La 6ª bala.
“Me despedí de Teresa una tarde extraña, de un abril complicado.” Con esa frase insulsa intente escribir una nueva oda panegírica al recuerdo de una mujer fascinante, la cual había hecho por mí lo suficiente para conducirme hacia sitios que no conocía antes. Sin embargo, la vorágine de los acontecimientos que suscitaron la desaparición de la mujer soñada y adorada, no son precisos ni mucho menos. Hay lagunas de la memoria que no alcanzó a comprender o siquiera a intentarlo; lo único cierto es que una bucólica tarde de abril de hace casi 22 años, la mujer huyó y yo quede expuesto.
Hasta la fecha referida, mi vida era una sombra, no sólo para aquellos que decían conocerme, sino también para aquellos que parecían hacerlo. Podría comenzar a relatar que había un sol esplendoroso o que el trino de las aves y la musicalidad de los insectos declaraban inaugurada la temporada de apareamientos, no obstante estaba inmerso completamente en la labor, mi puño se cernía sobre la carne de aquel hombre, los pómulos, el mentón, el costado izquierdo, el plexo. Ambos sudábamos y el calor de aquella casa semi vacía (si consideramos eso como algo meramente decorativo, de pequeñas plantas de ornamento, que alguno de los otros tipos consideraba como un elemento necesario para restarle cargas a su consciencia) traspasaba cualquier ropa que usáramos. Los nombres iban cayendo poco a poco, había resultado cierta la información de que el hombre encargado de limpiar y fregar los pisos de unas cuantas fabricas cercanas, era el pinche halcón que costaba a los nuestros unas cuantas muertes mensuales. Estaba fatigado el hombre, se llamaba Monico, jamás había escuchado ese nombre antes y se lo hice saber, le comente que me parecía un nombre original y que sin duda me hallaba gratamente impresionado. Su gesto fue una mueca que tuve a bien interpretar como el agradecimiento celestial. Una última victoria moral antes de rendir cuentas, el batazo que le destrozo el resto del cráneo minutos después, colapsaría dicha expresión.
¿Un bat? ¿Por qué carajos empleaba un bat de aluminio como método de asesinato para el cartel? La respuesta es sencilla, y a la vez ejemplifica que fueron y serán las faltas de oportunidades, las que destinan a las personas a realizar cosas que no son propiamente aquellas con lo que soñaban de niños. Por ejemplo, jamás en mis primeros 17 años imaginaba que me iba a ganar la vida masacrando personas por encargo, mi idea era convertirme en pelotero profesional, admiraba a los beisbolistas y ese espíritu festivo y al tiempo concentrado que necesitaban para jugar al deporte rey. Mi equipo eran los orioles. Me gustaba la palabra, no sabía siquiera donde estaba la condenada ciudad de Baltimore, pero me gustaba por el simple hecho de que el equipo de mis amores era de allá… divago, el asunto es que con 17 años cometí la estupidez de querer terminar la prepa en lugar de largarme a trabajar como el resto, ergo, conseguí llegar a la última fase del examen de admisión a la universidad, un error de juicio me obligo a reventarle el bat en el rostro al tipo que me entrevisto. 25 puntos de sutura, una nariz nueva para él y una condena por asalto agravado para mí. Luego todo se vino abajo, en la cárcel la gente es cruel, pero también conoces mucha gente que te enseña cosas, en mi caso el tipo se llamaba Agustín. Me enseño cosas como el corte de la coca con acetona, a empaquetar yerba y sobre todo a pesar y diferenciar de una buena goma a una mala. El destino se echaba al aire y me fui por lo sencillo. Años después era el mejor en el puesto, pero no se crea que lo era porque era el más rápido o el más duro; no, en realidad lo era porque resulte el más inteligente en una profesión que te obliga a tratar de evitar el borde. Todos aquellos que tenían una posición semejante fueron cayendo, uno a uno; algunos por meterle, otros por descuidarse y los más por no usar lo que hay dentro del cráneo. En aquel tiempo usaba una colt anaconda, siempre atrás del cintillo del jean, y en espera de volarme una nalga o abrir un hueco lo suficientemente largo para que el bastardo que se me atravesara se pirara al otro barrio, antes que uno. Tres muertos de aquella primera época, todos con la tremenda precisión de dejarles el calibre 44 magnum en el pecho. No les recuerdo los nombres ni mucho menos. Dicen muchos que el primero nunca se olvida, pero cuando te cargas a demasiados el primero se vuelve menos importante conforme pasan los días y los meses. El bate llegaría cuando me mandaron de “comisión” a investigar un asunto a casa de un colaborador, la cosa se fregó y apareció el madero de uno de sus primos. Basto un sencillo conectado en el plexo, se quedó quieto, lo siguiente que recuerdo es que alguien más fue a limpiar. El palo lo conserve hasta que encontré uno de metal, la gente no entendía porque carajos traía en la caja de la camioneta un bate de beisbol a una masacre o a una simple reunión. Como dije, eso fue hace años. Antes de Teresa y antes de que todo se fuera al caño.
