Ojos tristes.
Besa a su niña que inevitablemente cierra los ojos almendrados; a diferencia del resto de sus compañeros de salón, es un poco más blanca y no juega o pelea en las horas de clase. Tiene 6 años y es muy correcta. Es lo primero que le enseño su madre –no importa lo mal que te traten, trata siempre de saludar de manera educada y comportarte- La mujer tiene una mirada cansina y llena de vivencias dolorosas, como si ser amable fuese mal pagado con ofensas y malos tratos hasta por los suyos. Pero no le importa, sigue con una sonrisa, aun cuando sus ojos estén tristes, tal porque la niña chica nació enferma, tal porque sus hermanas le maltratan a la hija grande, tal porque el esposo ahora está confinado a una silla de ruedas. Sigue adelante, trabajando y nunca desanimándose frente a sus hijas, aunque cuando este a solas se derrumbe llevándose las manos a la cara y viendo las cuentas que no salen. La miseria ronda su cara delicada, la misma que antes fuera motivo de decenas de admiradores en el pueblo. Ahora se ve pálida, como si quisiera a veces arrojar la toalla, pero no tiene ese gen. Luchara siempre por esos dos pedazos de alegría que ocupan casi toda su mente. Sólo deja pocas veces que la figura de aquel hombre, que supero apenas el coma, la envuelva.
La vida es justa, dice mientras eleva otra plegaria a la virgen sin ojos que es adorada por cientos o miles de feligreses ese 13 de diciembre. La mujer de los ojos tristes deposita una limosna, sucinta, con poco o nulo deseo que el bien se le retribuya. Da gracias por esos meses ingratos, y sigue de frente tras localizar a su hija mayor que carga a la más chica.
SR Enero 2017.
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