domingo, 17 de febrero de 2013

No es lo que parece

No es lo que parece

Recorre el camino una vez más, son las 6:35 am, el viento producto del movimiento continuo de transeúntes y grandes camiones azota su rostro mientras el contraflujo levanta bocanadas de gente maltrecha, son 6:35 am de un jueves idéntico a cualquier otro jueves u otro día de la semana. El viejo renguea un poco mientras avanza lento con el tipo de la cresta a menos de 20 centímetros de su frente y el niño vestido de secundaria a su espalda chasqueando la lengua. Mira su maletilla negra y la siente pesada, sabe que solo lleva un termo, una bufanda, un gorro y una playera vieja que le sirve de almohada por las noches cuando se recarga en la oficina de la dirección de empleados para contemplar el vacío siniestro de la nave industrial. Atrás el niño que en menos de lo que le salga bigote seguramente comenzara a hablar con una voz rara  se empieza a impacientar, la fila no ha avanzado hace casi 2 minutos, ya que seguramente algún pendejo olvido recargar su tarjeta y está estorbando o haciendo bulla en los torniquetes de acceso a los andenes del metro. Son las 6:37 cuando el tipo de la cresta se vuelve a poner en movimiento y cambia su mochila negra de brazo para evitar el calambre, el niño resopla un *ya era hora pendejos* que deja adivinar que espera ansiosamente no llegar pero tampoco quedarse en medio de una fila que tiene un solo destino. Manuel avanza lento y sin prisa, sabe que en menos de una hora volverá a sumergirse en los brazos de Morfeo o el sueño que tantos años le ha acompañado; ha cumplido cabalmente con la edad de retiro desde hace cuando menos 5 años pero no tiene nada mejor que hacer, no tiene nada en que entretenerse y no quiere acabar como acaban los demás jodidos ancianos de su calle, que van y bailan todos los días en la plaza que se encuentra a menos de 20 minutos de la casa, odia bailar; odia sentirse observado y ridiculizado por esos chamacos que van y pegan de brincos en sus patinetas mientras sus mamas les esperan en casa con la ropa limpia y la comida hecha. Odia el sentimiento que le viene de no hacer nada, de no moverse para sentirse útil; cobra una mierda y le sirve para lo mismo pero tiene un plus ese empleo, es el plus que le mantiene vivo y que no le deja abandonar este mundo y perderse como su compadre Rodolfo en los vicios del alcohol y el tabaco. 6:40 los torniquetes se encuentran a menos de 40 pasos pero el policía que está de pie junto al torniquete le ha marcado el alto a un tipo que se ve a todas luces como otra de esas ratas, le pide que se descubra la cabeza, el tipo hace aspavientos sin retirarse la capucha de la sudadera y su voz gruesa y pegajosa como la baba en la enfermedad se escucha en prácticamente toda la fila que tiene detrás Manuel. No se quita, pero no deja que avancen en ese torniquete, llegan dos más, dos tipos de gorra y chaleco antibalas que seguramente no pararían con este nada, lo someten y se lo llevan a la cabina de seguridad de la estación; hoy no habrá cena en la casa del pobre sujeto que tiene que carterear para subsistir, los aplausos se mezclan con los insultos procedentes del tipo que revela un cráneo afeitado y dedos chatos y callosos, ese no es un ladrón piensa Manuel que se acongoja mientras avanza, mientras siente como el niño detrás suyo intenta adelantarse, lo sabe, sabe que es imposible pero ello no impide que lo intente, porque mínimo tendrán que pasar otros 10 minutos en los andenes para poder partir, para poder tomar el gusano naranja. Manuel le quisiera dejar el lugar pero tal vez un movimiento y termine sin obtener nada favorable con ello, con mala suerte lo piensa mientras apura un poco más el paso. Él sabe que nunca se sabe que depara la suerte para el sujeto que viene detrás; tal vez Manuel sea lo que se interpone entre una posible pelea entre el tipo del traje y la cresta y el niño del uniforme verde que a todas luces se ve que es duro. Tal vez.  