La conocí tal vez fortuitamente, tal vez porque la habían dirigido hacia ese punto en específico sus jefes, tal vez porque decidió que el calor le gustaba un poco más seco. Lo cierto es que para cuando Teresa llego a mi vida, disfrutaba de una posición menos caótica que aquella con la que había ingresado a la organización, tenía bajo mi cargo a un par de ayudantes –colaboradores que eran imbéciles y por ende eran perfectos para obedecer únicamente. El gran jefe de la plaza confiaba en que se mantenía la calle limpia gracias a la facilidad para actuar sin demora, sin dejar demasiados rastros tras nosotros y sobre todo, limitando la limpia a la gente que trabajaba en contra nuestro, tratando de evitar a las autoridades y a los civiles de “daño”. Estos eran aquellos que representarían un descredito generalizado para nuestro día a día, así por ejemplo no era lo mismo deshacernos de un lacra de esquina, que deshacernos de una anciana que ni siquiera podía meter las manos. Aun así, a veces no salíamos bien librados y teníamos que ejercer la fuerza por encima del cerebro, tal vez eso nos hacía más peligrosos, porque la gente no sabía a bien en que momento podía aparecer el verdadero cáncer. En fin, la mujer me fue presentada por un distribuidor medio, acabada de llegar del oriente del Estado, quería trabajo formal y cualquier movimiento de recursos humanos en una zona caliente, requería la aprobación del jefe. No destacaba por encima de lo normal, no se arreglaba, no parecía tampoco demasiado importante como para preocuparnos, tal vez allí fue donde debí sospechar, y es que las mujeres más peligrosas son aquellas que logran hacer que te sientas confiado y te creas en zona de confort. Luego aparece la serpiente y todo se va al cuerno. Fue designada – y en ello tuvo que ver su “educación”- como encargada de una lavandería, el local lo usábamos en la noche como centro de reuniones y a veces también funcionaba como un verdadero negocio. No generaba gran mierda, pero permitía tener un mejor control sobre ciertos recursos. La comencé a tratar y me agradaba que me tratara como uno más, sin dejarse amilanar porque apareciera 3 o 4 veces a la semana con la mirada de perro triste llena de adrenalina todavía.
Ahora bien, ¿conozco la historia de esa mujer que firmaba como Teresa? Si, y no. Ella me contaría una versión con los años y yo luego conocí la otra, aquella que escondía tras su apariencia frágil y de sonrisa perlada. Según ella: nació un 26 de junio, más chica que yo por 4 años, y era la hermana 3 de un grupo de 5 hermanos, tres hembras y dos varones. Tenía 8 sobrinos y no conocía a su padre. Su madre era el sostén del hogar, y quien había sacado a todos adelante. Estudió siempre en escuelas de gobierno y llegó a cursar la universidad, pero la abandonaría por cuestiones económicas. Era un tanto callada y no le gustaba hablar mucho de su pasado, cocinaba mejor de lo que administraba, y era alta y delgada. Nos enamoramos, si se puede emplear tal palabra, tras una serie de tardes que me tuve que esconder por la llegada de los guachos; tal situación alertó a muchos y nosotros éramos de los que no conocían más que por habladurías. Queríamos seguir así, por lo que me pase encerrado en aquel local de lavadoras metálicas cerca de 8 días. Congenie con ella porque hacíamos bromas, nos lanzábamos comentarios sarcásticos y lo más importante, parecía no incomodarse porque la observara fijamente cuando aparentaba que no lo hacía. Su sonrisa franca me cautivaba cada instante que pasaba y no dudó al afirmar que cuando me digne a pedirle una cita, la cosa estaba ya fregada. Los guachos se fueron y pudimos salir, un viaje largo hasta los cinemas de lujo, película, palomitas y luego un bar de los nuestros. Nunca hable de trabajo, ni siquiera de lo que sospechosamente hacía.
