Casi medio día, el metro lleva la misma energía que yo, salvo que en cualquier instante podría iniciarse un incendio descontrolado porque el humo inunda el vagón repleto. Mucha gente se cubre con la manga del brazo, otros, los menos, llevan alguna bufanda que han cogido por la mañana para salir al frio estival que amenaza con volverse algo nunca antes visto. Algo jodidamente perverso. Lo cierto es que tengo unas pocas vacaciones, la mujer para la que trabajo me ha dado un pequeño respiro, ahora recorro los vagones buscando una mujer. ¿Porque? Porque así es más divertida la vida, que carajo de aburrido es contemplarse uno mismo el ojete todo el día y toda la noche. Principalmente las noches, cuando aburrido recorro los canales en espera de que encuentre algo que satisfaga el ánimo de la mujer. ¿No es irónico que esté buscando una mujer para suplir a la mujer para la que trabajo? Carajo, no puedo dejar de pensar que es probable que tenga un problema, la última vez que alguien me presentó a quien consideraban un buen partido, me quede callado durante casi 20 minutos, ella habló hasta que notó que la veía con una cara de espanto lo suficientemente visible como para que se formara un silencio tan incómodo como las sillas en las que estábamos. Nuestra cita acabo cuando derrame un helado artesanal que sabía a lo que antes me sabían los mocos. No exagero.
En fin, el metro avanza con pereza, deteniéndose en cada estación cerca de lo que parece una cantidad suficiente de tiempo como para que nazcan planetas y mueran las galaxias. El calor del medio día se confunde con el olor a algo quemado, no distingo si es un plástico de las llantas o el maldito alambre de cobre que los bastardos comienzan a robar porque el hambre esta canija. Pero, sin duda es más el olor a sudor, ese condenado aroma penetrante que todos despedimos cuando hemos comenzado la debacle. Llegamos a una estación tan profundamente enterrada que tengo miedo que en caso de un mega temblor todos nos quedemos encerrados ahí, sepultados por años y años de malas planeaciones familiares y cobros excesivos en la tarifa eléctrica. Los aromas se mezclan, ahora además del olor a quemado, se desprende el aroma a sobaco y a algún maldito cerdo que se ha tirado un condenado gas. ¿O tal vez algo peor? No me atrevo siquiera a imaginarlo. Pero no hemos estado detenidos ni por quince segundos para que algún bastardo se haya tirado el hediondo gas. Volteo buscando al culpable, derecha: un anciano de casi 90 que apenas respira, pudiera haberse cagado sin controlar los esfínteres, y es muy probable porque o viene muerto o durmiendo la mona. Izquierda: un bastardo con cara de bastardo y orejas de bastardo. Bueno ustedes entienden. Seguro que él si fue, tiene la cara de compungido, como de alguien que jamás puede salir sin soltarse un gas en una multitud. Digo, todos lo hemos hecho ¿no? Yo al menos recuerdo la gloriosa ocasión en que lo hice en medio de una ceremonia religiosa, despacio, controlado. Como un condenado gas noble que se cuela entre las fosas nasales e hizo que todos, absolutamente todos, me voltearan a ver porque ilógicamente, soy un bastardo sucio que hace eso cada que puede.
Alguien recibe una notificación, seguro su novia o su amante, porque el tipo pone una cara de caliente que sólo aquellos que hemos recibido esos mensajes sabemos identificar. Quisiera que me escribiera alguien así, pero no tengo a nadie, recuerdo que por ello salí a buscar a esa mujer mítica, llena de estoperoles; todos queremos una punk, aunque nos digamos que no es cierto y nos encerremos a piedra y lodo en las mentiras y negaciones. Ella debe ser lo suficientemente abierta para soportar que casi el 90 % del tiempo este con la mujer aquella, que beba, desayune y cague a esa mujer. Ojalá lo entienda, para que el 10% restante pueda compartirlo con ella, los amigos, el anime, la música de cámara, los resultados deportivos y sobre todo las ganas infinitas de tirarme otro gas. Buscando a quien culpar esta vez.
SR Otoño 2017
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