viernes, 2 de noviembre de 2012

Dolor de muelas



Dolor de muelas

Y aquí voy una vez más a recodarme todo lo que te odio, lo que aborrezco de tu vida perfecta llena de clichés baratos de telenovela de las 5 (porque si bien tienes todo te falta ese algo extra para ser la estelar de la noche, el jodido premio mayor de la televisión nocturna que  a todos los padres e hijos  atrapa por igual y los hace fantasear con que te montes en sus caderas fofas y les hagas el amor hasta que te hayas quedado satisfecha y ellos secos), es perfectamente sano odiarte, porque no he de hacerlo si toda la vida has tenido las mismas oportunidades que yo y sin embargo las has sabido capitalizar? Las has sabido transformar en proyectos a largo plazo que terminan en buen puerto. Y no me refiero solamente a esas horas y horas que has pasado trabajando y pensando como una jodida anacoreta sentada en la pila de la sabiduría infinita; no, me refiero a la jodida sensación de que tú y tu perfección alcanzan para cubrir con ella al universo entero. Que me repito? Es cierto, y muchas veces, no solo porque soy como ese dolor infernal de muelas que una y otra vez te ataca hasta que decides acudir con un especialista que te cobrara las horas vivas de pensamiento que inútilmente desperdicias leyendo mis cartas interminables (digo de alguna manera me tengo que desquitar de todas esas posibilidades que tienes por delante y que de formas tan misteriosas has terminado y transformado en un aliciente más para la juventud)…en el fondo no quiero aburrirte con mis quejas y cantaletas sobre el injusto mundo, pero que mas tengo si ya todo me ha sido retirado? Que más tengo si él se ha encargado de llenarme hasta el tope de mierda?

Quiero que recuerdes, que me recuerdes, como era antes de que nos tomáramos de la mano aquella navidad… vamos has ese pequeño proceso mental (de algo te han de servir tantas porquerías aprendidas)…recuerda! recuerda¡ no puedes verdad? no puedes porque en el fondo nunca has visto quien era yo, quien eras tú y como estaba el mundo. Es cierto te conocí una mañana de agosto (ya sé, ya sé que no era navidad, pero he dicho conocer no tomar tu mano), una mañana lluviosa de nuestro agosto propio, cada cual con su destino, cada cual con su parecer; te veías tersa y lozana con aquel suéter tejido por niños vietnamitas explotados en alguna provincia sin nombre alguno, tu jean manufacturado por manos coahuilenses y revendido por la empresa que tanto amas (digo siempre traes su ropa); toda tu eras una preciosa princesa salida de algún cuento de algún vejete lleno de semen acumulado por las horas y horas que su santurrona esposa le negó sexo, toda tu eras magnifica a la vista y al oído con esa voz que parecía estar a medio camino entre el terciopelo y la lija para madera; como olvidar siquiera esa botella vacía con la que jugabas entre las manos para indicarle a tu amigo imbécil que ya habías acabado con esa y querías otra, siempre otra; siempre jugando con los hombres, los pobrecitos tarados que te compraban hasta el ungüento para la abuela perdida en las ensoñaciones de una vida que había terminado hace muchos, muchos años. Con  tu pelo –del que nunca he sabido que color es el verdadero- negro, con tu muy propia nariz que termina en una bola que hoy aun sigo amando, tus brazos delgados como la línea de mi vida situada en la palma de la mano que alguna vez tomaste y besaste porque en verdad creías que podrías exprimirme el alma por allí; eras todo eso y más. Quiero olvidar todo tu cuerpo y no puedo, quiero borrar de mis manos el tacto que tenias, el olor que desprendía tu vagina cuando terminabas de usarme por las noches. No puedo, y no quiero en el fondo, en el fondo esta carta sigue pareciendo una carta de amor.