Aquí debo hacer una pausa y aclarar que debimos sospechar de ella, no cualquiera se aguanta que de repente un tipo llamado Valentín, con apariencia normal deje de trabajar en sepa la cosa por cuantos días, casi nadie dejaba de trabajar un solo pinche día, y este mono, de un repente iba y se encerraba a piedra y lodo tras una lavandería sin siquiera dar explicaciones. En su presencia nunca me vio contestar una sola llamada, nunca me escucho hacer comentario alguno sobre el jale, y mucho menos que me relacionara con nadie fuera de los 2 hombres que desaparecían por largas jornadas. Ellos por cierto, se habían refugiado en una de las casas contiguas que pertenecían a nuestros halcones.
Respondían a los apelativos de “Beto” y “Javier”, uno era ex militar de los gafes, duro para pelear, y reacio hasta la madre para hablar; pese a que había sido entrenado por los buenos, lo habían dado de baja deshonrosa cuando se observó su proclive a la bebida, por lo que lo teníamos alejado del alcohol, y más lejos aún de sus gustos por la violencia. El otro era un tipo que aprendió todo en la calle, escoria vil desde los 14 y con más de la mitad de su vida entregada a la violencia; ninguno habíamos estado en tal situación antes, y prácticamente éramos fantasmas que ni siquiera ocupábamos presumir a lo que nos dedicábamos; uno era mecánico, el otro era camionero. Desaparecíamos tan pronto como salía el sol y dejábamos impoluta la plaza. En los 4 años previos a la llegada de Teresa, ni “Beto” o “Javier” habían usado el M16 o el cuerno que traían consigo, únicamente cuchillos, pistolas pequeñas y toda la gama habida y por haber de tortura de contras. Un pequeño grupo de violentos sicarios que no hacían gala de su oficio y mucho menos de su presencia. Pero, sin embargo, ahora comenzaba a salir con una mujer que a mí me parecía la más guapa del universo.
La relación con Teresa me obligo a terminar mi “feliz” casamiento con Esther, pese a que tenía dos años lejos de casa, el papeleo de divorcio le pareció un mal chiste, por lo que la mañana siguiente apareció en la ciudad, buscando al cabrón que la había dejado abandonada con un niño y embarazada de otro, no sabía siquiera a que me dedicaba y mucho menos donde encontrarme, fuera de la dirección que le había dado. Allí me avisaron que me andaba buscando y que iría a la policía para levantar el acta por desaparición. Menos de 25 minutos después de ese aviso, Esther estaba frente a mí, bajando del auto color mostaza que usaba para moverme cuando lo requería la oportunidad. Hablamos y le deje claro que le mandaría un dinero cada tanto, que no era necesario que estuviera por allí y que sería más conveniente que se marchara. No lo hizo, comenzó el jaleo y a los 5 minutos apareció una patrulla. Cacheo y detención preventiva por armar alboroto a plena luz del día, Esther se miraba ufana cuando me treparon, el gusto le duró menos de 10 minutos, antes siquiera de que cogiéramos rumbo a la comandancia aparecieron “Beto” y “Javier”, se le cerraron a la patrulla y se armó la refriega, los dos uniformados murieron. La mujer histérica gritaba de todo y creyó que era su fin, debimos haberla matado, pero no queríamos despertar más sospechas, aun así, su partida fue precedida de una nueva balacera, los compañeros de los caídos nos dieron batalla, pero tras 40 minutos de duro chicoteo, emprendimos la retirada, más por evitar una incursión de los milicos que por tener miedo de los policías. ¿El saldo? El auto agujereado, una herida de bala para Beto y nuestra tapadera hecha mierda. Al otro día la plaza era un hervidero, el jefe emputado hasta el culo, y Teresa más proclive a no cejar en su intento por cerrar la pinza sobre mí. Esa tarde hicimos el amor como perros a punto de la extinción.
Comenzaron a circular rumores sobre los tiradores, todos miraban con recelo a todos y en especial a aquellos que eran un completo misterio su vida, la bola rápidamente se movió hacía los 3 sujetos que alguna vez llegaron del sur. Día y noche había frente a la entrada de mi casa una patrulla y cada tanto se aparecían rondines de militares, la vida con Teresa si bien fluía, no era un lecho adecuado, cada tanto su genio explotaba y se mostraba de repente esquiva e irritable, el hecho es que lo atribuía a problemas en la relación, sin imaginar que la llegada de los castrenses y de los federales también trastocaba su cobertura. Teresa tenia severas encrucijadas para llevar su vida doble sin descubrirse ante los que la frecuentábamos.
