miércoles, 29 de agosto de 2012

porno y grind


Porno y grind  

De antemano sabía que ella no me quería, que su pretendido amor era una sarta de patrañas aprendidas en las novelas rosa que su madre le permitía leer cuando niña y que ella sabia como jugar con ello. ¿Qué coños me importaba? Su sexo siempre disponible y sus caricias con aquella manita de la mitad de tamaño de la mía me hacían sentirme importante, algo superior al resto de los hombres; por supuesto que los primeros meses fueron de felicidad (pretendida y profunda), luego llego el otoño de nuestra relación. Ella se enfoco a sacar a relucir todas sus manías en contra mía y yo en acrecentar mis defectos. Mi risa la ahogaba, le parecía exagerada y poco real (no estaba tan errada); yo la veía como un tótem al cual hay que derribar para dejar paso a una nueva religión, una menos comprometida con la miseria humana y más cercana al nirvana de los lamas. Que pendejada.

Quiso el diablo que todo se fuese al idem, ella con su mirada retadora y altanera y yo con mi cresta mohawk (miento ella con sus vestidos strapples y yo con mi cabello lleno de vaselina). Ella odiando mi forma de ser de siempre y yo adorando mi manera de ver el universo, cada cual estaba centrado en odiar al otro. Por supuesto que su ventaja era superior, la cabrona estaba (y creo que con el paso de los meses se ha puesto mejor) buenísima. Siempre con su labial rojo granate en mi cuello, siempre con su perfume a frutas de primavera; cada instante con sus senos perfectos apuntando  a la estratosfera, yo un simple juguete endeble que parecía que en cualquier momento se lo iba a cargar la fregada. 

Me descubrí de pronto admirándola, amándola en verdad. Queriendo entender el porqué de sus actitudes a ultimas, me enamore como un chiquillo de 15 años (la tercera parte de los que en realidad tenia) y ella actuaba como una mujer de carácter, como las viejas actrices del cine de la posguerra; fría, calculadora, sabiendo que su palabra era la ley y que con un solo arqueo de cejas me dejaba desnudo frente a la puerta de su corazón lleno de hielo. No importaba que solo tuviese 19 años, era una mujer hecha y derecha y yo no era más que acaso un mozalbete que intentaba absorber un poco de su juventud.  Para mí la primavera llegaba a la relación y ella vivía en un invierno congelante y escarchado como los vasos en que solía servirme el vodka. 

Nuevamente me sentí algo, deje del todo mi trabajo como organizador de viajes en la compañía de la vieja (o mejor dicho exesposa) y retome el gusto por el mundo nocturno, frecuentaba los bares en compañía de la joven de cabello teñido en rubio falso, mientras yo bebía hasta caer desmayado bajo alguna mesa del rincón más obscuro, ella se escabullía por allí a bailar y repegarse con quien tuviese más gorda la cartera (irónicamente su pretendido aire de conocedora y manipuladora se aplicaba a los viejos decrépitos, los jóvenes que realmente le gustaban rara vez tenían siquiera para pagar una caja de condones). Soporte sus gritos hasta altas horas de la madrugada maldiciéndome por no dejarla vivir, por aferrarla contra mi pecho y comenzar a desnudarla para acabar todo en menos de 10 minutos. Estoy acabado y no me importa, si puedo mamar de su juvenil pecho y después desfallecer en el sofá cama al que me ha condenado noche a noche es un precio justo.
SR. 25 de junio de 2012

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