Siempre empiezo maldiciéndote y acabo por olvidar hacia donde iba con ello, hacia qué lado quiero que me recuerde la bola que cae y arrastra. Tus manos? Tus pechos? Toda tú. Y sigo pensando que en el fondo no debí cogerte la mano aquel enero, que no debí siquiera atreverme a pensar que lo podía superar si tú estabas allí conmigo. Tu sabias perfectamente que estaba totalmente quebrado por la muerte de ella. Es mi culpa sin embargo que haya tomado tu mano y no la soltase en ningún momento, si tan solo me hubiese atrevido a ver que eras, como pensabas; no, nunca, para mí solo existía esa voz y esa sonrisa. Maldita sea que no puedo seguir sin pensar en los dientes que empezaban en un colmillo pequeño y terminaba en ese labio grueso que a diario me volvía un ser inservible, empezaba en el paraíso mismo de la decadencia donde cada cual era responsable de pensar como dios le dio a entender y terminaba en el camastro de Satanás donde tú eras su psiquiatra de mayor confianza. Que no diese por no tener que revivir cada tres segundos ese instante cuando me llene de valor y coraje y prense mi mano a la tuya sellando mi destino. Que no diese por recordar que tus manos eran de carne humana y no de esa idea de diosa inmortal a la que te tenía elevada. Hoy aun en el mismo estado en el que me encuentro sigo creyendo que no debí, que no debí, y que pude y lo hice.

Recuerdo cada una de tus frases (en mayor o menor medida según la ropa que usaras aquel día, porque como carajos quieres que recuerde tus enormes enredos kantianos si usabas una minifalda o una blusa que me cortaba la respiración al igual que al resto de los jodidos vecinos?), recuerdo aquella frase que me soltaste mientras escribías tu tesis, recuerdo aquella vestimenta de pantalón color kaki y playera tutti frutti y tu adorno para el pelo con forma de una banana. Recuerdo que me hablabas sobre una mierda de técnica y composición de la sintaxis -como te podrás dar cuenta jamás te aprendí lección alguna- mientras miraba distraído hacia la pared, mientras miraba como una polilla entraba y salía del radar circular del foco de sesenta watts que iluminaba la habitación de paredes color betún *todos y cada uno de los escritores mediocres que estamos allí (te referías a la sala de clases donde se reunían los eruditos más brillantes de tu generación perdida en libros de pasta delgada y contenido chato que eran ilustrados por fotografías color sepia de paisajes imposibles para la humanidad y que solían captar los profesionales siempre fuera de la esencia del momento), queremos una sola cosa: escribir la próxima gran mierda; son un atajo de imbéciles, no saben que es mejor escribir mierda común y corriente que pasa a cada rato por tu cerebro y que seguramente le llega al vecino de al lado! A QUIEN LE INTERESA LO QUE DIGA UN LITERATO QUE NO SABE SIQUIERA COMO SE LLAMA EL PERRO DE MICKY MOUSE POR ESTAR LEYENDO TODO EL DIAESA BASURA EXISTENCIALISTA?!*  No lo sabía entonces, y todavía no lo sé hoy, pero creo que ni tu ni yo estábamos de acuerdo, yo prefería esperar y esperar y luego seguir esperando a que se me ocurriera algo;tú estabas bien mientras tuvieras algo que hacer, algo en que matar las horas muertas de tu tesis interminable.  Sigo creyendo que tus piernas no estaban hechas para usar pantalones largos y privarnos de tanta perfección, sigo pensando que tus muslos no eran justos si los comparamos con los de otras con mayor dedicación a su cuerpo. Tú eras insanamente algo que yo tendía a idealizar. Lo sigo haciendo.

Esa noche cuando te fuiste, coloque solo una canción, una canción lejana en tiempo y espacio a lo que en realidad quería decir pero que por alguna razón que aun hoy desconozco me traía la mente hecha una mierda (y no solo era la influencia de horas y horas fumando yerba en la azotea de esa casa de decorado francés que insistías en mantener viva pese a que sus mejores años ya habían pasado desde antes de que tu nacieras), oír a Ian Curtis a punto de cometer suicidio me hacía sentir mejor, como si la sola idea de no dejarse vencer por la situación tan mierda en la que me encontraba me nutriese a través de las notas de los Joy división; encontrar en cada acorde de los instrumentos la vida que se me iba y la negra noche que aparentemente no existía sino solo en la cabeza. Quien como un suicida famoso que aparenta tener más dolor del que podamos siquiera soportar -pero con la cantidad suficiente de dinero para comprarse el mismo un puñetero corazón-, quise volver en el tiempo y ahorcar yo mismo a ese pinche ingles que prefirió la salida de este estercolero a seguirnos legando canciones de la magnitud de “transmission”, quise estar en esa pinche cocina-comedor y ahogar con mis propias penas y dolores la cabeza de ese muchacho, enseñarle mis cientos y miles de cicatrices producto de las cientos y miles de horas que tuvimos la oportunidad de tenernos cerca y lo hicimos dañándonos permanentemente.