El clímax llego una tarde que nuevamente cometí un error a causa de su sospechoso andar. 3:45 pm, la lavandería cerrada, Teresa no contesta ni su celular, ni el teléfono del local; enciendo el nuevo auto que más bien parece un ladrillo con llantas, enfiló hacia el negocio de amplios ventanales, la cosa se ve mal, telefoneo a “Beto” y “Javier” para que estén alertas en las frecuencias. 4:00 pm, sigo estacionado frente a la estructura ubicada en una de las principales calles del poblado, por tener mi vista centrada el 99% del tiempo en la puerta del asunto, no me percató que una patrulla militar se ha estacionado justo detrás mío. Es demasiado tarde cuando noto en el pequeño retrovisor que dos hombres con atuendo verde olivo se apean y con los rifles se dirigen hacia la entrada, tal vez los tipos iban a recoger una carga, tal vez uno de los imbéciles se ha enamorado de la mujer de cabello negro ondulado y piel lechosa, tal vez ambos tienen un sexto sentido que les alerto que el hombre sentado en el ladrillo móvil es uno de los sospechosos. Ellos sospechan que es muy probable que yo sea uno de los cabrones que rafaguearon a los tiras, y ahora lo tienen ahí, metido en un minúsculo auto compacto sedan color cedrón; los dos hombres vienen en sigilo y es ahí cuando me desespero.
Nadie camina sin hacer una pisca de ruido a menos de que quieran evitar ser descubiertos. Tocan el vidrio, uno de cada lado, armas sin seguro, el hombre de mi izquierda debe medir 1.80, el de la derecha parece tener aliento a mierda. Bajo el vidrio, el calor infernal que se había acumulado en los pasados 14 minutos y medio, le estalla en el rostro al hombre que me pide amablemente que baje del vehículo para una inspección de rutina. Levanto la mano en señal de entendimiento y a sabiendas de que resistirme es sinónimo de granjearme una lluvia de balas que el auto no va a poder tolerar. Quieren hacer todo correcto y dicen que es por la seguridad ciudadana. Les digo que no hay problema, que vayan y chinguen a su reputa madre y su seguridad ciudadana. Uno de ellos es más ansioso, deseaba realmente que me hubiera resistido para comenzar a tirarme con el Xiuhcoatl, al no hacerlo le vuelven a poner el seguro al automático; levantan todo, ningún papel queda sin voltear, lo que más les preocupa a los cabrones es la falta de miedo en mi voz, en ningún momento me traiciona la confianza y eso ante un militar es síntoma inequívoco de que están ante alguien pesado o muy curtido. No porto armas, salvo el bat de aluminio reforzado en el maletero, pero eso no es raro, es una ciudad beisbolera, lo malo es que 5 minutos luego de que ha empezado la revisión quiere el destino que todo se joda. Me explico: cada 15 minutos cuando se emprenden tareas de vigilancia nos reportábamos para que quedara conforme el resto, el problema es que ese periodo de tiempo coincidió con la llegada los militares y mi notificación jamás iba a ser dada.
El teniente Francisco Alberto Mayagoitia Sánchez, nació en un pequeño poblado de Oaxaca, en medio de la nada y sin oportunidades siquiera de emigrar al norte o a Puebla. Su mejor amigo, o compadre de la infancia, el cabo Rogaciano Contreras Suarez creció a su lado y juntos decidieron que el único modo de salir de la chingada era mediante el ejército. Uno ascendió más rápido que el otro; sin embargo, Mayagoitia sería dado de baja deshonrosamente por problemas con el alcohol y con la violencia. Su compadre se quedó a servir a la patria. Mayagoitia, alias el “beto” desapareció del mapa, hasta que una tarde en medio de una revisión de rutina, a un ciudadano con pinta de cholo regenerado, circularía en una pequeña motoneta en búsqueda de su jefe; quiso el destino que los tres hombres –junto con otro militar que se encargaba de revisar el maletero- encontrasen sus miradas en un punto determinado de tiempo que parecía estar congelado.
