jueves, 1 de febrero de 2018

pequeñas transformaciones

La gente esperaba a alguien divertido, alguien que no tuviese miedo a aventarse desde un séptimo piso para aterrizar en un condenado vaso de bebida. Esa era la creencia máxima acerca de aquel hombre. Lo llamaban Trullo. Nadie sabía porque, todos lo conocían como un gran borracho, como alguien tan jodidamente épico para beber que se hablaba de sus hazañas como si fuesen entes de un pasado muy lejano, tan perdido en el tiempo como lo eran los tiempos remotos. Pero nadie lo había visto bebiendo nunca, casi siempre lo invitaban, pero nunca asistía. Se dejaba consentir con halagos y zalamerías, pero realmente odiaba todo ello. Porque no era del tipo de borracho que la gente gustaba de ver. Tampoco era violento, que parece ser los dos tipos de ebrio que la gente conoce. Al menos los comunes que jamás han caído dentro de un circulo de desesperación, pero en ese universo colapsando su figura era un fantasma. Bebía como los grandes, pero nunca caía, no al menos frente a los demás y de eso hacía muchos años, ya no podía beber pese a que era lo que más anhelaba, aun por encima de la paz mental que tenía.
 
El sudor lo recorría frecuentemente, esa clase de líquido que no sabes de donde coños surge, porque de repente se aparece y el temblor de la mano izquierda te recuerda que sigues vivo, o lo que medianamente crees que es vida. Así lo asaltaban las ansias, porque era jodidamente ridículo que siendo quien era no pudiera tener una botella de algo que medianamente aplacara su sed, que alejara los terrores, que le permitiese sentirse funcional. Pero ahí seguía inmerso en la sociedad que lo rechazaba por creerlo un jodido borracho de alta capacidad. Deseaba estar muerto, aunque ello conllevaba que sus intestinos, su jodido hígado o el condenado riñón jamás volverían a procesar aquel líquido que le hacía hundirse; perderse por semanas contemplando el abismo que tanto le atraía.
 
Le encargaron un último trabajo, siempre era “el ultimo”, aunque en realidad terminaba por sentirse tan atraído a la vida que había llevado previamente que se clavaba y dejaba todo en ello. Dos golpes, uno simple y el otro tan complejo que era muy difícil salir con éxito. Pero lo aceptaba todo, prefería eso a tenerse que comer otra noche de ocio, o una tarde viendo programas que le hendían en el cráneo la necesidad de ser alguien, de merecer ser algo por el mero hecho de estar vivo. Aunque eso fuese lo último que recomendasen. Para todos lo realmente valido eran todas las cosas que le daban estatus a la existencia. Pero él estaba inmerso en la necesidad de probar que vivía mediante las horas y horas de alcohol. Luego despertó.
 
El departamento era una pocilga, hacía meses que nadie lo visitaba, ya nadie se interesaba por las historias que solía contar, ya nadie le pedía consejo sobre la realidad, no tenía la menor capacidad de raciocinio. Las horas se convertían en pequeños granos que supuraban, no sabía su nombre o si alguna vez lo había tenido, recordaba que era su propiedad porque le había roto la nariz al anterior inquilino, el techo desvencijado era una bendición en las noches de frio, y durante las lluvias su existir era únicamente rumiar bajo el plástico que le ayudaba a desviar el agua hacia una de las cloacas. Alzo la botella de alcohol para curación, tenía la boca llena de llagas y pústulas que parecían a punto de reventar, pero haciendo caso omiso a sus deseos de estar muerto, volvió a sumergirse en las sensaciones de dolor que le hacían caer hacia tras, con la cabeza inmersa en las noches estrelladas que se podían apreciar antes de que el frio arreciara. Su vida era eso. No le detenía nadie ni nada para jodidamente abandonarse a morir, pero probablemente dejaría de beber.
 
Creía en la nada después de la muerte, por ello renegaba de la muerte. pero secretamente la anhelaba. Esperaba ansiosamente que le cobijara en ella y perderse en el universo que se abría gentilmente cada noche ante sus ojos, ya no recordaba las noches que dormía cómodamente en una cama, tampoco recordaba de sus logros pasados, para él todo ello era meramente un innecesario apego al pasado, todo lo que siempre quiso borrar. Sobre todo, a sus padres, a su esposa e hijos, aunque realmente no sabía si los había tenido o eran otras de esas alucinaciones que explotaban en su cerebro en ocasiones, cuando bajaba la guardia y dejaba de beber lo suficiente para seguir perdido.
 
Le gustaba creerse mejor que el resto, así lo habían educado, para ser el centro de atención, para que los que le rodeaban se sintiesen reconfortados a su lado, pero en realidad estaba harto. Quería hendir una navaja en el vientre de aquella mujer que estaba siempre junto a él, luego un festín caníbal sobre los invitados, roer los pezones de aquellas mujeres que únicamente sabían ser adornos decorativos en aquellas fiestas suntuosas. Pero ahí no tenía el control, únicamente era un monito amaestrado que seguía de pie porque eso era lo que se esperaba de él. Los días se volvieron meses y su infelicidad aumento, por ende, también el alcohol. Comenzó una mañana con un pequeño cocktel ¿pero eso es lo que dicen todos no? En realidad, lo hizo con cerveza, 9:30 am, la mujer detrás del mostrador lo ve, el ansia se dibuja en el rostro demacrado. Cualquiera pensaría que está en las ultimas, no saben que su historia está a punto de empezar; el mismo no sabe que se está viendo dentro de 15 años, sumido en otra alucinación etílica de otro tiempo, de otra época, de otro hombre que tenía tanto futuro como lo puede tener alguien que bebe con desesperación una caguama a las 9:30 de la mañana en la banca frente a la tienda. Rodeado de las bolsas de basura, puestos de comida, perros famélicos, y gente que se desplaza con la celeridad necesaria a sus empleos. Él comenzaba a dejar atrás todo aquello, se quería perder y lo conseguiría, pero tal vez no sin llevarse todo por delante. Dejando de lado la cordura, si es que sirve para algo. Sus zapatos negros refulgen en aquel sitio que lo exhibe como su futuro y presente. Decida lo que decida su vida sigue un curso trazado por la necesidad de no ser como el resto. De romper todo lo que pueda para dejarse perder, para ser otro más; alguien más, un perdido más.
 
Se toma un trago largo, sin perder un solo segundo de lo que es la segunda cerveza de la mañana, son casi las 9:35. Quisiera que el tiempo no fuese tan condenadamente rápido. La cerveza esta fría, al menos.
 
SR Otoño 2017

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