Tu misma me lo dijiste:*el día que te decidas a sacar los fantasmas que te pueblan en la cabeza seguramente escribirás algo la mitad de bueno de lo que generalmente trabajas* Trabajaba para ti, trabajaba para poderte pagar esa sonrisa perfecta que aun conservas (gracias a mi trabajo en el restaurante de la familia que en vacaciones solía servir aquella mezcla de sopa y crema que la abuela había transformado en un guiso sensacional y que mi madre y tía había deformado en un ser sin alma y que en caso de tenerla esta se encontraba purgando condena en el mismísimo purgatorio), trabajaba por ti y lo único que conseguiste fue darme dolores abdominales cuando  te montabas sobre mí en aquella yerba tan verde como el talento de mi cerebro para crear historias novedosas que me sacaran de aquel restaurante. Miles de horas desperdiciadas en el noble arte de servir platos a completos desconocidos que pululaban las calles de una ciudad que hoy no quiero, ni  recuerdo el nombre; cientos de cubiertos bañados en plata y estaño que acomode en mesas cubiertas por el mantel rojo y amarillo, donde la mesita que sostenía toda la relación que había construido como por arte de magia era de caoba, casi real, casi cierta, casi siempre ocupada; ocupada y con ganas de volcarla porque algún maldito imbécil ha dejado de propina un moco en un pañuelo desechable (en si no es por el moco, sino por la sensación de vacío que me recuerda la noche, la maldita noche en que te acercaste a mi casa porque tenias todo el miedo del universo a lo que la madrugada le hacía a tus pensamientos). No lo hice pero ganas no faltaron, ganas por destruir y construir una nueva mesa de concreto que me diese la certeza de que no todo estaba perdido, que tu, yo y el perro color mostaza aun podíamos tener salvación. Quiero seguir creyendo que toda la vida estuve allí y no me salte un solo episodio de nuestra relación.

Quieres una verdad? sabes que me producía escozor de todas esas películas que me hacías ver sobre mujeres y sus conflictos existenciales (que públicamente decías detestar y  que las observabaspara poder realizar la crítica idónea al sistema de valores pregonados por Hollywood donde la mujer era francamente una imagen velada de lo que en realidad son las mujeres, pero que en el fondo amabas y suspirabas de la misma manera en que las protagonistas esperan a sus príncipes modernos) disfrazadas de comedias románticas? Qué cada que entraba en escena la yerba todos eran felices. Eran jodidamente felices y producían olas de felicidad en torno suyo mientras el sol se colaba y les dictaba chistes que todos entendían sin poner siquiera a reflexionar un poco su cerebro para decirles que el chiste era estúpido y su risa falsa como la chequera que me hiciste darte una mañana antes de que decidieras abandonarme por aquel bastardo cojonudo con un carro nuevo (eso mi querida es como decirle a un pobre diablo como yo que su pene apenas y roza la entrada de esa cueva llena de misterios y fantasmas de relaciones tormentosas previas llenas de baches emocionales que te producían un cambio hormonal grave y por ello amanecías con cierto bigote que te otorgaba un aire de superior sabiduría, como si el chaman de aquella tribu perdida en el amazonas o en la selva chiapaneca te hubiese poseído por la noche en tu cama y bajo las sabanas de color carmín para revelarte el conocimiento que a todos los demás nos ha sido vedados por considerarnos poco preparados, y tremendamente lampiños). Odie esas películas porque nunca hacían nada con la mera intención de hacerlo, siempre iba acompañada de tres o cuatro mamadas que lo hacían tener un significado; como si tener sexo con tu mejor amigo fuese algo distinto a tener sexo con una yegua salvaje, el sexo es sexo y nada más. Tal vez por eso odiabas las horas y horas que pase viendo aquellas películas de monstruos y zombis (con tetas y coños depilados que aparecían en pantalla cortesía de noveles actrices que esperaban que algún productor le diese mejor utilidad a su estrecho coño y a esas tetas que echaban en falta una visita al estilista de cuerpos para que les dotase de una maravillosa y bien ajustada copa C) mientras tu querías salir a recorrer las calles de la ciudad para recrear lo que en tu imaginación de niña mimada fueron las escenas de la película nueva sobre un corazón roto y como en una hora y treinta minutos –en promedio- se esperaba poder repararlo.