Manuel avanza y continua avanzando al cruzar las barras de metal, le quedan dos tiras de boletos en casa, dos más y habrá de comprar otros 20, pero eso no importa ahorita. Ya se escucha el bramido del monstruo mientras Manuel pierde al niño que venía detrás y es sustituido rápidamente por un tipo gordo y seboso, que a duras penas ha de poder encontrar su pito cuando es el momento de la acción, Manuel trata de no estorbar pero es inútil, los huesos y las articulaciones le pesan; escucha  *con permiso viejo* cuando siente el hombro del hombretón interponerse entre el tipo de la cresta y él, no dice nada, no arma ningún escándalo, y eso hace que el gordo voltee y le pregunte con una voz que no es natural en alguien de su tamaño (por infantil supone el viejo) *quiere que lo ayude padrecito?*, obviamente se refiere a prestarle auxilio para descender las escaleras; Manuel esboza la sonrisa de abuelo bonachón que no quiere herir susceptibilidades y le extiende el brazo; el gordo toma el brazo pellejudo entre el suyo  y juntos, paso a paso, lento y más lento descienden las escaleras, al llegar al andén atiborrado Manuel remata con un: *gracias mi’jo. Que dios te bendiga* él sabe que le acaba de hacer el día, que el gordo va a estar motivado para cumplir cabalmente con su destino (ingrato o no) por el resto del día y que ese simple acto de benevolencia no deseada le va a dar una superioridad moral que seguramente bajara cuando regrese a su casa y vea que su hija adolescente está embarazada y que su hijo es un jodido drogadicto. Esta victoria por el momento es suya. El viejo sigue avanzando hasta situarse en los vagones que vienen al último en el convoy naranja, delante suyo  una chica  al lado de lo que parece su novio, un tipo grueso, del tipo que el viejo sabe que es mejor no molestar, antes de abordar el convoy voltea al poco resquicio existente entre él y la pareja y mira la hora, 6:55, el niño seguramente ya ha emprendido la retirada (piensa) mientras el aire que sopla a su nuca el tipo de la cresta esta aromatizado con una pastilla de menta con eucalipto; se escucha el bramido ensordecedor de cientos, de miles de sueños e historias que entran al mismo tiempo en el gusano color naranja, todos van a trabajar, a desarrollar sus propias vidas mientras el viejo se desliza y queda en un asiento intermedio de la tira de asientos, delante suyo queda la pareja de novios disparejos, a un lado de ellos va el tipo de la cresta que es joven y con rasgos finos, al otro lado de los novios se sitúa una señora acompañada por un niño de primaria, los cuales no alcanzaron a llegar a los primeros carros porque el padre se retrasó y viene junto a ellos, de pie y recargado en el tubo desde donde recibe el aire frio  que arroja el ventilador situado sobre su cabeza. El viejo observa, el viejo sonríe lento y sin mostrar los dientes, en su frente se marcan las arrugas que surcan su cabeza de palmo a palmo, a su lado viene un obrero con cara de pocos amigos y que es muy probable que sea uno de esos tipos que trabaja de sol a sol para mantener a sus tres hijos, y que en si odia a todo el mundo empezando por sus hijos porque él quería en realidad ser un condenado hippie. No, en realidad lo ve bien y entiende que es un padre amoroso que está dispuesto a dar la vida por José, Ana y Pablo; los tres niños que empiezan a salir al mundo, que empiezan a voltear sus rostros hacia lo que el destino ha trazado para ellos, mientras sus padres trabajan de sol a sol para poderlos llevar en semana santa a Acapulco o al balneario a donde el párroco y su grupo de viejas alcahuetas decidan que sería bonito ir este año. Mira el parche de la empresa en la bolsa de la camisa, es una compañía lechera que queda a 5 minutos de la estación que sigue, lo ve y le sonríe con esa sonrisa que guarda para cuando lo cachan mirando algo que no debiese haber visto, el hombre le devuelve el gesto pero inmediatamente se pone en pie y se sitúa en la puerta del vagón, su lugar lo ocupa un tipo de traje que seguramente (así lo piensa por el color de la corbata y sus feos dibujos) pierde la vida en una oficina de gobierno recibiendo los sellos para que el correo destinado a las otras dependencias fluya. Mira al tipo grueso, mira a su novia y se sorprende al notar que lo vienen viendo, que en realidad no han perdido de vista ninguno de sus movimientos desde que lo sintieron detrás suyo en la estación; se incomoda pero les sostiene la mirada, en realidad les devuelve esa mirada de