
empedar; exacto preciosa, te hablo de las canciones y la música que tanto odio
y repulsión te causaba cuando entraba el sonido de la tuba, el bajo sexto y el acordeón
(sonrió socarronamente solo de acordarme la noche en que acompañado de tu ex,
de tu primo el gordo y una docena de mariachis tirándole a lo frondoso
llegue con las notas de dolor hasta la
ventana delantera de aquel departamento que aun compartíamos, provocando que te
pusieras de tal color que bien parecía que en cualquier momento podrías
explotar en llamas procedentes del mismísimo infierno desde el cual seguramente
te encuentras gozando a las mil maravillas con gente igual a ti). Todas mis
aventuras nocturnas quedan comprimidas en un formato diferente al conocido por
los hombres y en todas ellas suena el sonido de aquellos hombres adoloridos y
vestidos de manera estrafalaria -para beneplácito de unas cuantas chicas de
generoso cuerpo- mientras tú me olvidas rápido y sin dolor alguno.
Te puedes quedar con mis camisas
(que seguramente se quedaron en la casa de ese niño bonito por el que me
abandonaste y que después se quedo igual de vacio por dentro como yo, así como
me quede con las sudaderas del pobre
imbécil que estaba antes de que te tomara de la mano en aquel miércoles que
decidiste abrir el grifo del cariño con tal fortuna que fui el receptor) y mis
poemas (que alguna vez compuse sintiéndome el más grande literato en el universo,
sin saber que tu ya sólo pensabas en la barba del niño bonito que pintaba
acuarelas que nunca entendí y que a duras penas pesaba más que el caballete que
supuestamente empleaba en su labor artística), ya que los escribí para ti y por
ti en la idea de que tú eras mía y yo solo un adorador mas de tu cuerpo
terrenal. También te puedes quedar con varias de mis emociones diversas que
bañaste con tu fluido mágico de “me vale” y con tu amable indiferencia por todo
aquel que no tuviese un gramo de miserable ingenio (ese mismo ingenio que tu
edulcorabas en tus ficciones relatando una y otra vez la llegada de ese
príncipe soñado bañado en oro y cagante de diamantes).
Fui -y soy- un mal poeta lo sé,
jamás quise hacer uno solo y simplemente salían a morir en la soledad de
aquella libreta (que compraste para apuntar las cosas del súper y que no
tuviésemos que ir a media quincena por una lata de espinacas y un rollo de
papel para lasmáquinas expendedoras de caca que ambos poseíamos y que tu
negabas con singular pasión; esa libreta que se quedo en blanco –si miramos su
propósito original- pero que me ayudo a pasar esas noches donde me enamore más
aun de ti y de tu dormir), allí queda el registro de los taches y borrones que
hiciste tuyos y con cada premio posterior a su publicación los reconstruiste en
la idea metafórica sobre el mundo femenino (cuando la verdad arrebatadora es
que los escribí con una mano en la verga que intercambiaba a casi cada frase
por el cuerpo frio del vaso copeteado de cerveza clara que te esmerabas en
comprar cada que me mandabas al súper , para que yo –tu súper escritor de
porquerías- siempre tuviese a la mano
aquella deidad pagana a 2ºc y nunca sintiese ese invierno en mi alma y que me
cauterizara las heridas de aquella época tan maravillosa); tu entrada al
paraíso literario usando mis palabras llenas de dolor y rencor que volviste un
himno cuasi religioso- mantico entre las lesbianas de poco aguante –con
misóginos como yo-,así quede olvidado y senil en tu ascenso al dolor literario.
En mi mente siempre regresan las
experiencias vividas de aquellos días, como cuando te reíste infinitamente de
que te confesara mi verdad más temida deque quería conocer a alguien con quien
pudiera salir por ahí, ver el mundo otra vez, enamorarme de verdad y saber que
no tenía la más remota esperanza o posibilidad; que quería volver a tener el
dolor a flor de piel, para sentir que estaba vivo de alguna manera y que no era
un envase de papel corrugado de alguna
fabrica de mierda que se había quedado vacío a la mitad de la jornada laboral
de dios mismo. Quería sentir la necesidad de ser tocado por la voz de esa místicapersona-con
su imagen aun haciendo ecos en mi cabeza-y que cada que abriera la boca para
hablar sobre cualquier mierda de mineros, o cualquier otro tema, yo sintiese
que era sobre mí. Eso que no encontraba por ningún lado y te hacíareír, como solías
hacerlo siempre que alguien te parecía un idiota presuntuoso;nunca comprendiste
que me refería a ti, que en realidad quería que me enseñaras el mundo más allá
de lo largo que podrían ser tus piernas enroscadas en torno a mí, quería saber más
de ti y no solo saber que te gustaba hablar hasta por los codos cuando tenias
algo que de verdad querías compartir o que te sentías miserable los días que
llegaba tu menstruación y ni mis aventuras de alcohólico en recuperación te
hacían sentir mejor y por el contrario te provocaban arcadas de ira (como la
vez que llegue eufórico por qué recordé la noche previa a conocerte que algún
gitano mal hablado con aliento a cerveza rancia me dijo que lo peor en mi vida
estaba por venir y que ingenuamente creí que se refería a los $500 pesos que me
cargaba de mas esa noche el mesero en aquel tugurio lleno de mujeres de mucho
dinero y poco cerebro, y que tu sencillamente me mandaste callar porque te
aburrían y te importunaban mis historias sin sentido). Nunca te imaginaste que
lo hacía con la intención de que volcaras tu coraje hacia mí y no hacia ti o a
todo el universo.