Heme aquí sentado en la penumbra de una sala de dos piezas color pistacho repasando los momentos que construí para ti y que hoy los estoy eliminando vía el humo de la yerba que tanto te emociono al principio y que al final terminaste aborreciendo porque me viste como en realidad era: pequeño y lleno de complejos mentales (producto de las miles y miles de horas de estar escuchando tus quejas sobre la vida, sobre mi y sobre mis padres los cuales amablemente y sin necesidad de saberlo previamente te habían recibido como la hija que no pudieron tener gracias a las muchas horas que tuve de cuidados especiales por la enfermiza actitud de una madre incapaz de imaginar que la vida continuase después de que un chico de pelo negro ha salido de tu cuerpo tras 9 meses de beneplácito infinito) y sin embargo quiero recordar solo una cosa, tu rostro aquella extraña madrugada cuando te pegaste a mi porque sentías miedo, no lo sabía entonces y fantasee al respecto para que tu miedo fuera por temer a la soledad, pero después, mucho después me gritaste que fue por miedo a pasar muchas más noches en mi cama conmigo al lado y sintiendo esa ansiedad por no poder tener una vida plena. Esa noche nació el quiebre definitorio de mi existencia para ti y para tus esperanzas. Quiero volver a ver ese rostro alguna vez, no lo niego.

Es cierto que me enseñaste muchas cosas que desconocía, es cierto también que me abriste la cabeza a música que nunca llegue a imaginar que existiera, pero créeme cuando te digo que al final todo se fue contigo; mírame ahorita, escribiendo esta carta interminable de razones sin justificación y de quejas arbitrarias mientras escucho esas canciones que tanta repugnancia te causaban (aunque en un inicio creíste que eran preciosas sobre todo cuando te las cantaba desde el fondo de mi pecho curtido en dolores y amores fallidos que terminaban en el mismo momento en que siquiera les lanzaba miradas de amor cadencioso a la chica en turno y ella me rebatía cualquier sentimiento existente o por existir con la mirada flagelante y de hielo amazónico de eterno existir), esas canciones que usaban como máximo instrumento el dolor de una separación, el dolor de un corazón despechado y sobre todo, la existencia de una fémina que a duras penas conocía la condición de sufrido de un viejo enfermo y calenturiento con una voz de flauta a medio empedar; exacto preciosa, te hablo de las canciones y la música que tanto odio y repulsión te causaba cuando entraba el sonido de la tuba, el bajo sexto y el acordeón (sonrió socarronamente solo de acordarme la noche en que acompañado de tu ex, de tu primo el gordo y una docena de mariachis tirándole a lo frondoso llegue  con las notas de dolor hasta la ventana delantera de aquel departamento que aun compartíamos, provocando que te pusieras de tal color que bien parecía que en cualquier momento podrías explotar en llamas procedentes del mismísimo infierno desde el cual seguramente te encuentras gozando a las mil maravillas con gente igual a ti). Todas mis aventuras nocturnas quedan comprimidas en un formato diferente al conocido por los hombres y en todas ellas suena el sonido de aquellos hombres adoloridos y vestidos de manera estrafalaria -para beneplácito de unas cuantas chicas de generoso cuerpo- mientras tú me olvidas rápido y sin dolor alguno.

Te puedes quedar con mis camisas (que seguramente se quedaron en la casa de ese niño bonito por el que me abandonaste y que después se quedo igual de vacio por dentro como yo, así como me quede con  las sudaderas del pobre imbécil que estaba antes de que te tomara de la mano en aquel miércoles que decidiste abrir el grifo del cariño con tal fortuna que fui el receptor) y mis poemas (que alguna vez compuse sintiéndome el más grande literato en el universo, sin saber que tu ya sólo pensabas en la barba del niño bonito que pintaba acuarelas que nunca entendí y que a duras penas pesaba más que el caballete que supuestamente empleaba en su labor artística), ya que los escribí para ti y por ti en la idea de que tú eras mía y yo solo un adorador mas de tu cuerpo terrenal. También te puedes quedar con varias de mis emociones diversas que bañaste con tu fluido mágico de “me vale” y con tu amable indiferencia por todo aquel que no tuviese un gramo de miserable ingenio (ese mismo ingenio que tu edulcorabas en tus ficciones relatando una y otra vez la llegada de ese príncipe soñado bañado en oro y cagante de diamantes). 