El cabo Rogaciano Contreras volteo a verme, Mayagoitia le vio a él, y yo miraba de vuelta a ambos hombres, basto esa pequeña fracción de tiempo para que el cabo, se diera cuenta de todo. Comprendió con la justa rapidez que habían encontrado algo muy malo; la sonrisa a medio camino a una mueca que ostentaba el hombre que salía desde detrás del maletero portando el bat en brazos, se topó de frente con la escena paralizada por algún efecto devastador. Aun cuando “beto” intentará evitar el choque, este era ineludible. El cabo Rogaciano comenzaba a subir el rifle automático, cuando la primera acción en velocidad acelerada llegó; el ex teniente del ejército nacional, sacó de su cinto una colt double Eagle 45, sin darle tiempo al hombre que llevaba un pesado bat de reaccionar, el disparo que quebró esa tarde la armonía de todo el poblado –pese a que había sido muy poca su detonación- termino de finiquitar el pacto que habíamos tardado años en lograr con todas las personas. La bala de 216 granos le reventaría el puente al soldado que caería fulminado hacía atrás.
Al tiempo que el cabo Rogaciano le quitaba el seguro al Xiuhcoatl y soltaba la primera descarga que fallaría por escasos centímetros de mi cuerpo. Los tiros alertaron al resto de los hombres que descendían con celeridad de la camioneta camuflajeada en verde, y retiraban el seguro de sus rifles que portaban. Tres autos que iban detrás de la motoneta, que derraparía a tiempo para evitar el baño de balas, sufrieron los impactos del calibre grueso; esos dos muertos se sumaban a los policías y la tarde apenas empezaba. Javier Alfonso Duran Cárdenas, aprestaba en ese preciso momento el plan de contingencia que durante años habíamos evitado siquiera mencionar, pero que estaba completamente operativo. El plan no era otro que la desaparición de cualquier vínculo de los hombres que pertenecíamos a aquel minúsculo grupo. Eliminar toda evidencia de que alguna vez estuvimos en esa ciudad, y por supuesto dejarnos morir en donde fuese que tuviera la desgracia de suceder el episodio.
Tanto “beto” como yo lo sabíamos, si salíamos con vida de esa, la cosa igual estaba tronada porque habíamos quedado fuera de la organización y los “camaradas” de otros grupos nos iban a dar caza hasta eliminarnos. Ese ridículo y obsceno arreglo lo hicimos a sabiendas de que no había vuelta de hoja, por algo se nos pagaba lo que se nos daba y por algo nos obligaban a no tener familia. O romper todo nexo con ella; sin embargo, no lo hacíamos al cien por ciento; si bien no teníamos una familia nuclear con nosotros, eso no impedía que viéramos cada tanto por ellos. Así, el teniente Mayagoitia tenía mujer e hijos en uno de los estados vecinos y los visitaba cada cierto tiempo, Javier mantenía una relación con una chica en una ranchería cercana, y yo veía por mi vieja y por mis hermanos en el gabacho. Hacía casi 10 años, para entonces, que no los veía pero eso no impedía que no supiese de sus logros y que se hallaran con bien. El asunto es que esa tarde los disparos del Xiuhcoatl del cabo me habían deshecho el tímpano derecho, escuchaba mal, aunque en una lucha cuerpo a cuerpo como la que sosteníamos el cabo Rogaciano Contreras y yo, el maldito oído era lo de menos. Dos de mis puños por patadas, mordiscos y manotazos de él, a ello había que sumar la tentativa de los compañeros del cabo para balacearme apenas uno de los dos triunfara, y por supuesto a los tiros que sistemáticamente el teniente soltaba para evitar que los soldados le completaran la pinza. El calor, la mugre del suelo de la calle, las balas y los cristales completaban la situación tan jodida en la que nos encontrábamos “beto” y yo. Desesperadamente el cabo y yo tratábamos de evitar que el otro cogiese el arma de cargo. Así como impedir a toda costa ser un blanco fijo para los rivales, y todo hubiese sido una mierda para mí y el teniente, si al momento en que me quede quieto lo suficiente para que me endilgasen una lluvia de plomo, algo rompiese el balance de la contienda hacia nuestro lado. El teniente Francisco Alberto Mayagoitia Sánchez no supo, aunque si conocía el ruido sordo que silbo el aire, de donde salió el disparo que se incrusto en el muslo de uno de los hombres que había descendido de la camioneta militar. El segundo tiro .308 winchester que se incrusto en el antebrazo del cabo Rogaciano fue suficiente para que cogiese al aire suficiente, y justo cuando estuve a punto de coger el bat, una nueva bala me alcanzó en el oído que aún tenía cierta audición. El dolor igual que hacía años cuando me había disparado en la pantorrilla, salvo que esta ocasión sentía toda la maldita sangre correr por mi cara y cuello. Los disparos entonces del último soldado en pie iban hacia la ubicación del tirador. Una mano me asió por el hombro, el teniente venia rengueando porque finalmente una bala de los guachos le había dado de rebote en el pie. Cojeando y escondiéndonos al mismo tiempo de los tiros de arriba y los del militar, nos escabullimos entre los autos que se hallaban vacíos porque las personas habían decidido correr.