Al final todo se resume a la última
noche que pasamos juntos antes de que decidieras a poner fin a la relación que
apenas duro un par de años, un par de años que a los dos nos parecieron décadas
tumbadas en la coladera de nuestras vidas, a la separación sin heridas que
tanto imaginaste o creíste posible se sumaba la vez que te encontré trepada en
las piernas de aquel niño bonito y que tu argumentaste que era un inocente juego
de manos venido a mas (y como no sentirme mierda si pareciese que él era papa
Noel y tu una niña a punto de recibir el caramelo prohibido por el padre
estricto que te nalgueaba por las noches para evitar que huyeras con el primer
imbécil que te hablara bonito al oído mientras él trabajaba día y noche para
que pudieras disfrutar de aquel tazón de cereales bajos en azucares y rico en
fosforo para que tu cerebro no se pudriese); aquella noche de frio insólito que
acabo con mi corazón sumido en la lenta agonía de una marcha fúnebre que toca a
las puertas de todo un vecindario porque el difunto es un ser querido y
respetado por todos los que allí habitan. Allí estaba yo, acalambrado y tenso
por que tus diminutos senos no hacían acto de aparición en mi primera presentación
en vivo (tras el colapso mental que aseguraban muchos se debió a que no estaba
preparado para la fama inmediata de ser un garbanzo de libra que las
editoriales se peleaban y discutían sobre cual tenía derecho primigenio para
publicar tal o cual mierda y que seguramente solo iban a leer unos cuantos
cabezas huecas que se sentirían atraídos por el titulo infumable del libro en
cuestión) y que no estuvieras allí, que seguramente estabas dándole una mamada
al ego del pintor de acuarelas en abstracto que yo pensé que no tenía talento
visible por donde se le mirara. La última noche que sacaste todo lo que tenias
en mi departamento –nuestro- porque te ibas a vivir a un mejor sitio, a una
mejor colonia, con una mejor persona que no te tendría en el pedestal de la
virgen María por los primeros 15 días de conocer. Tarde, tarde era cuando me
entere que no fue el primero ni el ultimo que te hablo derecho y sin tapujos
para que dejaras al mamoncete que últimamente andaba histérico por cualquier
cosa y nada de nada que escribíacosas mejores que títulos pachecos como “humo
verde” y “la niña” (que hacían referencia vivida y a todo color de los últimos
viajes en caliente sin salir de mi espacio para emprender la huida sideral a
constelaciones que la NASA siquiera ha soñado con visitar, donde los habitantes
se comunicaban por medio de sueños y solo en sueños creía poder hablar con
ellos y adquirir su sabiduría) para publicaciones de poemas que leían dos
personas –yo incluido-; me sumergí en la espiral de no saber, de no saber y no
creer en lo que me decían todos, seguía idílicamente enamorado de ti como un
estúpido púber enamorado de su maestra de historia.
Y Quieres la ultima verdad? quieres
que desmienta la última cosa que nunca
pensaste que haría? En realidad hice muchas trastadas -de las que tu apenas te
enterabas o no te interesaba saber de ellas- pero creo que de la que más me
enorgullezco es de la cosa del tatuaje, aquellas rayas que me hiciste tatuar
para demostrarte cuanto me importabas, aquel pedazo de piel vieja que querías
ver con tus palabras escritas para sentir que algo era eterno y ese algo era sinónimo
de nuestra relación (aunque bien fácil que era adivinar tu intención de que si
al menos el día de mañana de tu obra no quedaba registro escrito alguno al
menos seria recordada por toda la vida de un miserable patán que encontraste
disfrazado de bohemio y don juan dominador de la situación y de las noches frías
de noviembre en medio de la ciudad atestada de adoquines huecos)pero que tu no
querías tatuarte las mías (porque argumentaste que no encontrabas las palabras
idóneas o la frase correcta que definiera quienes éramos en conjunto), ese
tatuaje es falso. Tan falso como tu acercamiento profundo a las raíces del
método científico, el verdadero tatuaje esta puesto en las paredes de una
habitación que rente cercana a la central de autobuses de oriente, con las
paredes –antes verdes- pintadas de negro y en cada una de ellas están puestas
las palabras que siempre quise que supieras de mi boca, que siempre desee
decirte escupiendo letra por letra y silaba a silaba: ODIALA (y que
paradójicamente el día que te marchaste fue la primera cosa que quise de verdad
tatuarme en mi brazo izquierdo para llevarte cerca siempre de lo que alguna vez
considere el corazón antes de darme cuenta de que era un musculo mas del cuerpo
y que habíase quedado atrofiado por falta de uso). Nunca en mi vida reí más que
la noche en que regrese a ese apartamento con el numero 16-b -y en cuya puerta
coloque un pequeño tapete que decía: “esta es tu casa, bienvenido”- tirándome
al suelo de azulejos rotos y con las cucarachas y ratas como únicos testigos
fieles de todo el rencor que tenía guardado en contra tuya que vertí en forma
de lagrimas, baba y mocos. Volví a alzar el puño, solo para dejarlo caer esta
vez para siempre y sentir que nada ya tenía sentido sí seguía creyendo en que
era imbatible en las cuestiones amorosas.
Volví a tener 10 años y el corazón
roto tal como sucediese la primera vez.
SR octubre 2012
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