Fui -y soy- un mal poeta lo sé, jamás quise hacer uno solo y simplemente salían a morir en la soledad de aquella libreta (que compraste para apuntar las cosas del súper y que no tuviésemos que ir a media quincena por una lata de espinacas y un rollo de papel para lasmáquinas expendedoras de caca que ambos poseíamos y que tu negabas con singular pasión; esa libreta que se quedo en blanco –si miramos su propósito original- pero que me ayudo a pasar esas noches donde me enamore más aun de ti y de tu dormir), allí queda el registro de los taches y borrones que hiciste tuyos y con cada premio posterior a su publicación los reconstruiste en la idea metafórica sobre el mundo femenino (cuando la verdad arrebatadora es que los escribí con una mano en la verga que intercambiaba a casi cada frase por el cuerpo frio del vaso copeteado de cerveza clara que te esmerabas en comprar cada que me mandabas al súper , para que yo –tu súper escritor de porquerías-  siempre tuviese a la mano aquella deidad pagana a 2ºc y nunca sintiese ese invierno en mi alma y que me cauterizara las heridas de aquella época tan maravillosa); tu entrada al paraíso literario usando mis palabras llenas de dolor y rencor que volviste un himno cuasi religioso- mantico entre las lesbianas de poco aguante –con misóginos como yo-,así quede olvidado y senil en tu ascenso al dolor literario.

En mi mente siempre regresan las experiencias vividas de aquellos días, como cuando te reíste infinitamente de que te confesara mi verdad más temida deque quería conocer a alguien con quien pudiera salir por ahí, ver el mundo otra vez, enamorarme de verdad y saber que no tenía la más remota esperanza o posibilidad; que quería volver a tener el dolor a flor de piel, para sentir que estaba vivo de alguna manera y que no era un envase de papel corrugado  de alguna fabrica de mierda que se había quedado vacío a la mitad de la jornada laboral de dios mismo. Quería sentir la necesidad de ser tocado por la voz de esa místicapersona-con su imagen aun haciendo ecos en mi cabeza-y que cada que abriera la boca para hablar sobre cualquier mierda de mineros, o cualquier otro tema, yo sintiese que era sobre mí. Eso que no encontraba por ningún lado y te hacíareír, como solías hacerlo siempre que alguien te parecía un idiota presuntuoso;nunca comprendiste que me refería a ti, que en realidad quería que me enseñaras el mundo más allá de lo largo que podrían ser tus piernas enroscadas en torno a mí, quería saber más de ti y no solo saber que te gustaba hablar hasta por los codos cuando tenias algo que de verdad querías compartir o que te sentías miserable los días que llegaba tu menstruación y ni mis aventuras de alcohólico en recuperación te hacían sentir mejor y por el contrario te provocaban arcadas de ira (como la vez que llegue eufórico por qué recordé la noche previa a conocerte que algún gitano mal hablado con aliento a cerveza rancia me dijo que lo peor en mi vida estaba por venir y que ingenuamente creí que se refería a los $500 pesos que me cargaba de mas esa noche el mesero en aquel tugurio lleno de mujeres de mucho dinero y poco cerebro, y que tu sencillamente me mandaste callar porque te aburrían y te importunaban mis historias sin sentido). Nunca te imaginaste que lo hacía con la intención de que volcaras tu coraje hacia mí y no hacia ti o a todo el universo.