enigma que emplea solo en el metro, que utiliza cuando sabe que tiene ante sí un reto. Mira a la chica, no es guapa, de hecho no parece ser nada agraciada físicamente, tiene un par de dientes encimados  justo los dos frontales y ello provoca que los labios parezcan estar dispuestos siempre a besar a quien pueda hacerlos suyos, la nariz es chata y pequeña llena de chispas, de pecas que asemejan (o al menos eso piensa el viejo) las distintas ramales de las líneas ferroviarias del metro. Es pequeña, tal vez muy pequeña porque no llega al suelo del tren con su espalda recta en el respaldo del asiento metálico y al lado del tipo grueso se ve como una niña; no repara en él, no quiere hacerlo porque le recuerda mucho a su viejo amigo Valentín que murió 2 años atrás de una cirrosis hepática, le recuerda su cara de mala persona pese a que el borracho fuese una alma de dios y directo como los tequilas. Le recuerda todos aquellos momentos de cuando Valentín llegaba a la casa buscándolo con una botella de 250 mililitros y no se iba hasta que Manuel le recordaba la historia de su padre, de su abuelo y de toda la familia paterna, todos muertos por la condenada bebida, todos condenados por el sabor delicioso del Don Pedro o el Presidente.  El tipo rudo le mira con sus ojos inyectados de sangre, le mira desde la carnosidad que se junta con la pupila café obscuro y el viejo se estremece, se achica porque ya sabe a quién le recuerda, nunca fue Valentín, nunca fue su amigo, es el. Es su propia historia remojada en la sangre de una generación posterior y que no murió en el invierno del 2005; el abrigo gris que el tipo usa un par de tallas por encima de la verdadera para poder ocultar todo y el pelo a rape para que las entradas no se vean tan profundas, la barba en candado sin cerrar porque la genética no lo permite le recuerdan cuando aún podía. Y finalmente es su propia voz que sale en una boca ajena pegada al oído de la chica y que lo vuelve un cobarde al alcanzar a leer los labios que le pertenecían cuando menos hace 30 años decirle a esa joven nada agraciada: “ábrete de piernas”. Y ella obedece (o por lo menos le hace caso) y derrumba las proyecciones que el viejo se había construido respecto a que usara ropa interior de colores y muy pequeña, nada es tan falso como eso, en realidad su falda no corta ni larga revela el paraíso y el viejo no pierde detalle, sabe que lo observan seguros de su juego el tipo grueso y su chica o la chica y su tipo grueso pero no le importa, el anciano vive para ese plus cada día, cada semana, cada jodida ocasión que el  destino le permita el lujo de ir de mirón para compensar la imposibilidad de beber o de comer carne de cerdo cada que se le antojara. Se sabe un voyeur y le gusta porque en el fondo no hace daño a nadie, le gusta porque ya está más allá de la maldad y sabe que si alguien lo descubre en todo caso le espetaran un *pinche anciano caliente*. Vuelve a aventurar la vista a la gloria vuelta tela color blanca y prácticamente la huele, la saborea mientras el tipo grueso sonríe de oreja a oreja con esa boca burlona que antaño le perteneciese y que ahora se hunde cada tarde en el cuello de su sílfide, en algún parque o la Alameda mientras los humanos que arden en rededor suyo les miran con indignación por no acatar las leyes morales de buen gusto. El tipo grueso se pone en pie, la chica lo imita y le sonríen desde su columna inalcanzable una vez más al anciano que empieza  a sentir el sol entrar por la ventana situada detrás suyo y los primeros rayos de un sol perteneciente al invierno que fenece le calientan un poco la calva que brilla a causa de los focos blancos situados por encima de él en aquel vagón de metro que se balancea de lado a lado mientras los pasajeros se acercan a la puerta para descender en el transbordo que los acerque un poco a su propia vejez, a su propia historia consumida vuelta filosofía de anciano. Manuel aferra con fuerza la maletilla negra y la estruja contra sus piernas huesudas y anteriormente largas para ocultar la erección, el sueño le obliga a cerrar los ojos mientras escucha en el sonido procedente de los altavoces *próxima parada…*

SR Febrero 2013

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