Tras muchas maniobras de desesperación en el auto, llegamos a la casa de seguridad del jefe. Teníamos menos de 10 minutos para coger nuestra maleta del fin del mundo y largarnos como pudiésemos. El teniente cogió una de las camionetas que teníamos en compostura y con un sincero saludo marcial me despedí de él. Francisco Alberto Mayagoitia Sánchez ha sido la única persona que he conocido que sé que ha muerto 3 veces. La primera acaecida la madrugada del 25 de junio de 1997 cuando un “rio brutal” lo arrancaba de la vida de campesino pobre a la que había vuelto tras la deshonrosa baja del ejército nacional, aquella madrugada sus padres y 3 hermanas quedarían sumidos en el dolor más abyecto. La segunda tendría lugar la tarde de aquella temporada primaveral en el norte del país, donde se alejó de los pocos que lo conocían por ahí junto a su esposa y dos hijos; finalmente 3 semanas después en una pequeña carretera cercana a Morelia le tocaría la última. Ahora bien, nunca se dijeron los nombres de los fallecidos en aquella emboscada; sin embargo, para todos aquellos que pertenecemos de uno u otro modo a este estilo de vida, las tragedias muchas veces no tienen los nombres correctos o la esquela necesaria. Nadie reclamo a aquella familia de 4 que 250 casquillos de diferente calibre les rodeara; los niños y los dos adultos fueron enterrados en una fosa clandestina. El error del teniente sería haber querido pasar desapercibido iniciando de nuevo. Se olvidó que los hombres que nos dedicamos a esto jamás debemos intentar recomenzar una vida diferente, debemos retomar aquella que solemos llevar y adecuarla a las circunstancias. Aunque el verdadero culpable de su muerte responde al nombre de Javier Alfonso Duran Cárdenas, el cual con nuestra defección quedó como hombre fuerte de la organización, pero que sin nuestra cuerda para sosegarlo, comenzó a bañar de sangre a la población y la sumió en el franco terror que sigue padeciendo, pese a que él sólo hubiese podido sobrevivir 2 años.
Mi huida hacia el centro del país se debió a una necesidad de organizar la búsqueda de Teresa, la seguía amando, y cabe mencionar que en 22 años logré descifrar muchas de las acciones emprendidas por ella durante su estancia en aquella polvorosa población dejada de la mano de dios.
Lo primero es que Teresa nunca existió como tal, su verdadero nombre era Karla, residente norteamericana y empleada de confianza de la DEA, aunque he intentado hacer constar que la pequeña célula a la que pertenecíamos era indetectable, no era así en los hechos; por supuesto que las autoridades gabachas conocían al jefe y a toda o gran parte de su organización, nuevamente el ímpetu irracional de “Javi” nos colocó en el punto de mira cuando en una pequeña charla con una halcona menciono una actividad donde actuaría con sus camaradas. Semanas después los federales tenían nuestros rostros pero no nuestros nombres. Finalmente con la ayuda de un viejo amigo de mis épocas del penal de Torreón, lograron conocer que Javier y yo éramos parte del aparato del jefe, consideraban que debíamos ser prioridad nivel 1 para infiltrarse y lograr un golpe efectivo contra el patrón. Lo malo fue que Teresa no enamoró a quien debía, su misión era hacer que Javier se volviera un informante, así que cuando quiso rectificar fue demasiado tarde. La tarde que acabo todo, ella había salido a una comisión, cuando volvió no le fue difícil empezar a atar cabos, pero temió que su presencia hubiese sido comprometida por lo que solicitó la extracción, aunque con ello perdiese 2 años de trabajo de campo. Situación que, sin embargo, funcionaría un par de años más tarde cuando en un arrebato de soberbia Javier intentó dar un golpe de estado al interior de la organización y terminó en un paraje abandonado.
Esto último lo he ido sabiendo con los años, gracias a una que otra rata que ha caído en mis manos, hoy, pese a que no puedo decir abiertamente que mantenemos el mismo nivel de clandestinidad que antaño, la situación es igual o tal vez un poco mejor respecto a aquella época. Sigo buscando a esa mujer, no tanto por otra cosa, sino porque necesito saber, si mi vida hubiese sido muy diferente o si estaría muerto.
SR Enero 2016
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