Al final todo se resume a la última noche que pasamos juntos antes de que decidieras a poner fin a la relación que apenas duro un par de años, un par de años que a los dos nos parecieron décadas tumbadas en la coladera de nuestras vidas, a la separación sin heridas que tanto imaginaste o creíste posible se sumaba la vez que te encontré trepada en las piernas de aquel niño bonito y que tu argumentaste que era un inocente juego de manos venido a mas (y como no sentirme mierda si pareciese que él era papa Noel y tu una niña a punto de recibir el caramelo prohibido por el padre estricto que te nalgueaba por las noches para evitar que huyeras con el primer imbécil que te hablara bonito al oído mientras él trabajaba día y noche para que pudieras disfrutar de aquel tazón de cereales bajos en azucares y rico en fosforo para que tu cerebro no se pudriese); aquella noche de frio insólito que acabo con mi corazón sumido en la lenta agonía de una marcha fúnebre que toca a las puertas de todo un vecindario porque el difunto es un ser querido y respetado por todos los que allí habitan. Allí estaba yo, acalambrado y tenso por que tus diminutos senos no hacían acto de aparición en mi primera presentación en vivo (tras el colapso mental que aseguraban muchos se debió a que no estaba preparado para la fama inmediata de ser un garbanzo de libra que las editoriales se peleaban y discutían sobre cual tenía derecho primigenio para publicar tal o cual mierda y que seguramente solo iban a leer unos cuantos cabezas huecas que se sentirían atraídos por el titulo infumable del libro en cuestión) y que no estuvieras allí, que seguramente estabas dándole una mamada al ego del pintor de acuarelas en abstracto que yo pensé que no tenía talento visible por donde se le mirara. La última noche que sacaste todo lo que tenias en mi departamento –nuestro- porque te ibas a vivir a un mejor sitio, a una mejor colonia, con una mejor persona que no te tendría en el pedestal de la virgen María por los primeros 15 días de conocer. Tarde, tarde era cuando me entere que no fue el primero ni el ultimo que te hablo derecho y sin tapujos para que dejaras al mamoncete que últimamente andaba histérico por cualquier cosa y nada de nada que escribíacosas mejores que títulos pachecos como “humo verde” y “la niña” (que hacían referencia vivida y a todo color de los últimos viajes en caliente sin salir de mi espacio para emprender la huida sideral a constelaciones que la NASA siquiera ha soñado con visitar, donde los habitantes se comunicaban por medio de sueños y solo en sueños creía poder hablar con ellos y adquirir su sabiduría) para publicaciones de poemas que leían dos personas –yo incluido-; me sumergí en la espiral de no saber, de no saber y no creer en lo que me decían todos, seguía idílicamente enamorado de ti como un estúpido púber enamorado de su maestra de historia.

Y Quieres la ultima verdad? quieres que desmienta la última  cosa que nunca pensaste que haría? En realidad hice muchas trastadas -de las que tu apenas te enterabas o no te interesaba saber de ellas- pero creo que de la que más me enorgullezco es de la cosa del tatuaje, aquellas rayas que me hiciste tatuar para demostrarte cuanto me importabas, aquel pedazo de piel vieja que querías ver con tus palabras escritas para sentir que algo era eterno y ese algo era sinónimo de nuestra relación (aunque bien fácil que era adivinar tu intención de que si al menos el día de mañana de tu obra no quedaba registro escrito alguno al menos seria recordada por toda la vida de un miserable patán que encontraste disfrazado de bohemio y don juan dominador de la situación y de las noches frías de noviembre en medio de la ciudad atestada de adoquines huecos)pero que tu no querías tatuarte las mías (porque argumentaste que no encontrabas las palabras idóneas o la frase correcta que definiera quienes éramos en conjunto), ese tatuaje es falso. Tan falso como tu acercamiento profundo a las raíces del método científico, el verdadero tatuaje esta puesto en las paredes de una habitación que rente cercana a la central de autobuses de oriente, con las paredes –antes verdes- pintadas de negro y en cada una de ellas están puestas las palabras que siempre quise que supieras de mi boca, que siempre desee decirte escupiendo letra por letra y silaba a silaba: ODIALA (y que paradójicamente el día que te marchaste fue la primera cosa que quise de verdad tatuarme en mi brazo izquierdo para llevarte cerca siempre de lo que alguna vez considere el corazón antes de darme cuenta de que era un musculo mas del cuerpo y que habíase quedado atrofiado por falta de uso). Nunca en mi vida reí más que la noche en que regrese a ese apartamento con el numero 16-b -y en cuya puerta coloque un pequeño tapete que decía: “esta es tu casa, bienvenido”- tirándome al suelo de azulejos rotos y con las cucarachas y ratas como únicos testigos fieles de todo el rencor que tenía guardado en contra tuya que vertí en forma de lagrimas, baba y mocos. Volví a alzar el puño, solo para dejarlo caer esta vez para siempre y sentir que nada ya tenía sentido sí seguía creyendo en que era imbatible en las cuestiones amorosas. 

Volví a tener 10 años y el corazón roto tal como sucediese la primera vez.

SR octubre 2012
                     

No hay comentarios:

Publicar un comentario